viernes, 13 de diciembre de 2024

96


Controla la hora y abre el Skype. Tengo novedades abre la conversación Camila. Ella se pregunta si se referirán a su nueva familia, pero su hija informa me entregan el diploma el 15 de diciembre. ¿En Bariloche? pregunta ella. Claro. ¿Se puede presenciar? Claro reitera. ¡Allí estaré! Yo estoy libre a partir del 7, si querés venir antes podemos pasear un poco, hay unos lugares preciosos cerca que me encantaría mostrarte. Ella piensa que Zoe se recibe este año, no sabe aún cuándo será esa otra entrega de diplomas. Está por decirlo cuando se arrepiente. En cuanto combine con el trabajo te aviso dice andá pensando adónde me vas a llevar. ¡Hecho!


Mami, no te necesito, pero si tenés ganas de ver a Simón pasá cuando quieras ofrece Fernanda. Ella corta contenta. Extraña al nene y, además, no le gusta estar enojada con sus hijos. El aire no le fluye, es como si le costara respirar. Le llevare pañales, piensa, una medida más grande. Y figuritas para Zoe. Está celosa la mocosa, hace rato que no la ve, va al colegio a la mañana. Se las dejará con una notita. Ya sabe leer. La semana que viene la irá a buscar a la escuela.


Mail de Camila. Mi papá me preguntó si puede venir a la entrega. Aún no le contesté. ¿Te molestaría? La furia la ciega. ¿Qué tiene que ver él con la carrera de Camila? Apaga la computadora con brusquedad. Se dirige al baño. Abre la canilla de la bañadera y pone el tapón. Voy a estallar, piensa.


Gracias dice Elena a la empleada que le entrega el sobre. Sobre que guarda en su cartera. ¿Vamos a tomar algo? propone ella. Caminan bajo el sol de diciembre hablando intrascendencias. Entran en el primer barcito que ven. Cuando el mozo se retira Elena rescata el sobre de su cartera y se lo tiende. ¿Lo abro? pregunta ella desconcertada. Su amiga asiente con la cabeza. A ella el corazón comienza a galoparle. ¿Por qué me toca a mí?, piensa. Abre el sobre y despliega la hoja. Adenocarcinoma de endometrio. No puede seguir leyendo. Entierra los ojos en el mantel. ¿Y? pregunta Elena segundos después. Ella quisiera tirar el papel sobre la mesa, o mejor aún, hacerlo un bollo y salir corriendo. Eso es lo que quisiera, y aunque una parte suya está muy enojada con Elena por someterla a esa prueba, otra, la que solo pertenece a esa amiga que ha sido la columna vertebral de sus días, toma las manos de Elena y lanza el veredicto. Adenocarcinoma de endometrio. Su amiga no emite sonido ni hace un gesto. Se quedan así un largo rato. Hasta que Elena suelta sus manos y pregunta ¿pedimos otro café?


Recién la llamó Elena. La operan el 17. Menos mal que fue eximida de optar entre su hija y su amiga. Se acerca a la computadora para avisarle a Camila, cuando halla un mail de su hija. Finalmente papá no podrá venir. Un suspiro de alivio brota de sus vísceras. Sabe que para su hija es una desilusión, sin embargo, se alegra. Soy egoísta, dictamina. Recuerda, nuevamente, la frase de Ana María. Uno no es responsable de sus emociones, sí de los actos que lleve a cabo impulsado por ellas. Yo no le impedí que lo invitara, se dice intentando absolverse. Lo logra a medias. Solo a medias.


Fin de un año confuso. Intenso y confuso. Mientras hierve el peceto pasa revista a sus meses. Por un lado, el trabajo pujante, la llegada de Simón, los diplomas de Camila y Zoe, la convivencia de Candela, si eso es lo que su hija precisa. Por otro, la enfermedad de Elena, las demandas de Sebastián. La irrupción de la otra familia de Camila no sabe dónde colocarla. Así como la posibilidad de que se vaya a trabajar a Estados Unidos. Estoy abrumada, evalúa mientras pincha la carne con el tenedor. Está dura, todavía le falta. Se deja caer sobre la silla. Retorna la sensación de confusión. Sus hijos la tienen a mal traer. Qué hizo bien, qué mal. La permanente sensación de ser juzgada. Imperando la percepción de un cansancio que brota desde sus huesos. Tiene que poner la mesa para doce comensales. Darle de comer a doce. No voy a poder, piensa. Se arrepiente de haber declinado el ofrecimiento de Fernanda. Pero lo único que le falta a su hija es ponerse a atender gente con los dos chiquitos bajo el ala. Saca el mantel rojo del estante de arriba y va distribuyendo la vajilla. Sin alegría, determina. Primer año que acciona sin alegría. El 24 fue triste también. Decidió dejar de lado a su familia y fue a lo de Elena, todavía recuperándose de la cirugía. La vaciaron, piensa. Y así se siente ella, vacía a pesar de la mesa llena. Va a la cocina. Ahora sí que está listo el peceto. Por suerte ya hizo la salsa. Ojalá te fueras hoy y volvieras hace diez años77, escuchó alguna vez en el cine. Eso quisiera, evaporarse y regresar diez años atrás. Saca cuentas. Sí, en el 2000 todavía estaba Ariel. No quiero necesitarte porque no puedo tenerte78, recuerda ahora. Hace diez años aún era una mujer. Ahora solo es una máquina de sobrellevar obligaciones. Prueba la salsa. Le falta crema. Abre la heladera.    

 

77 Frase pronunciada por Marlene Dietrich en la película “Encubridora”, 1952.
 78 Frase pronunciada por Clint Eastwood en la película “Los puentes de Madison”, 1995.



jueves, 12 de diciembre de 2024

95


Simón, acostado sobre sus rodillas, gorjea mientras ella le habla. Tan chiquitito y con tanta necesidad de comunicarse. ¿Qué habrá pasado la criatura durante sus primeros tres meses? Fernanda, si es que la tiene, no dio ninguna información al respecto. Ya lleva casi un mes cuidándolo. Está agotada. No por el chiquito, en sí, es muy tranquilo, sino por las complicaciones laborales que le genera no disponer de su mañana. Le va a plantear a Fernanda si puede empezar a trasladarlo. Ayer tuvo consulta con el pediatra, ya aumentó otro medio kilo. Se lo ve más redondito. Escucha el ascensor y luego la puerta abriéndose. ¡Qué sorpresa! exclama al ver a Fernanda que alza al nene y lo abraza mientras dice ¡cómo te malcría tu abuela! Ella se incorpora y pregunta ¿pasó algo?  Su hija le tiende el bebé y dice voy a hacer café. Ambas se dirigen a la cocina. Sentadas ante las tazas Fernanda informa renuncié. Sin tiempo a reflexionar pregunta ¿por qué? Seguramente su tono es admonitorio porque su hija contesta ya te lo expliqué y su tono tampoco es cordial. Silencio tenso solo interrumpido por la vocecita del nene. No quisieron darme más licencia y me avisaron del juzgado que es probable que la semana próxima, venga una asistente social. Te avisarán supongo, además estás dejando al nene con su abuela, qué mejor. No insistas, ayúdame, no me hagas sentir peor, ¿o te crees que a mí no me duele dejar la escuela y los chiquitos?, pero no puedo vivir con terror, mami, no duermo de noche, no como, bajé tres kilos. No te estoy cuestionando se defiende ella solo intento ayudar. Ya me ayudaste demasiado, vos tampoco podés con este ritmo. De acuerdo dice ella, hace una pausa y pregunta ¿querés que me vaya? Como su hija no contesta le tiende el bebé, agarra su cartera de arriba de la mesada y dice avisame cuando me necesites y sale.


Está esperando que Sebastián le alcance a los chicos, porque no tuvo ninguna notificación de cambio. Una llave en la puerta le trae a Zoe. Hola, abuela, vine a jugar un rato con los nenes dice mientras la abraza. Ella se alivia. No quiere estar a solas con su hijo. Un rato después suena el timbre. Sebastián le pregunta a Zoe sobre sus estudios y sobre el test. Charlan un buen rato. Después se despide ella y de los nenes y se va. Un placer cenar con sus tres nietos. Mateo ya está bastante civilizado. Ella observa especialmente a Bautista. Es cierto, se parece a Sebastián no solo físicamente. La expresión de seriedad. El contraste entre ambos hermanos es notorio. Zoe la ayuda a bañarlos y a acostarlos. Ahora ya se animan a quedarse en el cuarto de arriba.  A la mañana siguiente se repite su inquietud. Lo que nunca les da el desayuno a los chicos sin esperar a Sebi. Cerca de las diez suena el teléfono. ¿Podés alcanzarme los chicos al auto, por favor?, así no estaciono, estoy apurado. Ella junta las mochilas, alista a sus nietos y salen. Ella abre la puerta del auto y ayuda a los nenes a ponerse los cinturones de seguridad. Sebastián la saluda desde el volante alzando la mano. Le duele verlo. Algo se rompió entre ellos. A lo mejor estaba roto desde siempre y ella no se había dado cuenta.


Domingo. Escucha la radio mientras prepara el desayuno. Ya se vistió porque en cualquier momento puede llegar el censista.  Tú, no podrás faltarme cuando falte todo a mi alrededor/ Tú, aire que respiro en aquel paisaje donde vivo yo77. Le encanta Vicentico y le encanta esa canción. Canción que se interrumpe bruscamente. Siendo las nueve y quince falleció el expresidente Néstor Carlos Kirchner como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio no traumático, que no respondió a las maniobras de resucitación. Es viuda, piensa, en un instante se transformó en viuda, es la Presidenta de la Nación y es viuda, las desgracias no saben de clases sociales, alcanzan a pobres y ricos, a letradas y a analfabetas. Llora. Pero no llora ni por Néstor ni por Cristina. Llora por ella. Hace semanas que necesita llorar y no se lo permitió porque temió no poder parar. Llora. Llora hasta que escucha el timbre. Se seca la cara y abre la puerta. Es una mujer. Una mujer que llora. ¿Se siente mal? pregunta ella. Se murió Néstor contesta la censista.

 

  77 “Paisaje”, Vicentico.


lunes, 9 de diciembre de 2024

93


Abre la puerta de Triple C. Lucy está atendiendo. Ella atraviesa el patio y entra a la oficina. Candela está sentada frente a la computadora. Tuvieron que comprar una nueva, la vieja se la llevo ella para comunicarse con Camila.  ¿Me preparaste la planilla que pidió el contador? pregunta. Buenas tardes, hija le reprocha Candela. Perdón pide ella mientras se acerca a darle un beso estoy a mil. Qué casualidad, yo también afirma su hija desde las siete de la mañana con este Excel de mierda. Ella está por reconvenirla, pero se calla, solo la pondrá de peor humor. Le siguen chocando las malas palabras de sus hijos. De sus hijas, en realidad, Sebastián es muy correcto. Demasiado, piensa. ¿Y? pregunta Candela instante en que descubre que se perdió la pregunta. Yo también necesito una pausa, ¿qué te parece si vamos a tomar algo? propone. Me pediste la liquidación antes de las dos. Ella mira su reloj. Soria tendrá que esperar, si morimos en el intento no podré pagarle. Candela por primera vez sonríe. Sí, vamos, estoy muerta de hambre, ni desayuné con el apuro. Ya sentadas ella observa a su hija. Resplandece. Se te ve bien pese al cansancio dice. Candela se acomoda el cabello. Vos piropeando, qué raro. Es implacable, evalúa ella, siempre en pie de guerra, pero decide no seguirle el juego. Estoy bien acota entonces Candela. ¿Algo en especial? Este fin de semana Maxi se mudará a casa. Ella piensa en Zoe. Duro para la chiquilina otra nueva convivencia. ¿Estás segura? pregunta ¿no es demasiado pronto? Su hija la mira con dureza. Tal vez no tenga tanto tiempo contesta. No entiendo. Voy a cumplir treinta y seis años. ¡Me consta! exclama ella sonriendo ¡ojalá yo los tuviera!, una edad maravillosa. La que tenías cuando nació Camila. No, treinta y cuatro la corrige. Más a mi favor. Sigo sin entender. Quiero tener otro hijo, mamá, y ya no tengo tanto tiempo. Ella se endereza en la silla. ¿Estás embarazada? No, todavía no; esta vez quiero hacer las cosas bien; desearlo y buscarlo en pareja; que sea una alegría para todos, vos misma incluida. Yo me puse contenta con la llegada de mis cinco nietos le aclara ella. Yo no diría que te alegró la noticia de mi primer embarazo. ¡Eras una chiquilina! exclama ella mientras su enojo crece ¿te parece que he hecho poco por Zoe? No entendés nada, mamḠla noticia de mi embarazo fue una pesadilla para todos, yo la primera; sueño con poder festejarlo. Un hijo no termina en un embarazo le recuerda ella. Nadie lo tiene más claro que yo, porque, aunque quiero creer que no dudás del amor que le tengo a Zoe, en tantos momentos la padecí; quiero que todo sea distinto, ¿tan difícil es poder entenderme? Ella permanece en silencio. ¿Ya se lo avisaste a Zoe? pregunta al rato. Sí, le pregunté si le molestaría que Maxi viviera con nosotras y me dijo que era mi vida, que en tanto él no se metiera en la suya ni intentará jugarla de papá, todo estaba bien. Ella toma ambas manos de su hija. Veo que estás haciendo las cosas bien, muy bien dice, llena ambas copas con soda y eleva la suya ¡por una excelente convivencia! exclama. Candela, sonrisa amplia, eleva la suya.


A la hora programada abre su Skype por primera vez. No puede creerlo, Camila le sonríe desde la pantalla. ¡Hola, mami!, ¡te animaste!, ¿no era tan difícil?, ¿viste?  Ella también sonríe, tantas excusas puso, tanto tiempo perdió y ahí tiene a su hija recuperada. ¿Cómo te fue en el examen? La chica hace un gesto de suficiencia. ¿Cuánto se puede sacar tu hija? ¿Ocho? tantea ella. Camila mueve la palma de la mano hacia arriba. ¿Nueve? Su hija reitera el movimiento. ¿Diez? Obvio, ahora en serio, fue muy fácil, mami, casi una formalidad. Increíble tener a su hija delante, bienaventurada la tecnología tantas veces denostada por ella. ¿Cómo está Simón? pregunta Camila. De a poquito ganando peso. Sí, la vi preocupada a Fernanda. ¿La viste? Hace rato que hacemos Skype, por suerte renovó la computadora. ¿Te comunicaste con Candela? Ayer me mando un mail diciéndome que tenía que contarme algo, ¿qué pasó? Ya te lo dirá ella. Se quedan mirándose, sonriendo.  No es tan fácil llenar el tiempo. ¿Escuchaste la radio? le pregunta su hija. No, todavía no, anduve a las corridas. ¡Sancionaron el matrimonio igualitario! ¡Qué bien! exclama ella estuve siguiendo los debates y por hacer una broma añade ahora te podés casar. Broma que no parece caerle bien a su hija porque comenta no digas tonterías, mamá, ya sabés que la pareja está lejos de ser una prioridad para mí; lo importante es que la mente de esta sociedad retrógrada se vaya abriendo; espero que el juicio a Videla terminé rápido y que se pudra en la cárcel. Camila está enojada. Ella no quiere que su hija esté enojada por eso intenta cambiar de tema. ¿Hablaste con tu hermano? Termina de decirlo cuando se percata de su error. Tarde porque Camila repregunta ¿con cuál? La chica hace una sonrisa extraña y prosigue con Sebi me comunico por mail, no hablamos mucho más que de nuestras carreras; le está yendo muy bien; ahora está trabajando en la constructora del suegro. No podría haber recibido peor noticia. Su hijo cada vez más atrapado por Belén y familia. Reconfirma que sus hijos le hurtan la información que saben no será bien recibida. Me van aislando, dictamina. Entonces inspira hondo y pregunta ¿te seguís comunicando con… y como no puede profanar el término dice… con Andrés? Camila sonríe. ¡Al fin! exclama.


miércoles, 4 de diciembre de 2024

91


La presencia de la nena abole toda posibilidad de preguntar. Pero los ojos de su hija hablan. Las tres se acercan al juzgado. Espérenme aquí indica Fernanda. ¿Qué será, Bela? pregunta Ema. ¡Una sorpresa! Sí, ya sé, pero si hicimos un viaje tan largo la sorpresa debe ser grande… parece tantear el terreno… ¿será lo que me imagino? Veremos, veremos, veremos contesta ella agitando las manos. Caminan hasta la esquina ida y vuelta infinitas veces. Pero ahora es expectativa. Una expectativa gozosa. Media hora después aparece Manuel. ¿Y la sorpresa? pregunta la nena. Ahora la trae mami. ¡Ya esperé mucho! protesta Ema. Un poquito más de paciencia le pide el padre. Finalmente aparece Fernanda. Ahora sí con los brazos llenos. Se acerca a la nena se agacha e informa este es tu hermanito. ¡Yo sabía! exclama Ema. Luego Fernanda se incorpora, se acerca a ella y le tiende el atadito en absoluto silencio. Ella lo toma y aparta la mantilla. Aunque es muy pequeñito de tamaño no es un recién nacido. Ya hay expresión en los ojitos negros que se fijan en los suyos como imanes. Pelito oscuro, tez trigueña, manitos apretadas. No, no es un recién nacido, porque la sonrisa que ella le ofrece es correspondida.   Se llama Simón informa una Fernanda radiante. Ya tiene nombre el cajoncito, piensa ella. El milagro del amor instantáneo otra vez se produjo. ¡Damelo, Bela! requiere Ema ¡es mi hermano!


Acá esta, otra vez poniendo la mesa. Esta vez para la presentación en sociedad de su nuevo nieto. Fernanda quiso que lo conocieran todos juntos. Camila, otra vez, será invitada sorpresa. Aunque esta vez es ella la que se guarda el as en la manga. La fue a buscar a Aeroparque esta mañana temprano. Ahora fue a retirar las empanadas que encargó. Ella no tuvo tiempo de hacerlas. Sebastián, como de costumbre, aportará los sándwiches de miga. Candela traerá algo dulce. Cuenta con los dedos porque siempre se equivoca. Son doce, porque Simón, obvio, aún no se sienta. Compró un par de bancos más. Son apilables, ocupan poco espacio. Le ofreció a Fernanda invitar a los suegros. pero prefirió hacer una reunión aparte. La familia de Simón seremos nosotros le dijo en el oído. Es cierto, los otros abuelos ven poco y nada a Ema, viven lejos. Todavía no pudo hablar con su hija. Muy esquiva para dar detalles. El bebé tiene tres meses, eso sí logró que le dijera. Ella estaba en lo cierto, recién nacido no era. También le contó que el pediatra lo encontró bien, pero bajo de peso. Aunque tiene ojitos grandes, la mirada es tristona. Ya lo revertirá, no tiene la menor duda. Fernanda es una madraza. El ruido de la llave le trae a Camila que regresa cargada. Había mil personas informa ¿dónde las dejo? En el horno, después las calentaré. Desde la cocina Camila dice Candela ya lo vio, seguro. Ella sonríe sola, todas son celosas. No, solo yo lo conozco y Emita, claro. Camila se acerca. ¿Cómo lo tomó la nena? Está muy contenta, la volvía loca a la madre pidiéndole un hermano. Y, sí, no me imagino crecer sin hermanos. Los mentados hermanos van llegando. Hermosas las caras de sorpresa al descubrir a la sureña. Abu, ¿y el bebé? pregunta Mateo. Enseguida va a llegar le contesta ella dándole un beso en el cachete. Va a dejar de ser el benjamín. Ya tiene cuatro años, pero sigue siendo un terremoto. Al menos eso dicen los padres. Conmigo se porta bien, piensa. Finalmente, la puerta se abre y aparece un cochecito. Todos se abalanzan. La alegría de Fernanda al ver a Camila. Yo lo levanto dice su benjamina no me vine de tan lejos para verlo de lejos. El bebé, que estaba dormido, abre los ojitos en cuanto es alzado. Lo despertaste protesta Fernanda, pero sonríe. ¡Y a mí qué me importa! exclama su hermana mirá esas pestañas, me lo morfo. El nene va pasando de mano en mano. Hasta Bautista lo alza. Mateo reclama sus derechos. Manuel lo hace sentar y le tiende al bebé que soporta con estoicismo la batahola. Ella, de pronto, repara en Ema, apoyada contra la pared. Está por acercarse cuando Sebastián se le adelanta. Qué lindo tu vestido le comenta. La nena lo mira y con sus seis años cumplidos le pide upa, tío Sebi. A ella le regresa la imagen de Camila, con exacta edad, en el sanatorio cuando nació Zoe. Ella también pidió upa, Sebi. Abuela la trae al presente la voz de Bautista después te muestro el boletín, todos sobresalientes. Te felicito le dice ella mientras le revuelve el pelo y luego agrega pero yo no te quiero por eso. El nene la mira desconcertado. ¿Y por qué me querés? pregunta, las mejillas sonrojadas. ¡Porque sos mi nieto!, nunca podría dejar de quererte, ni aunque te saques unos, aunque le pegues a Teo  o me tires del pelo o lo muerdas a Mobi, nunca. El nene ríe a carcajadas. Un par de horas después está lavando las tazas cuando Fernanda y Belén entran trayendo los vasos. Su nuera le pregunta qué dijo el pediatra. Fernanda contesta reticente. Hasta que Belén inquiere ¿sabés algo de la madre? Ella gira, la respiración suspendida. La madre soy yo contesta su hija, los ojos como fuego.


lunes, 2 de diciembre de 2024

90



Llega a Buenos Aires renovada. Bronceada, algún kilo de más que buena falta le hacía. Se encuentra con un Mobi que deja evidente su rencor ante el abandono. Ni se acerca. Abre el bolso, saca lo sucio y lo pone en el lavarropas. Recién entonces se prepara un café. Lo está tomando cuando suena el teléfono. ¡Mami!, ¡parece que nos dan un bebé!, lo tenemos que ir a buscar al Chaco, ¿nos podés llevar?, el Renault no da para eso, además queremos ir con Ema, vos podrías cuidarla. Por supuesto contesta ¡qué alegría! No me quiero hacer muchas ilusiones dice Fernanda acordate de lo que pasó con el de Córdoba. Claro que lo recuerda, a su hija le costó meses reponerse de la desilusión. ¿Cuándo hay que ir? Cuanto antes. Preparo mis cosas y los paso a buscar hace una pausa ¿qué le dijeron a la nena?, no quiero meter la pata. Que vamos a hacer un viaje con la abuela, está chocha, por las dudas llevate ropa para un par de días. Corta. Llama a Rita y sin dar explicaciones, le informa que demorará el regreso. Va a lo de Gloria a sobornarla con alfajores para que extienda la asistencia a Mobi, arma el bolso, se da una ducha, se viste, cuelga la ropa mojada en el tender y sale. Emocionada. Quizá se abra otro cajoncito.


¡Nos vamos de viaje, Bela! exclama Ema en cuanto se sube al coche. Cuando la ven distraída Manuel carga en el baúl un cochecito y varios bolsos. Su yerno se sienta adelante, Fernanda atrás, con la nena. Ya me compraron las cosas para la escuela le cuenta su nieta porque soy grande, Bela, empiezo primer grado. Ella piensa que tiene que prepararle una almohadita, los dientes no tardarán en caer. Chaco. No quiso preguntarle a Fernanda si recordaba que su padre era chaqueño. Qué curiosa manera de hacerse presente Alberto, terruño mediante. Ella quiere hacer mil preguntas, pero la presencia de la nena lo impide. Quizá cuando se duerma, Fernanda le cuente algo. Casi tres años dura este embarazo de papeles, como lo llama su hija. Cuando deja de escuchar la vocecita de Ema le murmura a Manuel ¿les informaron algo?, ¿sexo, edad? Nada, mamá contesta Fernanda desde atrás, siempre tuvo un oído increíble ya te enterarás. ¿De qué? pregunta Ema abriendo los ojos. De nada, dormite le dice a la nena y dirigiéndose a ella con mal tono agrega ¿viste? Ella sigue manejando mientras piensa, esto soy para mis hijos, alguien a quien se da por sentado que estará para cualquier eventualidad, pero a quien no es necesario brindar ningún tipo de información. Cuántas veces escucho parala, no jodas, no es tu asunto, no te metas en mi vida a pesar de que siempre intentó ser respetuosa y no entrometerse. En esas está cuando Fernanda dice perdóname, mami, estoy nerviosa. ¿Por qué? pregunta Ema. Esta no apaga los motores ni cuando duerme comenta Manuel. ¿Qué motores? Los tres ríen. Por fin el ambiente se distiende. ¿Estás cansada? le pregunta su yerno cuando llevan cuatrocientos kilómetros recorridos. Un poco, preciso un café. Paremos en la próxima estación de servicio; después te reemplazo yo, así podés dormir un poco; me encanta manejar de noche. Como si ella pudiera dormir en esas circunstancias. La aterra que su hija sufra una nueva decepción. La mira por el espejo retrovisor. Va rígida en el asiento, los ojos abiertos como pozos. Manuel pasa la mano entre los asientos y Fernanda acerca la suya. Están juntos, también en esto.


Los despide con un abrazo y, de la mano de Ema, se encamina hacia la plaza. ¿Adónde fueron mis papis? pregunta la nena. Ya te dijeron que después te contarán. ¿Vos sabés, Bela? Ella que no sabe mentir asiente con la cabeza. ¿Es una sorpresa? A lo mejor… ¡No entiendo nada! la nena abre mucho los ojos y señala ¡mirá, Bela, hay una calesita! Ema se suelta de su mano y corre. ¿Me ayudas a subirme al caballo? Así son los niños, piensa mientras saca los boletos. Seguro me saco la sortija. Todos necesitamos una sortija hoy, evalúa. Después de cinco vueltas y dos sortijas la nena declara ya está, ahora la hamaca. El tiempo transcurre lentísimo entre subibajas y toboganes. Ya no tiene paciencia para sostener la conversación de la nena. Recuerda la agonía de esperar frente a la sala de partos cuando nacieron sus tres nietos menores. Con Zoe estuvo adentro. Casi la parió. Embarazo de papeles seguido de un parto legal. Controla su celular cada cinco minutos. Qué les cuesta decirle algo. Es una desconsideración. No aguanta más. El corazón le galopa. Ya no sabe qué decirle a la nena. Va a llamar y punto. Teclea tres números y corta. Piensa en Ana María. Usted no es la protagonista le diría. Inspira hondo. Muere por un café, pero no quiere perder de vista la puerta del juzgado. Gente que entra, gente que sale. A nadie ha visto con un bebé. Mala señal. La mamá de Córdoba se arrepintió. Pobres mujeres, tener que deshacerse de sus hijos. Al menos Fernanda la tiene a Ema. Trata de ponerse en su lugar. Le resulta imposible imaginarse con un solo hijo. A ella le concedieron el don de la fertilidad. ¡Bela! la llama Ema desde el trapecio mientras suelta las manos ¡mirá! Ella gira y se acerca corriendo. Llega justo a tiempo para agarrarla de la remera y evitar el golpe contra el piso. Hoy nos soy confiable, decide mientras le grita ¡basta de plaza!, ¡se acabó! La carita de la nena se frunce en un puchero. Momento en que ella se agacha y la abraza. ¿Vinimos a buscar un bebé, no? le pregunta la nena al oído. Ella no sabe qué decirle. Cierra los ojos hasta que escucha ¡mami!, ¡Ema! Cuando los abre ve a Fernanda que se acerca. Tiene los brazos vacíos. A ella se le detiene el corazón. Cierra los ojos. Cuando los abre ve que la chiquita se cuelga de las piernas de su madre que la alza. Toda su rabia previa por no ser informada se diluye en la angustia que le sube desde el vientre. Pobre hija mía, piensa. Entonces, recién entonces, observa el rostro de su hija. Una sonrisa tan luminosa que conmueve. ¿Me acompañan? propone Fernanda tenemos una sorpresa.


domingo, 1 de diciembre de 2024

94


Ma, Bautista se olvidó una carpeta, ¿puedo pasar a buscarla ahora?, ando cerca pregunta Sebastián. Por supuesto contesta ella. Corta y se dirige al cuarto. Se saca el camisón que ya se había puesto y se viste. Minutos después suena el timbre. ¿Querés tomar algo? le ofrece a su hijo luego de besarlo. Sebastián mira el reloj y dice dale, tengo que buscar a Mateo en la casa de un amigo en una hora y medio. ¿Te preparo un sándwich? Dale reitera Sebastián hoy ni almorcé. Me contó Camila que estás trabajando con tu suegro dice ella mientras abre la heladera. es la lacónica respuesta. No será fácil, me imagino comenta ella poniendo mayonesa en el pan. ¿A qué viene tu comentario? Nunca es fácil trabajar con la familia. Mirá quién lo dice comenta Sebastián con tensión en la voz. Ella va a repreguntar, pero de pronto comprende. Candela y yo lo llevamos bastante bien. Su hijo hace un gesto despectivo. Convengamos que una madre no es lo mismo que un suegro acota ella. No sé con quién quedarme masculla Sebi. ¿Te pasa algo? pregunta ella, porque es inusual ese tono en él. Estoy cansado de que critiques a Belén y a su familia. La sorpresa de ella es mayúscula. Nunca te dije nada. Abiertamente no, pero todo se trasluce en tu cara o en tus comentarios aparentemente inofensivos. No te entiendo. No es un pecado pertenecer a otra clase social. Un aguijón se le clava en el pecho. Lo mismo podría decir yo contesta y se arrepiente en cuanto lo hace, no quiere entrar en combate, no le conviene. Hace veinte años que trato de mantener la armonía entre las dos mujeres más importantes de mi vida que, desde la hora cero, no se entienden. No seré yo la responsable se defiende ella. Los ojos de Sebastián se llenan de furia. ¿Vos tenés registro de cómo la trataste siempre? Está desconcertada. ¿Cuándo le dije algo? Justamente eso, nunca le dijiste nada; la descalificaste de entrada solo porque vivía en Recoleta y era católica, un esquimal hubiera sido más cálido con ella. Yo no me olvido de que ella cortó con vos porque Camila era ilegítima y Candela estaba embarazada. ¡Esa es tu interpretación!, ¡se enojó porque yo se lo había ocultado! Permitime que lo dude… Para vos hay una única verdad y es la tuya; me pasé casi cuarenta años evitando confrontar con vos, pero ya me cansé. El muchacho se agarra la cabeza. Ella intenta tocarle el brazo, pero Sebastián la rechaza. No tenés la menor idea de la presión que me metiste encima desde que era un mocoso; yo tenía que hacer todo bien, destacarme en todo, no dar problemas, ayudarte, etcétera, etcétera, etcétera; no me dejaste chance de que fuera un nene normal, con caprichos o rabietas; Candela tenía permiso, yo no; fui universitario, me recibí, me casé y tuve hijos, todo lo que se esperaba de mí; pero cometí el terrible pecado de enamorarme de una mujer que no es de tu agrado; única vez en mi vida que te disgusté, podrías haber sido más misericordiosa. Está tan desconcertada que no puede hablar. Hasta que se le ocurre alguna explicación. ¿Estás haciendo terapia? pregunta. ¡Sí!, comenzamos porque Mateo estaba teniendo problemas en el jardín y ahí empezaron a salir cosas y decidí encarar una terapia individual, recién estoy empezando. ¿Belén también? No, ella no sintió la necesidad; a mí se me derribo un muro y se me hizo la luz sobre mi verdadera infancia; y lo peor es que me di cuenta de que estaba replicando el error con Bautista, pobre hijo mío; por suerte es chico todavía, tengo posibilidad de revertirlo; es una condena estar obligado a no cometer fallos; porque ahora no sos vos, soy yo él que me exijo lo imposible. Sebastián mira el reloj. Tengo que ir a buscar a Mateo, de eso también me ocupo, y un padre no debe llegar tarde. Se incorpora, el sándwich aún sin tocar en el plato. Le da un beso en la mejilla y pregunta ¿la carpeta? Ella se la alcanza. Él sale. Ella regresa a la cocina y se sienta. Estoy destruida, evalúa.

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Camila termina de secar los platos y anuncia mami, te quiero contar algo. Ella, como siempre ante frases similares, se inquieta. Se sienta a la mesa de la cocina y su hija la imita. Mami, conocí a mi hermano. La inquietud se transforma en angustia. Su hija tiene tres hermanos, nadie más en el mundo merece estar bajo ese título. Las palabras presionan para salir de su boca, sin embargo, ella sabe que no debe pronunciarlas. La lucha interna la obliga a permanecer en silencio. Seguramente sus emociones se traslucen porque Camila dice yo sabía que te iba a caer mal, por eso no me decidía a contártelo. Estoy sorprendida intenta ella justificarse y se acuerda de su reacción cuando Camila le confesó su homosexualidad. Recuerda también los comentarios de Ana María. No puedo cometer dos veces el mismo error, dictamina. Entonces pide contame. Se llama Andrés, tiene mi edad, obvio, es músico y, ¿sabés una cosa?, somos muy parecidos físicamente, papá ya me lo había adelantado. Una cuchillada tras otra. Papá. El señor se dio el lujo de desaparecer por dieciocho años, pero sigue siendo merecedor de ese apelativo. Se le revuelven las entrañas. ¿Lo viste de nuevo? pregunta con brusquedad. ¿A quién?, ¿a papá?, no, me lo comentó por mail cuando supo que nos encontraríamos; Andrés tuvo que ir a Bariloche por un concierto y aprovechó para visitarme. No está en condiciones de mantener esa conversación, no al menos ahora. Hoy fue un día muy largo dice estoy agotada física y emocionalmente, ¿qué te parece si lo seguimos charlando mañana? Camila la mira, las cejas arqueadas. Después no te quejes de que no te cuento nada. Se levanta y desde la puerta de la cocina agrega buenas noches y sale. Ella, aún sentada, esconde la cabeza entre las manos.

 

Estaciona a un par de cuadras y camina a paso vivo. Fernanda hoy comienza a trabajar y ahí va ella dispuesta a cuidar a Simón hasta que el chiquito aumente los kilos que el pediatra indicó. Después irá a la misma guardería que fue Ema. Por primera vez lo tendrá para ella sola, Fernanda lo ha mezquinado bastante, temerosa como no ha sido con la nena. Es un bebé tranquilo. Ella confía en que la dejará resolver por teléfono la organización del taller. Fernanda le pidió que, al menos por unos días, no lo traslade. De última se turnará con Candela. Zoe también se ofreció, pero a la mañana va al colegio. Último año, parece mentira. Aún no sabe para qué lado disparar. Ella le ofreció pagarle un test vocacional. La chiquilina quedó en contestarle. Toca el portero eléctrico. Subí indica su hija y recién entonces ella abre la puerta. Fernanda la llena de recomendaciones que ella escucha intentando tener paciencia. Ya en la puerta su hija gira tengo miedo dice. Ella la mira, sorprendida. ¿Miedo?, ¿de qué?  Fernanda tiene los ojos llenos de lágrimas.  De que me lo saquen. Como si estuvieran en transfusión directa la angustia de su hija la invade al instante. Ella no había contemplado la posibilidad. Creo que voy a dejar de trabajar, mami, mirá si dicen que lo descuido y me lo quitan. Ella se queda pensando, ella sabe cuánto ama su hija su profesión. Yo no crié a mis hijas para amas de casa, piensa. Sin embargo, dice por el dinero no te preocupes, hace lo que te haga estar más tranquila, siempre podrás reincorporarte más adelante. Fernanda la abraza, ahora sí llorando. Tengo miedo repite si pierdo a Simón me muero. Ella piensa que ahora no es el momento pero que intentará convencerla de que retome terapia. No se puede vivir con miedo. Finalmente, su hija se va. Momento en que el chiquito da señales de vida. Ella se apresura al dormitorio y lo alza. Lo oprime contra sí. Tan tierno, tan frágil, tan vulnerable. Un pollito mojado, piensa. Lo defenderé con uñas y dientes, decide y lo aprieta aún más. El bebé protesta.


Ya las tres de la mañana, no se puede dormir. Las preocupaciones desfilan por su mente como caballos de calesita. Camila y su supuesto hermano. Leonardo. Simón y Fernanda, tan vulnerables ambos. La reunión con el contador, todavía no buscó toda la documentación que le pidió. Los futuros estudios de Zoe. La salud de Elena. Sebastián y Belén, imposible entender esa pareja. Mateo está teniendo problemas en el jardín. Ese nene está poniendo en evidencia lo que de veras ocurre en ese hogar, diría Ana María. El calefón que anda mal, tendrá que ocuparse porque su salud emocional depende del agua caliente. El aumento que le pidió Lucy. La almohadita para los dientes de Ema, todavía no la hizo, le pedirá a Gladys. Lo tiene que vacunar a Mobi, ayer Zoe le hizo acordar. El regalo para el cumpleaños de Manuel, le preguntará a Fernanda. Debe sacar turno para la detestada mamografía. La Daewo está fuera de punto, mañana llamará al mecánico para llevársela. Sacude la cabeza. Vencida, se levanta a prepararse un té.


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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...