lunes, 30 de septiembre de 2024

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2003

Le llevó siete años reponerse del accidente de Zoe. Tras un exhaustivo trabajo con Ana María se decidió, por fin, a alquilar nuevamente una quinta. A contracorriente con el país tuvo un buen 2002 laboral. Tanto que está evaluando comprar el outlet. Una de las hermanas murió y la otra está deseando sacarse el local de encima. Ya habló con el contador para pergeñar un plan de pago, sacando un crédito para el adelanto, por supuesto. Ahora eligió El Cazador, en Escobar, mejor acceso por la Panamericana. Ahí está, tomando sol mientras su cabeza, protegida por el sombrero que Ariel le regaló para Navidad a tal efecto, hace números. Cuando lo planteó en la cena de fin de año, sus hijos se encogieron de hombros. Sos adicta a las inversiones comentó Sebastián deberías tener una inmobiliaria. ¡Ni se lo digas! exclamó Candela lo único que falta es que cambie de rubro. Es que mamá nunca cambia, siempre suma acotó Fernanda. Belén no apartaba la mirada del mantel. Manuel fue el único que la tomó en serio y le preguntó costos y riesgos. La quinta es preciosa, más grande que la de Moreno. La alquiló con la intención de proporcionarle a todos sus hijos vacaciones. Sebastián vino un solo domingo. De compromiso, piensa ella. Ahora están en Punta del Este, los padres de Belén tienen casa. Bautista está precioso. Un año y medio ya. Ella tenía terror con la pileta, a esa edad no se les puede sacar un ojo de encima. Belén estuvo bastante agradable. Lo pasaron bien y fue la vez que más tiempo seguido estuvo con su nieto. Lo ve poco y nada. Cuando ella propone una visita suele haber excusas. Sebi se lo trae cada tanto, siempre con los minutos contados. Visita de médico le dice ella. Se incorpora en la reposera y recoge el libro del piso. Kafka en la orilla.[1] Regalo de Navidad de Elena. Se rieron juntas recordando las reticencias de su amiga cuando ella quiso sacar de la biblioteca La metamorfosis[2]. Recién leyó un capítulo. Le cuesta concentrarse con tanta gente dando vueltas. Es gracioso, interesante diría Ana María, ella se la pasa lamentando la casa vacía pero cuando transcurren muchos días acompañada, le pesa perder la tranquilidad. Camila y ella se entienden. Se acompañan sin invadirse. En cambio, Zoe es muy demandante. Imposible con ella presente hacer otra cosa que prestarle atención. Camila es reservada; Zoe, muy extrovertida. De su hija sabe poco; de su nieta, todo. Camila lee en una reposera próxima; Zoe baila al son de la música, seguramente Callejeros, es fan como su mamá, que solo ella escucha con su nuevo discman. ¡Mami! grita Camila de repente y a ella se le detiene el aliento recordando otro grito al borde de la pileta. Ella comprueba, aliviada, que Zoe sigue danzando sobre el césped. Además, es una eximia nadadora, por suerte pudo superar su inicial miedo al agua. ¡Mami! insiste su hija mientras le señala la pileta. En el borde, un mínimo gatito blanco. Zoe se saca los auriculares y amaga acercarse. ¡Despacio! ordena Camila lo vas a asustar. Minutos después las tres se aproximaron con cautela y observan al minino. Es muy chiquito comenta ella la mamá no puede andar muy lejos. Zoe se acerca y lo alza. ¡Qué cosita divina! exclama. Vayan a ver si encuentran a la gata les indica. Zoe se lo tiende y, corriendo y gritando ¡mish!, ambas chicas recorren el parque. Ella recibe ese manojito de pelos. Tibio, piensa, tan tibio.   El gatito maúlla con un volumen insospechado para su tamaño. Está llamando a la mamá, determina ella. Un rato después regresan las chiquilinas. Negativo informa Camila. A todo esto, los gritos del animalito atrajeron a Candela y a Fernanda. Averigüen en las casas cercanas ordena ella. Las nenas se quedan jugando con el gato mientras ella va a buscar leche. No quiere acordarse de la llegada de Dedal porque aún le duele pensar en él. Herida que no termina de cicatrizar. Lo extraño tanto, piensa. Leche que el bichito toma con fruición. Malas noticias informa Candela los vecinos no saben nada pero encontramos esto al lado del portón agrega mostrando una caja de zapatos con un trapo. ¡Buenas noticias! la corrige Camila nos lo dejaron. ¡Nos lo regalaron! la corrige Zoe mami, ¿nos lo podemos quedar? De ninguna manera, lo único que me falta es un gato molestando a los clientes contesta Candela y que la ropa se llene de pulgas. Pero nosotros no tenemos clientes… arriesga Camila. No puedo dice ella. ¿Qué es lo que no podés? insiste la chica. Me rompí cuando Dedal nos dejó, no estoy en condiciones de soportar otra pérdida. Mami, un gato vive más de doce años, lo vi ayer en un documental; hasta veinte años pueden vivir si está bien cuidado; el gatito va a durar hasta que vos seas vieja. Ella hace cuentas, es rápida para los números, su hija considera que a los setenta años será una vieja. Sonríe sin darse cuenta. ¿Eso significa que sí? pregunta Camila señalándole el rostro. Ella recuerda La caverna[3] y al perro que tanto espacio ocupó en la historia. No, Camila, todavía no estoy en condiciones. Si decís todavía es porque sabés que más adelante lo estarás, pero al gatito lo precisamos, ahora, mami, estamos muy solas. Las palabras de su hija la atraviesan. Nunca supuso que la chiquilina estaba padeciendo la soledad. Camila tiene razón interviene Fernanda el morrongo les va a venir muy bien. Además cuando yo te voy a visitar puedo jugar con el gato, porfi, abu pide Zoe juntando las manos. Yo me comprometo a ocuparme del veterinario ofrece Candela. Ella recuerda las topadoras. Me arrollan, piensa. Son demasiadas contra mí dice. Contra vos, no; a tu favor la corrige Fernanda. Ella, vencida, dice sea, pero no seré yo la que me ocupe del bicho. Camila corre a abrazarla. ¡Yo lo cuidaré, mami! ¿Cómo le ponemos? pregunta Zoe apretujando al gatito. Kafka[4] dice ella levantando su libro porque apareció en la orilla. ¡Mobidick[5]! exclama Camila alzando el suyo porque es blanco; yo lo encontré, tengo más derecho, además vos elegiste Dedal. Yo le voy a decir Mobi aclara Zoe Mobito.

 

 



[1] “Kafka en la orilla”, Haruki Murakami.

[2] “La metamorfosis”, Franz Kafka.

[3] “La caverna”, José Saramago. El protagonista recoge un perro al que llama “Encontrado”.

[4] “Kafka en la orilla”, Haruki Murakami

[5] “Mobidick”, Herman Melville, novela sobre una ballena blanca.

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Está limpiando las piedritas de Mobi. Camila se ocupa de darle de comer, pero de esto, no. Me da asco dice. Cuando volvieron de la quinta el gatito lloraba mucho, sin embargo, finalmente se acostumbró. Es amoroso. Aunque ella se prometió no encariñarse, de a poco la va ganando. A veces se confunde y le dice Dedal. Suena su celular. Mamá, Belén se siente muy mal estamos yendo para el Otamendi, ¿te puedo llevar al nene después? Por supuesto, pero ¿la vas a dejar sola? No, la madre está yendo para allá. Ella mira el reloj: casi las ocho, habrá que darle de cenar. Abre la heladera. Media hora después suena el portero eléctrico. Ella sale. ¿Qué pasó? pregunta. Estábamos paseando y de repente le agarró una puntada en el abdomen que la hizo arrodillarse en el piso. ¿Tiene apéndice? averigua ella recordando un cuadro similar con su madre. Sí, yo también pienso que puede ser eso; me voy, ma, la dejé en la guardia, por suerte los padres ya estaban. Manteneme al tanto por favor. Sebastián le tiende al nene que llora aferrándose a su padre. Está muy asustado, Belén gritaba dice su hijo tratando de justificarlo. Ella piensa que su nieto llora porque nunca se lo dejaron, pero solo dice no te preocupes, andá, ya se le va a pasar. Sebastián se mete en el auto y ella abraza al nene y entra. En cuanto abre la puerta aparece Mobi maullando. ¡Miau! exclama Bautista intentando liberarse del abrazo. Ella lo deja en el suelo. Instante después nene y gato juegan. Aparece Camila. ¿Qué hace Bauti acá? Ella le hace una seña. La chica se aproxima. En un susurro ella le informa Belén está mal, Sebi la llevó al Otamendi. ¿Se va a quedar a dormir? pregunta la chica. Ella se encoge de hombros. Por el momento voy a cocinar algo, ¿lo mirás? Claro dice Cami y se sienta en el piso junto al diminuto dúo. Media hora después Bautista juega con su puré sentado en la silla alta rescatada del cuartito de la terraza. De parabienes con Camila. Mientras el nene intenta manejar la cuchara ella le embucha el pollo desmenuzado. Mobi maúlla y el chiquito lo festeja con carcajadas. Lo que ella temía sucede. En cuanto menciona que hay que ir a dormir, siendo ya casi las once, el nene comienza a llorar. ¡Mamá!, ¡mamá! Ella le explica que fue a ver a un doctor para que la cure porque le dolía la panza. ¡Paza! dice el nene tocándose el abdomen y disminuyendo el volumen de su llanto. Ella aprovecha para llamarlo a Sebastián que no dio señales de vida. Es apendicitis, ma, entró a quirófano a las diez menos cuarto; nos dijeron una hora, una hora y media; te aviso, gracias por cuidar a Bauti. Cuando corta, el llanto ya se transformó en risa. Ella saca los pañales del bolso que le entregó Sebi, lleva al nene a su cama y lo cambia mientras Cami lo entretiene mostrándole un librito. El nene empieza a restregarse los ojos. ¿Si le ponemos dibujitos en la tele? le pregunta Camila en voz baja. Ella accede, aunque siempre odió la televisión como chupete, hasta con Zoe. Van hasta el living. Ella se ubica en el sillón, acomoda al nene en su falda y lo mece mientras Mickey y Minnie hacen de las suyas. Bauti se pone el dedo en la boca; los ojitos se le van cerrando. Cuando por fin se queda dormido ella lo lleva a su cama. ¿Yo también puedo dormir con vos? pregunta Cami. Deja a los dos chicos acostados y vuelve a llamar a su hijo. Ya es la una. Sin novedad todavía; no me gusta nada, ma, estoy asustado. ¿Querés que vaya para allá?, Camila se puede quedar con Bauti y además puedo pedirles a Fernanda o a Candela que vengan. No, prefiero que te quedes con el nene, vos ya criaste cuatro, cinco en realidad. Va hasta el dormitorio. Ambos duermen, abrazados. Las dos. Las tres. Está por llamar cuando suena su celular. Por suerte lo dejó bajito. Se levanta y va hasta el pasillo. ¿Qué pasó? Peritonitis, está muy mal; la llevaron a terapia intensiva; ahí se acerca un médico, corto. ¿Quién será mejor?, ¿Fernanda o Candela? Fer está más lejos, pero Candela tiene a la nena. Media hora después llegan Fernanda y Manuel. Ella agarra la cartera y corre hacia el coche.

viernes, 27 de septiembre de 2024

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Fin de mes. Parada ante el semáforo de Pueyrredón suena su celular. Ma, andá ya mismo al banco a sacar todo el dinero que tengas en la cuenta ordena Sebastián. No puedo, estoy arriba del auto rumbo al Once, ¿por qué? Hacé lo que te digo, indicaciones de mi suegro. Veré si llego en horario bancario dice y corta. Un tránsito infernal. Lo único que le falta es ir al banco. Como si estuviera ella para recibir indicaciones de su consuegro. Ya irá el lunes a sacar plata para pagar los sueldos. Sueldos más los aguinaldos. ¡Mal mes! Verde. El coche de adelante no arranca. Ella se prende a la bocina.

 

Camila, iniciando sus vacaciones, se quedó durmiendo, ya está grande y es muy responsable, puede dejarla sola. Si hace a tiempo la pasará a buscar al mediodía para ir a comer algo. Todavía no festejaron que no se llevó ninguna materia. Llega al local antes de las ocho. Tiene que hacer todas las cuentas de los sueldos. Desde que Candela se mudó al outlet, Lucy tiene más responsabilidades. Le dará un extra. Se prepara un café y se sienta en el privado, lápiz en mano, radio encendida. El Ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció que desde el día de la fecha solo se podrán retirar del banco doscientos cincuenta pesos o dólares por semana. Se sigue manteniendo la paridad peso-dólar. El corazón se le detiene. Sebastián tenía razón. Su consuegro tenía razón. ¿Cómo voy a pagar los sueldos?, se pregunta. Doscientos cincuenta no alcanzan ni para uno. En los más de veinte años que tiene empleadas nunca se demoró en pagarles. Un compromiso con ella misma. Busca las llaves en su cartera y abre el primer cajón. Cuenta el dinero. Ciento ochenta pesos. Revisa su billetera. Ciento diez pesos. Busca la calculadora, suma y divide. Le da sesenta pesos para cada empleada. Ridículo. Sebastián seguramente podría prestarle, pero ella jamás se lo pediría. Quizás Ariel tenga efectivo. O Elena. A lo mejor no es cierto lo que dicen. Apura de un trago el café ya frío y agarra la cartera justo cuando llega Rita. Voy para el banco informa ella. Todavía no abrió, pero hay un gentío haciendo cola, ¿no sabés qué pasa? Escuchá la radio, pero antes tomate un Valium contesta ella y sale.

 

Diciembre transcurre haciendo cola en los bancos. La gente lleva banquitos para facilitar la espera. Gritos, carteles, calor. Agotador. Todavía no logró terminar de pagar los sueldos. Por suerte las chicas entienden y no exigen. Los clientes tampoco le pueden pagar. Ella no puede pagar las telas. Ayer don Mario le fió porque ella se había quedado sin un peso en el bolsillo. Suerte que la agarró con la alacena llena. Además, ahora son solo dos. Aunque Candela viene día sí, día no. Ni a ella pudo completarle el sueldo. Fernanda y Manuel también andan a los tumbos. El único sin dificultades es Sebastián. Te lo avisé, ma encima la reta. El muchacho le ofreció dinero, pero ella no aceptó. Se resiste a ser aún más criticada por su nuera. No hay mal que dure cien años le dijo. Esto, lamentablemente, durará, ma le replicó su hijo. Está hirviendo agua para hacer unos fideos cuando un ruido la sobresalta. Ruido extraño. Apaga el fuego y sale a la calle. Camina hasta Córdoba impulsada por el estruendo. Cientos de personas caminan por la avenida golpeando cacerolas. Que se vayan todos gritan. Regresa a su casa. Le indica a Camila que se haga un sándwich y sale. Cacerola en una mano. Tapa en la otra. Llega a Córdoba y se suma a la multitud. Golpea y golpea. Golpea por las colas que se tragó en el banco, golpea por los sueldos que debe, golpea porque no puede abrazarlo a Bautista, golpea porque no puede decirle a Belén lo que piensa, golpea por la muerte de Alberto, por el abandono de Leonardo, golpea por la pérdida de Zoe, por las exigencias de Ariel, por la casa vacía, golpea por su Dedal querido. Golpea y llora mientras golpea. Golpea y grita. Golpea.

 

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...