DÍAS DE MUJER
1
1978
Tengo veinticinco años, dice la mujer. Parece recordárselo a sí misma porque la criatura que se resiste enérgicamente al cambio de pañales es su única oyente y una beba no puede comprender lo mensurable del tiempo. ¿Veinticinco años son pocos o son muchos?, ¿con qué intención enunció su edad la mujer?
A través de la puerta abierta llegan las voces de dos niños pequeños. Pelean. Gritan. La mujer cierra los ojos. Aprieta los párpados. La beba, sobre la colcha descolorida, además de retorcerse ahora llora. La mujer se muerde los labios.
Tengo veinticinco años, repite entre dientes. Quizá considera que son pocos para sobrellevar tantas responsabilidades.
Los gritos de los chicos arrecian. Se escuchan ruidos. Objetos golpeándose.
Entonces suena el teléfono en la cocina.
La mujer carga a la beba a medio vestir, sale del dormitorio y acude a atender. Levanta el tubo negro.
Su vida está a punto de cambiar, pero ella aún no lo sabe.
La mujer se llama Claudia.
Cabello y ojos oscuros, baja, delgada, muy menuda.
Tiene veinticinco años.
Suena el teléfono, dijimos. La mujer con su hijita en brazos se acerca a atender. Al escuchar las primeras palabras se apoya en la pared. Luego se va deslizando hasta quedar en cuclillas. La beba se desprende de sus brazos y se aleja gateando hacia sus hermanos que ya no gritan. ¿Adónde está? pregunta la mujer. Se queda unos minutos sentada en el piso con el tubo sobre la falda. Luego se incorpora y corta. Se escuchan las carcajadas cercanas de los tres chicos.
La mujer le pide al niño mayor, todavía ni cambió los dientes, Sebastián se llama, que cuide a las hermanitas. Atraviesa el patio, abre la puerta de calle y toca el timbre del departamento de al lado. Es un ph. Ella habita en el tercero desde la calle. Habla con su vecina y se aleja. Instantes después regresa con sus tres hijos. Los deja allí. La beba intenta liberarse de los brazos de la vecina y grita mamá. Es la primera vez que lo hace, pero la mujer no parece registrarlo, ni alegrarse en consecuencia. Los otros dos niños la miran alejarse en silencio, muy serios. Ella no les explica nada.
Recién ahora podemos asomarnos a sus emociones. La mujer está aterrada.
Busca en un cajón los documentos y saca dinero de una lata de galletitas que hay en la alacena de fórmica naranja. Mete todo en la cartera y sale. Corre por el largo pasillo, flanqueado por macetas con malvones, hasta la vereda. Luego corre por Mario Bravo sorteando los peatones hasta llegar a Córdoba. Cruza la avenida y aguarda. Un buen rato después se aproxima un taxi con la banderita roja alzada. Ella lo detiene. Al Hospital Rivadavia indica. No hay fuerza alrededor/no hay pociones para el amor/ ¿dónde estás?, ¿dónde voy?[1] suena en la radio. La mujer se apoya en el respaldo. Recién ahora podemos asomarnos a su mente. Piensa que el dónde voy depende del dónde está que fue lo único que preguntó. Piensa después que piensa tonterías porque no quiere pensar. La radio insiste ¿dónde estás?, ¿dónde voy? Más rápido, por favor le indica al conductor. Nena, nadie te va a hacer mal sigue cantando Lebón. Ella no lo reconoce
La mujer entra a la guardia. Los argentinos somos derechos y humanos dice un cartel enorme en la pared. Mientras se acerca a la ventanilla de informes recuerda cuando lo trajo a Sebastián con el bracito fracturado. También había mucha gente. A la gente siempre le pasan cosas, piensa. ¿Alberto Gómez? pregunta. El hombre revisa una lista. Levanta la vista de los papeles y recién entonces la mira. Espere un segundo, por favor dice. A la mujer, Claudia se llama, la asusta ese por favor. En las guardias no suelen ser amables. Siéntese, por favor le indica ahora. Ella se deja caer en el banco de madera. Se recuesta sobre la pared. Cierra los ojos. Nena, nadie te va a hacer mal, se repite, aunque teme que no sea cierto.
2
Se acerca un médico. Qué joven, piensa la mujer mientras se incorpora. ¿Familiar de Alberto Gómez? Soy la esposa contesta ella. Lo lamento mucho dice el médico tuvo fractura de cráneo, no pudimos salvarlo. ¿Qué? pregunta ella. Fractura de cráneo repite el hombre. Pero ¿cómo está? El médico la mira, parece desconcertado. No pudimos salvarlo repite. ¿Cómo? Falleció, señora, falleció. Falleció, se dice ella. Mi marido falleció. Alberto falleció. Alberto se murió. No puede ser, piensa. Tenían muchos proyectos. Tenían tres hijos. No se puede haber muerto, decide, no puede hacerme esto.
Porque tiene tres hijos. Porque está sola. Porque tiene veinticinco años.
Reconocerlo. El médico le dice que tiene que reconocerlo. Claro que lo conoce mucho, piensa mientras sigue al hombre. Lo conoció a los quince, se casó a los diecinueve. Empezó a darle hijos a los veinte. Recién saca la cuenta, hace diez años que lo conoce. Lo re conozco, decide. El doctor la conduce a un pequeño cuartito, hay una camilla con un cuerpo tapado por una sábana. Blanca, piensa ella, en los hospitales las sábanas siempre son blancas. El hombre descorre la sábana blanca. Lo que quedó de su marido la mira. El médico se apresura a cerrarle los ojos. Perdón pide. Ella no llora. Ella piensa que debería llorar, pero no llora. Ella que llora por cualquier cosa ahora no llora. A lo mejor se murió. A lo mejor estoy muerta, piensa. Quisiera estar muerta, decide. Pero después recuerda que no puede. Tengo tres hijos, piensa, tengo tres hijos y estoy viuda. La infinitud de su carga se le viene encima. Trastabilla. El médico la sostiene del brazo. Ella sostiene la cartera. Con los documentos y el dinero.
No sabe qué hacer. Le hacen preguntas y más preguntas. Porque Alberto está muerto, habrá que enterrarlo. Alberto no tiene familia. Ella tampoco. No sé qué hacer confiesa. De la nada se le aparece un hombre. Ahí leí que su marido se accidentó cuando iba al trabajo, hay que conseguir que ellos se hagan cargo. ¿Cómo? pregunta ella. Yo me puedo ocupar dice el hombre, soy abogado. Pero yo no tengo plata. Por eso no se preocupe, me pagará con lo que gane. ¿Con lo que gane? Estos juicios nunca se pierden, se lo aseguro. Qué puedo ganar, piensa ella, acabo de perderlo todo y este hombre no se da cuenta. Deme los datos le ordena el hombre. La mujer, como un autómata, obedece. Abre la cartera. Por suerte encuentra la libretita de direcciones. ¿Por suerte? piensa, vaya con mi suerte. Regresa a su cabeza la canción. Nena, nadie te va a hacer mal. Me quiero ir, piensa. Aunque no sabe adónde.
Los caballeros que se acerquen a llevar el cajón. Ella piensa que por suerte vinieron los compañeros. No hay familiares. Solo un primo que trabajaba con él en la fábrica. Sebastián es muy chico, piensa. Y vuelve a pensar que piensa tonterías. Lo que queda de la familia de Alberto sigue en el Chaco. Ella les mandó un telegrama, pero nadie vino. No tienen ni para el pasaje, imagina. Ella tampoco tenía para el entierro, suerte que los compañeros hicieron una colecta. ¿Suerte? También está Rubén, el vecino. La mujer no pudo venir porque se quedó cuidando los chicos. Todavía no les dijo nada. Cuando murieron sus padres Alberto cargó una manija. Faltaban hombres, claro, dos cajones. Ella se acercó, pero no la dejaron. Era mujer y además estaba embarazada. Embarazada de Candela. Recuerda que lloraba. Ahora no. A lo mejor estoy muerta, piensa de nuevo. A lo mejor estoy soñando, se corrige. No la dejaron cargar a sus padres y terminaron ayudando los de la cochería. Se pone a pensar que siempre estuvo sola. Por eso desde la infancia soñó con tener varios chicos. No tan pronto, claro, pero nada de hijos únicos. Alberto llevaba el cajón y ahora está dentro. No corresponde, piensa, Alberto es joven. Como yo. Los dos tenemos veinticinco años. Después se corrige. Alberto ya no. Solo ella tiene veinticinco años. Solo y sola. Se pierde. Como siempre se pierde en las palabras.
Uno de los compañeros de Alberto la alcanza hasta su casa. Agradece, se baja del auto y se acerca hasta la puerta. Busca la llave en la cartera que cuelga de su codo. Pone la llave en la cerradura, pero no abre. No quiere abrir. No quiere entrar. No quiere ver a los chicos. Llega la vecina del primero y le pregunta si le pasa algo a la llave. A la llave no. A la llave no le pasa nada. Las llaves no tienen sentimientos. Las llaves no tienen hijos a los que hay que contarles que se murió el papá. No tiene más remedio que entrar. Abre la puerta del departamento 3. La puerta suya. El sol inunda el patio de baldosas a cuadros amarillas y negras. Ella mira el piso. Piensa que está percudido. Claro, muchos pasos. Los de sus abuelos. Los de sus padres. Los de ella de pequeña. No pensó que aquí criaría a sus hijos. Gracias a que mis padres murieron, piensa. Y después se reta. ¿Cómo pudo decir gracias? Se sienta en el sillón de hierro forjado. Negro. Piensa ahora que muchos se sentaron. Está por enumerarlos cuando descubre que otra vez se perdió en sus pensamientos. Se levanta aún con la cartera colgada del codo. Marrón es la cartera. La mira. También está percudida. Entra a la cocina. Deja la cartera percudida sobre la mesa y se sirve un vaso de agua. Después va al dormitorio. Al dormitorio nuestro, piensa. Pero después se corrige. Al dormitorio mío. Porque ahora el dormitorio es solo suyo. Se deja caer sobre la cama. Se pliega sobre sí misma. Un temblor interno le sube desde el abdomen, sacudiéndola. Quisiera rugir. Apoya la boca sobre la almohada y, por fin, llora. No está muerta entonces. Ella no.
3
El timbre la despierta. Se incorpora como un resorte y acude a atender. Recién cuando se aproxima a la puerta la realidad la aturde. Por instantes la olvidó. Soy viuda, se recuerda. Abre. Es Gloria, la vecina, con Fernanda cargada que en cuanto la ve grita (y es un grito) mamá y le tiende los bracitos. Ella, aún aturdida, la alza. Llora demasiado informa la mujer por eso te la traje. ¿Los mayores? atina a preguntar ella. Están bien, los dejé mirando la tele, ¿querés que te los traiga? Ella sacude la cabeza con energía. En un rato los busco dice. Porque no está preparada, todavía no está preparada. La beba, por suerte, no sabe hablar aún. No sabe preguntar. Los mayores sí. Los mayores. ¿Dos niños de tres y cinco años son mayores? se plantea. El pecho de su hijita todavía se sacude. Porque lloró mucho. La beba ya lloró mucho. Los mayores no. Todavía no. Se sienta en el sillón de hierro forjado en el que tantos se sentaron. Oprime a la nena contra sí. La olisquea. Tiene el pelito transpirado. Se levanta para prepararle un baño.
Mientras hierven los fideos le llegan los gritos del vecindario, las bocinas de los coches. Argentina ganó el mundial. Qué contento hubiera estado Alberto. Todos están contentos. Todos los argentinos. Todo el mundo. Ella es la única que no. Y los holandeses. El que no salta es un holandés. Ella no es holandesa pero no salta. ¿Y papá? pregunta Sebi ¿dónde está? Ella cierra los ojos. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?[1]
El día que parecía interminable llegó a su fin. Ya enterró a su marido, ya les dijo a sus hijos que eran huérfanos. Ya cambió las sábanas de las cuatro camas. Si lo piensa es absurdo, las había puesto el día anterior, pero necesitó volver a cambiarlas. Tierra. La tierra. Tierra eres y en tierra te convertirás le enseñaron. Sus padres se murieron juntos. Alberto se murió, solo. Ella está viva. Viva porque tiene tres hijos que la necesitan viva. Viva, además, descubre, porque quiere vivir. Tiene solo veinticinco años. Se mete entre las sábanas impecables. Mañana será otro día.
Sale con Sebastián, delantal a cuadritos, mochila mínima, rumbo al jardín. Gloria se ofreció a quedarse con las nenas. Ella no tuvo fuerzas para negarse. No está acostumbrada a recibir ayuda. Siempre se arregló sola. Desde chica su mamá la entrenó. Me obligó, se corrige. Yo no, piensa, yo no obligo a mis hijos. Oprime la manito de Sebi. Seguramente demasiado porque el nene se queja. Al llegar a Córdoba se detienen ante el semáforo. Mamá, ¿papá va a volver? pregunta Sebi. Ella se agacha para quedar a su altura. No contesta porque nunca les miente. No importa dice el nene alzando la manito con el pulgar flexionado quedamos los cuatro.
Hoy hace una semana, piensa. Primero fue el dolor. Luego brotó la rabia. Ahora, la sofoca la preocupación. ¿Cómo va a mantener a sus hijos? Los ahorros, calcula, le alcanzarán hasta fin de mes. ¿Y después? ¿De qué puede trabajar? El padre no le dejó hacer el secundario. Las mujeres son para la casa. Tampoco le permitió que hiciera el curso de dactilografía que le había sugerido su maestra. ¿Para qué?, te vas a casar, tu marido te va a mantener, vos cuidarás de tus hijos. Sí la mandó a aprender corte y confección. Con eso vas a poder ayudar a tu marido, si hace falta, sin salir de tu casa. ¿Marido?, ¿hijos? Ella tenía trece años y desde primero inferior siempre había estado en el cuadro de honor. El último año llevó la bandera. La maestra intentó hablar con su padre, pero fue inútil. Todas sus compañeras se inscribieron en algún secundario. La mayoría siguió en la misma escuela. Hasta Emilia que vivía sola con la mamá que era empleada doméstica. Ella no. Claro que también fue responsable. Podría haber estudiado después de casada. Se lo planteó a Alberto, pero, para su gran decepción, sus argumentos fueron similares a los de su padre. La casa, los hijos. Ella no quería tener chicos enseguida. Sin embargo, antes del año de casados llegó Sebastián. Su suerte estaba echada. La suerte está echada[2]. Siempre le gustó esa frase, no recuerda dónde la leyó. Porque bastante había leído en su adolescencia. Las amigas le prestaban libros que ella leía a escondidas. Te llenan la cabeza de pajaritos decía su padre. Ella a los pajaritos los llamaba sueños. A Alberto tampoco le gustaba que leyera, además a medida que fueron llegando los chicos ya no tuvo tranquilidad. A veces es mejor no pensar, se dice, y leer siempre la había hecho pensar. Actuar. Ella se transformó en una máquina de actuar. De la mañana a la noche en acción. Los chicos no le dan respiro. Pienso luego existo[3] también había leído vaya a saber dónde y cuándo. Frase transformada en hago luego existo. Hago la comida, hago las camas, hago las compras, Hago. Hago. Hago. Como siempre desaparece en las palabras y necesita pensar cómo se va a arreglar. No estudió, eso lo tiene claro, ¿de qué puede trabajar entonces? Y si trabajara ¿con quién dejaría a los chicos? Para lo que necesites dijo Gloria. Pero la gente promete por prometer. Le acompaño el sentimiento. Varios se lo dijeron. Sin embargo, hace una semana que nadie la acompaña. Solo los chicos. Recuerda los cuatro deditos alzados de Sebastián. Se abraza a sí misma.
[1] “Seminare”, Serú Girán.
[2] “La suerte está echada”, novela de Jean Paul Sartre.
[3] Frase de René Descartes.
4
Los chicos ya bañados, cenados y acostados, la mujer (que ya nos es cercana, de ahora en adelante Claudia la llamaremos o ella) despliega el Clarín sobre la mesa de la cocina, la única mesa de la casa en realidad. La sala transformada en el cuarto de los chicos. El suplemento de los clasificados. Birome en mano va marcando los avisos que le parecen a su alcance. Pocos, muy pocos. Casi restringidos a servicio doméstico. Si mis compañeras de colegio me vieran, piensa. Ella, la que siempre se destacaba. Elige uno. Por algo tiene que empezar. Mañana se presentará. Dejará a Sebi en el jardín, a las nenas con Gloria y se presentará. A lo mejor tiene suerte.
Cuando se agacha a abrazarlo, Sebastián dice qué rico olor, mami. A ella le da vergüenza. ¿Corresponde que se haya perfumado a diez días de la muerte de su marido? Se perfumó y se arregló. Pensó mucho qué ponerse. ¿Cuál sería el atuendo adecuado? Deja al nene, elude una madre que se acerca a saludarla y cruza la avenida. No son muchas cuadras. Por eso lo eligió. También por eso. Es gracioso, ella supone ser la que elige cuando en realidad debe ser elegida. Se corrige: nada es gracioso. Es difícil. Es duro. Le da vergüenza. Está nerviosa, le duele el estómago, ni pudo desayunar. Sebi solo tomó la leche. Y porque lo obligó. Hace días que está inapetente. Las nenas, no. Parece que las nenas no se dieran cuenta de nada. Aunque Fernanda se está despertando mucho por las noches. Es cierto que le están saliendo las muelas, a lo mejor es por eso. Ella sí que está durmiendo mal. Hoy se despertó a las cinco. Ansiosa estaba. Ansiosa está. Es ahí. Llegó rápido. Todavía no es la hora, pero hay tres o cuatro mujeres haciendo cola. Se acerca. Cuatro. Saluda y ocupa su lugar. Al final. Las evalúa con la mirada. Soy la más joven, determina. Y nuevamente no sabemos si considera que es una virtud o un defecto.
Veinticinco años responde. ¿Referencias? ¿Referencias?, ¿a quién puede pedir referencias?, ¿quién la conoce? Gloria, claro. Pero para Gloria jamás trabajó, quizás ahora Gloria trabajará para ella. ¿Referencias? insiste la mujer, urgente la voz. Ella niega con la cabeza. Nunca trabajé admite, pero luego se rectifica para afuera nunca trabajé; en casa sí, desde chica. Y luego, como un cordel desatándose, como un ovillo descendiendo en caída libre, desarmándose, continúa nunca trabajé afuera porque no lo precisé, mi papá era mecánico, en casa no faltaba nada; después me casé y tampoco nos faltaba nada levanta la vista, clava la mirada en la de la mujer, necesita existir para alguien, ser alguien pero ahora me falta mi marido, se murió hace diez días, en un accidente, y tengo tres hijos. Las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas. Perdón pide y gira con intención de retirarse. Qué puede importarle a la mujer que en la lata ya solo queden un billete y un puñado de monedas. Ya próxima a la puerta escucha espere.
Está pasando la franela con energía por los estantes cuando le sobreviene un impulso. Detiene sus movimientos y mira alrededor. Nadie. Entonces, al azar, retira un ejemplar. Ella lo piensa como un ejemplar. Ejemplar. Seguramente su conducta no es ejemplar porque no la tomaron para que husmee (ella elige también esta palabra) en los libros sino para que los limpie. Controla nuevamente la ausencia de testigos y lo abre. La metamorfosis. Franz Kafka. La imagen en la tapa refrenda el título. Lo abre. Al despertar esa mañana de sueños inquietos, Gregor Samsa se encontró transformado en su cama en un gigantesco insecto. Algo parecido a un rayo la atraviesa. Está por encarar la segunda oración cuando escucha pasos cercanos. Recupera la franela y, con disimulo, devuelve el libro a su lugar. Yo también tengo sueños inquietos, piensa mientras reanuda su tarea. Ella también se siente un gigantesco insecto en cada despertar. Terminado su horario se acerca a la bibliotecaria. Ya me voy informa. La mujer sin levantar la vista de su tarea le dice hasta mañana. No la nombra. Claudia cree que no recuerda su nombre. Ya hace una semana que trabaja allí sin embargo nunca fue nombrada. Quizá la otra, la que le hizo la entrevista, no le dijo como se llamaba. Se retira unos pasos, pero regresa. Señorita Elena dice, porque ella sí recuerda su nombre. Sí contesta la mujer sin mirarla. ¿Me puedo llevar un libro? Ahora sí los ojos de la mentada Elena se elevan. Parecen sorprendidos. ¿Un libro? pregunta. Sí contesta ella. ¿Cuál? “La metamorfosis”. Ahora sí no hay duda: los ojos se abren de par en par. ¿La metamorfosis? Claudia se pregunta si la mujer es sorda porque tonta no puede ser si es bibliotecaria. Sí reafirma “La metamorfosis” de Kafka. Ya sé que es de Kafka afirma la mujer. Parece molesta. ¿Puedo? Es un libro… complicado aclara. A Claudia le da fastidio. ¿Puedo? La mujer se incorpora y segundos después regresa con el volumen solicitado. Le voy a tener que hacer una ficha dice tomando la birome. ¿Nombre? Claudia, Claudia Lagos. Por fin sabrá como se llama.
5
Se cambia, agarra su bolso y se acerca al mostrador. Pero en lugar de decir hasta mañana afirma vine a devolver el libro al tiempo que lo saca de una pequeña bolsa de pañolenci. Los ojos de Elena abandonan su tarea y la miran de frente. ¿No le gustó? pregunta quizá saboreando sus vaticinios. Es lo mejor que leí en mi vida contesta ella. La mujer toma el libro que le ofrecen y busca la ficha. Listo informa luego. ¿Me puedo llevar otro? Elena arquea las cejas. ¿Cuál? Claudia no sabe si corresponde, pero se arriesga y con infinita vergüenza pregunta ¿usted me podría ir guiando? Minutos después guarda en su bolsa Mi planta de naranja lima[1]. Hasta mañana, señorita Elena, y muchas gracias. La mujer sonríe al decirle hasta mañana, Claudia.
Horas después, entre cobijas, leyendo a Vasconcelos, Claudia descubre, con cierta culpa, que no está llorando por su marido. Sofoca el llanto con un pañuelo. El Zezé del libro hizo desaparecer a Alberto por unas cuantas horas. Desaparecer. Desaparecidos. Pañuelo. Pañuelos. El jueves cuando fue al centro a encontrarse con el abogado vio a las mujeres caminando en ronda con sus pañuelos blancos. Pañales que son pañuelos. Madres tenían que ser. Qué no haría ella por sus hijos. Unos pasitos breves la apartan de sus pensamientos. Mami dice Candela tengo miedo. Ella tira del bracito para ayudarla a subirse a la cama. Los niños no tienen que sufrir, piensa, mientras la abraza. Pobre Zezé.
En el momento de despedirse Elena le pregunta ¿empezó el libro? Ella que no se animó a comentarle contesta ahora voy por la mitad. ¿Y qué le pareció? Me gustó, me emocionó, pero… ¿Pero? inquiere la mujer. Aunque no sabe si corresponde se atreve y dice pero Kafka es otra cosa. Sí afirma la mujer meneando la cabeza Kafka, decididamente, es otra cosa. Claudia ya está cerca de la puerta cuando retrocede. ¿Me puede prestar algún libro para los chicos o primero tengo que devolver el mío?
Los cuatro acostados en la cama grande, Claudia lee en voz alta Dailan Kifki[2]. Fernanda escucha con el mismo interés que sus hermanos. Elena le dijo que no iba a entender nada, que ni siquiera era para Candela, pero ella confía en sus hijos. Los está preparando de chiquitos para que no les pase lo mismo que a ella. Van a estudiar. Los tres. Aunque ella tenga que dejar la vida, los riñones en el intento. Sebastián ya lee de corrido. La maestra está sorprendida. Ella no. Pura potencia. Sus niños son pura potencia.
[1] “Mi planta de naranja lima”. José de Vasconcelos.
[2] “Dailan Kifki”, María Elena Walsh.
6
1979
Está llenando la bañadera cuando suena el teléfono. Y qué poco que suena. El corazón se le aloca. Mira a su alrededor: los tres chicos están riendo mientras se sacan la ropa. Acude a atender después de aclarar no se metan hasta que yo regrese. ¿La señora Gómez? Ella piensa que por suerte no tiene a nadie más a quien perder.
Repentinamente recuerda que una vez en el Para ti[1] vio una almohadita con bolsillo para poner los dientes caídos. Pasa por la habitación de los chicos, tapa a uno y quita los juguetes de arriba de la cama de otra. Luego, sube al cuarto de la terraza y busca en el cajón de los retazos. Elige un par, corta unos rectángulos y se sienta frente a la Singer. Enciende la radio. La radio siempre la acompaña. Hace rato que no cose. Antes les hacía mucha ropa a los chicos. Antes. ¿Antes de qué? Antes de que muriera Alberto, se responde. Ahora no tiene tiempo. ¿No tiene tiempo o no tiene ganas? se pregunta mientras pedalea al ritmo de la música. Aunque fue una idea de su padre no de ella no le disgustaba ir a las clases de corte y confección. Su profesora decía que tenía buena mano. Se hacía sus vestidos en la adolescencia. Lejos, lejos de casa/No tengo nadie que me acompañe/a ver la mañana[2]. Sus manos, ágiles, rotan la tela cada vez que llega a una esquina. En pocos minutos la funda está casi lista. Le sobró gomaespuma de cuando hizo el moisés. Sonríe al recordarlo. Cuánta ilusión. Está rellenando la almohada cuando detiene su labor. ¿Y si se dedica a coser?, ¿si pone un tallercito? Podría usar el dinero para comprar una máquina eléctrica, la que tiene ya no da para más, se atranca a cada paso. Mientras da las últimas puntadas decide que tendría que comprar también una para hacer overlock. Mira a su alrededor. Ese cuarto es bastante grande. Debería sacar las cosas de Alberto. Ya nadie precisará sus herramientas. Para las bicicletas puede hacer un techito en la terraza. Así le entraría una mesa de corte. Y un maniquí. Tendría que poner un espejo de cuerpo entero. Para cuando las clientas se prueben, piensa. Ella no se ve porque el espejo aún no existe. Si pudiera verse descubriría que tiene los ojos llenos de luz. Sonrisas sin dueño. De pronto, intensamente viva. La alondra ya está cerca de tu cama, nena/Quiero quedarme, no digas nada/ Espero que las sombra se hayan ido, nena[3].
Al día siguiente, mientras cenan, el diente de Sebastián por fin se decide. Después de enjuagarle la boca con agua fría con ambas hermanas de admirado público ella le dice tengo una sorpresa para vos. Esta noche el diente caído dormirá en un bolsillo a cuadritos esperando al Ratón Pérez.
[1] Revista femenina.
[2] “Eiti Leda”, Charly García.
[3] “Eiti Leda”, Charly García.
7
Parece mentira. Ya pasaron seis meses. Estaba muy acostumbrada a contar desde la muerte de Alberto. Pero ahora tiene otro punto de referencia. Recorre con la vista el taller. Su taller. Las tres máquinas. Porque no se deshizo de la Singer. Cómo si era de su abuela. Además, y ya le pasó, la saca de un apuro cuando hay cortes de luz. Las tres máquinas. El maniquí. El espejo. La tabla de planchar. Las estanterías donde en infinidad de cajas duermen hilos, agujas, alfileres, broches, botones. Prolijamente ordenados cortes de tela, entretela, papel de molde. La bibliotequita con figurines. En solo seis meses ya logró formar una clientela. Varias mamás de compañeritos de los chicos. Sobre todo, arreglos. Se la pasa cosiendo pitucones y cambiando cierres Elena fue la primera en encargarle un vestido. Por suerte no se enojó. La ve seguido cuando va a retirar o devolver libros. También trajo a su mamá, adelgazó mucho y hubo que achicarle varias polleras. En las muchas horas que pasa empuñando aguja e hilo el tiempo retrocede. Deja de ser una mujer cargada de responsabilidades y vuelve a ser una adolescente repleta de sueños. Esa adolescente que no soñaba con un príncipe azul. Sí con correr aventuras, con conocer el mundo. Con ser otra. Libre. Ingrávida. Ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón[1]. Los gritos de Fernanda la sobresaltan. Tanto que se clava una aguja debajo de la uña. Le sale sangre. Deja el pantalón en ciernes sobre la mesa y, chupándose el dedo, baja. Va al dormitorio. Descubre a la nena semicolgada de la baranda de la cuna. Corre a agarrarla. Está grande la benjamina. Desmintiendo esta afirmación la lleva en brazos hasta la cocina. Ya es la hora de la merienda. En cuanto la nena termine la leche la dejará en lo de Gloria e irá a buscar a los chicos al cumpleaños. Prometió el pantalón para mañana. Lo terminará después de la cena. Cumplirá con su palabra, aunque tenga que quedarse en vela. La palabra. Siempre cumplió con su palabra. Palabras. Suele enredarse con las palabras. Se pierde en las palabras. Vuela con las palabras. Vuela a bordo de las palabras. ¡Mami! La nena, le muestra el vaso derramado. La leche chorrea hasta el piso. Todo se le derrama, piensa Claudia. Ya no puede contener nada. Sacude la cabeza y, otra vez, busca un trapo. Rejilla, ahora
[1] Versos de “Cantares”, poema de Antonio Machado musicalizado por Joan Manuel Serrat.
8
Golpea la puerta de Gloria media hora antes de lo habitual. La mujer abre, aún en camisón. ¿Qué pasó? pregunta, alarmada. Todos están esperando desgracias, piensa Claudia, no solo yo. A los diez minutos es Gloria quien toca su puerta. Claudia sale con Sebastián. Las dos nenas duermen.
Cuando se agacha para darle un beso Sebi le pregunta ¿te puedo pedir algo, mami? Claro. Llevala a Cande al hospital.
Con Candela en brazos espera en la guardia del Hospital de Niños. Al Rivadavia nunca pudo volver. No quiso, en realidad. Está caliente, la fiebre no baja. Por su mente transitan toda suerte de calamidades. Trata de tranquilizarse recordando todas las vacunas que le dio. La polio no puede ser, aunque ya nadie tiene polio. Ni sarampión (ella sí que tuvo, allá por sus seis, qué mal que la pasó), ni difteria ni tétanos ni tuberculosis. Los niños suelen tener fiebre. Intenta olvidarse de que llegó a 40 grados, y, sobre todo, olvidarse de que la nena estuvo horas llorando y que ella no la atendió. Gómez anuncia el altoparlante. Claudia, cargando la nena, se incorpora. ¿Dónde estás?, ¿dónde voy?[1]
Como si mis pies fueran alas, piensa. Así se siente. Angina pultácea. ¿No le miró la garganta, señora? No, no se la había mirado. Tres hijos y nunca aprendió a mirar una garganta. Penicilina y a otra cosa. Esta vez la habían perdonado. ¿Quién? Ya no creía en el de arriba. Su fe encerrada en el cajón junto con Alberto. ¿Quién?, ¿el tribunal de madres? La sentencia de Sebastián atronándola. Lloró mucho, mami, te llamaba, yo iba a subir a buscarte, pero me dio miedo porque estabas muy enojada, además dijiste que tenías que trabajar. Es que ella tenía que trabajar. Tiene que trabajar para mantenerlos. Tiene que trabajar para comprar el antibiótico que la farmacéutica acaba de entregarle. Evita decirse que no solo por eso trabaja. Porque es tan difícil dar cabida al disfrute en sus elucubraciones. Trabajo para mantenerlos, se repite, entonces. ¡Mami!, la tironea Candela de la manga ¡mami!, la señora te da plata. Claudia sacude la cabeza y recibe el vuelto. Gracias dice y luego agrega perdón. Es a la nena a quien quisiera pedirle perdón. Pero si le pide perdón la nena descubrirá su fallo. ¡Mami! insiste Candela asida a su cartera. Entonces la alza. La alza y la besa. Sigue calentita, pero se la ve mejor. Nena, nadie te va a hacer mal[2]. Tuvo tanto miedo. Recordó los deditos flexionados de Sebastián: seguirán siendo cuatro.
9
1982
Claudia, mientras sigue presionando el pedal de la máquina y guía la tela azul, gabardina azul, controla el reloj. La maestra de Candela la citó a las tres. Qué raro. Es la primera vez. Nunca la llamaron. De Sebastián solo recibe halagos. Quiere terminar el pantalón antes de ir. El pantalón de gabardina azul. De últimas le pedirá a Rita que le ponga el cierre. O lo pondrá ella cuando regrese. No le gusta delegar. Porque, además, nadie cose como ella. Acelera el ritmo de su pie.
Sale… busca la palabra… desconcertada. La señorita Emilia habló sobre una nena que no parecía ser la suya. Arrancó ponderando sus aptitudes. Lee y escribe de corrido, ya multiplica, es muy prolija. Como si ella, la madre, no lo supiera. Como si ella, la madre, no le revisara el cuaderno. El año pasado todos los días. Claro, primer grado. Ahora no tanto, reconoce, total siempre está bien. Como el de Sebi. El de Sebi está muy bien. ¡Muy bien! Nunca le dieron trabajo con la escuela. Menos mal porque tiene mucho trabajo. Cada vez más. Ya no da abasto. Con Rita no le alcanza, tendrá que buscar más ayuda. Lee, escribe, multiplica y es prolija. Lo sabía. Lo que no sabía y la señorita Emilia se encargó de informarle es que no quiere salir al recreo. En cuanto la maestra se distrae vuelve al aula y se queda sentadita en su banco. Dibujando o leyendo. Ayer en el recreo largo la obligó a salir porque imagínese, señora, tiene que aprender a socializar, para eso también viene a la escuela, por las dudas cerré la puerta del aula; ¿sabe dónde la encontré?, en el patio de los más grandes, que ellos no pueden, de la mano del hermano; cuando la reté, Sebastián, que es un tesoro de niño, me dijo que él la había ido a buscar que la culpa era suya; Candela, muda, ni una palabra logré sacarle, ¿no le contaron? No, no le habían contado. Ayer fue Gloria a buscarlos y luego los llevó a su casa. Ella tenía una prueba. El trajecito para el civil de la hija de la panadera. Qué chica fastidiosa, no sabe lo que quiere, que más corto, que más ajustado. Volvió tardísimo. Les hizo unos moñitos con manteca y queso y los acostó sin baño. Se acuerda ahora de que Candela cenó poco, y eso que le encantan los fideos. No, no me contaron nada tuvo que reconocer con algo parecido a la vergüenza. Sin darse cuenta casi llegó a su casa. Mira el reloj. Es casi la hora de retirarlos. Qué cabeza. Desanda camino. Si se apura pasará antes por la panadería. A Candela le encantan las tortitas negras.
Mientras prepara la merienda observa con atención a sus hijos, sentados alrededor de la mesa. Es notable: todos los días los alimenta, los viste, los baña, sin embargo, no necesariamente los ve. No por dentro. Ni siquiera por fuera. Fernanda tiene el flequillo demasiado largo, a cada rato se aparta el pelito con la mano. A Sebastián empiezan a marcársele los pómulos, parece un hombrecito, nueve años apenas. Candela… Le puso Candela por la luz y ahora está apagada. En un acto de fe le tiende el plato con las tortitas. Mirá lo que te compré le dice. ¿Para mí? pregunta la nena. Al tiempo que los ojitos de la nena se iluminan los de ella se llenan de lágrimas.
Hacía mucho que no iba a la biblioteca. Está demasiado ocupada últimamente. Elena la recibe con alegría. Dichosos los ojos que te ven, ¿qué andás buscando? Media hora después (estuvieron charlando un buen rato, porque fue largo, pero, además, el rato fue bueno, muy bueno) sale con el primer tomo de Escuela para padres, de Eva Giberti. Elena le anticipó que son tres.
Los chicos ya dormidos, se prepara un café y se mete en la cama. El libro la espera, paciente, sobre la mesa de luz. ¿Cuánto hace que no lee? Me estoy perdiendo, piensa, me estoy perdiendo entre hilvanes. Toma un trago de café y arranca. Relee varias veces cada párrafo. La demuele ver cuántas cosas hizo mal. Cuántas hace mal. Cuántas, sabe, seguirá haciendo mal. Porque, además, está sola. Una hora después baja el libro, abatida. Cuando termine el tercer tomo los chicos ya serán grandes. Apaga la luz sin saber qué se hace con una nena de siete años que no quiere salir al recreo. Ya se le pasará, decide, a mi madre jamás le importaron mis sentimientos y sin embargo sobreviví. Apoya la cabeza en la almohada. Está… busca la palabra… fundida. Instantes después el ritmo de su respiración nos indica que está dormida. Profundamente dormida.
10
Se acuesta, agotada pero inquieta. Fernanda, lo que nunca, la llamó mil veces. No se podía dormir. De eso sí leyó en el libro. Por eso le tuvo tanta paciencia. A veces piensa que es demasiado para ella. Le dan ganas de cerrar la puerta y mandarse a mudar. Todavía no tiene treinta años (ahora sí nos damos cuenta de que los considera pocos) y se siente como de mil. Hace ya cuatro años que está sola de hombre. Arriesgaría que no volverá a haber espacio para hombres en su vida. Bonito regalo una viuda con tres hijos. Además, no estaría dispuesta a arriesgar su libertad. Porque ahora, a pesar de la atadura de los chicos, es libre por dentro. Antes no. Primero su padre, después Alberto. Ahora es ella la que decide. Y eso no tiene precio. Se levanta el camisón y recorre su cuerpo con las manos.
Está marcando con tiza el molde de una pollera. Fernanda, sentada en el piso, dobla los retacitos que ella le va dando y los pone en una canasta que ella le preparó para eso. Porque a la nena le encanta jugar en el taller mientras sus hermanos están en la escuela. Ella va solo por la mañana. Ya en preescolar la benjamina. Es la más pegada a ella, la más cariñosa. Todos dicen que se le parece. ¿Saldrá modista la pequeñita? Le cuesta verla crecer. Es su bebé. Pobre gorda, cuántas veces lloró abrazada a ella. Antes. Por suerte antes, antes de que se tenga memoria. Cree que es la que menos sufrió la muerte del padre. Recuerda el libro Escuela para padres y agita levemente la cabeza. Que digan lo que quieran, para ella ni se dio bien cuenta. Interrumpe el traqueteo de la máquina. Música militar en la radio. Cadena nacional. El Estado Mayor Conjunto en relación con los hechos que llevaron a la decisión de cesar el fuego… Le pide a la nena que interrumpa su parloteo. La alza. Necesita sentirla contra sí. Escucha con atención. Gracias a Dios dice aunque no sabe a quién se lo dice. Ni bien termina el comunicado baja corriendo aún con la nena cargada y toca el timbre de Gloria. Ambas mujeres, llorando, se abrazan. Ojalá que a Juancito no le haya pasado nada. Un amor de pibe, lo conoce de chiquito. No hay isla que merezca una vida. Ni siquiera un continente. Porque ella sabe bien el costo para los demás de una vida perdida.
11
1983
No puede dormir. Intentó leer, pero no logra concentrarse. Dio tantas vueltas que la cama es un revoltijo de sábanas arrugadas. Derrotada, enciende la luz. Descalza, en puntas de pie, se dirige a la cocina. Enciende la luz chiquita de arriba de la mesada. Pone agua a hervir. Quizás un té la ayude. Un té de manzanilla. Ya sentada, las manos rodeando la taza caliente, reflexiona. Está arriba de un trampolín. Tan riesgoso zambullirse como volver atrás mientras los demás suben. Porque el hombre no va a seguir esperándola. La vida no espera. Como intentar frenar un río caudaloso con dos piedras. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar[1] leyó alguna vez. Prefiere olvidar como continúa. Si quiere seguir creciendo tiene que mudar el taller. Las tres empleadas se chocan a cada paso. Le da vergüenza cuando las clientas vienen a probarse. Todo es un tendal. No hay forma de mantener el orden. Necesitaría sumar otra máquina, pero ya no cabe ni un alfiler. Absurdos los dichos. Un alfiler le cabría. Varios alfileres. Varias cajas de alfileres. Claudia, se reta, no pienses en pavadas. El trabajo fluye, los clientes se multiplican, hay una suerte de euforia general. La calle bulle. Recién ahora toma conciencia de la nube negra que los cubría. La gente ahora habla, discute, polemiza. Claudia, se reta de nuevo, a lo tuyo. Elena le saldría de garante. Es propietaria. Porque Gloria tiene su casa como bien de familia. El hombre le dio plazo hasta el viernes. Con el depósito se le irían buena parte de los ahorros. ¿Podrá hacer frente al alquiler? Su padre le enseñó que nunca hay que alquilar. La plata se va como agua entre las manos. Pero de aquí a que pueda comprar un local ya va a tener canas. Un local a la calle, ni en sus mejores sueños. El corazón le bombea. Sobre Córdoba, a tres cuadras de su casa. Una oportunidad única. Además, podría adaptar el taller como cuarto de Sebastián. Ya diez años, está grande para seguir durmiendo con las hermanas. Aguza el oído: Candela habla en sueños. Deja la taza sobre la mesa y va a verla. La nena está sentada en la cama, los ojos abiertos como platos. Otra vez. Mamá, me están pinchando con agujas, sacámelas. Le lleva un buen rato lograr que se despierte. Terrores nocturnos decía el libro. Sobre todo, no gritarles. Ella nunca les grita. Casi nunca.
Pegada a la radio va siguiendo el escrutinio. Fue emocionante ir a votar después de tantos años. Llevó a los tres chicos. No los dejaron entrar al cuarto oscuro. Se quedaron esperándola quietos como tres soldaditos. ¡Soldaditos no!, de eso se estaban liberando. Aunque su propia liberación fue un proceso (y no de Reorganización Nacional) que comenzó con su casamiento (cuando se independizó de la tiranía de su padre) y terminó cuando necesitó ser viuda para hacerse cargo de sus propias decisiones. Con la responsabilidad que eso trajo aparejada. Quizás antes era más fácil. Sus equivocaciones, si se daban, nunca eran totalmente propias. No quiere que a sus hijos les pase lo mismo. Ella los dejará elegir. Que decidan por ellos y se equivoquen[2], como dice Serrat. Ayer escuchó el tema. Hacía mucho que no lo pasaban por la radio. Interrumpen de pronto a los que están comentando pavadas para llenar la espera. Sube el volumen.¡Sí!, ¡ganó Alfonsín! Mi voto contó, piensa. Ella cuenta, aun en su insignificancia cuenta. Para sus hijos seguro que cuenta. Vienen tiempos mejores para todos. También para ella. Pasó la peor etapa de su vida. Está segura. Va a hacer un mes que inauguró el local. Por suerte ya tiene el dinero apartado para el próximo alquiler. Comienzan a escucharse voces. Se asoma a la vereda. Se empieza a agolpar gente. Un único grito: ¡Alfonsín!, ¡Alfonsín! Va a buscar a los chicos. Ella también necesita salir a la calle. Ser calle. ¡Alfonsín!, ¡Alfonsín!
[1]“ … que es el morir”, “Coplas a la muerte de su padre”, Jorge Manrique.
[2] “Los locos bajitos”, Joan Manuel Serrat.
12
1985
Estuvo intentando charlar con Sebastián. Hay que ir pensando en el secundario. Pero este chico se ha puesto hermético. Hay que sacarle las palabras con tirabuzón. Ella le planteó las posibilidades: bachillerato, comercial, industrial. Estatales, por supuesto. Elena la estuvo asesorando. El secundario es un agujero negro en su vida. Una página en blanco. Una etapa gris. Estoy cromática, se burla de sí misma. No logro sacarle a Sebi mucho más que lo que a vos te parezca mejor, ma. Ella se fastidió. Ella sigue fastidiada. Dios le da pan al que no tiene dientes. Qué hubiera dado ella porque la dejaran elegir. En realidad, porque la hubiesen mandado a cualquier colegio. Los hijos de Elena fueron al Mariano Moreno. Tuvieron buena experiencia. Ella pasó el otro día. Una escuela enorme, la asustó. Demasiado grande para Sebi. Aunque es un chico inteligente, responsable, serio, es demasiado tímido. Nunca le dio trabajo. Más aún, siempre le ahorró trabajo, siempre pendiente de sus hermanas. La maestra le dijo que es muy capaz, reiteradamente, ¡como si ella no lo supiera!, a lo mejor tiene miedo de que no lo haga seguir estudiando, claro, como sabe que ella solo hizo la primaria… Sus tres hijos estudiarán, llueve o truene. Sueña con un hijo universitario. ¿Por qué no con tres? A Sebastián le ve pasta de ingeniero, es una luz con los números. Quizá sería mejor un industrial. Pero Elena le recomendó el Moreno. Y este chico que no la ayuda. Lo que vos quieras, ma. En lugar de agradarla su docilidad a veces la enoja. Apaga la luz. Mañana será otro día.
Hoy fue de nuevo a visitarla a Elena. Necesita charlar con alguien. Las empleadas del taller son unas chiquilinas, qué podrían entenderla. Y, Gloria, pese a ser su otro puntual, tampoco es interlocutora válida. Es… busca la palabra… limitada. Se siente ingrata pensándolo, pero con ella no puede hablar mucho más que del precio de la carne. Ayer salió de la carnicería con las manos vacías. Porque el vacío que había ido a buscar había aumentado al doble. Está harta de la inflación. Ahora el plan Austral. Encima lidiar con la nueva moneda. ¡Lo que aumentó la tafeta! Otra vez se diluyó en disquisiciones. La visitó a Elena por Candela. Otra vez la llamó la maestra. Se había agarrado de los pelos con otra nena. No hubo manera de que ninguna de las dos contara por qué. Lo más gracioso, aunque no tiene nada de gracioso, piensa, es que las mocosas se solidarizaron en el silencio y salieron de la reunión a pura charla. Elena le recomendó un libro que recién publicaron. La causa de los niños, de Francoise Dolto. Salió con ese, con una novela de García Márquez y con un libro para cada chico. Las palabras finales de Elena fueron un cuchillo. Un bisturí, en realidad, porque apuntan a auxiliarla. Me parece que esa nena está precisando una terapia. A veces Claudia se pregunta qué habría sido de su vida si no la hubiese conocido a Elena. Hace años que viene alimentando su espíritu. Y el de sus hijos. Elena. Bendita tú eres entre todas las mujeres.
Leonardo vino a hacer el service de las máquinas. Hace ya un año que lo conoce. Primero venía cada tres meses, después cada dos y ahora su visita es casi semanal. Suele llegar a última hora, cuando las chicas ya se fueron. Le cobra poco y nada. Hoy se quedaron charlando porque todas las máquinas están hechas un violín dictaminó él. Usted es el responsable dijo ella y él le contestó no soy tan viejo, me podés tutear. No, no es tan viejo, tendrá unos cuarenta y cinco. Tiene un local bastante grande sobre Rivadavia, (cerca del Mariano Moreno, piensa ella), allí compró la última Singer. Un maquinón se la recomendó él le falta hablar. En general sus empleados se ocupan de los services pero desde el principio Leonardo se hizo cargo de las suyas. Me queda camino a casa se justificó. Mientras le servía un café que ella ofreció y él aceptó, por primera vez le miró las manos. Le llamaron la atención sus dedos largos y sus uñas cuidadas. Más manos de pianista que de mecánico. Pero más aún llamó su atención la alianza. Una suerte de pellizco en la boca del estómago. Si serás estúpida, se retó. Ahora, ya en la cama, deja El amor en los tiempos del cólera[1] sobre la mesa de luz. Tendrá que releer el capítulo. La sección, en realidad, porque no tienen número. Sería incapaz de contar qué leyó. Leonardo tiene ojos celestes. Apaga la luz. Sí, es una estúpida. Una reverenda estúpida.
Hoy vence el gas. Bufa anticipándose a la cola en el banco. Busca los billetes que dejó sobre la mesa de luz para tal propósito. No están. Abre el cajoncito. Nada. Se arrodilla y se fija bajo la cama. Juraría que dejó allí el dinero. Por suerte ayer le pagó la señora del jumper. Quedó lindo y la mujer contenta. Sale apurada. Apurada y contrariada. Ya no sabe dónde tiene la cabeza.
¿Alguien vio unos billetes que dejé sobre la mesa de luz? pregunta a la hora de la cena.
Yo no, ma contesta Sebi. Candela parece enterrar la cabeza en el plato. ¿Y vos? le pregunta ella. La nena menea la carita de repente colorada. A Claudia se le oprime el pecho. No puede ser. Y como no puede ser se resiste a seguir investigando. Con un esfuerzo de concentración elimina la sospecha que cruzó su mente. Levanta los platos y los lava. Después sube a darle a desearle buenas noches a Sebi. De regreso pasa por el cuarto de las nenas. Beso, mami le pide Fernanda. Candela está dormida. O eso parece. Ella se da una ducha y entra a su cuarto. Sobre la mesa de luz un par de billetes arrugados. El alma le desciende como jalada por un gancho.
Hasta mañana se despide Rita ya es tarde, ¿te quedás mucho más? No contesta ella enseguida me voy, quiero terminar estos ojales. En cuanto se sabe sola baja la cortina y luego se dirige al baño. Se peina, se perfuma y se pinta los labios. Siete y media escucha golpes en la cortina. A solas, sonríe.
Mientras pespuntea el cuello de un blazer escucha Los argentinos hemos tratado de obtener la paz, fundándola en el olvido y fracasamos… Hemos tratado de buscar la paz por vía de la violencia y del exterminio del adversario y fracasamos… Hace meses que viene siguiendo el juicio. Antes Elena ya le había prestado el libro de la CONADEP[2]. Leyéndolo pensaba dónde estaba yo cuando ocurría todo esto, cómo no me di cuenta de nada. Dónde estaba. Metida dentro de su casa criando a sus hijos, primero. Intentando mantenerlos, salir a flote, después. Qué chiquita su historia frente a esa infinita cantidad de dramas. Se distrajo, otra vez se distrajo. …no en la violencia, sino en la justicia. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’. Cuántos nunca más ha pronunciado en su vida. Nunca más decidirán por mí, nunca más les voy a gritar a mis hijos, nunca más llegaré tarde a buscarlos, nunca más dependeré de otros, nunca más me voy a endeudar, nunca más me voy a atar a un hombre. Muchos nunca más que no logró sostener, muchos otros que han sido inquebrantables. Nunca más la primera vez que se acostó con Leonardo. Tantos nunca más cuando abre los ojos y tiene la certeza de que él nunca se va a separar. Tantos nunca más que se desarman ante su sonrisa, ante sus manos recorriéndola. Si al menos pudiera liberarse de pensar a cada rato inútiles nunca más. Cambia el dial. Sandra Mihanovich la arrasa con su voz… busca la palabra… sensual. Soy como soy, no quiero piedad, no busco aplausos[3]. Qué difícil que es ejecutar el tantas veces enunciado nunca más.
[1] “El amor en los tiempos del cólera”, Gabriel García Márquez.
[2] “Nunca más”, CONADEP.
[3] “Soy como soy”, Sandra Mihanovich.
13
Primera reunión de padres. De madres, en realidad, piensa ella. Solo conoce a dos, los pibes hicieron la primaria con Sebastián. Los distintos profesores van llamando a los padres de los chicos que tienen dificultades. A ella nadie la llama. Es absurdo, pero se siente por fuera. Nadie le dirige la palabra. Ella, entonces, se dedica a observar. Un amplio espectro de mujeres. Al Moreno van desde el hijo del médico hasta el hijo de su empleada doméstica ya le había anticipado Elena. Aunque la mayor parte parece de clase media. Solo una mujer se ve muy humilde y a ella sí que todos la convocan. Le da pena. Seguro que casi todas hicieron la secundaria. Van a poder ayudar a sus hijos. El otro día, lo que nunca, Sebi luchaba con la tarea de matemática. Ecuaciones. Ella no había visto el tema en su primario, eran otros programas, pero se sentó con él y juntos pudieron resolver todos los ejercicios. Tendrías que seguir estudiando, ma propuso Sebastián sos rápida para los números. Ella, por supuesto, desestimó la idea. Sin embargo, se quedó pensando. Ahora también está pensando. Demasiado piensa. Finalmente la preceptora se acerca. Perdón, señora de Gómez, la dejé esperando se disculpa mientras le entrega una cartulina celeste. Dos diez (uno en matemática), varios nueves, un par de ochos y solo un siete. Lujo de boletín, piensa ella y los ojos se le llenan de lágrimas. Sebi no se merece esta madre. ¿Qué pasaría si sus compañeros se enteraran?, ¿si las mamás de sus compañeros se enteraran? No puede seguir así. Hasta acá llegue, se dice. Soy lo que soy, a nadie hago mal es una reverenda mentira. Guarda con cuidado el boletín en su cartera, se para y sale. No quiero fingir, no voy a mentir. Vive mintiendo.
Va caminando por Rivadavia. En la esquina duda. Pero finalmente cruza. Leonardo está atendiendo a una cliente. Le hace un gesto con la mano y ella aguarda. Aguarda mientras camina entre las máquinas. Ese olor la embriaga. Minutos después el hombre sale. ¿Qué hacés por acá? le pregunta y agrega por suerte no están los empleados. A ella se le anuda el estómago, pero lo mira de frente y dice, muy seria, necesito que hablemos. ¿Pasó algo? pregunta él cambiando el tono. ¿Cuándo podés? desestima ella la pregunta. Me doy una vuelta por el taller cerca de las siete contesta él mientras entra una mujer. Hola, doña Rosa, ¿qué anda buscando? Ella sale.
¿El pespunte va en azul o en blanco? pregunta Rita. Ella, que está haciendo la toile[1] para el vestido de quince de la hija de Luque, contesta blanco e interrumpe su labor. Tiene un impulso. Mira el reloj. Dobla con cuidado el lienzo, agarra su cartera y solo dice Rita, vuelvo en un rato porque odia dar cuenta de sus actos. La chica la mira, parece sorprendida. Cuando termines con los pespuntes hace el dobladillo del vestido gris, ojo que esa seda es superdelicada, no quiero que se vea ni una puntada, usá la aguja más fina que encuentres. Le avisa por teléfono a Gloria y sale. Mira nuevamente el reloj: tendrá que apurarse. Corretea la última cuadra. Desde la esquina escucha el timbre. Cuando llega ya están empezando a salir. Se para frente a la puerta y distingue a Fernanda parloteando con una compañera mientras avanza. ¡Mami! grita cuando la ve y se acerca corriendo a abrazarla. Instantes después divisa a Candela. ¿Qué pasó? pregunta la chiquilina, la carita preocupada. Las vengo a invitar a almorzar afuera dice ella. Fernanda grita de alegría. ¿Pasó algo? insiste Candela. No solo los adultos esperan lo peor, piensa ella mientras menea la cabeza y le acaricia el cabello.
Mientras comen una pizza Claudia observa a sus hijas. Están grandes. Están lindas, piensa, y no es porque yo sea la madre. Alberto era muy buen mozo. Sebi es el calco. Qué orgulloso estaría si pudiera ver a sus hijos. Los ojos se le empañan. Mamá, ¿qué te pasa? pregunta Candela. Tengo la vista irritada. ¡De tanto coser! dice Fernanda con la boca llena. ¿Por qué viniste? insiste Candela. Tenía ganas de verlas. ¡Yo siempre tengo ganas de verte! exclama la chiquita. Ella busca un pañuelo en la cartera. A lo mejor es alergia dice Candela sirviéndose coca cola.
Vayan yendo no más dice cuando se acercan las seis terminan mañana, hoy le dieron duro. Rita no termina de irse. Da vueltas y vueltas. Finalmente dice Claudia, ¿habría posibilidad de algún aumentito?, me subieron el alquiler. Lo que le faltaba. Mañana lo charlamos, vení un rato antes. La chica la besa y sale. Minutos después ella baja la cortina metálica. Hoy le da más trabajo que de costumbre. Está demasiado alterada para ordenar. Se sienta y cierra los ojos hasta que unos golpes en la persiana la sobresaltan. Se apresura a abrir. Hola la saluda Leonardo y cuando ella nuevamente cierra la puerta la abraza. Te extrañé dice mientras busca su boca. A ella miríadas de insectos le recorren la piel. Empezamos mal, se dice. Se aparta y ofrece ¿querés un café? Él parece desconcertado. Bueno acepta. Mientras hierve el agua él revisa una máquina. Está impecable dice al cabo. Ella aparta unos moldes y pone las dos tazas sobre la mesa de corte. Yo no puedo seguir así dice sin preámbulos. Él la mira. Me cansé de los misterios, de actuar como si fuera una criminal, ya no tengo cara para mirar a mis hijos, para mirarme a mí misma en el espejo. ¿Entonces? pregunta él. Entonces tendrás que elegir, ya se acabaron todos los plazos que eternamente vas renovando. Leonardo apoya los codos sobre la mesa y se toma la cabeza. Después de unos segundos se endereza. Hablaré con Sonia dice estoy decidido. ¿Cuándo? pregunta ella, incrédula. Dame tiempo hasta el lunes. De acuerdo, pero ni un día más. Toman el café en silencio. Me voy dice él. Ambos se incorporan. Ella lo acompaña hasta la puerta. Él la besa suavemente en los labios. Te quiero afirma. Y sale.
[1] Boceto en tela crudo, sobre la que se plasma el patrón inicial y con él se realizan las primeras pruebas.
14
El fin de semana transcurre interminable y fugaz. Que termine pronto y que sea eterno. Ayer llevó a los chicos al cine. Policías y ratones[3]. Sebastián protestó. Fernanda trotaba por la calle de alegría. Candela, hermética. Difíçil congeniar las edades. Después los llevó a Pumper[4]. Ahí sí contentos los tres. Lindo caminar con sus hijos por Corrientes. Lo que cobró por el vestido de la señora Fortich bien gastado. Hoy, después de almorzar los ravioles que pidió Fernanda, Sebi se fue a lo de un amigo y ella con las nenas a tomar un helado. ¿Qué pasa que salimos tanto? preguntó Candela, siempre atenta. ¿Qué pasa? Qué va a pasar, en realidad. A medida que transcurren las horas su inquietud crece. Ya no está tan segura de poder prescindir de él. El ruido de la puerta la sobresalta. Sebastián ya tiene la llave. Ella mira el reloj: llegó cinco minutos antes de la hora acordada. Un muchachito confiable. Su muchacho. Hierve unas salchichas y corta tomates. Sebastián extrañamente locuaz. Cuesta bastante conseguir que se bañen. Pero en eso ella es inflexible. Cenan luego, lavados y planchados, como les dice ella, con entusiasmo. Los chicos recogen la mesa y ella lava los platos. Antes de ducharse pasa por el cuarto de las chicas. Candela ya duerme. La tapa. Cuando se acerca a besar a Fernanda, la nena le tira los bracitos al cuello. ¡Gracias por estos días, mami! Ella la oprime contra sí. Te quiero le dice.
El lunes se ocupó de que las chicas se fueran temprano. Se pintó los labios, se puso perfume. Espero hasta las casi las ocho. El martes hasta las siete y media. Hasta las siete el miércoles. Descubrió que Leonardo le importaba mucho más de lo que pensaba. No se la voy a hacer fácil, decidió. Por eso hoy, jueves, camina por Rivadavia. Las bocinas del tránsito mañanero se asocian al retumbar de su corazón. Está enojada. Lo menos que merece es una explicación. Rumbo a ella va. Lo encuentra solo en el local. Lo observa sin que él perciba su presencia. Está enfrascado en un catálogo. Hola, dice ella al fin. Él levanta la vista. Su rostro se desarma en un segundo. Lo primero que hace es mirar a su alrededor, a ella no se le escapa el gesto. Más de lo mismo, piensa. Te estuve esperando dice Claudia mientras se acerca al mostrador. Pensaba pasar hoy dice él. Te ahorré el trámite. No, él le apoya la mano en su brazo quiero que hablemos tranquilos; paso por el taller a las siete, ¿te parece? Perdón, señor Leonardo dice el empleado nuevo, se me hizo un poco tarde. Ella se va sin saludar.
[1] “Hamlet”, William Shakespeare.
[2] “Gracias por el fuego”, Mario Benedetti.
[3] “Policías y ratones”, película dirigida por Ron Clements y otros.
[4] “Pumpers”, cadena de hamburgueserías.
15
Recoge sus propias migajas y sale. Ya es de noche. Camina por Mario Bravo a paso redoblado. Tiene las mejillas coloradas a pesar del frío. Mamá, ¿qué te pasó? pregunta Candela al verla entrar. Los ojos son el espejo del alma, dijo alguien. Los espejos del hotel ya nunca más. Nunca más: Un nunca más brotado de sus labios. Al menos tuve la dignidad, piensa. ¡Mami!, te estoy hablando se queja ahora Fernanda. Como un autómata hierve unos fideos. Ma, ¿me hacés un huevo? pide Sebastián. Quisiera decirle que no, que no tiene fuerzas, que todo es demasiado para ella. Sin embargo, inmunes a sus pensamientos, sus manos están abriendo la heladera. Cascando la cáscara. Cáscara, cascar, se repite como un mantra. ¡Yo también! pide Fernanda. Ella saca otro huevo. Lo casca. Casca la cáscara. Cáscara cansada. Cansada. Está tan cansada. Mamá, ¿estás bien? repite Candela. No, no está bien. Basta de hombres para mí, se promete. Aunque para el que la escucha suena absurdo. Tiene treinta y tres años. La edad de Cristo, seguramente diría ella.
Los días corren. La pucha que lo extraña. Detesta sentirse vulnerable. No puede darse el lujo. Taller y niños cada día la esperan. Dependen de ella. Hilos, y nunca mejor dicho, que la sostienen, que la levantan cuando quisiera derrumbarse en la cama. Ya pasará. Ella sabe que ya pasará. Porque Alberto se murió y ella siguió viviendo. Hilos. Hilos. Soy una marioneta, piensa, la vida se entretiene conmigo. Juega. La vida juega. Ella no. Ella sufre. Sufre pero aguanta.
Sebastián ya está abriendo la puerta cuando regresa. Ma, ¿te puedo pedir algo? Claro le contesta ella sonriendo, este pibe nunca pide nada. ¿Los puedo invitar a los chicos a que vengan a ver el partido el domingo? ¿Cuántos son? ¿A cuántos les puedo decir? No sé, ¿cuántos te parece que estarán cómodos? ¿Seis? ¿Dónde va a meter seis pibes? De acuerdo dice. Gracias, ma, sos una masa, me voy volando, no quiero que me pongan media falta. ¿A qué hora es? A las doce contesta Sebi y cierra la puerta. Mala hora, piensa ella. Pésima. Tendrá que darles de almorzar. Seis adolescentes hambrientos. Más ellos cuatro. Lo mejor será hacer empanadas. Tres docenas para empezar a hablar. Y cuatro también. De carne y de jamón y queso. A Fernanda le encantan de jamón y queso. ¿Y de postre? Algo que se coma con la mano. Comprará alfajores. Y papas fritas y palitos para que piquen. Sin que ella pueda percibirlo el rostro se le ha ido transformando. Sí, se la ve entusiasmada. Luego de muchos días, contenta.
Recibe Diego Maradona, corre se la pasa Gurruchaga, se va solo, ¡gol…… ¡gol de Argentina! Argentina 3, Alemania 2. Los pibes saltan, se tiran al piso, gritan. Uno alza a Fernanda. Otro abraza a Candela. Si pudieras verlo, Alberto, piensa ella, te lo volvés a perder. Y le sobreviene el recuerdo de los gritos de los otros en el 78. Entonces estaban de duelo, ahora festejan. Sebi viene y la abraza. Ella, contagiada, salta.
Descubre una nota en el cuaderno de comunicaciones de Candela. Nota que Candela no le mostró. Cuaderno que ella, en un impulso, controló mientras la nena se bañaba. Señora mamá: le comunico que su hija fue apercibida por contestar mal a su maestra. Le ruego hablar con ella al respecto. La Dirección. Ella no sabe aún si juntará fuerza para hablar con la apercibida. No, no las tiene. Hará como el avestruz. Firma y devuelve el cuaderno a la mochila.
16
Deja a las nenas en la escuela y, antes de ir al hospital, pasa por la biblioteca. Precisa verla a Elena. No le contará de sus temores, por supuesto, pero siempre la tranquiliza charlar con ella. La encuentra llorando. ¿Te enteraste de lo de Borges? No, hoy no escuchó la radio, Demasiado con el ruido de su propia cabeza. La tristeza de Elena la hace sentir incómoda. Ella, hoy, solo tiene espacio para sí misma. Sale de la biblioteca con un libro que Elena casi le impuso. Los conjurados[1]. Ella no entiende de poesía, pero Elena estaba tan desconsolada que la dejó hacer.
Sale de la ginecóloga con una orden. Se animó a regresar al Rivadavia. Allí nacieron sus tres chicos. Ahora hacen el análisis en sangre y no hacen falta tantos días de atraso. Aunque ya tienen muchos. Por intrincados pasillos se dirige al laboratorio. No hace falta estar en ayunas. Aunque casi no desayunó. Extiende el brazo como si se ofreciera al sacrificio. No por el dolor, claro, ella es muy resistente, sino por lo que extenderlo significa. El resultado estará en dos días. Por las dudas ya se pidió otro turno con la médica. Por las dudas. Ella casi no tiene dudas.
Le costó mantener la conversación con los chicos durante la cena. Sebastián le preguntó si le pasaba algo. Siempre atento, nada se escapa de su mirada grave. Ya acostada busca el libro para ver si logra detener su mente. Al cabo de los años me rodea/ una terca neblina luminosa/ que reduce las cosas a una cosa/ sin forma ni color[2]. Los versos no atraviesan su frente. Su neblina no es luminosa. Cabeza de cemento. ¿Qué va a hacer?
Sale del hospital con el sobre en la mano. Cerrado aún. Cruza Las Heras, no para tomar el colectivo porque el 128 para en Coronel Díaz. Entra a Caballito Blanco. Se sienta y llama al mozo. Lindo lugar. Está cohibida, primera vez en su vida que entra sola a una confitería. Pero se merece un buen café. Y una medialuna, de repente le dio hambre, hace días que come poco y nada. De manteca, siempre le gustaron las de manteca. Deposita el sobre sobre la mesa. Sobre y sobre. Sobre de sobrar, además. A ella le está sobrando el resultado de ese sobre sobre la mesa. El mozo la aparta de sus pensamientos. Lo abrirá después, decide. Toma el café y disfruta de la medialuna. Está riquísima. Se comería otra. Se la merece. Llama al mozo. Terminada la segunda, aparta taza y platos y rasga el sobre. Puede ver cómo tiembla el papel entre sus manos. Subunidad beta. Positivo. Es absurdo, piensa, Leonardo no logró por años embarazar a su mujer y ahora nos preñó a las dos. Los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza busca refugio entre sus manos. Minutos después mira el ticket. Deja los australes sobre la mesa y sale. Qué va a hacer.
Sin saber cómo se dirigía al taller y terminó en Rivadavia. Avenida Rivadavia, piensa, qué curioso, Rivadavia como el hospital, recién lo relaciona, Rivadavia como los cuadernos de los chicos, Rivadavia ahora que puede, antes, Gloria. Camina por Rivadavia de una esquina a la otra. Hasta que al pasar frente al local ve que no hay nadie. Entra. Leonardo levanta la vista al escuchar la campanilla de la puerta. Ella capta el instantáneo cambio de expresión. ¿Qué hacés por acá? pregunta él lindo verte. Necesito hablar con vos. Te invitaría a tomar un café, pero está por llegar un cliente a llevarse una máquina dice y agrega sonriendo te extrañé. A ella, muy a su pesar, se le aflojan las piernas. ¿Entonces? pregunta. Paso por el taller siete, siete y cuarto informa él tomándola de la mano. Te espero contesta ella liberándose. Instantes después la puerta vuelve a sonar. Ya en la calle, ella llora.
[1] “Los conjurados”, Jorge Luis Borges.
[2] “On his blindness”, Jorge Luis Borges.
17
A las siete consigue despachar a las chicas. Baja la persiana y pone el agua a hervir. Siete y diez siente sus característicos golpes sobre la puerta. Dos, uno, dos. Abre. Él entra. Ya va a estar el café dice ella. Te traje chocolates él. Leonardo amaga con abrazarla, pero ella se aparta y ordena sentate. Él levanta las cejas, en muda interrogación. Estoy embarazada informa ella de un tirón. No puede ser dice él. Pero es y espero que no te atrevas a preguntarme si es tuyo. No me puede estar pasando esto dice él tomándose la cabeza. Ni a mí. ¿Estás segura? Sí, hoy me dieron los resultados del análisis. Se instala un silencio hiriente. Hasta que él lo rompe diciendo no te preocupes, yo me encargaré de los gastos e intentaré acompañarte, ya conseguiremos a alguien. Ella lo mira fijo. Cuando tengas tu legítimo hijo verás que uno no puede deshacerse tan fácilmente de otro enuncia ella y al enunciarlo se da cuenta de que acaba de tomar una decisión. ¿Qué querés decir? Que lo voy a tener. Estás loca, ¿qué le vas a explicar a tus hijos? Que van a tener un hermano. Él se incorpora y comienza a deambular por el taller. Instantes después nuevamente se sienta. Le toma la mano. Claudia, es un disparate, pensalo bien, no puede nacer. Ella se desprende con brusquedad. Es una decisión tomada necesita ella volver a escucharse, necesita comprometerse con su dicho. Sonia estuvo con pérdidas, reposo absoluto, no puede tener ni la más mínima sospecha, yo no me puedo hacer cargo dice él. Me queda claro, podés irte tranquilo, no te molestaré. ¿Cómo podría estar tranquilo sabiendo que un chico con mi sangre anda dando vueltas? ¿Y para no preocuparte por él preferís aniquilarlo? No podé hacerme esto intenta él tomarle la mano que ella rechaza. Andate, Leonardo, ordena ella parándose. Claudia, por favor… Andate. Él se incorpora. Si seguís adelante no me volverás a ver. ¡Fuera! Ella cierra los ojos. Cuando los abre él ya no está. Aniquilada, así queda. Como él pretende aniquilar a su hijo. Absurdamente resuena en su cabeza hay que aniquilar a la subversión. Videla, Massera, Leonardo, asesinos todos. Estoy loca se dice en voz alta mientras se oprime la cabeza que le resuena.
Trabajó el resto de la semana de sol a sol. El ajetreo de sus manos ayudándola a frenar el ajetreo de su mente. El sábado, luego de una noche casi en vela, llamó a una clienta y le ofreció que fuera al taller a probarse el vestido. Pero la tarde transcurrió lentísima. Más aún la noche. A las seis se cansa de dar vueltas en la cama. Se levanta. Va al baño. Va a la cocina con intenciones de hacerse un café, pero se arrepiente. Tiene náuseas. Va al patio. Recién empieza a clarear. Se rodea el cuerpo con los brazos, hace frío. Va al dormitorio. Se viste. Pasa por el cuarto de las nenas. Duermen. Deja una nota sobre la mesada de la cocina y sale. La recibe el profundo silencio de la mañana de domingo.
Regresa con una docena de facturas. Pone la mesa para el desayuno. En eso está cuando aparece Sebastián. Hola, ma saluda y adelanta una mano hacia un vigilante. ¡No! exclama ella espera a tus hermanas. Entonces las voy a despertar dice tengo hambre. ¡Sebi!, dejalas dormir tranquilas le pide. El chico se aleja bufando. Mejor que duerman, piensa, que no se despierten nunca. Porque cuando se despierten se sentarán alrededor de la mesa. Y cuando vea a los tres reunidos ella no tendrá más remedio que hablarles. No quiere, pero ya no puede seguir postergándolo. Recuerda cuando volvió del entierro de Alberto. Tampoco se animaba a contarles. Fernanda era un bebé. Ahora ella también entiende. Escucha voces en el cuarto de las nenas. Sebastián no le hizo caso. Gritos. Risas. Minutos después aparecen. Piyamas, los pelos revueltos. Tan lindos los tres. Las chicas se acercan a darle un beso. ¡Compraste facturas! exclama Fernanda y se le cuelga del cuello. ¿Café con leche o Nesquik? ¡Qué pregunta!, Nesquik, obvio contesta Sebi. Frío para mí indica Candela. Mi mami sabe cómo me gusta dice la chiquita. La chiquita. Ya no será la chiquita. Al menos no la más chiquita. Las tazas se van vaciando y ella no junta fuerzas. Ahora o nunca. Inspira profundo. Hijos dice les quiero contar algo. Tres pares de ojos se depositan sobre ella. Ojitos oscuros, brillantes como espejos. Estoy embarazada. En una fracción de segundo los ojos se transforman. Una cuchara cae al piso, nadie la recoge. ¿Es una broma? pregunta Fernanda. Tarada, con eso no se bromea la reta Candela. En otro momento la hubiera retado, esa no es manera de hablar con tu hermana, pero ahora calla. No entiendo dice Sebastián ¿vos tenés… no encuentra la palabra... novio? Tenía, pero ya no tengo. ¿Qué estás diciendo, mamá? exclama Candela. Lo pensó mucho anoche, lo mejor es decirles la verdad. O algo parecido a la verdad. Ella nunca les mintió. Aunque tiene que reconocer que hace meses que viene ocultándolo. Omitir no es lo mismo que mentir, intenta tranquilizarse. ¡Mamá! reclama Candela te estoy hablando. Ella sacude la cabeza. Hace tiempo que tengo una pareja, que tenía, en realidad, no les quise decir nada porque no sabía si iba a durar. Y no duró dice Sebastián cuando supo que estabas embarazada te dejó. No exactamente trata de explicarles lo inexplicable terminamos antes de que yo me enterara de que estaba embarazada. ¿Él sabe? pregunta Candela. Ella asiente con la cabeza. ¿Y no lo quiere? Ella no tiene más remedio que, ahora, negar. ¿Entonces? pregunta Sebastián. Entonces tendrán otro hermano. ¡Yo no quiero! grita Candela. Yo sí dice Fernanda ¡me encantan los bebés! Sos una pendeja estúpida, no entendés nada de nada dice Sebastián, se incorpora con brusquedad y sale. La nena se para y la abraza. No puede ser dice Candela meneando la cabeza ¿cómo le voy a contar a mis amigas? Ella acurruca contra sí a Fernanda y calla.
Semana de comunicaciones. A
Gloria y a las chicas del taller les blanqueó el embarazo, pero dejó en claro
que no iba a contestar preguntas. A
Elena tuvo que contarle. Necesitó contarle. Sin dar nombres, por supuesto. Un
hombre casado que la había dejado en banda. Todas las mujeres, todas, le
ofrecieron su apoyo. No la aflige el bebé. No la aflige el bebé ni la opinión
de la gente. Lo que sí le preocupa y mucho es la reacción de los chicos. A Sebastián se lo ve serio, preocupado.
Candela casi no le habla. La única que está contenta es Fernanda, pobrecita.
Afortunadamente su trabajo es propicio para embarazos y bebés. Ya pensó que
cuando nazca se lo llevará al taller. Allí no le faltarán brazos. Elena sigue
insistiendo con la terapia para Candela. Su hija es una nena sana, no está transitando
un buen momento, pero ya se le pasará. Un momento largo, reconoce, antes de
repetirse ya se le pasará ya se le pasará a modo de mantra.
18
Arma el arbolito para darle el gusto a Fernanda que hace días que insiste. Ya compró los regalos para los chicos: zapatillas para Sebi, el casete de Soda Stereo para Candela (dudo mucho, aunque es chica todavía, se pasa el día escuchando música) y una muñeca para Fernanda (una Barbie, a ella no le gustan pero a la nena, sí). Mientras prepara el matambre repara en que no compró nada para el bebé. Podría envolver alguna de las cositas que le fueron regalando sus empleadas. Aunque no está bien que no lo haya tenido en cuenta. Nada bien. Mañana verá. Mañana. Mañana será otro día, se repite.
Está esperando para pagar, osito de peluche en mano, cuando escucha la discusión. Clienta versus dueña. Tanto se enoja la mujer que deja el camioncito elegido sobre el mostrador y se va. Punto final. La dueña sigue protestando mientras hace el paquete. Ella no sabe qué opina al respecto, su cabeza demasiado ocupada en lo propio. Punto final. A ella sí que se lo pusieron. Leonardo se lo puso. Punto final. ¿El moño rosa o celeste? escucha.
Elena se fue a la costa. Así que este año festejaron solos ellos cuatro. La cena fue tirante. Poca charla, mucho ruido de cubiertos. Todo estaba rico. Aunque sin ganas cocinó lo mismo de siempre. Los chicos, salvo Fernanda, recibieron los regalos sin mayor entusiasmo. ¿Y este paquete? preguntó Candela cuando quedaba solo uno. Es para el bebé contestó ella mirando el piso. ¡Yo lo abro! exclamó Fernanda. Los chicos ya se fueron a sus cuartos y ella está lavando los platos. El año que viene habrá uno más, piensa. Su gran temor es que los hermanos no lo quieran. Con Fernanda no alcanza. También estarán Elena, Gloria y las chicas del taller, trata de consolarse. Está triste. No sabe si debiera estar contenta, pero está triste. Candela no deja de escuchar el casete. No hay duda, más allá de su falta de agradecimiento, de que le gustó. Eso es lo que importa, se dice. Cierra la canilla y escucha. Yo caminaré entre las piedras/Hasta sentir el temblor/En mis piernas/A veces tengo temor, lo sé/A veces, vergüenza/Estoy sentado en un cráter desierto/Sigo aguardando el temblor/En mi cuerpo[1].
[1] “Cuando pase el temblor”, Soda Stereo.
19
1987
Claudia le dice Rita la Singer vieja no anda bien se atranca el pedal; hace meses que no le hacemos el service. A ella el corazón se le detiene. Sabía que llegaría este momento. Por favor llamá al técnico indica yo estoy ocupada, el número de teléfono está pegado en la pared. La muchacha hace un gesto de sorpresa, pero acata. Ella se va al baño porque no quiere oír. Mañana vienen alrededor de las ocho informa Rita al verla regresar. Ella quisiera preguntarle tantas cosas. Quién la atendió, qué le dijo y, sobre todo, quién vendrá. Sin embargo, toma la aguja en silencio y retoma su labor. Las manos le tiemblan. Suerte que solo es un hilván.
Qué ponerse. No tiene mucho para elegir, la mayor parte de la ropa ya no le entra. Se cepilla el cabello con energía y se pinta los labios. Estás linda, mami dice Fernanda al verla. ¿Adónde vas? pregunta Candela. Adónde voy a ir, al taller; tomen la leche de una vez que se hace tarde. Sebastián ya salió. Él, camino al colegio, pasa todos los días por el local, piensa. Hace rato que no tiene reunión de padres. Minutos después las tres caminan por Guarda Vieja. Le gusta acompañar a sus hijas al colegio. Ella siempre fue sola. Desde segundo grado. Le da un beso a Fernanda, pero Candela se aparta corriendo antes de que pueda saludarla. Está arisca. Sigue arisca. Se dirige hacia Córdoba a paso vivo. Son las ocho y cinco. Llega al taller, abre la puerta, la saca y levanta la cortina. Todo le cuesta ya. Se desprende el abrigo y lo cuelga. Va al baño y se mira en el espejo. Se acomoda el cabello. Prepara café, aunque las chicas no llegarán hasta las nueve. Se sienta frente a su máquina, la nueva. Esa no la comparte. Ocho y veinte escucha la campanilla de la puerta. Se incorpora como un resorte. Vengo a ver la máquina informa un muchacho desconocido. Ella quisiera preguntarle quién lo envió, pero solo ofrece ¿querés un café?
¿Me puedo levantar? pregunta Sebastián. El plato de Fernanda sigue lleno. Vamos, hija, comé de una vez. La nena juguetea con el tenedor. No tengo hambre dice. Ella la observa con atención. Se da cuenta de que recién la observa. La mirada enterrada en el pastel de papas desparramado. ¿Te sentís mal? le pregunta. La nena niega con la cabeza. ¿Te pasó algo? El movimiento de meneo esa ahora más enfático. Sí que le pasó afirma Candela. Fernanda levanta la cabeza y, mirando a su hermana, la mueve ligeramente. ¿Qué le pasó? Marina le dijo que vos eras una puta, la escuché bien, ya estábamos en la puerta. Ella siente que las piernas se le aflojan. Eso no es cierto se defiende. ¡Sí, porque estás embarazada y el padre no existe! Basta, Candela dice Sebastián. Mis compañeras también cuchichean cuando te ven continúa la chiquilina, encrespada ahora ya no podés disimular la panza. No me interesa disimularla; estoy esperando un hijo y no me avergüenzo. ¡Vos no, pero nosotros sí! ¡Basta! grita ahora Sebastián y dirigiéndose a Fernanda dice avísame quién te molesta y se le van a ir las ganas. Ella esconde la cabeza entre las manos. Va a estar todo bien, ma dice Sebi. Fernanda se levanta y la abraza.
Hoy la doctora que le hizo la ecografía le preguntó si quería saber el sexo. Ella respondió que no. Con los otros no supo, no quiere que este sea distinto. Aunque este es distinto. En los embarazos anteriores no existían las ecografías. Pero no es distinto por eso. Los otros eran legales, legítimos. Sin embargo, se siente profundamente ligada a este bebé. Le parece que es un varón. Este sí que es producto de su decisión. Cuando se enteró de los demás embarazos no hubo nada que pasara por su voluntad. Se habían presentado y allí estaba ella para portarlos. Ahora se sabe protagonista. Es absolutamente consciente de que esta criatura late solo porque ella resolvió dejarla vivir.
Ma dice Sebastián ¿podemos hablar? Ella detiene el movimiento de la cuchara de madera y gira la cabeza, ligeramente alarmada. Te quiero pedir perdón. Ella, atónita, cierra la hornalla y le señala la mesa. Ambos se sientan. ¿Perdón? pregunta ¿por qué? El chico se ruboriza. Ya sabés, ma, te traté mal, no te pregunto cómo te sentís, no te ayudo hace una pausa te dejé sola; seguro que no es fácil para vos vivir con Cande y conmigo; Fer es la única que te acompaña. Ella percibe que las lágrimas ruedan por sus mejillas. Las enjuga con el repasador y dice yo también te tengo que pedir perdón; sé que esto y se señala la panza no es lo mejor para un chico de tu edad, es casi lo peor, pero sucedió, hijo, sucedió y ya sabemos ambos que no siempre podemos elegir lo que nos sucede toma la mano del chico son muy importantes para mí tus palabras; tengo miedo de traer al mundo un niño al que nadie quiera. Sebastián le aprieta fuerte la mano. Él no tiene la culpa, te prometo que yo lo voy a cuidar, te voy a ayudar, ma. Me estás ayudando desde el día que naciste dice ella.
Cuando le mostró el último estudio, Fernanda le preguntó si podía acompañarla. Ella se lo planteó a la obstetra que dijo que no había inconveniente y le escribió una nota a la ecografista. Ahí está ahora tomando líquido, el único precio a pagar para ver a su bebé. Apurate, Fer, que se hace tarde le grita a la nena que sigue en el baño. Ella está juntando sus cosas cuando Sebi se acerca. ¿Yo también puedo ir? pregunta. Claro contesta ella, rogando para que no haya inconvenientes. Candela informa ella ya le avisé a Gloria, te está esperando. La cara de desconcierto de la nena. Mejor no la molestamos, voy con ustedes. Ella cierra un instante los ojos. Las fichas se van acomodando.
Parece que hoy vino muy acompañada dice la doctora. ¿Podrá ser? pregunta ella poniendo el alma en la mirada. Adelante indica la mujer. Ella, intentando controlar los dos litros de agua que tuvo que tomarse, se recuesta. Sebastián, de un lado; las nenas, del otro. La doctora esparce gel sobre su abdomen y lo va recorriendo. ¿Y ese ruido? pregunta Fernanda con cara de asustada. Es el corazón de tu hermano informa la médica. Parece una locomotora dice Sebi ¿está bien? Sí, muy bien; miren, esa es la cabeza, estas son las manitos. Los tres se acercan a la pantalla. Ella experimenta una fuerte sensación de plenitud. Por primera vez, sus cuatro hijos están juntos.
20
Bolso en mano, preparado a los apurones, espera un taxi. Tiene suerte porque pronto pasa uno. Al Rivadavia indica y recuerda ese otro viaje. Y como entonces, ahora urgida por las contracciones cada vez más fuertes, ordena ¡más rápido! Me esperaba la muerte y ahora me espera la vida, piensa. Nena, nadie te va a hacer mal. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?[1]
La partera le hace un tacto. A ella le cuesta controlar un grito. Estás con ocho le informa voy a buscar a la doctora Urquijo. Qué suerte, piensa ella, mi obstetra está de turno. Minutos después, aunque le parecieron una eternidad, la doctora repite el procedimiento y dictamina con nueve, urgente a sala de partos. ¿El bebé está bien?, porque todavía le falta pregunta ella. Sí, los latidos son buenos. Las contracciones ya son intolerables. Pero ella nunca pidió anestesia, tampoco lo hará ahora. La montan en una camilla. Recién repara en que no le avisó a Sebastián. La desplazan por pasillos infinitos. Sobrelleva el trayecto con los ojos cerrados. Ese dolor que tan bien conoce. Inexplicable. Dolor que no puede asociarse a ninguna otra experiencia. El dolor de parir. Inexplicable. Un rayo la atraviesa y anula su capacidad de pensar. Puro cuerpo sufriente. La cabeza regresa entre las fugaces pausas. Cada vez más breves. ¡Claudia! escucha. Abre los ojos. Elena. Bendita tu eres entre todas las mujeres[2]. La presencia de su amiga conectándola con su vulnerabilidad. Porque al sentirse acompañada descubre que está sola. Avisale a Sebi que estoy bien alcanza a pedir antes de entrar a la sala de partos.
No tienen tiempo de atarla. La insoportable presión de la cabeza. La sensación de partirse en dos, en mil pedazos. Puje fuerte, así, no suelte el aire, otra vez más, ya está acá. Un segundo de descanso y el relámpago de otra contracción. Puja con todas sus fuerzas. Terminar o morir. Bien, mamá, ya lo tenemos. Se desploma sobre la camilla. Un llanto la devuelve a la vida. ¿Está bien? pregunta incorporándose como puede. ¿Es sano? Sano no, sanita; una hermosa nena informa la partera, entregándole a la beba aún ligada con el cordón. Claudia ríe, no entiende por qué, pero ríe. Primero ríe y después llora. Llora y aprieta a la criatura contra sí. Otra nena. Ahora entiende por qué se rió. La mocosa los engañó, todos la suponían varón. Tendrás que ser fuerte, muchachita le susurra al oído. La beba llora. Ambas lloran.
La enfermera le trae a Camila. Ella la pone al pecho. La chiquita se prende al instante. La mujer de la cama de al lado se incorpora y las mira. Ella sonríe. ¿El tuyo? pregunta. La cara de la mujer se desarma. Menea la cabeza. Ella se arrepiente tanto. La mujer le pregunta ¿es la primera? Y a ella le da vergüenza responder es la cuarta. Yo no podía quedar embarazada cuenta la mujer y cuando quedé se me fue. Lo siento mucho solo atina ella a decir mientras oprime aún más a la nena. De pronto escucha una risa inconfundible. La puerta se abre. Elena precediendo a sus hijos. Mi tribu, piensa. Adelante los convoca. Segundos después los chicos la rodean. La quiero alzar informa Fernanda. De uno en uno la chiquita va cambiando de brazos. Bienvenida, Camila dice Elena cuando al fin le llega su turno. Entra una enfermera. Horario de visita concluido indica. Entre protestas su familia se va retirando; Candela, la última. Es linda dice y se va. Claudia observa a su compañera. La cabeza sumergida en la almohada, solloza. Ella deja a la beba en la cuna, se levanta como puede, se acerca a la cama y acaricia el cabello de la mujer. Es bueno redimensionar los padeceres. Ella acaba de parir una criatura sin padre su compañera parió una criatura sin vida.
Ya le dieron el alta. Camila nació antes, pero con más de tres kilos. Tres ciento cincuenta, para ser exacta. Los otros tres superaron los tres y medio, eso que ella es tan menuda. Está vistiendo a la nena para irse. Su compañera, Marisa se llama, la mira. Charlaron mucho esos días, le contó a esa desconocida más que a nadie. Pobre Marisa, se quedará sin compañía, sigue con muchas pérdidas. ¿Te vas a ir sola? pregunta. Sí, me tomaré un taxi, me siento lo más bien responde ella. Está terminando de armar el bolso cuando la puerta se abre. Ella ve que la cara de Marisa se ilumina. Su marido, piensa ella, pero la voz de Elena le devela su error. Traje el auto informa. ¿Qué hizo ella para merecer esta amiga? se pregunta. Antes de salir escribe en una servilleta de papel. Se la tiende a Marisa. Llamame cuando quieras ofrece.
[1] “Seminare”, Serú Girán.
[2] Verso del “Ave María”.
21
Pascuas. Alberto se ocupaba de comprar los huevos, ella hacía la rosca. Su mamá siempre hacía la rosca, y antes aún, la abuela. La rosca ya la hizo, Fernanda la ayudó. Ayudó es una manera de decir. La harina esparcida por el piso, azúcar hasta adentro de los zapatos. Pero de los huevos aún no se ocupó, como si esperara el milagro de verlo aparecer a Alberto con la cuadruplicada ofrenda. Qué estupidez. El cuarto hijo, la cuarta, no es de él y además los bebés no comen chocolate. ¿Por qué se acuerda hoy de Alberto? Siempre pensando pavadas. Está preocupada, además, lo único que falta es que regresen los militares. Barre el piso y se dispone a salir a comprarlos cuando la radio la detiene. En este momento difícil de la vida nacional, quiero hablarles con el corazón en la mano. Quiero decirles que sé que muchos de ustedes sienten miedo, incertidumbre, angustia. Pero también sé que muchos de ustedes sienten la convicción profunda de que la democracia y el Estado de derecho son valores que debemos defender con coraje y con dignidad[1]. Ya no puede seguir escuchando. Algo la atraviesa. Como un rayo. Busca el teléfono. Elena.
Fernanda es un disco rayado: no veo, mami, no veo. Nadie ve interviene Candela. Ella no sabe qué hacer: tiene cargada a Camila. Ángel, el marido de Elena, se acerca a la nena. Yo te alzo dice. Fernanda, con suma alegría en la carita, levanta los brazos. Instantes después Alfonsín sale al balcón mientras la chiquilina descansa sobre los hombros de Ángel. Claudia está tan agradecida que los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que contiene. Lágrimas que se desbocan cuando Alfonsín dice la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Cómo explicar lo que siente rodeada de esa abigarrada multitud que salió a defender la libertad de sus hijos. A celebrar las Pascuas en paz en la Argentina concluye el discurso. Recién recuerda que aún no compró los huevos. La camioneta de Ángel quedó lejos. Mira el reloj: son casi las seis. Seguramente en el trayecto encontrará algún kiosco abierto. Parecemos salchichas dice Fernanda cuando por fin logran entrar en el auto. Es cierto: Elena, Ángel, sus dos hijos adolescentes y ellos cinco. Todavía no termina de comprender cómo hizo para lograr esa familia sustituta. Nueve cruces en lugar de tres[2] acota Sebi. Todos ríen. Es rápido este chico comenta Elena. A ella le revienta el pecho de orgullo. Su muchacho.
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La nena protesta. Claudia se acerca al moisés depositado en el piso del taller. Las chicas todavía no llegaron y ella tiene que terminar el vestido de gasa. Intenta tranquilizarla con palabras. Inútilmente. No le queda más remedio que alzarla. Mira el reloj. Todavía no es la hora de mamar. Beba en brazos, se sienta. La observa. Tres meses ya. Le habla. La nena se va calmando y minutos después devuelve sus palabras con sonrisas y gorjeos. Es bonita la mocosa. Parece que los ojitos le quedarán claros. Tantos sentimientos contradictorios. Por un lado, no quiere que también en esto sea distinta de sus hermanos. Por otro, son los ojos de Leonardo. Ella moría por esos ojos. A falta de apellido portará a su padre en la mirada. Jugarretas del destino. De Mendel, en realidad. Lo aprendió en el libro que le pidió a Elena. Y cuando se puso a mirar hacia atrás recordó que su abuela materna tenía los ojos celestes. En la familia de Alberto nadie, infinitas generaciones de chaqueños. Candela es la más morenita. Los otros dos heredaron la tez de ella. Los cuatro son lindos, se dice, y a los cuatro los quiero. Tal vez no los quiso, pero los quiere. No los desee, se corrige. Porque siempre los amo. Desde que se los mostraron aún untados de su sangre. Desde que los sintió aletear en su interior. Carne de mi carne; sangre de mi sangre. Tan propios.
Está saliendo de la reunión de padres de Sebastián. A la ida hizo un rodeo. Cuando llega a la esquina se detiene. Duda. Un impulso la atraviesa. Baja el cordón con cuidado y cruza. Continúa por Rivadavia. Camina una cuadra con el corazón galopante. Pasa frente al local. Se detiene. La puerta está abierta. Empuñando el cochecito, entra. Tras el mostrador un hombre que no conoce. ¿Leonardo? pregunta. Hace tres meses que se trasladó a Mendoza; ¿puedo ayudarla en algo? ¿Dejó algún teléfono o dirección? Ahora sí que también vos sos huérfana, Camila, piensa mientras sale
[1] Discurso del presidente Raúl Alfonsín
[2] Se refiere a las salchichas “Tres Cruces”.
La beba dormida, Fernanda y Sebastián en sus cuartos, Candela sale de la ducha. Quiero hablar con vos dice Claudia. Sorpresa en la cara de la nena. Vení, sentate la convoca ella a la cocina. Cuando la ve instalada le pregunta ¿vos fumás? No contesta mientras el arrebol en su cara demuestra lo contrario. Candela, tenés doce años. Casi trece le retruca. Aunque tuvieras quince, no son edades para fumar; en realidad ninguna edad es buena para fumar. Claro, como vos hacés todo bien… Por primera vez en la vida Claudia tiene ganas de pegarle una cachetada. Inspira hondo y trata de recordar todo lo que leyó. Todavía es una nena, se dice, le pasaron muchas cosas. Inspira hondo. Trato de hacer las cosas lo mejor que puedo, no ha sido fácil para mí. ¡Ni para mí!, ¿o te crees que es fácil tener una hermana sin padre? ¿Y fumando lo vas a solucionar? le toma la mano que la nena no retira hija mía, que yo haya cometido errores no implica que vos tengas que cometerlos, vení, dame un abrazo, prométeme que no vas a fumar más. La chiquilina se levanta. De acuerdo dice y se va dejándola con los brazos extendidos.
Le voy a dar una sorpresa, piensa y cuando sale de la mercería enfila el cochecito hacia la biblioteca. La cara de alegría de Elena compensa el trayecto. Sin esperar autorización alza a la beba. Cada día más linda, ¡esos ojitos claros! Porque el tiempo trascurre y el color permanece. Leonardo en ella, difícil olvidarlo. Pero además de ver a su amiga su visita tiene otro propósito. Hace unos días, distraída como suele estar últimamente, abrió la puerta del baño y allí estaba Candela saliendo de la bañadera. En el instante que medió entre su perdón y el portazo al que la condujo su premura, sus retinas fueron impresionadas por múltiples y caprichosos destellos. Un caleidoscopio ofreciéndole el cuerpo de su hija. Senos incipientes, la alarma de sus ojos, vello entre las piernas, dos brazos flaquitos intentando cubrirla. Un impacto. El peso de la culpa. Había estado ausente de la metamorfosis. Una mirada que miraba sin mirar. Por eso recurría a Elena, como tantas veces, buscando orientación, consejo. La frase de su amiga aumentando el peso. Sí, hace rato que está brotando esa muchachita. Camila comienza a ponerse molesta y ese no es ámbito para llantos. Sale con un folleto educativo de Johnson &Johnson. Quiere estar bien preparada para hablar con su hija. Mi hija mayor, piensa y sonríe.
Hilvanando un ruedo piensa que aún no habló con Candela. Esa chica se le escurre. Enciende la radio quizá para apagar sus pensamientos. Camila duerme en su canasto. Las empleadas charlan mientras cosen. El informativo. Ley de Obediencia Debida. Tres votos contra dos. Elena le anticipó que la decretarían. No lo puede creer. Alfonsín le falló, él también le falló. Obediencia debida. Ella sí que creció bajo esa consigna. ¿Sus hijos? Candela seguro que no. Espera que los otros tampoco. Aunque no le convenga. Que sean libres. Visceralmente libres para elegir. Sigue escuchando. Ya se concretó el primer divorcio. Una de cal y una de arena decía siempre Alberto. Adelantos. Retrocesos. Amores y desamores. Muerte y vida. Abandona hilo y aguja y se acerca a la beba. La alza.
Está prensando las papas para hacer puré cuando Fernanda se acerca. Mami, Cande está en el baño y te llama dice en un susurro. Ella se seca las manos en el repasador y hacia allá se dirige. Sabe a lo que va. No tendría que haber sucedido hoy, su charla todavía pendiente. Golpea la puerta suavemente. ¿Se puede? pregunta. Pasá. Candela está sentada en el inodoro, la mirada en el piso, las mejillas son dos frambuesas. Ella se acuclilla a su lado. Ya está, ¿no? dice mientras roza el cabello de su hija. La chiquilina asiente con la cabeza. Ella sale. Fernanda está detrás de la puerta. Se aleja corriendo al verla. Ella va hasta su dormitorio y busca los apósitos. Luego al cuarto de las nenas y busca una bombacha. Tiene estampado de Minnie. Regresa al baño, le da instrucciones a Candela y lava la bombachita sucia. Antes de salir pone las manos sobre los hombros de su hija y le dice qué suerte, ya sos una mujer. No sé si es una suerte contesta la nena liberándose del contacto.
Una cena silenciosa. Las nenas, mudas. Sebastián callado, como siempre. Camila dormida. Cuando Candela, ya en piyama, se incorpora, ella deja los platos a medio lavar y la intercepta. Vení indica dirigiéndola hacia su cuarto. Los ojos de Fernanda, más adelante en el pasillo, son dos platos. Cuando entran ella señala la cama. La nena, extrañamente dócil, obedece. Se sienta a lo indio. Ella también. Luego extiende la mano hacia el folleto de Johnson&Johnson que descansa sobre la mesa de luz. Le va leyendo el texto a su hija mientras le muestra las figuras. La nena escucha en silencio. Silencio que rompe para preguntar ¿por qué tenés este librito? Lo retiré para compartirlo con vos. ¿Por qué? Porque me di cuenta de que ya te faltaba poco. Ah dice Candela. Se levanta y se acerca a la puerta. Con la mano en la manija se da vuelta gracias, mamá dice muchas gracias. Y se va. Ella se lleva ambas manos al pecho.
23
1989
Son las dos de la mañana. Candela todavía no llegó. Le dijo que iba a lo de Natalia, pero a la una, ya demasiado preocupada ella llamó a la casa. La chica dormía en su cama, engripada. Si no estuviera tan desesperada estaría avergonzada por el papelón. Ya no sabe qué hacer con esta chica. No acata, miente. Camila, en su camita, se queja en sueños. Ella se levanta, la mueve suavemente. La nena calla. ¿Qué hubiera hecho Alberto en una situación así? Cada vez más piensa en él. De chiquitos es fácil criarlos. El verdadero baile comienza después de los trece. Escucha la puerta. Se levanta de un brinco y corre hacia la entrada. Candela la mira con sorpresa. Ella no sabe si alegrarse de verla viva o darle vuelta la cara de un cachetazo. Qué dice, si nunca le pego. A lo mejor le hubiera hecho falta, se le fue de las manos. El cachetazo no, la chica. Su cabeza no para. ¿Dónde estabas? pregunta conteniendo el grito para no despertar a las nenas. Con mi novio dice la chica con desparpajo. ¿Desde cuándo tenés novio? Hace cinco meses. ¿Por qué no me contaste? ¿Me preguntaste, vos? Una pesadilla. Quizás está soñando como Camila. ¿Dónde estaban? repite, pero pasando ahora al plural. En la casa de él. ¿Estaban los padres? Sí, son recopados, cenamos con ellos y después alquilaron una peli y la vimos juntos. ¿Por qué no me avisaste? No se me ocurrió contesta mientras avanza hacia su cuarto. ¡Candela! la frena ella. Dejame, mamá, estoy fundida, mañana la seguimos dice la chica mientras se va. Y ella la deja ir. Recuerda tanto libro que leyó. Ni la Giberti ni la Dolto[1]. Nada le sirvió de nada. Camila llora. Ella se acerca a atenderla. Porque no hay que dejar llorar a los niños, se ríe de sus propios inútiles dogmas. Aunque en realidad solo fracasó con Candela. Sebastián y Fernanda son dos soles. Y Camila su estrellita.
Otra vez Rosa demorada. Con todo el trabajo que la espera en el local. No tendrá más remedio que llevarse a Camila, no quiere seguir abusando de …. Está vistiendo a la nena cuando escucha el timbre. Se apresura a atender. Perdonemé dice la mujer saquearon el supermercado de la esquina y la policía no me dejaba pasar. Qué le puede decir, lo vio por la tele, es verdad. Se rumorea que van a adelantar las elecciones. Lo que tendría que decirle es que no venga más, las cuentas no cierran, ya no puede tapar tantos agujeros. Pero como está apurada le da un beso a la nena y le indica a Rosa prepare polenta. ¿Otra vez? Sí, otra vez, así está la cosa.
Vuelvo en un rato informa si viene doña Carmen le toman las medidas. Las chicas se quedan mirándola. Podría aclararles voy a la biblioteca, nada que ocultar, pero detesta dar explicaciones, hasta a sus hijos. Demasiadas dio en su vida. Papá me asfixió, piensa. La tarde está preciosa. Fría pero soleada. Camina a paso vivo. Siempre estoy apurada, decide, aun cuando no lo estoy. Llega agitada. Se detiene a recuperar la respiración antes de entrar. Cómo le gusta el olor de ese lugar. A libros, a cultura. A tanto que le faltó. Encuentra a Elena taza en mano. ¿Te preparo un té? le ofrece. La acompaña a la cocinita. Minutos después regresan con una bandejita y se acomodan frente al mostrador. Solo hay una mujer sentada a la mesa de la esquina. Siempre viene, está rindiendo libre el secundario y en la casa con los hijos no puede estudiar le aclara su amiga. Ella la observa con curiosidad. Tendrá unos treinta y tantos. Como yo, piensa. ¿Cómo están los chicos? pregunta Elena. Muy bien contesta salvo… Candela concluye la frase Elena. Ella asiente con la cabeza y le cuenta el incidente de la otra noche. No sé qué hacer con ella, no me permite acercarme; a veces siento que ya no me quiere; se avergüenza de mí. Media hora después sale con dos libros de la Dolto bajo el brazo. La causa de los adolescentes para ella y Palabras para adolescentes o el complejo de la langosta, para Candela. Ojalá sirvan. Ojalá algo sirva.
Vos todo lo querés arreglar con libros, mamá dice Candela levantándose de la mesa. Mesa sobre la que queda el libro en cuestión. Nada sirve.
Claudia comparte el desayuno de sábado con tres de sus hijos. Candela sigue durmiendo. Camila de parabienes, centro absoluto de atención. Está aprendiendo a hablar y sus hermanos festejan sus Sepi y Fee. ¿Vieron el libro que traje ayer? pregunta ella lo tengo que devolver y no lo encuentro. Lo agarré yo dice Sebastián bajando la vista ¿hice mal? Para nada contesta ella ojalá que te gusté. Sí, ya casi lo terminé, está rebueno. A mí no me trajiste ninguno protesta Fernanda. La próxima promete ella ¿cuál querés? Otro de Sissi[2]. Dejá de llenarte la cabeza con estupideces dice Sebi. Habló el sabelotodo, mejor callate se defiende la nena. ¡Basta, chicos! los reta ella. ¡Bata! grita Camila. Ríen todos.
Mientras hace la cola piensa qué distinto fue la última vez. La ilusión de la democracia recuperada. Ahora no tiene ganas de votar. Si Alfonsín no pudo quién podrá. Al menos seguimos siendo libres, piensa mientras le entrega el documento al presidente de mesa. Que alguien combata la inflación, por favor. Cómo se las arreglará si no para hacer frente al crédito. Ya en el cuarto oscuro duda. Alberto era peronista. Pero su padre no la perdonaría si abandona a los radicales. Mete en el sobre la boleta de Angeloz.
En cuanto se despierta enciende la radio, Menem presidente. Que Dios lo ilumine, dice y se olvida de que ya no cree en Dios.
[1] Eva Giberti y Francoise Dolto.
[2] Novelas de Marcel D Isard.
24
1991
¿Pueden venir unos compañeros a quedarse este fin de semana? pregunta Sebastián rendimos el lunes. Claro contesta ella ¿cuántos son? Tres conmigo, vendrían el sábado a la mañana. Yo me voy es el comentario de Candela mientras corta el pollo ya bastante caos hay en esta casa todos los días. ¡Qué divertido! exclama Fernanda además, seguro que mami cocina algo especial. Claudia piensa a la par que mastica. Dos almuerzos y dos cenas. Dos desayunos, contando el del lunes, y dos meriendas. Todo para siete personas. Seis y medio en realidad, Camila come como un pajarito. Se desequilibrará el presupuesto de la semana, evalúa. Fideos, milanesas, empanadas y pizza. No se preocupe, señora, con el Plan de Convertibilidad, sus ingresos por fin rinden, piensa. Es una inversión, tendrá un hijo ingeniero. Sonríe sola. Mamá, ¿por dónde andás?, te estoy hablando la convoca Sebastián. Sí, hijo dice ella parpadeando. ¿Qué les digo que traigan? ¡Facturas! exclama Fernanda. No hace falta dice ella. Claro, como somos ricos acota Candela. Yo al menos laburo y cubro mis gastos dice Sebi. Si por mí fuera dejo el cole y me pongo a trabajar. Vas a terminar el secundario, aunque tenga que llevarte a la rastra eleva ella la voz. Camila se tapa las orejas con las dos manitos. Esta casa es un quilombo dice Fernanda me encanta y se levanta de la mesa. Su hermanita mientras la sigue pregunta ¿Qué es un quilombo? Esta pendeja va a ser peor que yo comenta Candela, por fin sonriendo.
Está furiosa. Hace casi un mes la directora de La casita de los niños le encargó treinta joggins pero nunca fue a buscarlos. La llamó por teléfono sin éxito, siempre el contestador. Dejó miles de mensajes. Ayer pasó por la escuela: estaba cerrada, un cartel decía clausurado. Mira la pila de pantalones y bucitos azules. Qué va a hacer con ellos. Aparta un conjunto talle cuatro para Camila. Solo me sobran veintinueve les dice a las chicas, pero a nadie le causa gracia. Trabajaron duro para cumplir en la fecha pactada. Encima ni le cobró seña, ella es demasiado confiada. De pronto tiene una idea. Sale a la calle. Observa la vidriera: cortes de tela, fotos enmarcadas de modelos varios, figurines. Entra. Vaciá todo le indica a Rita. Minutos después los conjuntos están prolijamente acomodados. Enseguida vuelvo informa. Camina a paso vivo hasta Corrientes. Es una tarde fría, pero va tan rápido que está acalorada. Entra a varios negocios, palpa las diferentes frizas. Mientras camina de regreso hace infinitos cálculos. Cuando llega al taller ya tiene el número. Escribí vos que tenés linda letra le indica a Gladys. Talle dos, talle tres, talle cuatro, $9,90.
Dos kilos de bola de lomo le pide a don Marcos. Parece que tiene invitados comenta el hombre mientras afila el cuchillo. Sí, vienen los amigos de mi hijo a estudiar contesta con infinito orgullo. Los pibes comen como lima nueva; se la corto finita para que le rinda. Todavía tiene que ir a Disco, si no se apura llegará tarde a buscarla a Camila al cumpleaños. Queso, salsa de tomate, tapas de empanada; fideos tiene. Quiere hacer los bollos para la pizza esta noche. Con eso arrancará el menú. ¿Algo más? Un kilo de carne picada va a agregar común, pero se corrige especial. Y papas fritas y maníes, para la picadita. ¿Me lo anota? pide. Solo por ser usted dice el hombre. Y cocacola. Aunque sea una botella. Mejor dos. Recuerda la primera vez que fue a comprar un yogurt para Sebi, tendría cuatro meses. Me creció el muchacho dice en voz alta sin darse cuenta. Y sonríe.
Se levanta a las siete, toma un café bebido y amasa. Le salieron cuatro pizzas. Las deja ya en las asaderas, cubiertas con un repasador; pone la mesa para el desayuno y sale. Los chicos duermen aún. Llega al taller antes de las nueve. Levanta la cortina. Las empleadas van apareciendo. Toma un segundo café. Se dispone a hilvanar una pollera cuando escucha la puerta abrirse. Una señora que compra dos conjuntos para sus nietos. Media hora después otra mujer. Hacia las once cuando se va, temprano para meter las pizzas en el horno, ya ha vendido seis joggins y ha recibido en encargo de otros dos, en talles ocho y diez. El lunes irá a Lavalle a buscar más friza azul. Salió bueno el corte. Quizá se arriesgue y compre algún otro color. También precisará más elástico. Por suerte tiene efectivo porque pasó la señora del médico a saldar lo que faltaba. Camino a su casa le pagará a don Marcos. No le gusta tener deudas.
Las pizzas salieron riquísimas. Los muchachos le hicieron honor. No sobró ni una miga. Candela, pese a sus amenazas, compartió el almuerzo. Estuvo de lo más parlanchina, cosa rara en ella. Le pescó un par de sonrisitas a Lucas, uno de los pibes. Quizá Sebastián también lo noto porque ni bien terminaron la fruta los arrió a su cuarto. Mientras lava los platos escucha el parloteo de Fernanda y Camila. Pese a la diferencia de edad se entretienen juntas. Candela, en cambio, hace la suya. Ya se fue. A lo de una amiga dijo. Cree que terminó con el noviecito. Lástima, lo vio solo un par de veces, pero parecía buen chico. La semana que viene tiene reunión de boletines. Veremos con qué se encuentra. Con esta hija nunca se sabe. En el primario era aplicada. Le pegó mal la adolescencia. Le pegó. Ella nunca le pegó. Muchas veces piensa que quizá le hubiera hecho falta.
Lunes. Un fin de semana agotador. Casi no salió de la cocina. Perdió la cuenta de las veces que les hizo café. Subió la escalera mil veces para alcanzárselos. Ese cuartito generoso que parece tener paredes extensibles. Primero depósito, después taller, ahora refugio de jóvenes. Cuando Sebi comenzó la facultad le mandó hacer una mesa con unas tablas que andaban dando vueltas para que el chico pudiera dibujar cómodo. Mesa que durante ese fin de semana nucleó a tres estudiantes universitarios. Universitarios. Sebi es universitario. Su sueño cumplido. No tiene dudas de que su hijo llegará al final. Además, se las arregla para hacerse unos pesos ayudando a Ángel en el negocio. Mi hijo vale oro, decide.
25
Está preparando un arroz cuando llega Candela. Un olor raro la rodea. Veni a darme un beso le pide. Ya voy dice la chica, pero se dirige al cuarto y luego al baño. Aparece en la cocina recién duchada. Hola, ma saluda y le da recién el beso solicitado. Huele, ahora, a shampoo de manzana. Se me ocurrió una idea, ¿no podrías hacerme una piecita en la terraza?, ya no me banco a las nenas.
Mediodía de sábado. Escucha la puerta abriéndose. Saqué nueve informa Sebastián desde el patio. Ella se seca las manos con el repasador para ir a abrazarlo. Momento en el que suena el timbre. El albañil. Revolveme la salsa le pide a su hijo y sube con el hombre a la terraza. Una hora después, mientras comen los fideos Candela pregunta ¿qué quería ese? Le pedí un presupuesto informa ella. La cara de la chica se ilumina. ¿Me vas a hacer el cuarto? Sí, empezaremos cuando tengas aprobado cuarto año. ¿Vale previas? averigua Fernanda. No, todo aprobado. Candela tuerce la boca. Va a abrirla, pero se calla. ¿De acuerdo? pregunta ella. Qué remedio me queda contesta su hija. Al fin te veré agarrar los libros se burla Sebastián. Habló el niño perfecto. ¡Tendremos un cuarto para nosotras dos, Cami! exclama Fernanda. La chiquita, entusiasmada, golpea la mesa con los ambas manos. Ella observa a los cuatro. Son mis hijos, piensa, yo los parí, yo los crié, yo los alimento, yo los mantengo. Mientras lava los platos piensa que menos mal que ya se frenó la inflación, sino vaya a saber cuánto terminaría saliéndole la pieza porque de ahí a que Candela termine… La chica se acerca. Gracias, mamá dice, le oprime el brazo y sale.
Tarde de domingo. Claudia está esperando que Sebastián regrese con facturas para servir la merienda. Se largó a llover. Le insistió para que llevara paraguas, pero los jóvenes son así, parece que les diera vergüenza. Está tardando demasiado. Tendría que haber ido yo, piensa. Por fin oye el ruido de la puerta de calle. Busca el trapo de piso, seguro que está empapado, y lo deja en el umbral. Está poniendo el jarro en el fuego cuando lo escucha entrar a la cocina. Secate los pies indica y luego pregunta ¿te mojaste mucho? Entonces gira. Sebastián no está solo. En los brazos, un cachorrito negro. ¡¿Y eso?! pregunta. Estaba en una caja de cartón en el baldío; lo escuché llorar. El animal comienza a ladrar. Está asustado dice el chico mirá como tiembla. Los ladridos atraen a Camila. ¡Un perrito! exclama y acercándose al hermano pide dámelo. Dejalo que está empapado dice ella mientras busca una toalla vieja. Se aproxima a Sebastián y le dice y vos también, andá a cambiarte, te vas a resfriar al tiempo que agarra al cachorro y lo envuelve con el trapo. Lo oprime contra su pecho. Sí, tiembla. Pobrecito, piensa, vaya a saber qué le pasó a la mamá. El perro le lame la mano. Ella sonríe. Las otras dos chicas aparecen en la cocina. ¡Qué cosita divina! exclama Fernanda. Debe tener hambre dice Candela. Agarralo indica ella y se lo tiende. Busca un pote y lo llena de leche. Bajalo ordena. Candela le saca la toalla y lo pone en el piso. El perro se acerca, bamboleante, y bebe. ¡Es muy chiquito! exclama Fernanda. Sebastián regresa y deja las facturas sobre la mesa. Tengo hambre dice. Ella calienta la leche. El cachorro, ya satisfecho, se acerca a su salvador. Sebastián se agacha a alzarlo cuando su madre le ordena dejalo, vamos a merendar. ¿Se puede quedar? pide Fernanda porfi, mami. De ninguna manera, lo único que nos falta es un bicho responde ella. Sebastián la mira muy serio sí, no nos falta nada; creo que un perro es lo único que no tenemos. A ella se le llenan los ojos de lágrimas.
Están cenando. El perrito duerme en una caja arriba de la toalla. ¿Cómo le vamos a poner? pregunta Fernanda. ¡Negrito! exclama Camila. Moisés dice Sebastián porque lo salvé del agua. Candela revolea los ojos. Hagamos un sorteo propone ella, saca un papel del cajón y lo corta en trozos cada uno escribe un nombre. Busca una panera. Cada uno coloca allí su papelito. ¡Vos también, mami! dice Fernanda. Ella piensa un buen rato y aporta su propuesta. Camila revuelve y saca un papel. Yo lo leo decide Candela Dedal. Esa seguro fue ma dice Sebi. No se puede llamar Dedal protesta Fernanda yo quería Fito como Páez. La democracia es la democracia dice Sebastián y no protestemos que mamá se va a arrepentir. ¿Por qué pensante Dedal? pregunta Candela. Porque es chiquito y cuida responde. Yo le voy a decir Dedalito comunica Camila. ¡Claro! acota Sebastián lo vamos a ver hasta en la sopa. Todos ríen.
26
1992
Escucha sirenas. Parecen ambulancias. Se asoma a la puerta del taller. Sí, ambulancias atronando por Córdoba. Varias. Qué habrá pasado. Mira el reloj. 14.55. Va a empezar el informativo. Enciende la radio. Se produjo una explosión en la Embajada de Israel. El edificio se destruyó totalmente. Gran cantidad de muertos y heridos. Dónde estarán los chicos, es su primer pensamiento. La novia de Sebastián vive a unas cuadras, cree. Me voy a casa les informa a sus empleadas y sale. Corre por la calle. No sabe por qué ni para qué, pero corre. Hay mucha gente. La gente también corre. Mi hija trabaja allí oye gritar a una mujer. Llega a su casa. Entra. El televisor a todo lo que da. ¿Viste lo que pasó, mamá? grita Fernanda desde la cocina. ¿Sabés algo de tus hermanos? pregunta ella. Candela está en su cuarto, recién subió; Camila está durmiendo la siesta. ¿Y Sebi? ¡Qué sé yo! Claudia, está agitada, trata de aplacar el ritmo de su corazón. Inspira profundamente. ¡Vení!, ¡mirá! la convoca Fernanda. Pero ella no quiere. Ella necesita saber dónde está su hijo. Controla la lista pegada a la heladera. Es martes. Sí, tuvo clase a la mañana. Le parece que ayer le dijo que después iba a trabajar. Pero a veces va a almorzar a lo de Belén. Llama al negocio de Ángel. Hola, Ángel, ¿Sebastián está por ahí? Sí, estamos mirando la televisión, ¡qué desastre!; ahora te lo paso. Ella respira. A salvo. Están todos a salvo. Se sienta y ahora también ella mira. Dedal se le aproxima y apoya la cabeza sobre su falda. Ella lo acaricia. Él le lame la mano.
Deja a Camila en el jardín de infantes y se dirige al taller. Son unas cuantas cuadras que, como siempre, recorre a paso vivo. Está apurada. Siempre está apurada. Por más que se pasa la vida haciendo, siempre es más lo que le queda por hacer. Se detiene en la panadería y compra unas masitas. Las chicas merecen algo rico. Llega al taller pasadas las nueve. A través del vidrio contempla el interior. Ya están todas, cada una traquetea su máquina. Entra. El zumbido tan característico. Parece una colmena, piensa. ¿Quién prepara café? propone mientras levanta el paquete y lo agita. Minutos después las siete disfrutan de la tregua. Vino la del instituto a buscar las camperas le informa Rita se las prometí para mañana. Ella detesta no cumplir, pero están superadas. Se convirtieron en el referente del barrio. Varias escuelas les encargaron los uniformes. Febrero fue una locura. Y lo que va de marzo no afloja. Tuvo que tomar la sexta empleada. Y necesitaría otra. Ya tenés una PYME le dijo Sebi ayer. Tuvo, además, que consultar con un contador porque las escuelas necesitan todo en blanco. Costo-beneficio. También vino la señora Rosalía, precisa un trajecito para el civil de la hija, quiere discutirlo con vos. Tiene que ocuparse de tantas cosas que cada vez tiene menos tiempo para coser que es lo que realmente le gusta. Manos de hada. Sus clientas protestan, la reclaman. Pero le queda claro que lo que realmente rinde es la producción en serie. Hacer ropa a medida, como hasta ahora, lleva mucho tiempo. Horas en ir a comprar cada corte de tela, elegir los botones, las infinitas pruebas, las mujeres indecisas. Sabe que tiene que tomar una resolución. ¿Alta costura o fabriquita? Los chicos crecen y cada vez cuesta más mantenerlos. Apurate que te vamos a dejar sin nada dice Gladys mientras le tiende la bandeja de cartón. Ella agarra un alfajorcito de maizena. El último sobreviviente.
Están cenando cuando, con la boca llena, Camila pregunta ¿cómo se murió mi papá? Se instala el silencio. Claudia repara inmediatamente en el adjetivo posesivo. No dijo nuestro, dijo mi. Siente sobre sí los cuatro pares de ojos. Sabía que este momento iba a llegar. Elena viene alertándola. Pero ella la ve tan chiquita… ¿Debe mentir? Porque hasta ahora le resultó cómodo que Camila diera por supuesto que compartía padre con sus hermanos. Ahora está preguntando y ella nunca supo mentir. Quizás omitir, pero no mentir. ¿Será bueno hablar frente a todos o sería mejor estar las dos solas? Trata de acordarse de todo lo que leyó. Que la Dolto, que la Giberti vengan en su auxilio. Elena, ayúdame, se dice. ¡Mamá!, te pregunté reclama la nena. El que se murió es el papá de tus hermanos, vos tenés otro papá. ¿Por qué?, ¡yo no quiero tener otro papá! Ella le oprime la manito. Ahora no lo podés entender, Camila, porque sos chiquita. ¡Soy grande!, ¡ya cumplí cinco! Sí, sos más grande, por eso te lo estoy contando ahora; pero igual todavía no tenés edad de entenderlo. Yo tengo diecisiete y todavía no lo entiendo murmura Candela. Ella va a intervenir cuando escucha que Sebastián dice ¡callate, vos! Camila se libera del contacto y sale de la cocina corriendo. ¡Sos mala! grita ¡sos una mamá mala! Candela se incorpora y va tras ella. Fernanda pregunta ¿para qué le dijiste?, ¿no ves que la hiciste sufrir?, ¡es chiquita! y también se levanta. Alguna vez tenía que enterarse afirma Sebi no se cómo todavía no preguntó por los diferentes apellidos. Ella observa, escucha, hasta huele el pescado durmiendo en los platos. Pero es como si no estuviera ahí. Está congelada. No siento, piensa, no siento, como cuando murió Alberto. Hasta que se da cuenta de que ya está. Ya lo dijo. Ya está. La envuelve, entonces, un soplo de alivio.
Está por meterse en la cama cuando escucha golpes en la puerta de su cuarto. ¿Sí? Soy yo informa Sebi. Pasa, hijo dice mientras busca la robe. El chico entra y ambos se sientan en el borde de la cama. ¿Te puedo hacer una pregunta? Claro. ¿Vos no te podés contactar con el padre de Camila? No sé dónde está contesta ella se fue de Buenos Aires. Sí, pero de alguna manera podrías localizarlo, mira todo lo que hacen las abuelas de Plaza de Mayo; me parece que en algún momento Cami va a necesitar saber quién es su papá. Ella se queda mirándolo. Cuánto que creció su muchacho. Siempre sensato, siempre sereno. Si Alberto pudiera verlo, piensa, qué orgulloso que estaría, un hijo casi ingeniero. Ma, te estoy hablando. Ella sacude la cabeza. Tenés razón dice lo voy a pensar. Por lo menos déjame en algún lugar los datos que tengas. ¿Pará qué? pregunta con temor, Sebi es capaz de buscar por su cuenta. Por si te pasa algo, ma contesta el chico mirando el piso.
27
Deja la bolsa en el taller e informa vuelvo en un rato. Te necesito para cortar el vestido de gasa dice Rita. Vuelvo en un rato repite. Precisa charlar con Elena.
Sale de la biblioteca y se dirige hacia Córdoba. De pronto se detiene. Está agitada. Se pone las manos en el pecho. Tengo taquicardia, piensa. Se detiene y cambia el rumbo. Precisa un café. Cruza. Primero comprará sobres y papel.
Hola, Leonardo escribe acodada en la mesa me comunico con vos porque ayer Camila, nuestra hija (tiene cinco años, es como el tuyo) preguntó por primera vez por su papá. No te preocupes, solo le dije que su padre no era el mismo que el de sus hermanos, que ya lo comprendería cuando fuera grande. A la noche mi hijo mayor (diecinueve, ya) me pidió que dejara a buen recaudo tus datos. Por si me pasa algo, dijo. Y tiene razón. Sabrás que hasta ahora cumplí mi promesa de no molestarte. Lo estuve pensando y, si Camila vuelve a preguntarme, le diré que conocerá tu nombre solo cuando sea mayor de edad. Si tengo que poner en el platillo de la balanza tu tranquilidad o la de ella, pesará, obviamente, más la de ella. Quizá nunca quiera saberlo. Esta dirección me la dieron en tu antiguo local hace años, cuando nació la nena. Pregunté como clienta, no te aflijas. Necesito que me confirmes que es correcta y que asumas el compromiso (lo único que te pido por tu hija, me arreglo bien, a mis cuatro hijos no les falta nada) de mantenerme informada si llegás a trasladarte. Eso es todo. Espero tus noticias. Claudia. Dobla el papel sin releerlo. Lo mete en el sobre. Leonardo Montiel, escribe. El apellido del padre de mi hija, piensa, pero el apellido de la nena, no; porque ella es mi hija. ¿Me llamó, señora? le reclama el mozo, parado a su lado. Paga y sale. Mira el reloj. El correo todavía está abierto.
¿Adónde vas? le pregunta a Candela que se está poniendo la campera. A despedir a Mike contesta sin dar más información. No vuelvas tarde que mañana tenés escuela le recuerda ella. Mike, el noviecito de los últimos meses. Lo vio un par de veces cuando la vino a buscar. Simpático el pibe. Lástima que se va a estudiar a Estados Unidos, escuchó que Candela le contaba a Sebastián que se había ganado una beca. A ella nunca le cuenta nada. Pero está más tranquila, hasta mejoró las notas. Se ve que la influencia del chico fue positiva. Fue, piensa, porque se va. ¿Qué hay de comer, mami? pregunta Fernanda. Pollo al horno. ¿Con papas? Con papas. ¡Qué rico! A Fernanda todo le parece rico. Ella sí que es fácil.
Carta, mami anuncia Fernanda enarbolándola. El corazón de Claudia se desboca. Toma el sobre que se le ofrece. No lleva remitente. ¿No la abrís? pregunta la chica. Luego contesta ella estoy cocinando. En cuanto se sabe sola, se sienta y rasga el sobre. Solo una leve hojita. Claudia: Te comunicaré cualquier traslado. Hacé vos lo mismo. Leonardo (gracias por cuidarla). ¿Leve? Hubiera esperado cualquier respuesta menos esta. La indiferencia más brutal. Ni una pregunta. Ni siquiera sabe que tiene los ojos celestes. Fernanda regresa a la cocina. ¿De quién era? pregunta. Y ella que odia mentir contesta una publicidad porque le da vergüenza que la chiquilina sepa que ese ser es el padre de su hermanita. Mientras revuelve la salsa blanca, la rabia ya aplacada, se dice: al menos contestó. Podrá ahora tranquilizar a Sebastián. Esa noche, luego de ducharse es ella la que golpea la puerta de su hijo. Pasa, ma contesta el chico incorporándose en la cama. Ella le tiende un sobre cerrado. Los datos que me pediste explica abrila solo si…, solo si me pasa algo. Y se va rápido. Su hijo no merece el espectáculo de sus lágrimas.
Golpes en su puerta. Esta casa parece una oficina, piensa. Candela esta vez. Qué raro. Problema en puerta, piensa, como los golpes. Vení, sentate ofrece mientras corre la robe apoyada en su cama. La chiquilina se sienta como indio. Calla. Ella la observa. Tiene la carita hinchada. ¿Habrá estado llorando? ¿Por Mike? ¿Te pasó algo, hija? pregunta. La chica permanece en silencio. Ella le oprime ambos brazos. Cande, contame pide. Obtiene un sollozo por respuesta. ¡Hija, me asustás! exclama mientras la inminencia de una catástrofe le acelera el pulso. Estoy embarazada. No puede ser, piensa, yo le di libros sobre sexo, le ofrecí llevarla a la ginecóloga. No, no puede ser. Es una chica inteligente, cómo no se cuidaría. Yo también soy inteligente, reconoce, y yo tampoco me cuidé. ¿Estás segura? Sí, ayer me hice un Evatest contesta, las lágrimas barriéndole la cara. Vení le dice ella abriendo ambos brazos. Candela se refugia contra su pecho. ¿Cuánto hace que no se dejaba abrazar? Permanecen así hasta que la chica se va tranquilizando. Entonces ella la aparta. Contame pide. Es de Mike dice ayer le escribí un mail contándole y recién me contestó que de ninguna manera puedo tenerlo, que él no va a volver; eso sí, ofreció girarme dinero para el aborto. Y vos, ¿qué querés hacer? No sé contesta mientras regresan los sollozos ¡no sé! Sabe que te acompañaré en lo que decidas dice ella, mientras vuelve a abrazarla. La mece. Como si alguien le estuviera soplando lo que tiene que hacer. Está serena. Es absurdo, piensa, mi hija está decidiendo sobre la vida de mi nieto y yo estoy serena. Está también decidiendo sobre mi vida, reformula. El llanto de la chica va menguando. Cuando cesa, Candela se aparta. ¿Vos qué harías? pregunta. Ella no duda en responder mirá a Camila.
28
No pegó un ojo en toda la noche. A las seis, vencida, se levanta. Soy una recolectora de responsabilidades, piensa, mientras calienta el agua. Otro niño, empezar de nuevo. Por suerte guardó la ropita de Camila, el cochecito, el moisés. Cuando construyó el cuarto de Candela también hizo un baño y un pequeño depósito. Allí están las cosas. Ma, tirá todo le había sugerido Sebastián o regalalo. Pero esa voz que a veces le habla le dijo que no. ¿Pensaba en que aparecería otro hombre a dejarle un hijo en el vientre o se anticipaba a los nietos? No lo sabe. El próximo año cumplirá cuarenta. Ya no está para romances, piensa y sonríe a solas. Lo importante es que Candela termine el secundario. Esta semana se sintió mal y tres días faltó. Tampoco puede exigirle demasiado. Se la pasa vomitando. No es lo que soñó para su hija. Le da pena. Le da tanta pena. Apura un trago de café. Está demasiado caliente. A veces siente que todo es demasiado para ella. Una recolectora de responsabilidades. Teme no poder. Se dirige a su cuarto. Se cambia y sale. Cuando la ve en la puerta Dedal se acerca meneando la cola. Sos pesado le dice, pero va a buscar la correa.
Mientras regresa con las facturas, la decisión se le impone: ya no será modista, solo confeccionista. Otra boca para alimentar, tiene que generar más ingresos. Recuerda la PYME anunciada por Sebastián y sonríe. A solas sonríe.
Pasadas las diez se disponen a desayunar. Están todos, piensa ella porque no es habitual que los adolescentes “madruguen” un domingo. Anoche Sebi salió con la novia, Fernanda fue al cine con Rocío. La acercó la mamá. Ambos regresaron temprano. Candela se quedó en su cuarto. Su bunker. Camila está por agarrar el último churro cuando Fernanda le dice vos ya comiste, ese es de Candela. No quiero contesta la aludida. ¿No querés? pregunta Fernanda si a vos te encantan los churros, ¿qué te pasa? Candela la mira y el corazón de Claudia da un brinco. Asiente levemente con la cabeza. Estoy embarazada informa la chica. Sebastián se agarra la cabeza con las dos manos. Los ojos de Fernanda parecen salirse de sus órbitas. ¿Mamá sabía? pregunta. Claro contesta Candela. ¡Pero a mí no me contaste! No te quería preocupar. Si no quisieras preocuparnos te habrías cuidado dice Sebi con rabia. Lo vas a tener, ¿no? pregunta Fernanda. Candela asiente con la cabeza. Fernanda se levanta y abraza a su hermana. Me encantan los bebés dice como hace cinco años. Camila menea la cabecita. No entiendo nada.
29
Mami, ¿el bebé de Cande tampoco va a tener papá? pregunta Camila mientras ella le seca la cabeza. No puedo más, piensa, demasiado lo que me toca. Quisiera decirle que se calle, que no pregunte pavadas, que la deje en paz. Pero sabe que no debe entonces contesta, tensa, los dos tienen papá, un papá distinto, que no estén con nosotros no significa que no existan. ¿No le gusté a mi papá?, ¿por eso se fue y nos dejó? El fastidio se le derrite. La abraza fuerte. ¿Cómo podrías no gustarle si sos una hermosura?, vos no tenés la culpa, los adultos tienen complicaciones y tu papá las tuvo, por eso no está. La chiquita se desprende del abrazo y la mira, muy seria. ¿Y el papá del bebé también tiene complicaciones? Sí, mi amor, también. ¡Yo lo voy a querer mucho! exclama la nena ¡aunque no sea una hermosura! Tuve suerte con mis hijos, piensa ella. Hasta con Candela.
No sabe dónde leyó que los problemas son proporcionales a la cantidad de cosas que se tengan. Y sí, desde esa óptica son lógicos sus quebraderos de cabeza. Tengo una casa, un taller, un auto, seis empleadas, un perro, cuatro hijos y hasta un nieto en camino. Imposible que no haya fallas en alguno de los ítems en cada día de su vida. Cada día, se repite. Canillas que pierden, máquinas que se atascan, faros que se rompen, pedidos de aumento, pulgas, piojos, anginas y náuseas. Antes de que solucione un problema surge otro. Repara en que nada en su listado es grave. Hay cosas que quizá no son graves, aunque sí importantes. Candela se niega a seguir yendo al colegio. Ya no puede esconder la panza bajo el guardapolvo y no quiere ir más. Intentó convencerla de todas las maneras. Hasta le pidió a Elena que hablara con ella. Imposible. Una mula. Prometió dar luego libre quinto año sin precisar cuándo será luego. La desespera que su hija no termine el secundario. No quiere que le pase como a ella. Aunque tiene que reconocer que se ha arreglado bien para mantener a sus hijos pese a esa falencia. Elena le sugirió que la deje, que ya la chica tiene demasiado. Está pasando un mal embarazo, además. Náuseas, vómitos, bajadas de presión. Es una nena aún, piensa. Dejó la puerta del cuarto entreabierta y Dedal asoma el morro. Está por echarlo, pero desiste. El perro se acerca y pone la cabeza sobre el acolchado. Ella lo acaricia. El contacto son la tibieza del animal la va tranquilizando. Minutos después se queda dormida. Dedal se hace un ovillo en la alfombrita lindera a la cama.
Hace mucho que no la veo a Belén le comenta a Sebastián ¿están bien? Sí, ayer estuve cenando en su casa contesta el chico. ¿Por qué no la invitás a almorzar el domingo?, pensaba hacer canelones. Silencio. Silencio de radio, piensa ella. ¿Pasó algo? Sebi se toma unos minutos antes de contestar todavía no le dije que Candela está embarazada. ¡¿Por qué?! Porque me da vergüenza dice el chico mirando el piso. ¿Vergüenza? La familia de Belén es muy tradicional, religiosa, lo van a tomar mal. Acá la que importa es Belén no su familia, ¿ella también lo tomaría mal? De repente se le ocurre algo. ¿Ustedes tienen relaciones? pregunta. Sebastián calla. Ella sabe que con Marina, la novia anterior, se acostaba; Ángel había hablado con el pibe y ella había encontrado preservativos en el cuarto. No sé cómo te vas a arreglar para ocultarlo cuando nazca. Otra idea la atraviesa como un rayo. ¿Le contaste que Camila es medio hermana? Las mejillas de Sebi se incendian. Ninguna pareja crece bien entre mentiras, hijo; esta es tu familia y no debieras avergonzarte de nosotros; si te quiere de verdad tendrá que aceptarte y aceptarnos. El chico se incorpora. No es tan fácil dice. Ella registra que es la primera vez desde que nació que su hijo la decepciona. Pero la culpa es de la novia. Mocosa de Recoleta. Cree que la vida es color de rosa. La vida en rosa[1]. Qué lindo cantaba la Piaf. Su mamá siempre la escuchaba. Los discos de pasta. Para su madre tampoco la vida fue rosa. Para Candela parece que tampoco. Pobre hija mía, piensa.
La acompaño a Candela a hacerse la ecografía y después voy al taller le avisa a Fernanda ocupate de tu hermana. ¿Puedo ir? pregunta la chica. Ella recuerda idéntica situación seis años atrás. La mira a Candela levantando las cejas. Por mí… pero apúrense que me estoy haciendo pis y todavía me falta tomar medio litro. Tendrá que llevar también a Camila, con quién dejarla. Espero que la ecografista las deje entrar aclara ella si no, se quedan afuera. Minutos después las cuatro montan el Renault. Cuánto más fácil es trasladarse ahora. Por suerte la doctora les permite pasar. Es la misma que le hacía las ecografías a ella. Candela sube a la camilla. Parece un juego de roles. Cambia, todo cambia[1], como canta la Negra. La acostada era espectadora, ella era la acostada, Camila la que estaba en la panza. La única que conserva su papel es Fernanda. Fernanda es mi columna vertebral, decide, no sé qué haría sin ella. Obvia pensar que falta alguien. Lo obvia porque es demasiado doloroso. ¿Eso es mi bebé? pregunta Camila con cara de desencanto no es una hermosura. Todos ríen. Están yendo a buscar el auto cuando Cande la pregunta ¿no podemos ir a merendar todas a Caballito Blanco? Ella se queda desconcertada. Un montón de plata, piensa. Luego recuerda que tiene en la cartera el pago del Colegio de la Misericordia, se olvidó de dejarlo en su casa. Cuatro pares de ojos la miran, anhelantes. Está bien accede vamos a festejar que la “hermosura” está muy bien, se movía como un atleta. Carcajadas.
[1] “La vie en rose”, Edith Piaf.
30
1993
Hice la elección correcta, se dice ella, al escuchar en la radio que muchas industrias textiles están cerrando porque no pueden competir con los precios de la ropa importada que inunda el mercado. Los uniformes no se pueden importar, son propios de cada escuela. Su emprendimiento va viento en popa. Tomó la séptima empleada. Sus chicas son joyas, cumplidoras, trabajadoras. Rita es su mano derecha. Y aunque los costos ya no suben, ella les aumentó el salario. Se lo merecen. Hace unas semanas que una idea está dando vueltas por su cabeza. ¿Por qué limitarse a la confección y perder la ganancia adicional de vender ella misma sus prendas? Ya estuvo haciendo averiguaciones. Hay un local en la otra cuadra del taller en bastante buen estado. El alquiler es razonable. En dos meses termina con las cuotas del auto. Claro que el hombre no la va a esperar. Tiene que tomar una decisión. Agarra su cartera. Salgo avisa a las chicas. Se dirige hacia la biblioteca. Necesita hablar con Elena. Además, le quiere pedir un libro para Candela. Seguramente los que ella leyó durante sus embarazos ya están viejos.
Después de cenar se queda tomando un café con Sebastián. Cada vez está menos en casa. La novia lo captó, piensa ella. Ma, estuve pensando algo dice el chico, y ante su gesto continúa tendríamos que comprar una computadora; cada vez me dan más trabajos en la facultad, la Remington del abuelo se atranca cada dos palabras; además, en la compu se puede corregir sin necesidad de rehacer; ya estuve averiguando precios, unos setecientos pesos, viste que ahora todo se puede comprar en cuotas; yo puedo colaborar con la mitad; ¿qué te parece? Ella piensa que muy pocas veces les dice que no. Quizá demasiado pocas. Tenés el sí fácil siempre le dice Gloria. Una computadora ahora. Elena hace rato que la usa en la biblioteca. ¿Y, ma? ¿Cuántos uniformes tiene que vender para juntar setecientos pesos? Puede ser contesta déjame que haga unos números; de todos modos, la pagaría yo; quiero que también puedan usarla tus hermanas. ¡Y vos!, para el trabajo, yo te enseño. Estoy demasiado vieja. ¿Vieja?, ¡vos sos un avión!, no conozco a nadie tan emprendedor. No me dorés la píldora que me vas a hacer arrepentir. Sebastián la mira muy serio. Es la verdad, pavada de madre me tocó en el reparto. Ella, sin embargo, piensa en Belén. En el juicio de Belén. Teme que no saldrá indemne.
Ya sé lo que voy a estudiar anuncia Fernanda mientras están cenando. Como si hubieran ensayado la coreografía todos dejan los cubiertos y la miran. Profesorado de Educación Inicial. Pero eso es un terciario, hija. La cara de la chica se desarma. Claro, para vos lo único que vale es la universidad; ya tenés a tu hijito ingeniero, ¿no te pusiste a pensar antes de abrir la boca que a lo mejor esa carrera de cuarta es mi vocación? Tan enorme la sorpresa de ver a la dulce Fernanda, su eterna aliada, agrediéndola, que todos, incluida la nena, permanecen inmóviles, en absoluto silencio. Y no me vengas a decir que voy a desaprovechar mis capacidades, porque no estoy dispuesta a escucharte, no puedo darte eternamente el gusto, mamá. La chica se levanta y se va. Tiene razón siempre esperaste demasiado de nosotros dice Candela se incorpora y alcanza a su hermana en la escalera. Sebastián la mira. El desconcierto de ambos es absoluto. Fer está enojada con la mami comenta Camila dando vueltas las manitos, las palmas hacia arriba muy enojada. Después de lavar los platos y acostar a las nenas, ella sube las escaleras. Golpea la puerta de las chicas. Fernanda dice necesito charlar con vos, bajá por favor. Un rato después la chica entra en su dormitorio, cabizbaja. Perdón, mami pide. Perdoname vos, vas a ser una excelente maestra dice ella mientras la abraza. El pecho de la chiquilina se sacude.
Se acerca tu cumpleaños le comenta a Camila mientras saca la ropa del tender ¿cómo te gustaría festejar? La nena se queda pensando. No quiero invitar a todo el grado. ¿Por qué? Algunos me molestan. ¿Qué te hacen? pregunta ella, alarmada, casi no conoce a los chicos, recién empieza primer grado. Nada contesta cabeceando pero igual no los quiero invitar. ¿Entonces? Para el cumple de Mariela me quedé a dormir en su casa, ¿te acordás? Claro. ¿Si le decimos a ella a Paula y a Marina que vengan?; si las mamás las dejaron quedarse en lo de Mariela seguro que las dejan quedarse acá. Ella se queda pensando. Fernanda puede ir a dormir a su cuarto y en la cama de debajo de la Sebi hay otro colchón. ¡Porfi, mami! implora la nena juntando las manitos. Veremos qué dicen las mamás. Camila la abraza, enterrando la cabecita en su cintura. ¡Gracias, mami! Mientras la nena esboza planes ella, doblando la ropa, piensa. Va a alquilar una película. Papas fritas, chizitos, hamburguesas, helados de palito y una chocotorta. Al desayuno medialunas. Comprará alguna pavadita para que se lleven. De repente se le cruza una idea. Seis años. Todas con dientes flojos. ¿Qué te parece, mami? Ella sacude la cabeza. ¿Qué? Vos siempre igual, ¡nunca escuchás! Le voy a decir a las chicas que me hagan cuatro almohaditas, piensa. Retazos, nunca faltan. ¡Mami!, ¡oíme! Camila la mira levantando las cejas. Esos ojos celestes… ¡Es tan bonita! Ella deja de arrollar las medias y la abraza.
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A la hora de la cena les cuenta a los chicos que ya se concretó el alquiler del local. ¡Brindemos! propone Fernanda levantando el vaso. Cinco copas se entrechocan. ¿Quién lo atenderá? pregunta Sebastián. Por ahora Gladys, hasta que consiga una chica; a ella la preciso en el taller; y, por supuesto, yo iré de un lado a otro. ¿Y nosotros? protesta Camila ¡nunca estás! Ella se queda desconcertada. Está grande la mocosa, piensa y también piensa que la nena tiene razón, no se había dado cuenta de que les estaba faltando. Encima pronto se sumará otra criatura. Estuve pensando algo dice Candela. Ella la mira. Yo podría atender el local; total no tendré que hacer mucho más que estar sentada; y cuando nazca el bebé me lo puedo llevar conmigo, al menos para controlar a la empleada si es que la tomás. Enorme sorpresa en todos los pares de ojos. No hace falta, hija dice ella. Sí, mamá, quiero trabajar, no puedo seguir siendo una carga. Silencio general. Yo quiero que estudies. Ya te dije que no, al menos por ahora; y si sigo sin hacer nada me voy a volver loca; tampoco después me quiero quedar encerrada con el bebé. Tiene razón acota Sebastián. Yo la puedo ayudar con el bebé en el negocio cuando salgo de la escuela ofrece Fernanda. ¡Yo también se lo cuido! exclama Camila ya cumplí seis. Están grandes, piensa ella, todos mis hijos están grandes. Y los ojos se le llenan de lágrimas.
Sube a descolgar la ropa de la soga. Cuando pasa por el cuarto de Sebastián, le parece escuchar sollozos. Se detiene. Sí, el chico está llorando. Golpea suavemente. ¿Puedo pasar? pregunta. Como la respuesta no llega, entra. Encuentra al chico acostado, la cabeza enterrada en la almohada. ¡Qué pasa, hijo? Sebastián gira y, con la cara mojada, dice Belén me dejó. Ella se sienta sobre la cama y le acaricia el cabello. Cuando logra tranquilizarlo, su hijo dice que le contó a la chica lo de Candela y lo de Camila. Se enfureció, dijo que era porque le mentí, pero yo sé que no es por eso. Ella siente una emoción incalificable trepando desde su abdomen. ¿Ira?, ¿lástima?, ¿culpa? Seguramente una fusión de todo. Insoportable ver a su hijo sufrir. No se merece a mi hijo, peor para ella, se lo pierde, piensa, pero solo dice dale tiempo, ya se le pasará aunque no sabe si es lo mejor que se le pase.
Candela, pese a su prominente abdomen, acomoda la mercadería en los estantes. Estantes en los que previamente pegó etiquetas con los talles. Etiquetas escritas con su hermosa letra. Claudia la observa. Orgullosa, califica. Hace rato que no la veía entusiasmada con algo. Las mejillas arreboladas, parece una nena. ¿Querés tomar algo? le ofrece. Dale, mamá, preparate un tecito contesta la chica sin abandonar su tarea. Fue una buena idea, decide mientras pone el agua a hervir. Lindo sentirla cerca.
De regreso a su casa se encuentra con Sebastián en la esquina. Caminan juntos. Se lo ve bien, piensa. Hace días que estaba … busca la palabra… mustio. Me encontré con Belén dice el chico me perdonó. A ella le da rabia. ¿Qué es lo que debiera perdonarle?, ¿que su hermana mayor está embarazada?, ¿o que la menor es ilegítima?, ¡qué le incumbe a esa mocosa! Todo eso piensa. Sin embargo, oprime el brazo de su hijo y dice me alegro mucho. ¿La puedo invitar a almorzar el domingo? Claro contesta simulando un entusiasmo que no siente le haré canelones. ¡Gracias, ma! dice Sebi y mientras abre la puerta de calle agrega todavía no se lo contará a los padres. Ella se muerde los labios. Entra. Dedal sale a su encuentro moviendo la cola.
Mami, ¿te puedo pedir algo? pregunta Fernanda mientras terminan de lavar los platos. Claro contesta ella, cómo no, esta hija nunca pide, siempre ofrece. Viste que no quise festejar los quince, estábamos con la revolución del embarazo de Candela. Ella piensa que recién ahora se entera de la razón, se quedó solo con que la chiquilina no tenía ganas. Cómo no me di cuenta, debería haberle insistido, se reta. Estuve pensando que me gustaría hacer una reunión en el local nuevo después de que lo pinten, pero antes de que lleguen los muebles. Ella se alivia, creyó que su hija querría alquilar un salón como se había hecho con Candela. Vos no te preocupes, yo me encargo de todo, tengo un amigo que me presta los equipos de audio y Sebastián ofreció ocuparse de pasar la música; cada uno va a llevar algo. Ella escucha atónita. ¿estuvo ausente de todos esos movimientos?, ¿cuántas cosas gestan sus hijos sin que ella se entere? Vaya si gestan, Candela es el mayor exponente. ¿Y, mami?, ¡contestame algo! Me parece una buena idea dice al fin secándose las manos con el repasador yo te puedo preparar unas empanadas. ¡Yo sabía que mi mami no me iba a fallar! exclama Fernanda abrazándola seremos unos veinte, ¿te parece que entrarán? Claro que sí, el local es grande. ¡Grande como mi mami! Fernanda le estampa un beso en las mejillas y sale. Hermoso y duro oficio ser madre, piensa. Ya lo aprenderá Candela.
Después de dar vueltas diez minutos, decide arriesgarse y dejar el auto mal estacionado a la vuelta del negocio. Camina por Lavalle a paso vivo. Espera que la pieza de gabardina gris que encargó por teléfono ya esté preparada. La atiende un empleado que no conoce. Me llamo Luis se presenta ostentando una amplia sonrisa. Buen mozo el hombre, cuarenta más o menos. Mientras le hace la factura charlan sobre el tránsito. Simpático el hombre. ¿Dónde tenés el auto? le pregunta al terminar. A media cuadra informa ella ahora lo voy a buscar. Dejá, yo te la alcanzo ofrece el hombre cargando el rollo sobre su hombro. Caminan a la par, charlando. Cuando la tela ya está adentro del auto, ella se pone al volante. Él se acoda sobre el techo. Espero verte pronto dice. Ella piensa que lo mejor será buscar un nuevo proveedor. Le gustó demasiado el hombre. Y ella ya se prometió que nunca más. Qué sabrá Belén de la vida. Se despide con una sonrisa y arranca.
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Mientras cenan observa a Candela. Tienen la cara abotargada, las manos hinchadas. Por suerte ella ya lavó y planchó los volados del moisés, solo le falta armarlo. La ropita acomodada en la cajonera que a tal efecto le puso en el cuarto. Mira de nuevo a Candela que se levantó a dejar su plato en la pileta. Los tobillos también están hinchados. Tendrías que ir preparando el bolso, hija le indica. Pero todavía falta. Me parece que falta menos de lo que pensábamos insiste. Ahora sabés más que la doctora protesta la chica y sale. Los demás también se levantan. Solo Fernanda se queda y la ayuda a recoger la mesa. Todavía no se hace a la idea de que pronto se convertirá en abuela. Voy a cumplir cuarenta, piensa. Ahora sí podríamos pensar que los considera pocos. Porque, además, recuerda que a la mañana el hombre del negocio, Luis se llama, la invitó a tomar un café. Ella le dijo que no y reitero su propósito de buscarse otro proveedor, pero allí tienen buenos precios y buenas telas. ¿Qué te parece? le pregunta Fernanda. Ella no sabe a qué se refiere y se queda mirándola. No me escuchaste dice la chica cabeceando. Ella levanta los hombros a modo de disculpa. Estuve pensando que mejor Candela se muda a nuestro cuarto y nosotras vamos arriba, así vos la podés ayudar con el bebé, además Sebastián siempre estudia a la noche y los llantos lo van a molestar. Esta chica está en todo, decide. Luego se corrige, siempre estuvo en todo, desde chiquita. ¿Estás de acuerdo, mami? ¿Ya se lo comentaste a Candela? No, antes quería hablarlo con vos. Tiene razón, además el cuarto es más grande, el moisés entrará más cómodo. Le pedirá a Sebastián que baje la cajonera. ¿¡Y!? Si Candela quiere yo estoy de acuerdo. Gracias, mami dice Fernanda abrazándola. Gracias a vos. ¿Por qué? Por ser como sos, mi ángel. Desde arriba llega la voz de Candela mamá, ¿viste el camisón que me hizo Rita? Ya lo lavé, ahora te lo plancho contesta. Fernanda le hace un guiño.
Mami, ¿me servís otra? pregunta Fernanda. ¿Puré también? ofrece ella. ¡Candela se hizo pis! exclama Camila. Ella queda suspendida, el tenedor con la milanesa en el aire. Aún sin apoyarlo mira a su hija y luego al piso. Sí, rompió bolsa. ¡No puede ser, todavía falta! dice Candela, las lágrimas corriendo por las mejillas coloradas. Ella abandona el tenedor, se incorpora y coloca ambas manos sobre los hombros de la chiquilina. Tranquila, hija. ¿Qué pasa? pregunta Camila. Pronto vamos a ser tías contesta Fernanda abrazándola. Media hora después, escoltando a la parturienta, se dispone abrir la puerta de su casa. Dedal gime. Llamá a tu hermano le indica a Fernanda está en lo de Belén, decile que venga para acá. Ya el umbral atravesado añade y a Elena.
Acomoda a Candela en el asiento de atrás, la chiquilina llora bajito. Ella piensa que al menos ahora tienen auto. Regresan a su memoria dos taxis. El que tomó, sola, rumbo al parto de Camila y el que la condujo al hospital para recibirse de viuda. Regresa, también, a sus oídos la voz de Lebón. Nena, nadie te va a hacer mal[1]. Ojalá pudiera creerlo. Pone primera. ¿Dónde estás?, ¿dónde voy?[2] Reza al Dios en que no cree para que la doctora Urquijo esté de guardia.
¿Qué estás haciendo acá?, ¿no tendrías que estar jugando a las muñecas? las recibe una enfermera alta y grandota. Surge en ella una ira sorda que logra contener. Hacen pasar a la chica a una habitación y la mujer se dispone a cerrar la puerta. Entra, mamá, tengo miedo pide Candela. Está prohibido dice la enfermera. ¿No ve que es una criatura? Son órdenes. ¿Dónde está la doctora Urquijo? pregunta ella elevando la voz. Está asistiendo una cesárea, ya le avisé a la partera. Minutos después se acerca una mujer de mediana edad, a paso cansino. Ella la intercepta. ¿Usted es la partera? pregunta. Sí. Le pido, por favor, que me deje entrar, mi hija está muy asustada. Lo hubiera pensado antes dice con ironía. Tengo ganas de trompearla piensa ella, pero sabe que precisa conservar la calma. Necesito hablar con la doctora Urquijo, ¿dónde está?, ella me prometió que iba a poder acompañar a mi hija. A través de la puerta le llegan los gemidos de Candela. Le pido que me permita entrar insiste elevando la voz es mi derecho. ¿Dónde consta? pregunta en voz aún más alta. Se escuchan unos pasos acercándose a toda velocidad. ¿Qué está pasando acá? pregunta la doctora Urquijo. La señora quiere entrar a la habitación y no se puede. Se trata de una adolescente, Marta dice la médica, y dirigiéndose a ella, una mano en su brazo, indica espéreme un segundo. ¡Doctora! escucha exclamar a su hija antes de que la puerta se cierre. Minutos después será ella quien atraviese dicha puerta. ¡Mamá! exclama ahora Candela ¡me duele mucho! ¿Le van a dar la peridural? pregunta ella a la partera. La mujer cabecea. Ella oprime la mano de su hija. Ayudame pide la chica.
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Pide unos apósitos, se cambia y sale. Sentados en el banco, Sebastián y Elena. En cuanto la ven se incorporan y vienen hacia ella. Están las dos muy bien dice ella. ¿Otra nena? pregunta su hijo. Ella asiente. Estoy signado por las mujeres, cinco ahora, ¿no tendrás un lugarcito en tu casa, Elena? pregunta Sebastián e instantes después exclama ¡ya mismo quiero conocer a mi sobrina!, ¿cómo le va a poner al final? Zoe informa ella y descubre que está pronunciando el nombre de su nieta por primera vez. ¡Felicitaciones, abuela! dice su amiga al tiempo que la abraza.
Entra a la habitación. Sobre una de las camas, Candela amamantando a la nena. Se prende lo más bien la recibe su hija, la máscara lívida de unas horas atrás convertida en un rostro rozagante. Ella las observa en silencio, incrédula todavía. Minutos después la chiquita se aparta del pezón. ¿Querés alzarla? le pregunta Candela. Ella toma la beba que se le ofrece y la acerca a la ventana. Un rayo de luz se posa sobre la pequeña. Siente que las piernas se le aflojan. Por un instante todo se transfigura. Candela es ella, Zoe es Candela. La sangre que brota de la matriz de Candela es la que sale de la suya. Tuvo a sus primeros hijos sin buscarlos, a Camila sin desearla. A los cuatro los ama visceralmente. Tampoco deseó esta nieta. También, descubre con la contundencia de un rayo, la ama visceralmente. Es parte de ella, como si la hubiera gestado. Mamá, ¿te sentís bien? escucha. Abre entonces los ojos. Es igualita a vos cuando naciste dice luego de unos instantes qué carita preciosa. Ojalá que no sea igual que yo. ¿Por qué lo decís? inquiere ella girando hacia su hija. ¿Todavía me lo preguntás? Los ojos de la chica se llenan de lágrimas. Sabia necesito ser sabia, piensa. Entonces dice me parece que está beba va a estar muy orgullosa de su mamá. El rostro de Candela se ilumina.
Precede a sus tres hijos por el pasillo atestado. Camila no cesa de cotorrear desde que se subieron al auto enunciando todo lo que hará con el bebé. En cuanto abre la puerta Fernanda se abalanza hacia la cama y sin siquiera saludar a su hermana que está con la chiquita en brazos ordena dámela. Sebastián pizpea a la beba y se aproxima a la reciente madre. Te salió bastante bien la pendejita dice besándola y luego retoma la observación de su sobrina. ¿En qué líos nos meterás? le dice rozándole la mejilla. Fernanda, embobada en la contemplación, no emite palabra. Ella, sentada en la cama vecina por suerte libre, observa a sus hijos. A mis cuatro hijos, piensa y repara entonces en que perdió de vista a Camila. Gira. Está parada junto a la puerta apoyada en la pared. Va a llamarla cuando la nena se aproxima a su hermano y le tira de la manga. Sebi, upa reclama.
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Deja a Camila en el colegio y, de regreso, se detiene en la panadería. Le llevará algo rico a Candela. La encuentra acomodando las estanterías, Zoe durmiendo en su canasto. Está todo mezclado se queja la chica. Alegría en su carita cuando abre el paquete. ¡Me trajiste tortitas negras, mamá!, ¡hace un siglo que no como! Parece una nena, piensa ella. Pero la nena no es tan nena. Estuve pensando que deberíamos incorporar accesorios dice la gente no deja de pedirme vinchas, medias; sería bueno que pudieran comprar todo en el mismo lugar; las vinchas las pueden hacer en el taller y las medias las compramos; a lo mejor hasta podemos tener mochilas. La chica está entusiasmada. Y no es mala idea. Es buena. Muy buena. ¿Qué te parece si mañana vamos a Once y compramos unas medias? propone ella con probar… La cara de Candela resplandece, pero al instante se opaca ¿y Zoe? pregunta. ¡Viene con nosotras!, ¡hay que entrenarla de chiquita! Ambas ríen.
Durmió mal. Cuando abre los ojos son las ocho. Se levanta apurada y se dirige a la cocina. Candela, con la beba en brazos, está desayunando. ¿Los chicos? pregunta ella. Ya se fueron, Fernanda tenía prueba en la primera hora. Sí, ya sé, de historia contesta ella contrariada porque no pudo desearle suerte. Feliz cumple, mamá le desea su hija cuando al fin se sienta. Muchas gracias contesta ella. Al menos se acordó, los otros no le dejaron ni una línea. Despierto a Camila y te acerco al local, andá preparando a la nena. Cuando, quince minutos después, Candela se baja del auto le pregunta ¿cenamos esta noche? Ella la mira sorprendida. Como si alguna vez dejáramos de cenar... Está molesta. Ella vive celebrándolos a todos, pero si no se hace su propia torta se queda sin velitas. Lo que nunca, le cuesta estacionar. Su malhumor creciendo. Cuando llega al taller ya están todas trabajando. Buenos días dice. Le llegan varios buenos días provenientes de cabezas que no se elevan de sus máquinas. Suele comprar algo para festejar los diversos cumpleaños, porque ella se acuerda del de todas, pero se le fueron las ganas. Rita se le acerca. Le da un beso y le dice nos quedamos sin cierres azules de quince centímetros y mañana a primera hora vienen a buscar el pedido de Tierra Santa. Siempre a último momento. Deja la cafetera que se disponía a llenar y busca las llaves del auto. Mal día, piensa.
Después de una jornada de llevar y traer hijas, nieta y mercadería, se dirige a su casa cerca de las ocho. Deja el auto y en la rotisería de la esquina compra un pollo. No tiene fuerzas para cocinar. Ni ganas.
Mientras pone la llave en la cerradura escucha las patas de Dedal acercándose. Al girarla, comienza los ladridos. Como todos los días. El sí que la espera. Callate le ordena. El perro gime. La puerta se abre y un estruendo hace que, involuntariamente, retroceda. ¡¡Feliz cumpleaños!! Un enorme cartel con un 40 colgando en el centro el patio. Banderines, globos. Aún con el pollo entre las manos recibe los saludos. Abrazos, besos. Gritos, ladridos. Sus cuatro hijos, Zoe, Elena y Ángel con sus hijos, Gloria y el marido, todas sus empleadas. Dedal. Todos sus amores. Tenía veinticinco y tengo cuarenta, piensa. Después de todo, vivir valió la pena.
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El estruendo del barrio confirma que empezó el año. La mesa en el patio engalanado, brinda con sus cuatro hijos. Camila, con CocaCola. Hasta Zoe hace chocar su vasito de plástico. Solo ellos, ese es el rito. Pasaron Navidad en lo de Elena como siempre. Luego de las doce Sebastián irá a lo de Belén y las chicas saldrán con amigos. ¿Este año no hay regalos? pregunta Camila con cara de desencanto. Ella saca un sobre del cajón de los cubiertos y, la mano levantada, lo agita en el aire. ¿Quién lo quiere? Yo, que soy el único varón dice Sebastián, lo agarra de un zarpazo, lo abre y lee Vale por vacaciones en la quinta “El Limbo”, en Moreno, del 1 al 29 de febrero. El desconcierto tiñe todas las caras. ¡Pero nunca nos fuimos de vacaciones! dice Fernanda. Siempre hay una primera vez es su respuesta. Abrazos, risas. Alboroto. ¿Tiene pileta? pregunta Candela. Por supuesto contesta ella nos merecemos lo mejor. ¿Puedo invitar amigas? averigua Camila. Vos no, sos muy chiquita la hace enojar Fernanda ¡yo! Las chicas se corren por el patio, Zoe, sin entender nada, también. Ella sonríe. Claro que se lo merecen. Ma, ¿no me oís? la requiere Sebastián ¿cuánto te costó? Descubre que no quiere decírselo. ¿Teme ser juzgada? No se dice el precio de los regalos se excusa. Porque salió cara. Muy cara.
La mesa recogida, los platos lavados, las nenas ya dormidas, se acuesta. Fundida. Pero no logra dormir. Ella también está desconcertada. Nunca se fue de vacaciones. Salvo una semana, a los ocho, en la colonia en Alta Gracia. Porque era gratis, piensa. Y para la luna de miel cinco días en Mar del Plata. Al menos conocí el mar, piensa. Les pagó a sus tres hijos mayores los viajes de egresados. A Córdoba en la primaria. A Bariloche, en la secundaria. Para el de Sebastián tuvo que sacar un crédito. Otro más, piensa y sonríe a solas. Su hijo fue varias veces a Punta del Este, a la casa de la novia. Candela a Miramar con la familia de una amiga. Fernanda, a San Clemente. Camila es la única que todavía no conoce el mar. Y Zoe, claro. Ya las llevaré, decide, y se da cuenta de que acaba de abrir la puerta de su propio disfrute. Siempre se percibió como una ejecutora del deber. Cumplir ha sido mi norte, piensa. La escuela, las tareas de su casa de infancia, las tareas de su propia casa, luego. Los hijos. El trabajo en la biblioteca. El taller. El local. Tanto y tantos para sostener. Mantener. Cómo plantearse siquiera que precisaba un descanso. De alguna manera menospreciaba a la gente que se tomaba descanso. Nacieron en cuna de oro, pensaba, no saben lo que es la vida. Conocerla a Elena le demostró que deber y placer podían respetarse. Sin embargo, le llevó más de una década sumarse al bando de los “blandos”. Siente que alguna parte de sí sigue considerándolos así. Se da cuenta, recién, de que no solo se privó a sí misma del disfrute, sino que en ello arrastró a sus hijos. ¿Cómo puede ser que hasta ahora no se le hubiera ocurrido que podía cerrar sus negocios durante aunque fuera una semana para disfrutar con sus hijos en algún lugar? Y sus chicos se sumaron a su mezquina lógica porque nunca se lo demandaron. Crecieron así, piensa, jamás podré devolverles lo que les robé. Trata de poner en el otro platillo la pelopincho que año a año arma en la terraza. Que limpia de rodillas maldiciendo, pero sin pedirles ayuda. Algún picnic en Ezeiza. No alcanza, decide. Se jura que para Camila y Zoe será distinto. Asume consigo misma el compromiso de darles lo que les negó a sus hermanos. Parece olvidar que la chiquita no es su hija, carne de mi carne, se dijo algún día. Se abre una puerta. ¡Abela!, ¡no cuchás!, quiero agua. Se incopora como un resorte. Toma la manito de su nieta y sale. Por la puerta de su cuarto. No todavía por la del disfrute. Ella no sabe aún qué ni quiénes entrarán por esa puerta que cree acaba de abrir. Tiempo al tiempo.
Fue lindo, como los fines de semana anteriores, recibir a Elena y familia, a las amigas de los chicos. Por suerte Sebastián se hizo cargo del asado. Pero las ensaladas no se hacen solas ni mucho se lavan los platos. Agotador. Ya lunes ha retornado la calma. Ella, en una reposera, lee. O intenta leer, al menos. Me distraigo, piensa, siempre me distraigo. Una mano sobre su hombro. Mamá, me voy caminando con Fernanda al pueblo a comprar pilas informa Candela ¿me mirás a la nena? Ella levanta la vista del libro y comprueba que Zoe y Camila están jugando en la galería con los Duplo que le trajeron los Reyes a la chiquita. Le costaron carísimos, pero son indestructibles. Traé espirales pide anoche me comieron los mosquitos. Cuando ve que sus hijas se alejan hacia el portón regresa al libro. Lo cierra y mira la tapa. La foto la hipnotiza. El niño en foco junto a los otro borrosos. El primer hombre, de Camus. Se lo regaló Elena para Navidad. Su amiga es la única que reconoce esa parte de ella. Esa parte que Elena la ayudó a construir. No es fácil imaginar que a pesar de sus manos acostumbrada al trabajo duro, a pesar, sobre todo, de que ni siquiera hizo el secundario, pueda entender lo que lee. Recuerda cuando Elena quiso retacearle La metamorfosis por suponerla demasiado elemental para comprender a Kafka. Ella misma no entiende cómo entiende. Abre el libro. Camus también provenía de una familia… busca la palabra, bruta. También, como ella por Elena, fue descubierto por un maestro que apostó a él. ¡¡Mamá!! el grito de Camila la aparta de sus disquisiciones ¡Zoe se cayó al agua!
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Como si el movimiento de su cuerpo fuera autónomo, sin tiempo para darle órdenes, ella se levanta, tira el libro, corre hacia la pileta y baja las escaleras. Sin recordar que no sabe nadar. ¡Allá, mami, en la esquina! le indica Camila. Agarrada del borde se dirige hacia donde su hija le indica. La mente en blanco. Cuando llega se impulsa hacia abajo. Con los pies toca a la chiquita. Sin saber cómo logra agarrarla de un brazo. Hace fuerza contra el fondo intentando subir. Logra sacar la cabeza, pero vuelve a hundirse. Lo intenta nuevamente sin soltar a la nena. Hasta que descubre a Camila acercándose bajo el agua, tomando el otro bracito de Zoe. Con un esfuerzo descomunal ella patea nuevamente el piso y logra salir a la superficie. Camila, antes de sumergirse, tiró un salvavidas del que ella se aferra. Camila también alcanza la superficie y, entre las dos, consiguen izar a Zoe, patalear hasta la escalera y salir. Acuestan a la nena boca arriba en el borde. Los ojos cerrados. Está muerta, piensa ella, la maté. Sin que su voluntad medie, coloca la boca sobre la boca de su nieta y le insufla aire. Una vez, dos, tres. Hasta que le llega el grito de Camila. ¡Se mueve, mami, se mueve! Instantes después alza a la nena y la mete en el auto. Así como están, empapadas y descalzas, Camila y ella suben al coche. Rumbo al hospital. Maneja como poseída mientras Camila desde el asiento de atrás va informando respira, mami, me parece que respira. Cuando casi están llegando el grito triunfal de su hija surca el aire. ¡Abrió los ojos, mami, abrió los ojos!
Unas cuantas horas después emprende el camino inverso. Las dos nenas en el asiento de atrás de gran charla. Aparentemente Zoe no tuvo daño. Hay que observarla durante cuarenta y ocho horas, al menor síntoma la traen dijo el médico y como si a ella no le quedara claro agregó es un milagro. Ella, la ropa ya seca porque hace mucho calor, sí que se siente muerta. Le resta ahora dar explicaciones. Candela no la va a perdonar, cómo si ella misma no se puede perdonar. ¿¡Dónde mierda estaban?! las recibe la chica en el portón saliste sin la cartera, ya no sabíamos qué pensar. Zoe corre hacia su madre. ¡Mami, me hogué, hogada! ¡Pero yo la salvé! exclama Camila. Ella piensa que es cierto, si no hubiera sido por su hijita otro habría sido el final. Alabada su decisión de mandarla a natación desde los cinco, cosa que no hizo con sus hermanos que aprendieron de grandes. ¡A ver si me cuentan qué carajo pasó! exige Candela. Entonces, recién entonces, ella siente un rayo que la parte en dos. Se apoya contra la pared y, como cuando recibió la noticia de Alberto, se va dejando deslizar. Una vez sentada en el piso se abraza a sí misma y solloza.
Cenan lo que sobró del asado en un extraño silencio. A ella la comida no le pasa. Recoge su plato casi lleno y se dirige a la cocina. Voy a acostar a Zoe dice Candela. Oto rato, mami pide la nena. A descansar que ya tuvimos bastante contesta su hija. Dijo el doctor que hay que estar atentos le recuerda ella yo me quedaré toda la noche controlándola. Percibe un cruce de miradas entre sus hijas mayores. Sebastián, que regresó en cuanto le contaron, dice anda a dormir, ma, yo me voy a turnar con las chicas. Claro, ya no soy confiable, un error y ya no soy confiable. Silencio. A cualquiera le puede pasar intenta Fernanda descomprimir la situación. No sabe si le puede pasar a cualquiera, pero a ella no debió pasarle. Siempre se sintió omnipotente. El puntal que sostenía a todos, que cuidaba a todos. Pero a mi nieta no la pude cuidar, reconoce, y casi se me muere. Y la nieta no se murió, pero sí una parte de ella misma. Perdí la confianza, se dice, y mis hijos perdieron la confianza en mí. Yo la salvé, pero mami me ayudó dice Camila. Su hija menor intentando consolarla. Como si ella fuese la niña. Intolerable.
La última semana en la quinta transcurrió extraña. Como si estuvieran filmando en cámara lenta. Ya no hubo invitados. Sebastián se quedó, ni fue a visitar a la novia. Ella no hizo mucho más que estar tirada en la reposera. Las chicas se hicieron cargo de la comida, Sebastián del cloro y del barrefondo. La lacerante sensación de estar de más. No sirvo para nada, pensó una y otra vez. Porque su maldición es pensar. Por pensar se distrae. Por pensar se distrajo y la nena cayó al agua. Ya primero de marzo, amanece. Debiera levantarse. Tengo que levantarme, se dice, pero no se obedece. Por suerte las clases todavía no empezaron. Escucha ruidos en la cocina. Aguza el oído. Le llega la vocecita de Zoe pero no distingue las palabras. Qué raro. No escuchó que se levantara. Un buen rato después, golpes en su puerta. Mamá, me voy al local. Pasá indica ella y Zoe se cuela como una ráfaga y se acerca a abrazarla. Hola, abela, me voy a tabajar. Dejala propone ella cuando más tarde vaya al taller te la alcanzo. Me la llevo desestima su hija el ofrecimiento vos descansá otro rato. El peso que sentía en el pecho se duplica. Ya no confía en mí, se dice, y ahora al peso se suma un cuchillo que lo escarba. Tengo que levantarme, se repite. Hoy Rita comienza sus vacaciones y ella acaba de terminar las suyas. Las empleadas la esperan. Tiene que ir al Once, además. Nunca se tomó tantos días de descanso. Eso no forma parte de su vida, quizá por eso le llegó el castigo. Ahora pasos en la escalera. Nuevos golpes. Mamá, ya son las nueve, ¿no tenías que ir al taller? La carita preocupada de Fernanda le da fuerzas para incorporarse. Ya preparo el desayuno informa su hija Camila acaba de despertarse. Bajo la ducha intenta recuperarse. Pero no junta coraje para salir del agua templada. Entonces abre la canilla de agua fría. Una descarga eléctrica recorre su columna. Aún está viva.
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Mamá, me parece que el local precisa una mano de pintura comenta Candela. Ella observa las paredes. ¿Hace cuánto que no lo hace? Su hija tiene razón. Están pidiendo a gritos una remozada. Debería buscar un par de presupuestos, comprar la pintura, supervisar que la mercadería no se ensucie, comprar cartón corrugado para proteger el piso, contratar a alguien para hacer la limpieza posterior. Más allá del gasto, no tiene fuerzas. Decididamente está incapacitada para ocuparse. No está tan mal dice esperemos unos meses. La cara de fastidio de su hija. Hija que habla sin que ella la escuche. Lo que sí escucha es la frase final yo lo puedo hacer si vos no te querés ocupar. Frase que es una astilla clavada bajo sus uñas. Para empezar, porque no es que no quiere, no puede. Para seguir, porque su hija ha detectado su desánimo. Para terminar, porque ya está pensando en reemplazarla. En unos meses reitera sin mirarla y da por finalizada la conversación.
Cuarenta contesta y nuevamente no sabemos si los considera muchos o pocos. Allí está en ese consultorio de la calle Loria, cubierto de tapices, frente a esa mujer ¿diez años mayor?, pollera hasta el piso, cabello largo ondulado, collares y pulseras. Y olor a incienso. Un olor que ella siente puede adormilarla, debe estar atenta. ¿En qué puedo ayudarla? es la siguiente pregunta y el solo hecho de responderla implicará que precisa ayuda. Le sobreviene un fuerte impulso de levantarse. Porque contestar será la prueba irrefutable de que ella ya no es quien era. La que sostenía a los otros, la que ayudaba a otros. Es tan cálida la sonrisa que la conmina a hablar que las lágrimas se agolpan en sus ojos. Le llega, absurdo, el recuerdo de Gloria ofreciéndole bizcochitos cuando recién había muerto Alberto. Lágrimas que comienzan a deslizarse mientras admite estoy rota.
Cuando leyó la nota en el cuaderno de comunicaciones pensó que no iba a poder, que no iría. Sin embargo, acá está, en la dirección, esperando que la maestra aparezca. Suena el timbre del recreo y llega la mujer. Mujer que se sienta frente a ella y le cuenta que no sabe qué le sucede a Camila. Que desde que empezaron las clases es otra. Reservada, distraída. Triste. ¿Pasó algo en las vacaciones? la interpela. Si no hubiera empezado terapia le habría contestado que nada, que los chicos tienen altibajos, que está celosa de Zoe. Todo cierto, aunque habría ocultado lo fundamental. Pero no tendría cara luego para contarle su proceder a Ana María. Entonces, apelando a algún remoto reservorio de fuerzas narra hace un mes la sobrinita de Camila casi se ahoga y de alguna manera experimenta una suerte de alivio.
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Al llegar a la esquina se topa con su hijo. ¿Qué hacés acá, ma? Ella quisiera evaporarse. No quiere mentir, no sabe mentir. En un rato entro a terapia dice, bajando la vista. ¡¿Qué?! Ella presiente que es otra cosa más que Belén le criticará. Tu madre no es solo una loca, está loca, seguramente dirá. ¿Hace cuánto que venís? Es la segunda… a ella le cuesta pronunciar esa palabra que jamás pensó adjudicaría a su propia vida… sesión. Mira su reloj y luego propone ¿vamos a tomar un café? Ya sentados ella le cuenta que no logra reponerse de lo sucedido. Que se pasa observando a Zoe para ver si algo anda mal en la chiquita. La obsesión de que la falta de oxígeno le haya dañado el cerebro. Cuando dice que tiene la convicción de que Candela nunca la perdonará Sebastián la interrumpe. Hable mucho con ella, también se siente culpable; siempre te la dejó, no solo para ir caminando al pueblo con Fer, también para ir bailar con las amigas; la criaron a medias, ma; fuiste más madre de Zoe que abuela. Ella, aliviada, sonríe. No sé para qué voy a terapia con un hijo como vos. Pero percibe luego que el chico dijo fuiste y no sos y se alarma. No pueden sacarle a esa nena, no la puede perder. Carne de mi carne. Está a punto de pedir no le cuentes a Belén, pero solo dice se me hace tarde. Cuando abre la billetera Sebi le toma la muñeca. Dejá, ma, pago yo. Sin embargo, a ella en lugar de ponerla orgullosa la incomoda el gesto de su hijo. Él tampoco me precisa, ya nadie me precisa, decide y parece olvidar la enorme cadena de responsabilidades que aún pesa sobre ella. Parece olvidar que Camila recién tiene nueve años, que el generoso sueldo de Candela depende de que ella pueda pagar mes a mes el alquiler del local, que Fernanda puede avanzar tan rápido en su carrera porque ella no quiere que trabaje, que cada uno de los cinco encuentra medias en sus cajones porque ella se encarga de que el lavarropas nunca descanse y de que, pese al enorme esfuerzo que desde el accidente le genera, cada noche hay comida sobre la mesa. Aunque últimamente más veces sea comprada que elaborada. De todo eso se olvida porque tiene la profunda convicción de que ya nadie la necesita, de que ya no confían en ella. Todavía la quieren, sí, pero les ha fallado. A ellos, pero sobre todo a sí misma. ¡Te estoy hablando, ma! la interpela Sebastián.
Recién me encontré con mi hijo dice en cuanto se sienta no tuve más remedio que contarle, yo nunca les miento. Interesante la palabra que utilizó comenta Ana María. Ella la mira arqueando las cejas. Remedio; difícil para usted, seguramente, admitir que precisa un remedio. Ella experimenta la molesta sensación de estar desnuda. Como en ese sueño recurrente donde se encuentra en la calle sin ropa y sin saber dónde esconderse. Por otro lado, se siente fascinada. Siempre le gusto jugar con las palabras. Enredarse en ellas. Quizás hasta piensa que no tiene remedio continua Ana María. Mi hijo intentó consolarme y eso me derrumba admite y como Ana María calla ella agrega no sé cómo hacer para seguir viviendo. Para ayudarla a continuar, para administrarle un “remedio” dice con intención, sonriendo necesito saber cómo comenzó a vivir. Ella la mira. No entiendo dice. Para comprender una película no se puede comenzar por el final, habrá que tener paciencia. Ella asiente con la cabeza. Ana María toma una libreta y una lapicera apoyadas sobre el brazo del sillón. Arranquemos, entonces determina ¿cómo era su mamá?
Mami, ¿qué vamos a hacer para el cumple de Candela? pregunta Fernanda levantando la vista de las hojas desparramadas sobre la mesa. Ella deja sobre la mesada el vaso con agua que estaba por tomar. Recién se da cuenta de que el viernes es 17. Me olvidé del cumple de mi hija, admite. Primera vez en … veintiún años. La alarma comprobar que tuvo que pensar el número. En veintiún años no, en… veintitrés. Siempre, desde que es madre, pensó con antelación al menos de una semana, al principio de un mes, cómo festejar el acontecimiento. Y ahora se me pasó, piensa, otra cosa que se me pasó, otra cosa que me pasa. En el pasado no le pasaban estas cosas, no se le pasaba nada. ¡Mami! Ella sacude la cabeza. Si lo festeja en su casa tendrá que invitar a Elena y familia, a Gloria, al novio de Fernanda. A Belén. Tendrá que cocinar para…, hace cuentas, catorce personas. Imposible. Fuera de toda posibilidad. Entonces, por primera vez en… veintitrés años, propone podríamos ir a cenar afuera. Los ojos de Fernanda son dos platos. ¡¿A un restaurante?! Sí, ¿por qué no?, solo nosotros seis. La chica hace un leve gesto con la cabeza. Yo le preparo la torta y luego brindamos acá dice. Ni pensé en la torta, admite ella y luego ofrece yo te ayudo. Termina de decirlo y descubre que no dijo yo la hago. Si Ana María estuviera escuchando le daría infinitas vueltas a la palabra ayuda. Le queda claro: Fernanda la está ayudando a ella. Es ella la que precisa ayuda.
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No estuvo mal, piensa mientras se pone el piyama. Sobre todo las nenas lo disfrutaron mucho. Para Zoe fue la primera vez en un restaurante. Se portó bien, eso que es bastante inquieta. Cuando llegó la cuenta ella le extendió al mozo la tarjera sin mirar el importe. Le resulta incomprensible constatar que hace… dieciocho años que se ha transformado en una máquina de generar dinero. Como en un cuento mágico la última moneda de la alcancía se multiplica antes de desaparecer. Como los peces. La multiplicación de los peces le enseñaron en el catecismo. Lo que tocás se convierte en oro le dijo Elena el otro día. Recuerda la lata en donde guardaba el dinero en épocas de Alberto. Dinero de cuya utilización ella sentía que le correspondía rendir cuentas. Debe reconocer que ha tenido suerte. Mientras estuvo en la biblioteca logró equiparar gastos y salidas, pero desde que comenzó con el tallercito en la terraza siempre hubo billetes para ahorrar. Nunca se permitió gastarlo con holgura porque siempre se propuso nuevas metas, asumió nuevos créditos. Uno a uno los fue pagando. El ahorro es la base de la fortuna decía su padre quien la entrenó en el oficio de no disfrutar. No fue el disfrute el objetivo de la compra del auto sino la agilización del trabajo. La primera disrupción fue el alquiler de la quinta. Otra esta cena en un buen restaurante donde le dio carta blanca a todos para que pidieran lo que quisieran. Aunque si es sincera tiene que reconocer que no la movió la voluntad de disfrute sino la imposibilidad de hacerse cargo del festejo en el hogar. Todo esto piensa cuando oye golpes en la puerta. En esta casa todos golpean mi puerta, se dice y piensa qué vueltas le daría Ana María a la frase. ¡¡Mami!! Pasá. Me asustaste dice Fernanda. Perdón, no te escuché se disculpa ella, aunque sí que la escuchó. La escuchó, pero no logró desprenderse de sus pensamientos. La chica se sienta en el borde de la cama. Estuvo lindo, ¿no? pregunta ella por decir algo. Sí, estuvo bien contesta su hija con lo que ella considera poco entusiasmo. Te quería contar que conseguí un trabajo dice Fernanda. ¿Por qué? es lo primero que le nace preguntar. Aunque ella sabe por qué, su hija no considera que ella esté en condiciones de seguir manteniéndola. ¿Cómo por qué?, porque ya tengo diecinueve años y no quiero tener que seguir pidiéndote plata para comprarme zapatillas. Pero tenés una asignación, no necesitás pedirme; si no te alcanza la podemos aumentar. Fernanda cabecea lentamente. No, mami, ya no corresponde, además Manuel y yo queremos empezar a ahorrar. ¿Para qué? Mami, ¿qué te pasa?, ¿para qué va a hacer?, para casarnos dentro de unos años. Como ante Sebastián pagando la cuenta la angustia le impide sentirse orgullosa. ¿Qué trabajo? pregunta, vencida. Me ofrecieron cuidar dos nenes todas las tardes. Ella intenta ocultar su decepción, creyó que sería algo relacionado con la docencia; no, solo una niñera. Como Gloria en su momento, piensa. ¿Y tus estudios? Este cuatrimestre curso de mañana. Ella no encuentra qué decirle por eso se queda callada. Me voy entonces dice la chica. Ella sabe que debiera felicitarla. Abre los labios para hacerlo, pero como no puede ser falsa solo le desea buenas noches. El portazo posterior la hace cerrar los ojos.
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Esta noche ceno en lo de Belén, no me esperes avisa Sebastián desde la puerta de la cocina. Hace mucho que no viene por acá comenta ella. Está a full con los estudios responde su hijo girando hacia el patio. Vos también y además trabajás dice ella de mal modo. El chico vira su rumbo, entra a la cocina y le da un beso. Combinamos para un día de estos, ma promete. Ella se queda pensando que es falsa. Porque se queja, pero no tiene ganas de ver a Belén. Se siente incómoda en su presencia. Juzgada. Desaprobada a priori. La sensación de ir perdiendo a su hijo hebra a hebra. Frase de modista, piensa. Su vínculo con Belén ni siquiera llega a la categoría de hilván. Porque el hilván es provisorio y se reemplaza luego por un pespunte firme y persistente. Su vínculo es un punto flojo. Ese que al cortarlo por la mitad deja pequeños rastros que con un soplido desaparecen. ¿Celos? No cree. Al novio de Fernanda lo quiere. Lo quiso de entrada. Con los hijos varones es distinto, dirían las viejas. Quizá. Aunque no lo cree. Belén no llegó para sumar. Resta.
¿Mi papá? responde preguntando ¡qué contarle!, la primera imagen que me aparece es su cabeza agitándose en un permanente no; no a las excursiones del colegio, no al viaje de egresados, no a estudiar el secundario, no y no; casi todos los lunes yo le preguntaba si me iba a dejar ir a bailar, solo obtenía un “vamos a ver; el sábado a la mañana lo pasaba en la peluquería con mis amigas; a la tarde me planchaba la ropa, mamá me dejaba hacer; a la nochecita me maquillaba y me vestía y le preguntaba a mi padre si podría ir; nueve de cada diez veces me decía que no; yo me lavaba la cara pintada y me acostaba sin cenar; semana tras semana. ¿Por qué se preparaba si ya contaba con la negativa? pregunta Ana María. Al menos mientras me peinaba, me maquillaba y me vestía era feliz; como la Cenicienta solo que la carroza no se convertía en calabaza a las doce de la noche sino a las ocho, nueve a más tardar; el lunes mis amigas me contaban todos los detalles y de nuevo era un como si; no les tenía envidia, no era de ellas la culpa, me consolaban; hasta alguna mamá intercedió por mí y esas fueron las contadísimas una de diez veces en que lo logré. ¿Qué actitud tuvo usted con sus hijos adolescentes? pregunta Ana María. Nunca un no; mi amiga Elena siempre me dice que mi error es no saber ponerles límites; así me fue con Candela dice y esconde la cabeza entre ambas manos. Ana María se queda mirándola. Luego de un buen rato comenta me parece que usted es demasiado egocéntrica; considera que el hecho de que su hija no se haya cuidado es culpa suya así como es su culpa el accidente de Zoe. Ella se descubre la cara. Sus hijos, y ahora su nietita, son seres separados de usted, capaces de tomar sus propias determinaciones, y, en consecuencia, de cometer errores. El libre albedrío del que me hablaban en el catecismo comenta ella. Exactamente. ¿Egocéntrica?, no sé, lo tengo que pensar. De acuerdo dice Ana María incorporándose continuamos la próxima.
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Hacía mucho que no cosía. Siempre ocupada en hacer compras y buscar nuevos clientes. Nada comparable a ver como la tela se desliza bajo la aguja que sube y baja sin cesar. La satisfacción de generar algo concreto. Un buzo, una camisa, un pantalón. Algo que antes no existía y que gracias a sus manos cobra vida. Una ráfaga de buen humor la atraviesa. Intensifica la presión sobre el pedal. Sus manos vuelan. Se siente de veinticinco. Ella vuela.
Tengo hambre, voy a la fiambrería, ¿quieren algo? pregunta Gladys. Su voz transformada en la sirena de una fábrica, las máquinas se detienen. También la propia. Porque descubre que ella, últimamente tan inapetente, también tiene hambre. Comprá tres pizzas dice yo invito, sacá dinero del cajoncito. Y tres botellas de champagne[1] dice Rita. Todas, ríen. El sonido de su propia risa la desconcierta. Meses sin reír. ¿Alguien quiere fainá? ofrece.
Candela al teléfono avisa Gladys. Ella deja la porción de pizza, la tercera por cierto, sobre el plato y acude a atender. ¿Podés pasar por el local, mamá?, hay una señora que quiere encargar unas camperas de egresados, ¿o preferís que la mande para allá? Minutos después camina nuevamente por Córdoba. Salió el sol por suerte. Si no estuviera apurada compraría algo dulce para llevarle a su hija. Tan flaquita y tan golosa. Cuando llega al local, Lucy está atendiendo a una clienta. ¿Candela? pregunta. En el privado. Allí encuentra a su hija charlando con una mujer. Dos tazas de café sobre el escritorio. Es increíble cómo maduró esta chica, piensa. Presupuesto calculado, la mujer se retira. Ella también está por irse cuando Candela pregunta ¿estás apurada, mamá? No, ¿por qué? Quiero contarte algo. El corazón se le acelera. Vuelve a sentarse. Me anoté para dar quinto año libre. Siente que, súbitamente, la caja de sus costillas se relaja. Siempre preparada para lo malo. No podrías darme mejor noticia dice. Se incorpora para abrazarla cuando la chica añade también estuve averiguando para vos, hay un bachillerato acelerado, IFNA se llama, donde podés hacer todo el secundario en dos años, no es muy caro. Se le corta el aire. Cómo me voy a poner a estudiar a mi edad. Mamá, no seas ridícula, todos tendrán tu edad. Después de charlar media hora, escuchando los planes de Candela y desestimando la propuesta para sí misma, sale del lugar con unos cuantos folletos. Mientras retorna al taller, de nuevo caminando por una Córdoba sobre la que está atardeciendo, piensa que a lo mejor no es tan absurdo.
[1] En referencia a la costumbre de la época de Menem “pizza y champagne”.
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1998
Las diez de la noche las encuentra traqueteando las Singer. ¿Comemos algo? propone. Dejame terminar los pespuntes pide Rita esta seda me está sacando canas verdes. Mientras escucha el trajín de la máquina, ella se afana en la cocinita. Trajo fiambre, pan y mayonesa. En un rato los sándwiches están preparados. ¡Listo! informa y obtiene un ya voy falso porque la Singer no se detiene. Ya sentadas Rita dice esto es volver a los viejos tiempos, ¿cuánto hacía que no éramos modistas? ¿Te parece que llegamos? pregunta ella. Ya le dije a Gladys que mañana la precisamos y podemos poner a la chica nueva a coser broches y botones. Faltan diez días y el único terminado es el vestido de Candela, quedó precioso, también con ese cuerpito todo luce. Al de Zoe solo le falta el ruedo, pero ayer se encaprichó y no se lo dejó probar. Va a parecer una princesita con esos volados. ¿La convenciste a Camila? pregunta Rita, sándwich en mano. No hay caso, tendremos que hacerle el pantalón no más, negro, encima, lo quiere; al menos renunció a los jeans. Rita ríe. Es un personaje dice lo que quiere es hacerte rabiar. Ella cabecea. No, desde chiquita detesta las polleras. ¿Terminaste el de Fer? pregunta la mujer. Casi, mañana cuando salga del instituto viene para acá para la última prueba; adelgazó y le tuve que hacer unas pinzas; entre el trabajo y el estudio se va a quedar en los huesos. Ustedes son todas delgadas, cómo las envidio. Ella repone la Coca-Cola de los vasos. Al menos nos libramos del de Belén bromea Rita. Pero a ella no le causa gracia. Ninguna gracia. Otro desprecio en la cadena de desprecios. Sebi ya alquiló el esmoquin comenta para desviar la conversación me dejó que lo acompañara; parece un actor de cine. Cuando Belén las vea a todas se va a arrepentir insiste Rita cada vestido más lindo que el otro; vos vas a estar espléndida con tu corsé. Me parece que me voy a hacer un chal de gasa. ¿Por qué?, tenés unos hombros divinos se limpia la boca con una servilleta y pregunta ¿sabés que se pondrá tu consuegra? ¡Secreto de estado! contesta ella yo, al menos, le informé a Belén el color del mío, lo único que faltaba era que coincidiéramos; la dama y la vagabunda. Más que quisiera tener tu figura vi las fotos del compromiso, vos parecés su hija. Rita levanta los platos y ofrece ¿hago un café? Dale, y después te vas, se hizo tardísimo. No, señora, si usted se queda yo también. Ríen. Mientras revuelve el azúcar ella dice gracias, Rita, no podría haber hecho todo sin vos. Te debo tantas, veinte años juntas la desestima la mujer los vi crecer a todos. Ella siente que los ojos se le llenan de lágrimas. Me duele en el alma que no vayas a la fiesta, pero ya sabés, no depende de mí. Rita le tomas las manos. Gracias de corazón repite ella.
No le hizo caso a Rita ni a sus hijas y finalmente se cubrió los hombros. Quiere pasar desapercibida, por eso eligió el verde agua. Soy una invitada, piensa. Porque, salvo la ropa de los suyos, no ha participado en los preparativos de esa boda. Los padres de Belén pagaron y por ende tomaron todas las decisiones. Ella se ofreció a costear la mitad, pero no se lo permitieron. Elena y Ángel son sus únicos invitados a la fiesta. Quizá Belén temiera que Gloria o las chicas del taller le hicieran pasar un papelón. Ahí va, en ese remis con Sebastián, Candela y Zoe. Fernanda y Camila se quedaron esperando a Ángel. Ángel. Nunca nombre mejor puesto. Remis rumbo a la Basílica de Pilar, basílica que no conoce, aunque su hijo le mostró fotos. Una belleza, rodeada de parque. Ella se casó en Nuestra Señora del Valle, una parroquia chiquita, modesta. Lo que me correspondía, piensa, lo que me corresponde. Ahí va. Sebastián adelante. Ella con las chicas atrás. ¿Medida de la distancia? Por la ventanilla las luces de la noche de Buenos Aires le entibian el alma. Lo precisa. Debiera estar contenta, piensa. Pero no lo logra. Debiera estar orgullosa. Su hijo ingeniero casándose con una chica de excelente familia. Típico caso argentino de ascenso social. Ella trabajó mucho para que sus hijos pudieran estudiar. Dejé los riñones sobre la máquina, piensa. Aunque tiene que reconocer que las épocas del trabajo duro pasaron. Ahora gerencio, se ríe de sí misma. El auto se detiene. La magnífica iglesia frente a ella. Sebastián baja y abre la puerta de atrás. Ella levanta la vista y lo ve como si no lo hubiera visto. Los ojos brillantes, la sonrisa franca. El chico le tiende la mano para ayudarla a bajar. Estás preciosa, ma le dice, muy serio. Ella siente que algo se desanuda en su interior y sonríe por primera vez en el día. No lo perdió, todavía no lo perdió. Sigue siendo su muchacho.
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Suena el Danubio Azul[3]. Sebastián y Belén salen a la pista y abren el baile. El vestido de novia es un torbellino. Ella aguarda porque ya le han dicho lo que tiene que hacer. Cuando ve que su consuegro se acerca a la pareja, ella lo imita. Pero llega antes. Le toca entonces a ella ofrecerle la mano a su hijo. Una mujer troca en otra. La esposa en la madre. Sebastián la toma de la cintura y la hace girar. Es un excelente bailarín. Ella se deja conducir. Se siente levitar. Ojalá ese momento pudiera ser eterno. Gira y gira hasta que su consuegro le roba a Sebastián. Por suerte Ángel se apresta a reemplazarlo. Cuando Ángel se acerca a la novia, ella se aparta de la pista y observa. Una delicia ver a Sebastián bailando con sus hermanas. Una por una. Cada cual más linda que la otra. Y Zoe al final. Danzando en brazos de su tío. Estoy orgullosa, piensa, estoy orgullosa de mi prole. Ahora Elena con el novio. Las lágrimas que contuvo hasta ese momento se deslizan por sus mejillas. Esta noche decide ser feliz. Me lo merezco, determina.
El casamiento la dejó agotada. El trajín anterior, las emociones durante, el vacío posterior. Duro entrar al cuarto de su hijo y descubrir los placares vacíos, la biblioteca desierta. Recuerda la emoción del chiquilín cuando ella le contó que el tallercito se transformaría en su dormitorio. Ahora las hermanas peleando para decidir quién dormirá dónde. Las mayores, por supuesto, dieron por sentado que una de las dos se mudaría allí. Pero Camila hizo un escándalo, protestando por sus derechos. Que Zoe duerma con Cande que para algo es la mamá, yo necesito un cuarto para mí sola. Pero al ver que Zoe lloraba gritando Cami no me quiere más se ablandó. Cuando yo me case el cuarto queda para vos prometió Fernanda. ¡Es que no quiero que vos también te cases! Ella las dejó hacer. Años atrás hubiera dictaminado a quién le correspondía cada sitio. Ya no. Está agotada. Y en una semana tiene los exámenes cuatrimestrales. Está muy atrasada, Faltó mucho, además. Y, por si fuera poco, el taller, también descuidado por los preparativos, demandando su tiempo. Mañana sí o sí tiene que ir a Once. Varias entregas pendientes y ella detesta no cumplir. Cree que buena parte de su éxito laboral se debe a su palabra. Solo promete lo que está segura de cumplir. Sin embargo, esta vez le fallaron los cálculos. Con matemática y lengua no tiene problema, pero con el resto no le queda más remedio que sentarse a memorizar. Por suerte Fernanda también tiene parciales. Les gusta quedarse estudiando juntas por las noches. Se hacen compañía. El año pasado eran tres. Pero Candela ya se recibió. Tanta mala sangre que se hizo con ese tema. Todo llega, piensa. Aunque a veces llega y se va, determina y recuerda el dormitorio todavía vacío.
Cuando le extienden la boleta no lo puede creer. Todo volvió a aumentar. Se queja al dueño del negocio, lo conoce hace años, quien dice se acabó la fiesta menemista. De solo pensar que puede volver la hiperinflación se le congelan los huesos. Vio varios negocios cerrados en la cuadra. Los textiles somos los que peor la pasamos dice el hombre no se puede competir con los precios de la mercadería importada. Ella todavía no sintió el cimbronazo. Los uniformes no se pueden importar. Aunque Candela ya le dijo que bajó la venta de la ropa para gimnasia. Las escuelas empiezan a aceptar que no lleve logos. No me puedo preocupar ahora, se dice, los exámenes son prioridad. Paga lo que le piden y sale. Ya no cabe más en su cabeza. A veces la extraña a Ana María. Necesitaría hablar con ella del casamiento. Me sacó de mi eje, determina. De ese eje al cual Ana María la ayudó a retornar años atrás. Ya está, decide, tendré que arreglarme sola. Está acostumbrada, por cierto.
[1] “Rojo y negro”, novela de Stendhal.
[2] “Marcha nupcial”, Felix Mendelssohn.
[3] “Danubio azul”, Johamm Strauss (hijo).
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Va recogiendo ropa por toda la casa. La mira, la huele para seleccionar qué debe lavar. Revisa los bolsillos del jean de Camila ante de meterlo en la máquina. Una tarjeta de invitación para el cumpleaños de Lorena. Mira la fecha: el viernes pasado. Otra para el de Camilo el sábado. No le avisó nada. Qué raro. Pobre Camila, entre el casamiento, el trabajo, el estudio y Zoe la tuvo bastante abandonada. No recuerda la última vez que charló con ella. No puedo con todo, se dice ya a punto de empezar a retarse. Todavía hay lugar en el lavarropas. Va a buscar su pantalón marrón. Pensó que no iba a entrar. Hay que aprovechar el agua y la electricidad. Desde que los privatizaron los servicios están por las nubes.
¡Mami! grita Camila cuando la ve. Después la carita troca la alegría en preocupación. ¿Paso algo con Gloria? No, ya le avisé, tenía ganas de verte. Me saqué diez en la prueba informa la nena. Ella trata de recordar el tema, pero como no lo logra dice te invito a almorzar y me la mostrás, ¿qué tenés ganas de comer? Camila piensa durante unos segundos y luego pregunta ¿pizza se puede? Caminan del brazo por Córdoba. La nena parloteando sobre las próximas pruebas. Nadie me cree que yo no necesito estudiar, viste cómo soy, presto atención en clase y listo. Bien sabe ella cómo es, tan inteligente desde chiquita. También sabe que antes le gustaba ir a los cumpleaños y que ahora, evidentemente, no. Ya sentadas, pizza ordenada, Camila pregunta ¿solo tenías ganas de verme? Ella sabe, ahora, que debería preguntarle por qué ya no le resulta grato compartir con sus compañeros, pero, reconoce, no tiene ganas de preocuparse. Entonces se limita a apartarle el cabello de la carita y a contestar sí, hacía mucho que no hacíamos un programa las dos solas. Camila hace un gesto despectivo con la boca y dice claro, Zoe siempre en el medio, lo único que falta es que te diga mamá... Ella tampoco está en condiciones de afrontar ese tema por eso aprovecha la llegada del mozo y exclama ¡a comer se ha dicho! La nena menea levemente la cabeza y acerca su plato. Mientras mastica comenta me quiero cortar el pelo; bien cortito. A ella no le gusta. Ni el pelo corto ni que quiera cortarse el pelo. Sin embargo, solo dice como vos quieras.
Deja a la nena en su casa y se dirige al local. ¿Dónde está Candela? le pregunta a Lucy, acodada en el mostrador. Salió. ¿Adónde fue? No me dijo contesta la chica y le pregunta a una clienta que sale del probador con su hijita ¿le quedó bien? Sí, holgadito pero mejor así, viste cómo crecen los chicos. Contámelo a mí, quisiera decirle ella, dejala en formol. Hijos chicos problemas chicos… reza el dicho. Como casi todos, muy atinado. Hace días que Candela está rara. Ayer la pescó zamarreando a Zoe. Y eso sí que ella no lo va a permitir. Anoche salió y volvió tardísimo. ¿En qué andará?, piensa y luego se pregunta sé sincera, Claudia, ¿lo querés saber? Saluda a Lucy y sale.
Está en clase de química. ¿Para qué cornos me sirve esto?, se pregunta. Para obtener el título, se responde mientras copia del pizarrón la nomenclatura de las sales binarias. El timbre la libera. Está juntando sus cosas cuando Ariel le propone ¿estás apurada?, ¿no querés que vayamos a comer algo? Un rato después deja los cuadernos sobre la mesa y busca una moneda en su cartera. Dos personas frente al teléfono público. Cuando llega su turno introduce la mentada moneda en la ranura. La atiende Fernanda. No voy a cenar notifica ella. ¿Por? Ella desestima la pregunta e informa en el freezer hay patitas de pollo y en la heladera tomates; te dejo porque hay mucha gente, vuelvo temprano, besos para todas. Corta sin dar espacio a la segura protesta. Mira hacia la mesa. Ariel le sonríe.
Aunque no pueda creerlo ya noviembre. Año intenso si los hay. Débitos y réditos. El principal rédito, más allá del casamiento de Sebastián que por momentos duda en qué columna ponerlo, sus estudios. El débito mayor, Candela. Pero ahora no quiere pensar en eso. Porque ahora está terminando el vestido que se pondrá mañana. Solo le falta coser el cierre y hacer el ruedo. Rita se ofreció, pero bastante atrasadas están las camperas para el Normal 1. Parece que les divirtiera encargar todo a último momento. Esta vez no irá de verde agua porque ahora sí es ella la protagonista. Ahora sí tiene ganas de que todos la miren. Rojo. Se lo merece. Traquetea sobre la máquina. Se enamoró de ese piqué labrado. Importado. Ahora todo es importado. Así le está yendo al país. Sus manos acarician el género. Siempre fue … busca la palabra, sensual su relación con las telas. Suele palparlas, olerlas. Añora la época de los vestidos de fiesta. Organzas, terciopelos, lamés, brocatos, broderís, gasas, rasos. Cada una con textura diferente. Algunas sedosas, brillantes otras. Suntuosas todas. Ofrendas para esos jirones de vidas donde todo parece ser placer. Donde no hay espacio para el dolor. Fantasía. Princesas, hadas. Los vestidos de novia, sobre todo. Y los de 15. Postales de una vida tan diferente de la real. Al menos de la propia. El ruido de la Singer la arrulla. Estoy feliz, piensa. Hoy está feliz.
Cuando debió elegir a quién le entregaría el diploma no tuvo dudas. Y ahí está ella, vestida de rojo, mirándola subir los tres escalones y atravesar el escenario. Quién mejor. El abrazo de su hija le arranca las primeras lágrimas de la jornada. Fue Candela la que le acercó la propuesta, la que le entregó los folletos, la que confió en ella. La que me habilitó, piensa. Nunca olvidará su carita de sorpresa cuando se lo propuso. ¡¿Yo?! preguntó abriendo de par en par los ojos. ¿Ella? Su hija problema desde niña. Infinitos dolores de cabeza. Luego de una etapa de relativa tranquilidad, recrudeciendo en los últimos meses. Posan ambas para las fotos. El año pasado fue ella quien se lo entregara a su hija. Hace dos a Sebastián y en unas semanas a Fernanda. Descubre en la primera fila a sus otros tres hijos. A su nieta. A Belén y a Manuel. Y a Elena y Ángel y a Gloria. Y a todas las chicas del taller, por supuesto. Siente que el pecho le explota de orgullo. Si me vieras, papá, piensa mientras baja del escenario con su vestido de pique labrado. Rojo. Sabe que resplandece. Por primera vez en su vida se siente una reina. Están llamando ahora a Ariel. Sube la madre. Debe tener mi edad, piensa ella.
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2000
Recuerda que cuando era chica se planteaba si llegaría al nuevo siglo. Claro, a los diez años tener cincuenta parecía una enormidad. Nunca hubiera podido imaginar los adelantos tecnológicos. Las chicas le insistieron tanto que terminó comprándose un celular. Nokia. Un Nokia 33. Al segundo día de comprado apareció en la boca de Dedal. Pero resistió. Nunca hubiera podido imaginar, tampoco, cuánto le iba a simplificar la vida. Claro que fue un proceso en cadena y tuvo que proveer de teléfonos al resto de la familia. Una tranquilidad poder saber dónde están todas. Después de bastante tuvo que recurrir a un crédito. Las cosas no van del todo bien. En realidad, el trabajo sobra, pero cuesta hacer frente a los gastos que no paran de subir. Ella creyó que De la Rúa arreglaría el desbarajuste que había dejado Menem. Errar es humano, reza el dicho. De mal en peor. Ahora Cavallo de nuevo. Por suerte Sebastián y Fernanda tienen trabajos estables. Candela sigue dependiendo de ella. Y sigue haciendo lo que quiere, por supuesto. Cada dos por tres Lucy queda a cargo del negocio. Afortunadamente salió buena la piba. Siempre tuve suerte con las empleadas, piensa. Ana María le diría que la suerte no existe, que ella las supo elegir. Le gustaría retomar terapia. Lo necesita. Pero no están las cosas para sumar un gasto más. Elena siempre dice que a Candela le haría falta ir a una psicóloga. Esta chica no va ni para adelante ni para atrás. Desde que anda con ese pibe más para atrás que para adelante. Lo vio solo una vez en el local. Y no le gustó nada. Para muestra basta un botón. Sonríe sola, no puede dudar de que es modista. Mal paño, agregaría. Un roto para un descosido. Sí, no va para adelante ni para atrás. Como el tránsito. Le van a cerrar. Y Rita precisa los elásticos para mañana sin falta. Un infierno de bocinas. En la primera que pueda doblará. Quizá Lavalle esté menos apelmazada. No, está aún peor. No cabe ni un alfiler. Sonríe de nuevo.
Cuando llega al taller se encuentra a Ariel esperándola. Las chicas le convidaron un café. Ella le entrega los paquetes a Rita y sale con él. ¿Qué querés comer? pregunta Ariel. Estoy solo para un sándwich. Ya sentados a la mesita contra la ventana de Los Cocos él le toma las manos. Te extrañé dice encontrarte a vos es… Como buscar una aguja en un pajar completa ella la frase y sonríe nuevamente. Lo digo en serio repite Ariel, y parece fastidiado. No me da la vida se justifica ella entre Zoe, Camila, el local y el taller los días se me resbalan entre los dedos. Desde chica descubrió que el tiempo pasa demasiado rápido. Desde que sus abuelos le regalaron un relojito para la comunión. Quedaba congelada mirando como giraban las agujas. Angustia le daba. ¿Angustia existencial? ¿Por dónde andás, Claudia? pregunta él ¿me escuchaste? Ella se queda congelada, como cuando descubría la desaparición incontrolable del tiempo. Vos siempre igual dice Ariel. Perdoname pide ella y extiende las manos. Él se las oprime fuerte. Me dejás por fuera de tu vida dice. Ella hace un gesto de desaliento. ¿Cuántas veces tendrá que explicarle que no puede presentarle a sus hijos?, ¿dos años y aún no lo entiende?, ¿cuándo comprenderá que no es falta de amor sino simple sentido común?, ¿cómo podrían sus hijos aceptar que la madre salga con un muchacho? Impensable sentarlo junto a Sebastián. Sobre todo, Sebastián. Él sí que no lo aceptaría, Belén mediante. No te dejo por fuera trata de justificarse ella las chicas del taller te conocen. Él menea la cabeza y le hace una seña al mozo. Mejor me voy, estás aquí pero no estás dice te llamo mañana. Y ella piensa que por suerte a él también le regaló un Nokia. Para el cumpleaños número veintisiete. Igual que Sebastián. Todavía debe cuatro cuotas.
De camino para su casa pasa por el local. ¿Candela? le pregunta a Lucy. En el baño. Un largo rato después aparece su hija. Hola, mamá la saluda Candela, se acerca le da un beso en la mejilla y la abraza qué suerte que viniste. Ella la mira, sorprendida del efusivo recibimiento. ¿Te preparo un café? propone su hija. Me vendría muy bien dice y piensa que la intempestiva huida de Ariel la dejó sin su habitual combustible. Mientras Candela se afana en la cocinita, raro que no lo haya delegado a Lucy, ella se dirige al baño. Cuando se va a lavar las manos descubre sobre el borde del lavatorio azul partículas de polvo blanco. Las recoge con la yema del dedo índice y huele. Nada. Acerca la punta de la lengua a su dedo. Sabe amargo. Tantas cosas pueden ser, por qué alarmarme, trata de tranquilizarse. Se enjuaga las manos y sale. Candela la espera con los pocillos servidos. Ella la mira con atención. Tiene los ojos brillantes, las pupilas muy dilatadas. El alma se le va al piso. No puede ser, piensa, cada día se abre un nuevo frente. ¿Qué más va a hacer esta chica para arruinarle la vida? Mamá, ¿adónde te fuiste?, tomá de una vez que se enfría. La tengo que encarar, piensa. Pero ahora no tiene fuerzas. Todo la excede. Apura de un trago el café se incorpora e informa me tengo que ir. Su hija la mira arqueando las cejas y elevando los hombros. Así sos vos dice te creés que estás, pero nunca estás. Ella recuerda las palabras de Ariel. Dos en un día. ¿Una llamada de atención? Me espera Rita intenta justificarse. Todos vivimos esperándote. Ella le da un beso en la mejilla y sale. Es inteligente esta chica, decide, cuando me senté la culpable era ella y me levanté siendo la culpable yo.
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Está vigilando las tostadas cuando suena su celular. Buenos días dice Ariel. Buenos días contesta ella. ¿Podés hablar? No, le sirvo el desayuno a Zoe y después la llevo al colegio. ¿No tiene madre esa nena? No empecemos, Ariel, por favor. ¿Almorzamos? Ella quisiera decirle que no, que precisa estar sola, pensar, pero se da cuenta de que el horno no está para bollos y contesta bueno. ¡Qué entusiasmo!, ¿te paso a buscar por el taller a la una? Mejor nos encontramos directamente en Los Cocos, un beso grande. Muchos más. Corta en el instante en que Zoe entra a la cocina. Hola, abuela, ¿con quién hablás? Ella, que odia mentir, contesta un cliente. La chiquita, siete años ella, comenta qué raro que le mandes besos a tus clientes. Se sienta y pide ¿me ponés dulce de leche en el pan?, porfi, abuela, total mamá no nos ve. Ella, mientras busca el tarro, piensa que debiera despertarla. Anoche volvió tardísimo. Pero aún no juntó fuerzas para enfrentarla. La nena parece leerle el pensamiento porque pregunta. ¿Voy a despertarla? Ella pasará a abrir el local antes de ir al taller. Lucy ya debe estar esperando en la calle. Y no es la primera vez. Lo mejor será darle una llave. No, dejala contesta y tomá la leche de una vez que se hace tarde y tenés prueba en la primera hora. ¡Está muy caliente! Ella busca otra taza y transfiere el contenido reiteradamente. Ya está informa. Gracias, mami la chiquilina agita la cabeza abuela, digo.
Deja la nena en el colegio y se dirige al local a paso vivo. Desde la esquina ve que Candela está levantando la cortina. Se ve que se apuró, evalúa. Evalúa qué es más conveniente, encararla ahora, sacárselo de encima, pero llegar dada vuelta al encuentro con Ariel que supone difícil, o hablar con ella luego del almuerzo que quizá también la deje patas para arriba. Mientras piensa, sin darse cuenta, cruza Córdoba. Sus pasos parecen haber elegido postergar la charla. Ya más aliviada disminuye la velocidad. Es una mañana preciosa. La brisa le acaricia el rostro. Dan ganas de sentarse en un banco de plaza. A alimentar a las palomas. Sonríe sola. Le falta para ser jubilada. Acelera la marcha. Gladys le comentó ayer que su máquina se atranca. Nunca volvió a tener un técnico como Leonardo. Hacía bastante que no pensaba en él. Sin notarlo se detiene. Sorprendida. Hace bastante que no pienso en el padre de mi hija, se dice. De esa hija que hace un par de años preguntó por su padre. Ella le prometió que cuando fuera más grande le contaría. Ya tiene trece años, ¿cuánto tiempo faltara para que Camila la encare? Otra vez usó ese verbo. Yo encaro a Candela, Camila me encara a mí. Seguramente Ariel la encarará. Un chirrido de frenos le hace girar la cabeza. Está cruzando en rojo. El conductor la insulta.
Cuando llega, Ariel ya está. Se levanta para besarla. Te extrañé le dice mientras le toma las manos. Ella, como siempre en esas circunstancias, gira involuntariamente la mirada para ver si hay testigos conocidos. Seguramente él lo percibió porque hace un gesto despectivo con la boca. Gesto que ella decide obviar. No quiere entrar en conflicto. Tengo hambre dice para aligerar la tensión. ¿Muzzarella o napolitana? pregunta Ariel. Elegí vos. Él le cuenta del trabajo. Lo contrataron en una oficina grande. Cinco computadoras tienen, quieren que me ocupe del mantenimiento; una visita por semana y, por supuesto, acudir si hay alguna urgencia; me pagan por mes la mira a los ojos me pagan bien, muy bien; me recomendaron de la agencia de seguros. Qué casualidad, piensa ella, Leonardo le hacia el service de las máquinas de coser; Ariel de las computadoras. Leonardo le cobraba, pero Ariel no quiere. Le va bien a Ariel. Es un chico muy capaz, con excelente trato, además. Repara en que pensó chico. Y sí, de alguna manera es un chico. Como Sebastián. Pero Sebi parece más grande. Siempre fue tan serio su hijo. Desde que está casado, más. Para colmo Belén… ¿Estás de acuerdo? pregunta Ariel. Ella no tiene la menor idea a qué se refiere. ¿Con qué? no tiene más remedio que averiguar. Ariel revolea los ojos. Es ahora ella quien le toma las manos. No te enojes, tengo la cabeza en mil cosas. Ese es justamente el problema, las mil cosas que no querés compartir conmigo. El mozo se aproxima con la bandeja en alto. Mirá dice ella llegó algo que sí podemos compartir. Él menea la cabeza. Sin embargo, sonríe.
Se despide de Ariel. Por suerte tenía una cita de trabajo y no insistió en acompañarla. Porque ella necesita hablar con Candela. No, no lo necesita, nada podría necesitar menos. Debe hacerlo. La encuentra atendiendo a una clienta. Ella se arrima a la pared y la observa actuar. Es buena en lo suyo, en eso no hay dudas. La mujer sale cargada. Uniformes Córdoba reza en las dos voluminosas bolsas. Recién entonces ella se acerca. Una sonrisa en la cara de su hija. Hola, mamá, ¿viste qué buena venta? Ella quisiera felicitarla olvidando sus propósitos, pero junta fuerzas y pregunta ¿tomamos un café? Ahora le digo a Lucy que prepare, hay bizcochitos. No, prefiero que salgamos, quiero hablar con vos. La chica hace una mueca de sorpresa y dice de acuerdo, esperame cinco minutos que voy a hacer pis. Ella piensa que no quisiera ir al baño tras su hija. No quisiera y no va a hacerlo. De última, irá en el bar.
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Descubrió el cansancio que genera hacer el amor primero con Leonardo, ahora con Ariel. El sexo con Alberto siempre fue nocturno. Las más de las veces ni se levantaba, se dormía desnuda, sudorosa, satisfecha. Veinteañera. Los encuentros con Ariel la dejan demolida. Un verdadero esfuerzo tener luego que bañarse, vestirse, salir a trabajar. Él suele quedarse remoloneando. Cuando no, después de la ducha queda como nuevo. Veinteañero. Por eso no puede entenderla. Por eso toma como rechazo las veces en que ella prefiere encontrarse en un bar que en su departamento. Él es un amante… busca la palabra… excelente. Tierno, ardiente, dedicado. Sabio a pesar de su juventud. ¡Cómo podría ser rechazo! Sueña ella poder dormir con él. Sueño compartido por Ariel, requerido. A veces, exigido. Otras, rogado. Quisiera poder dárselo como regalo de cumpleaños. ¿Qué puede inventar? ¿Cómo deshacerse de Camila, Fernanda, Candela, Zoe?, ¿qué excusa dar? Casi un imposible. Elena es la única opción. Pero para eso tendría que contarle. Nunca le llega el momento. Y cada vez es peor porque, obviamente, se enojará por los dos años de ocultamiento. Todo esto piensa mientras, ya en la puerta de la biblioteca, no se decide a entrar. Finalmente, abre la puerta. Igual le tiene que contar cómo le fue en la reunión con la psicóloga de Candela. Quedó más tranquila. Acá lo importante no es la droga sino el vínculo entre ustedes, dijo la mujer. Eso le contará a Elena. Al menos eso.
Salió cinco kilos más liviana. ¿Qué habría sido de su vida si no la hubiera conocido a Elena?, ¿seguiría trabajando en servicio doméstico?, ¿hubieran podido estudiar sus hijos? Elena no averiguó desde cuándo está con Ariel y si se horrorizo al saber que tiene la misma edad que Sebastián, no lo demostró. Solo le preguntó ¿te ayuda a vivir? Pocas veces escuchó una pregunta tan inteligente. Sí, justamente de eso se trata, de que alguien la ayude a vivir. Alguien además de Elena, claro.
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Primer día de la madre que no pasan en su casa. Sebastián, cosa extraña, las invitó a merendar. Claro, un almuerzo es más trabajo, piensa ella. Allí van todas, apiñadas en el Renault. ¡Solo falta Dedal! dice Zoe entre carcajadas que también es tu hijo. Fernanda, en el asiento del acompañante, lleva la torta en la falda. Hizo la de manzana, la que pidió Sebi. El jolgorio del trayecto se congela en cuanto entran a la casa de Sebastián. Las cinco parecen cohibidas. Todo demasiado perfecto. Impecable. Se sientan a tomar el té. Porque es té lo que les ofrecen. Menos mal que hay jugo para las nenas. Jugo que Zoe vuelca sobre el mantel impoluto. Fue sin querer dice la nena ante la mirada admonitoria de Candela. No hay problema dice Sebi mientras va a buscar un trapo. Minutos después Sebastián dice esta riquísima la torta, ma, cada vez te sale mejor. Ella se pregunta si a Belén le hará gracia el comentario. La conversación languidece, Sebastián quizá lo nota porque saca el tema de la renuncia de Chacho Álvarez, las coimas en el Senado. Candela parece no tener idea de qué se está hablando. Para su sorpresa, Fernanda sí tiene opinión al respecto. Las nenas comen los sándwiches de miga a dos carrillos. Hasta que ella observa un cruce de miradas entre Belén y su hijo. Se inquieta. No logra relajarse en esa casa. Se siente juzgada. Les queremos contar algo dice Sebastián, parándose. Cinco pares de ojos se posan sobre él. Vamos a tener un bebé dice. ¡Qué bueno! exclama Camila ¡voy a ser tía! Pero si vos ya sos mí tía acota Zoe, compungida. Alguien está celosa canturrea Candela. ¡No es cierto! dice la nena ahora por fin yo también voy a ser tía. No la corrige Fernanda pellizcándole el cachete el bebé va a ser tu primo. Ella se incorpora para abrazar a Sebastián. ¡Qué hermosa noticia, hijo!, estoy segura de que serás un excelente padre. Luego se acerca a Belén y la besa en la mejilla. ¡Enhorabuena! dice. Te equivocaste, abu, ¡enhorabuela! Todos ríen. Hasta Belén. Y ella siente que sí, que por primera vez será abuela. Zoe es… Zoe es otra cosa.
Sábado. Noche en la ciudad, sábado[1] canturrea mentalmente mientras lava los platos. Chau, mami se acerca Fernanda a darle un beso me quedo a dormir en lo de Manuel, a lo mejor mañana venimos los dos a almorzar, ¿está bien? Por supuesto. Te aviso. Mandale un beso y decile que si vienen prepararé ravioles. Está calentando el agua para el café que le pidió Candela cuando la chica entra a la cocina con la cartera colgada. Al final me voy a lo de Sabrina, también va Paula, piyama party como antes ríe se acerca a la puerta y grita Zoe, apurate y dirigiéndose a ella dice me la llevo, están las sobrinitas de Gisela. La nena se acerca y se le cuelga del cuello hasta mañana, abuela, te voy a extrañar. ¡Y yo! exclama ella. Mira el reloj. Las diez. Camila dijo que la fuera a buscar a lo de Marcela a las once, tiene tiempo para un café. Regresa el jarro al fuego justo cuando suena el teléfono. Se acerca a atender. Hola, mami dice Camila ¿me puedo quedar a dormir? Minutos después retira nuevamente el agua y busca el celular. ¿Habrá un huequito en tu cama? pregunta. Aunque los milagros escasean, existen, decide.
Un tímido rayo de sol se cuela por la cortina entreabierta y le ilumina la cara. La boca entreabierta, los cachetes colorados, parece un chico. Ella se levanta de puntillas. Se pone la remera de él sobre el cuerpo desnudo. Aspira su olor. Va a la cocina. Minutos después pone en una bandeja las tazas, las tostadas, manteca y mermelada. La apoya sobre la mesa de luz. Se dirige a la ventana y abre las cortinas. ¡Servicio de desayuno! exclama. Él se sienta en la cama y se restriega los ojos. ¿Estoy soñando? pregunta sonriendo. La abraza con segundas intenciones, determina ella que se desprende y dice de ninguna manera, detesto el café frío. Ríen.
[1] “Otra vez en la vía”, Los náufragos.
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¡A bañarse y a dormir que mañana hay escuela! les ordena a las nenas. ¡Canto pri! grita Zoe. Mejor para mí dice Camila. Le está desenredando el cabello a Zoe cuando Fernanda entra. Deja la cartera sobre la mesa de la cocina. ¡Ma! me olvidé el piyama grita Camila desde el baño. Anda, yo sigo ofrece Fernanda agarrando el peine. Cuando logran acostar a las nenas ella propone ¿tomamos un café? La chica asiente y pregunta ¿Candela? Se acostó temprano, le dolía la cabeza responde ella. Minutos después le pone una taza delante y le pregunta ¿qué te pasó hoy, hija? Los ojos de la muchachita se llenan de lágrimas. Ella le toma la mano. Eh, mi amor, ¿qué pasa? Nada responde soy una tonta. Nada no. Cuando se serena Fernanda cuenta siempre siento que a mí nadie me da importancia, producto de segunda mano. ¡No digas eso, hija querida! Para qué me preguntás si después no me querés oír, no querés oír lo que te duele, me pasé la vida tratando de no afligirte, pero ya me cansé. Ella la escucha, atónita. Candela es la que da problemas, Sebastián el que da satisfacciones, Camila siempre te tuvo en un bolsillo y de Zoe mejor ni hablar; todas se dan el lujo de portarse tan mal como se les ocurre o ser indiferentes como últimamente tu hijo; yo, desde nena, no sé si alguna vez lo notaste, fui la que traté de ayudarte, de mimarte, de no molestar; y hoy, cuando vine con las noticia de mi casamiento nadie me tomó en serio; yo no soy Candela para quedarme embarazada soltera, ni Sebastián para hacer una boda a todo trapo revoleando pétalos de rosa en el Pilar; faltó que dijeras que podía teñirte tu vestido verde agua. ¿Desde cuándo tenés tanta rabia acumulada, hija mía? Desde siempre pero ahora estoy viendo todo con claridad; empecé terapia hace unos meses, no estaba nada bien. ¿Y por qué no me contaste? Su sorpresa no cesa de crecer. Para que no te preocuparas, bastante tenías con Candela; siempre tuviste bastante con todos, no sé cómo resististe, mamá; siempre con buena cara, además. Ella recuerda las palabras de Ana María. Palabras que ella, hace años, no supo interpretar. Como vos dice a lo mejor nos parecemos más de lo que pensás; y no es cierto que no tuve registro de tus actitudes; siempre fuiste mi puntal; no hubiera podido atravesar todo sin tu permanente sostén, cómo olvidarme del embarazo de Camila, fuiste la única con quién pude compartirlo; cómo podés llegar a pensar que sos de segunda mano para mí, sos mi otra mano, mi mano derecha. Camila entra a la cocina. ¿Por qué están discutiendo? Andá a dormir dice ella. ¡Si no me dejan con esos gritos!, ¿están hablando de la boda?, Fer, soy mala pero no quiero que te cases, no quiero que te vayas de esta casa, no me podía dormir no por los gritos si no pensando en que no sé cómo voy a vivir si vos no estás. Fernanda se incorpora a abrazarla. Si serás zonza, ya le dije a Manuel que vamos a comprar un sillón para el living para que te puedas quedar a dormir. ¡Zoe no! exclama Camila. ¡Por supuesto! contesta Fernanda lo compraremos solo para vos. Las tres ríen.
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23 de diciembre. Esta navidad la sorprende atrasadísima con los preparativos. Les encargó a las nenas que armaran el arbolito, lo que incluye ir a rescatarlo del cuartito de la terraza. Pero ella ya no puede con todo. Y aunque no es lo suyo delegar, accedió a que Sebastián y Belén traigan la ensalada de frutas. Fernanda ofreció ocuparse de las ensaladas y Candela de comprar las bebidas. Ella ya encargó el peceto y un pollo, los retirará en cuanto termine con las compras. Acá está, en la juguetería. Frente a la góndola de los peluches recuerda una nochebuena donde salió corriendo a comprar un osito para Camila, que aún no sabía que sería Camila, porque no la había tenido en cuenta. Elige un oso muy parecido, la nena todavía lo tiene, Toby, para su nuevo nieto. Para Camila, una tabla de skate, hace rato que la viene pidiendo. A Zoe, patines. La tarjeta de crédito trina. Sale cargada de bolsas, pesadas ellas. Pasará por su casa a dejarlas antes de ir a la carnicería. Esconde los paquetes en su placard y sale nuevamente. Don Mario la espera con el pedido preparado. Regresa a poner la carne en la heladera, busca más dinero en el cajoncito. Está transpirada, hace un calor infernal. Durísimo este diciembre. Prefiere no recordar que también está durísimo económicamente. No recordar el préstamo que sacó para pagar aguinaldos y vacaciones. Pero ahora viene la temporada buena. Febrero es el mejor mes para vender uniformes. Las escuelas de siempre ya le encargaron y sumó una nueva, Se arreglarán. Se arreglará, como siempre. De vuelta en la calle camina hasta Garbarino. Sebastián y Belén tienen de todo, pero pensar en comprarles por separado es aún peor. Qué elegir para su nuera. Después de mucho dudar opta por una procesadora. La última vez que estuvo en su casa se fijó y no la vio sobre la mesada. Con el bebé será de mucha utilidad. ¿A Fernanda convendrá comprarle lo mismo o algo diferente? Está demasiado susceptible últimamente. Por fin elige una cafetera eléctrica, su hija es doña café. Sale a mí, piensa. En eso también sale a mí. A Candela le comprará zapatillas. Ya sabe cuáles quiere, el otro día la escuchó hablar con Lucy. Le queda Ariel. Aunque vaya a saber cuándo podrá verlo. Días complicados para la ilegitimidad. Y se imagina las quejas por venir. ¡Una radio! Siempre se queja de la que tiene. Se escucha pésimo. Le da la tarjeta a la empleada. Límite superado. Extrae entonces la Visa. Por suerte pasa. Ya verá como las paga.
Año nuevo en lo de Elena. Solo ella, Camila, Candela y Zoe. Sebastián, con la familia de Belén; Fernanda, por primera vez, con la de Manuel. Candela, ni bien terminaron con los brindis, huyó. A festejar con amigas, dijo. Le da tristeza comprobar que sus hijos se van alejando. Ángel la ayudó a trasladar a Zoe al auto. Esa nena es un tronco cuando duerme. Camila se sienta adelante, de copiloto. Un placer las calles vacías. Llega a su casa y ahora le toca a ella transportar a su nieta. Despertala dice Camila ya no es un bebé. Deja a la chiquita en su cama, le saca los zapatos y la cubre con la sábana. Estoy agotada, piensa. Y no es solo por el peso de su nieta. ¡Por fin se termina el 2000! Aunque, más allá de la situación económica del país que ella atraviesa con bastante hidalguía, no fue tan malo en lo personal. En realidad, lo único complicado fue lo de Candela. Está mejor. Aparentemente está mejor. Al menos terminó con ese tipo. O eso dice. Un nieto en camino, el anuncio de la boda de Fernanda, las nenas creciendo, bien en la escuela, más allá de algún resfrío excelente salud general. Ariel. Ariel que, como diría Elena, la ayuda a vivir. A no quejarse entonces. Quizá mañana algún hijo aparezca a saludar. Como dirían las chicas ¡2001, no te tenemos miedo!
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2001
Si había una manera de empezar el año que no imaginaba era esta. Sebastián, Candela y Fernanda se juntaron para regalarles una semana en un hotel de Chapadmalal. Acá está ella, bajo una sombrilla, en la playa con Camila y Zoe. Antes de partir pasó por la biblioteca y, asesorada por Elena, eligió La fiesta del chivo[1], para ella, Harry Potter[2] para Cami y Matilda[3] para Zoe. Acá está ella leyendo. Las nenas jugando a la orilla del mar. Hotel con pensión completa. Parece un sueño sentarse a comer sin saber cuál será el menú. Como jugar a las visitas. Estamos invitados a tomar el té…[4] Una fiesta. La fiesta del chivo. Se levantan temprano, toman un desayuno “continental” le dicen, van caminando a la playa, vuelven al mediodía y luego de una ducha rápida bajan al enorme comedor. Zoe se hizo dos amiguitas; Camila, ya casi una adolescente a pesar de que siguen incluyéndola en “las nenas”, es más retraída. Luego a la playa nuevamente donde comen alguna fruta y al anochecer regresan para bañarse, ponerse sus “galas” y sentarse a cenar. Tres damas. Nunca terminará de agradecerles a sus hijos el regalo. Hasta Ariel, siempre tan demandante, se puso contento por ella. Ya a día cuatro está muerta de ganas de verlo. El sol, el mar, el descanso despiertan sus deseos. ¡Se siente tan joven en medio de la arena y la sal! Se ve bronceada, sana. Linda. Ha pescado más de una mirada masculina sobre su malla. Sabe que de lejos parece una muchacha. Se conserva delgadita pese a los cuatro embarazos. Físico privilegiado le dice Elena, que en su madurez ha ganado varios kilos. Veremos cómo le irá a ella con la revolución hormonal que se avecina. Las tres chicas salieron a ella. Zoe es más rellenita, el papá era, o es, vaya Dios a saber, robusto. Elena. No termina de preguntarse qué ve su amiga en ella para honrarla con su amistad. Un regalo que le dio la vida. Su vida tan pródiga en problemas como en… amores. ¿Amores?, se cuestiona. Sí, imposible englobar a sus hijos, a su nieta, a Elena en el anodino término afectos. Son amores, son sus amores. A Ariel no lo incluye porque él sí, junto a Alberto y Leonardo, integra el trío de lo que cualquiera entendería por amores. A Ariel le gustaría saber que lo coloca primero en el podio y no porque constituya su presente. Nunca quiso a un hombre así. Una pelota rebota sobre su brazo. Cuando mira hacia la orilla, buscando al que la arrojara, no ve a las nenas. El alma se le derrumba, el corazón se le aloca. Deja el libro que sostenía entre las manos y corre. Hacia la derecha, hacia la izquierda, corre. Hasta que la alcanza el recuerdo de Zoe en el fondo de la pileta y la paraliza. Estoy muerta, piensa. ¡Mami! le gritan desde atrás. Recupera la vida y gira. Las nenas se acercan trotando. Fuimos al baño y cuando volvimos no estabas dice Zoe me asusté, abuela, me asusté. Ella debiera retarlas por no haberle avisado, pero solo atina a abrazarlas. Aunque hace bastante que lo viene postergando, en ese preciso instante decide que en cuanto regrese la llamará a Ana María. Otra vez su cabeza haciendo de las suyas, y las nenas en riesgo.
Está preparando los bolsos cuando Camila entra a su cuarto. Zoe ya se durmió informa. Me alcanzás ese toallón pide ella. La chiquilina le da la toalla y dice te quiero hacer una pregunta. Te escucho. ¿Uno se puede cambiar el apellido? Ella, la respiración acelerada en un segundo, deja lo que tiene en mano y la mira. ¿Cómo es eso? No me quiero llamar como vos, me quiero llamar como mis hermanos. Veni, sentate dice ella señalando un lugar en la cama. Todos son Gómez, hasta Zoe es Gómez, el bebé de Sebastián va a ser Gómez, ¿por qué yo tengo que ser Lagos? Ella le oprime una mano. Ya sabés que vos tenés otro papá. ¡Sí!, ¡pero tampoco llevo el apellido de él!, yo leí en una novela que alguien se cambiaba el apellido, yo quiero. A ella se le parte el corazón, quisiera prometerle, pero no debe mentirle. No se puede, Camila, lo lamento mucho. Ella quisiera que el tiempo se detuviera porque sabe muy bien lo que va a venir, lo que ya hace un tiempo está temiendo. ¿Cuál es el apellido de mi papá? Hija, le prometí a tu padre que solo te daría sus datos cuando fueras mayor de edad. ¡Recién tengo catorce!, ¡me faltan cuatro! Ella piensa no solo en la conveniencia de Leonardo sino en si Camila está preparada para recibir la información. ¿Qué haría con los datos?, ¿salir a buscarlo? Recuerda los planteos de Sebastián cuando exigió que le diera la dirección. Años después, Leonardo le mandó su mail. Mail que ella le envió a su hijo conservando la premisa de que solo lo daría a conocer si ella muriera. Porque sí, ella siempre fue una mujer de palabra. Ella le dio la palabra a Leonardo. ¡Mamá, te estoy hablando! Ella sacude la cabeza. Está bien, no me podés dar los datos, pero al menos contame cómo lo conociste, ¡necesito saber algo sobre él! Entonces ella le cuenta que él le arreglaba las máquinas y se enamoraron y ella se embarazó. ¿Entonces se fue por mi culpa? pregunta la chiquilina. No, querida, se fue porque estaba casado. ¿Pero si vos sabías que estaba casado por qué seguías con él? Porque me dijo que se iba a separar. ¡Te mintió!, ¡entonces mi papá es muy malo! No, hijita, no es mala persona, le surgieron complicaciones. ¿Qué complicaciones? Ella avisora la consecuencia de sus palabras, pero una vez que se abre la caja de Pandora no hay manera de detener los males. Camila, además, no merece que le mienta. Justo su mujer quedó embarazada confiesa. El rostro de Camila se transforma. Las pupilas se dilatan, las cejas se arquean. ¡Entonces tengo un hermano o una hermana de mi misma edad! exclama. Ella calla. Está aterrada. ¡Y si tengo un hermano lo quiero conocer! Ella sostiene su silencio. Camila le sacude el brazo. ¡Decime algo, mamá! Ella inspira con profundidad. Te prometo que cuando seas mayor de edad te voy a ayudar a buscarlos, a tu papá y a tu hermano, porque sé que fue un varón. Camila se echa en sus brazos y solloza. Ella le acaricia el cabello.
[1] “La fiesta del chivo”, Mario Vargas Llosas.
[2] “Harry Potters”, J.K. Rowling.
[3] “Matilda”, Roald Dahl.
[4] “Canción para tomar el té”, María Elena Walsh.
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Rock nacional. Cumbia. Bailan entreverados sus hijos, los amigos de los novios, la familia de Manuel, Elena, Ángel y sus hijos, Gloria, Rita, las chicas del taller. Como diría Zoe solo falta Dedal. Hasta Belén, con su avanzado embarazo, se suma al festejo. Sandwiches de miga, saladitos. Figazzitas de peceto y matambre hechos por Miriam, su consuegra. Ella no pudo ayudarla, enfrascada con los vestidos. La parte dulce la contrataron los chicos. Ella pagó la torta con cintitas. Una fiesta a nuestra exacta escala, determina, esto somos. Fernanda se acerca a abrazarla. Esto es un sueño, mi sueño, muchas gracias, mami. Ella piensa que cada uno de sus hijos vuela a distinta altura. ¿Me permite esta pieza, señora madre? pregunta Ángel. Mientras bailan al son de Vicentico ella piensa que Ariel es su único amor faltante. Lo vio entre la gente a la salida, pero ni se saludaron. Luego él le mandó un mensaje. Bella entre las bellas. Va a tener que blanquear la situación. Ariel se lo merece. Y ella también. ¿Hace falta que te diga/que me muero por tener algo contigo?[2]
Mami, me quiero poner aritos comunica Camila. Si ya tenés. No, una argollita acá dice señalándose el pabellón de la oreja. ¿Por qué? Por qué va a ser, porque me gusta. Sos muy chica. ¡Laura tiene! Ella intenta disuadirla, pero desde el comienzo sabe que con Camila es batalla perdida. No hay manera de que se ponga algo diferente que un jean a media cadera, remeras enormes, zapatillas rotas. Catorce años recién. El hermoso cabello casi rapado. Parece que se esforzara en afearse, tan bonita ella. Finalmente la muchachita logra convencerla. Están ahora en la farmacia. Cami compró el aro con sus ahorros. La mujer está por ponerle alcohol en la oreja izquierda cuando la chica le aparta la mano. ¡En la derecha! La mujer hace una mueca. Como quieras dice. Cuando salen Camila propone ¿vamos a tomar algo para festejar, mamita querida? Compradora la mocosa. ¿Un jugo o un helado? pregunta ella. ¡Un helado!, ¡de una! Caminan por Santa Fe del brazo. La tarde va cayendo. Todavía no pensó qué preparará de cenar. Ana María le diría que lo deje en manos de Fernanda. Porque ahora son seis. Menos mal que Manuel come cualquier cosa y todo lo alaba. Es un buen chico.
[1] “Pompa y circunstancia”, Edward Elgar.
[2] “Algo contigo”, Vicentico.
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Luego de cenar, las chiquilinas en su cuarto, los cuatro adultos comparten un café. Aunque parezca mentira en una semana nos entregan el departamento anuncia Manuel se adelantaron los plazos. ¡Qué buena noticia! exclama Candela brindemos con café. Los cuatro elevan las tazas. Ella siente una extraña sensación que le sube desde el abdomen. Fernanda también se le va. Para conjurarla informa ayer le comenté a Candela que se me había ocurrido la idea de poner un local en la zona de los oulets de Córdoba. Mami, vos no parás nunca dice Fernanda. Hoy me enteré de un local que se desocupaba y conseguí el teléfono del dueño; arreglé para verlo el miércoles a las diez; vos, Cande, ¿me podrás acompañar? ¡Obvio!, me encanta la idea, ¿cuánto piden? La mujer me dijo que todavía no saben, ni siquiera están seguros de si van a volver a alquilarlo, es gente mayor y están cansados de problemas, pero le insistí tanto que conseguí una cita. Quién detiene a mi mami dice Fernanda. ¿Es grande? pregunta Manuel. Bastante, pero está bastante venido a menos; me parece que además tiene un par de cuartitos atrás. Fernanda hace una mueca con la boca. Para esa zona tiene que estar bien puesto comenta. Ya veremos mañana dice Candela de mal modo. Fernanda y Manuel cruzan una mirada. Mejor irse a dormir dice Fer acercándose a darle un beso buenas noches, mami.
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Cuando llega a la esquina de Córdoba y Serrano, Candela ya está allí. Caminan juntas unos pocos metros hasta la mercería. Ella observa la cara de decepción de su hija. La vendedora les dice que la dueña las está esperando adentro. Vaya a saber qué es adentro. Cruza una mirada con Candela. la chica eleva los hombros. Salen por donde les indica. En un pequeño patio está sentada una mujer de más de setenta años, evalúa ella. Sin pararse les cuenta que el local tiene cuatro metros por tres, un bañito y un anafe. Además, está ese patio, dos habitaciones, un baño y una cocina. ¿Les interesa verlo? Claro contesta ella, no fueron a tomar aire. La mujer se incorpora con dificultad y las guía. Está todo muy abandonado, pero el local es grande y luminoso. Cuando la mujer arriesga un importe ella replica es bastante más de lo que pensábamos. Una vez tuve unos inquilinos que subalquilaban la vivienda, yo lo permito. Eso no da mucho más que para depósito acota Candela. Si les interesa puedo hablar con mi hermana para ver si podemos ajustar el precio. Lo pensamos y nos ponemos en contacto dice ella muchas gracias por su atención. ¿Puedo dar otro vistazo? pide Candela. Minutos después ambas se despiden de dueña y vendedora y salen. Ya en la calle ella pregunta ¿qué te pareció? ¿Vamos a tomar un café? propone Candela. Caminan por Córdoba entre mujeres con paquetes hasta que encuentran un barcito. Se sientan contra la ventana. A vos no te gustó, ¿no? pregunta Candela. Aunque habría que hacer bastantes arreglos el local no está mal, pero el alquiler es caro y lo de atrás solo serviría de depósito, de ninguna manera lo compartiría con gente extraña. Yo tengo otra idea dice Candela, los ojos brillantes como ascuas, y saca de su mochila anotador y birome y comienza a esbozar un plano, nada mal por cierto. Cuando llega el café aparta los papeles y dice hace rato que vengo pensando en irme a vivir sola, bah, sola no, con Zoe obvio; estuve mirando precios de alquileres y, aunque ajustada, con mi sueldo me alcanzaría al menos para un ambiente; yo tengo mis ahorros además para el depósito y esas cosas. Ella se queda atónita. Piensa enseguida en Ana María y en la casa endogámica. Ni se le pasó por la cabeza que Candela quisiera irse, mucho menos la posibilidad de perder a su nieta. ¿Dónde estaba ella mientras todas esas ideas pasaban por la cabeza de su hija? Mamá, ¿dónde estás? Es que me dejaste sorprendida. ¿Pensabas que toda la vida iba a vivir con mi mamá y mis hermanos?, ¡ya tengo veintiséis años! exclama la chica, regresa a sus dibujos y continúa el local ya me dijiste que te parece bien, obvio que hay que darle una lavada de cara, y modernizarlo; yo me quedaría con la parte de atrás, pagándote, obvio, ¿qué te parece? ¿A quién tiene delante?, ¿a su eterna niña problema?, ¿a la adolescente que la volvió loca?, ¿a la muchacha que parió a los diecisiete?, ¿a la jovencita complicada con las drogas?, ¿o a una mujer bien plantada, que sabe lo que quiere? ¿Qué te parece, mamá? pregunta y luego va indicando sobre el papel mirá, la cocina es bastante grande, la medí dando pasos, da para que ponga una mesa; este cuarto sería para mí; este, que tiene más luz, para Zoe y en el patiecito la nena podrá patinar. Azorada, así está escuchando a su hija. Yo atendería el outlet y Lucy el local; podríamos tomar otra empleada que ayudara a Lucy o que me reemplace aquí cuando se me necesité en el local. Ella repara en el aquí, ya lo considera propio. Y vos, como siempre, un helicóptero que está en todos lados solucionando todos los problemas; en un par de años Camila nos puede dar una mano. Menos mal que me tuviste en cuenta dice ella de mal modo. Mamá, ¿qué te pasa? Cómo entenderse.
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Es el tercer viaje del Renault, lleno hasta el techo. El departamento queda en Corrientes y Pueyrredón, un verdadero incordio detener el auto para bajar las cosas. El cuartito de la terraza estaba atiborrado de todo lo que fueron reuniendo en estos años. Ella viaja con Fernanda, y Manuel recibe las cajas y las sube. A la tarde llegará el flete con la cama, las mesas y las sillas que estaban en un depósito. Y el sillón para Camila. Es un golpe duro para la chiquilina perder en pocas semanas dos hermanas, un cuñado, porque ama a Manuel, y una sobrina. Le da una profunda tristeza pensar que serán solo dos a la mesa. Desde que es pequeña, a pesar de ser hija única, estuvo rodeada de gente. Salvo el primer año de casada. Aunque no eran solo dos porque cursó esos meses con Sebi en la panza. Luego tres, cuatro, cinco. Cuando murió Alberto retrocedió a cuatro pero Camila nuevamente los llevó a cinco. Y a seis el advenimiento de Zoe. Más el continuo desfile de novios y amigos. Camila no es muy amiguera. La asusta pensar que el silencio invada su casa. Suerte que la sigue acompañando Dedal, aunque ya está viejito el pobre. ¡Mamá!, ¡te pasaste! exclama Fernanda. Ella mira por el espejo retrovisor y frena.
Están semisentados en la cama, todavía desnudos, apoyados contra el cabezal cuando ella informa Fernanda necesita instalar la computadora en su nueva casa, me preguntó si conocía algún técnico. ¿Entonces? pregunta Ariel. Entonces…solo dice ella. Él gira y la abraza.
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Se aproxima la fecha del parto. Y hace días que Sebastián no se comunica. Ella odia resultar molesta, pero se levantó inquieta. Arriesgándose a un mal tono lo llama al celular, nunca a su casa. Hola, hijo, ¿cómo va todo? pregunta. Belén tuvo contracciones toda la noche, estamos saliendo para el sanatorio. Ella corta pensado que si no hubiera llamado no habría sido notificada. No preguntó si podía ir porque presentía una respuesta negativa, ya había sido notificada de que preferían atravesar solos la situación. Sin embargo, quince minutos después está a bordo del Renault rumbo al Otamendi. Pregunta en recepción y le informan que ya la llevaron a sala de partos. Hacia allí se dirige. Cuando se abre el ascensor descubre a los padres de Belén. A ellos sí les avisaron, evalúa. Se acerca, los saluda y pregunta ¿qué novedades? Entró hace diez minutos, bastante tranquila; antes de la peridural estaba en un grito; es mágica, ¿viste? Ella no vio nada porque parió a sus cuatro hijos a pelo. Candela también se la bancó. El hospital es otra cosa, quisiera decirle a su consuegra. A ellos sí les avisaron, es obvio que están desde hace rato. Quizás elige olvidar que esa mujer es la madre de Belén; Candela gritaba reclamando a su mamá. Porque se siente de más. Sebastián no me precisa, decide. Esperan. Esperan mucho. La madre de Belén golpea la puerta varias veces. Hasta que le dicen que todo salió bien y que están llevando a Belén a su habitación. Nosotros vamos informa la mujer, pero ella decide quedarse. Diez minutos después sale Sebastián. Está pálido. Ella teme ser retada por haber ido sin ser invitada, pero en cuanto la ve el muchacho corre a abrazarla. Es un varón, ma; tuve tanto miedo; se quedó atrancado y no salía, doble circular de cordón; no lloraba, pero reaccionó, están los dos bien le cuenta entre lágrimas. Tan pocas veces lo ha visto llorar. Una, recuerda ahora, cuando Belén lo dejó. ¿Querés verlo?, lo llevaron a la nursery hasta que Belén se recupere. Entonces, y ella no puede creerlo, la acompaña a la nursery. Allí, en una cunita junto a la vidriera lo ve. Lo ve a Sebastián. Porque el bebé es una réplica. Aunque este parece más rubiecito. Ahora es ella quien abraza a su hijo. Felicitaciones, papá dice ella. Felicitaciones, abuela dice él.
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Antes se sentía culpable por ocultar su relación con Ariel a todos. Ahora, por engañar, y esa es claramente su sensación, a Camila. ¿Cómo se sentiría la muchachita si supiera que sus hermanas están enteradas y lo conocen? Con Sebastián es diferente porque lo ve poco y nada. Con Camila es casi una traición. Sus hijas mayores opinan que la chiquilina todavía no está preparada, pero en estas semanas de convivir de a dos descubrió que su hija menor es más madura de lo que ella suponía. Elena tenía razón. La chica leyó El extranjero y quiso más. Ahora está con La peste[2]. Va para quince la mocosa. Es una luz. Es mi lucecita, piensa y también piensa que Leonardo se la perdió. No quiere fiesta de quince. Detesta vestidos, vals, velas y todo lo que ese festejo implica. Cuando ella le ofreció alguna compensación -viaje, computadora, etc.- dijo no le veo el sentido; cumplir quince tiene la misma importancia que cumplir catorce o dieciséis. Desde que están solas charlan bastante más, en general de la familia porque con respecto a sí misma es muy reservada. Al principio estaba bastante perdida sin las hermanas y sobre todo sin Zoe. Pero ahora está contenta porque una vez por semana va a dormir a lo de Fernanda, en su exclusivo sillón, otra a lo de Candela y otra viene Zoe. Ella sí que extraña. El bochinche, el movimiento, la mesa colmada. A Candela y a Zoe las ve prácticamente todos los días, pero Fernanda vive un poco más lejos y además está muy ocupada. No corresponde que Camila haya quedado al margen. Quizá llegó el momento de presentarle a Ariel. Siente un ruido. Dedal con el morro va abriendo la puerta. Se introduce a través del resquicio y, al no escuchar un reto, avanza y luego de un par de círculos se acuesta en la alfombrita próxima a su cama. Él también extraña. Ya está viejito, pobre, piensa. Deja el libro sobre la mesa de luz y apaga el velador. Intentará dormir. Dedal suspira.
Pasó el fin de semana, insólito en ella, pegada al televisor. Hipnotizada. Le sucedió lo mismo con el atentado a la AMIA. El espectáculo de la muerte. Se retaba a sí misma, pero continuaba mirando. Camila a su lado. El domingo, después de almorzar, Fernanda y Manuel también se convirtieron en espectadores. Vio mil veces estrellarse el primer avión, mil veces el segundo, mil el del Pentágono. Derrumbarse la primera torre, derrumbarse la segunda. Gente corriendo, bomberos, heridos, muertos. Ya lunes. la vida continúa, decide. Pero cuando llega al taller hay un único tema de conversación. Tema que se repite, muy a su pesar, cuando almuerza con Ariel. Tiene miedo. Miedo de que su inicial júbilo por estar viva sea aniquilado por lo rotundo de ver tantas muertes. La desespera decaer. Reponerse del accidente de Zoe le llevó meses y lleva meses tratando de superar la ida de Candela y Zoe. Y ahora siente el soplo de la muerte. Sobre el hombro, precisa. Estoy convaleciente, se dice, debo cuidarme. Por suerte hoy a la tarde tiene terapia. Espero que Ana María no comente el atentado, piensa y sonríe a solas.
Sube al auto y antes de ponerlo en marcha necesita quedarse sentada, reflexionando, ¿recuperando el resuello? Interesante sesión. Ana María fue a fondo. Como siempre, en realidad. La muerte. La de sus abuelos, con quienes vivía. Ella, con siete años, encontró a su abuela tirada en el piso de la terraza, muerta. Un broche de la ropa aún en la mano. Cuando cuelga la ropa suele retornar esa imagen. Al abuelo, meses después, lo atropelló un auto en la esquina de su casa. Cuando escucharon los gritos de los vecinos salieron. Ella lo vio. Tirado en el piso, también. La cabeza le dio con el cordón de la vereda. Su madre intentó apartarla, pero ella ya había visto la sangre. En la adolescencia una amiga del barrio, con la que solía ir a la peluquería cuando Inés iba a bailar y ella no. Leucemia. Cuando estaba embarazada de Candela, la muerte de sus padres. Un escape de gas. Los encontró ella cuando pasó por su actual casa a verlos porque le extrañó que no contestaran el teléfono. Tirados ambos en el piso de la cocina. Luego la muerte de Alberto. Por suerte no le encontré yo, piensa y se acuerda de sus ojos abiertos sobre la sábana blanca. Llevo varios años de respiro, piensa y se asusta. Aunque ya tuvo su cuota con el accidente de Zoe. La recuerda tirada en el borde de la pileta. No puedo ver gente tirada, evalúa, me destempla. Cuando usó esa palabra en sesión, Ana María, para variar, le dio miles de vueltas. Temple. La necesidad de conservar el temple. Templar, tan opuesto a temblar. Porque mientras veía las imágenes de los sucesivos atentados ella temblaba. La Embajada de Israel, la AMIA, las Torres Gemelas. Una sesión dedicada por entero a la muerte. Ella nunca había querido hablar con nadie sobre sus muertes, sobre sus muertos. La precisaba a Ana María. La precisa para extraer de su pasado lo que explica su presente. Lo que por las noches se asoma proyectando un futuro. Un futuro en donde ya no está, pero observa. Años tras año. Un alivio poder compartirlo con Ana María. Aprieta el acelerador a fondo. El motor ruge. Pone primera y arranca.
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Mientras come su Big Mac vuelve a plantearse si debe contarle a Camila sobre Ariel. Tiene ganas. Tiene necesidad. Pero si le cuenta deberá pedirle que no le diga nada a Sebastián. Y no le parece correcto inculcarle a la chiquilina el arte de mentir. Con las mayores es diferente. No hizo falta decirles nada, ellas bien comprenden el paño. Otra vez me sale la modista, piensa. Dada la alcurnia de Belén paño es poca cosa, lienzo mejor. Ana María le comentó hace un par de sesiones, que a ella le resulta conveniente depositar el peso de la conducta de su hijo en su nuera, exculpándolo. Solo se trata de vivir/En mi almanaque hay una fecha vacía/Es la del día que dijiste que tenías que partir/Debes andar por nuevos caminos[1] suena en su cabeza. Seguramente es la única manera que encontró para evitar decirse que Sebastián se avergüenza de su familia. Sí, su hijo ingeniero anda por nuevos caminos. Caminos que ya no la incluyen. ¡Mamá! la reclama Camila ¡te estoy hablando!
Tiene suerte y encuentra un lugar. Luego de hacer varias maniobras logra estacionar. Pone la llave en la cerradura e intenta abrir sin hacer ruido para evitar los ladridos de Dedal. Ya es tarde. La mira a Camila y cruza el índice sobre los labios. Entran de puntillas. Silencio. Enciende la luz de la cocina. Tirado en el piso de la cocina, Dedal. El corazón se le detiene. Camila repite la señal de silencio, sonriendo. Porque la chica no sabe que en ese mismo lugar encontró tirados a sus padres. Ella se arrodilla junto al perro. Dedal dice en un murmullo. El perro no responde. ¡Dedal! grita. Lo toca. Todavía está tibio. Se deja caer sobre su compañero y lo abraza sollozando.
Los padres de Manuel compraron un terrenito en Moreno, pero nunca lograron hacerse la casa. Hacia allí van. En dos autos porque todos quisieron estar presentes. Ella con Fernanda y Manuel. Siguiéndolos, Sebastián con Camila, Candela y Zoe. Una suerte de cortejo, piensa. Llegan. Manuel abre el galponcito y regresa con una pala. Deliberaciones en voz baja. Elegido el lugar, empiezan a cavar. Sebastián primero. Le corre el sudor por la cara. Lo reemplaza Manuel. Candela reclama su turno, pero después de un par de paladas desiste. La tierra está muy dura. Hay raíces, comentan. Ella intenta contener a las nenas que lloran. ¿Quién la sostiene a ella? Finalmente el pozo adquiere la profundidad que los hombres consideran necesaria. Ella escucha las nuevas deliberaciones. Algunos quieren depositarlo sobre la tierra; otros, sobre su mantita. Como cuando murió Alberto una frase acude a su mente. Tierra eres y en tierra te convertirás. Entonces dictamina, rotunda sobre la tierra. Sebastián va hasta el auto. Sin necesidad de acuerdo previo todos lo siguen. Su hijo abre el baúl y alza al perro envuelto en una manta. Ella recuerda la noche de lluvia en que Sebi lo trajo entre sus brazos. Avanzan todos, ahora sí en un espontáneo y respetuoso cortejo. Los hombres acomodan con delicadeza al perrito en su nuevo hogar, piensa ella. Sebi le hace una seña. Su familia se aparta y deja que ella sea la que eche el primer puñado de tierra. Todos se arrodillan frente al pozo y van cubriendo lentamente el cuerpo de Dedal con tierra. Cuando solo se asoma la cabeza se detienen. Esperan. Y es ella, sollozando, quien con todo el amor del que es capaz cobija con tierra, como aquella primera vez con un repasador, a su devoto compañero. Zoe se aparta corriendo y regresa con un manojo de margaritas. Un rato después se encaminan hacia los coches en silencio. Antes de subir Sebastián se acerca a ella y la abraza. Se funden, llorando.
[1] “Solo se trata de vivir”, Lito Nebbia.
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[1] “Así es la vida”, película de 1939 dirigida por Francisco Mugica.
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Camila, iniciando sus vacaciones, se quedó durmiendo, ya está grande y es muy responsable, puede dejarla sola. Si hace a tiempo la pasará a buscar al mediodía para ir a comer algo. Todavía no festejaron que no se llevó ninguna materia. Llega al local antes de las ocho. Tiene que hacer todas las cuentas de los sueldos. Desde que Candela se mudó al outlet, Lucy tiene más responsabilidades. Le dará un extra. Se prepara un café y se sienta en el privado, lápiz en mano, radio encendida. El Ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció que desde el día de la fecha solo se podrán retirar del banco doscientos cincuenta pesos o dólares por semana. Se sigue manteniendo la paridad peso-dólar. El corazón se le detiene. Sebastián tenía razón. Su consuegro tenía razón. ¿Cómo voy a pagar los sueldos?, se pregunta. Doscientos cincuenta no alcanzan ni para uno. En los más de veinte años que tiene empleadas nunca se demoró en pagarles. Un compromiso con ella misma. Busca las llaves en su cartera y abre el primer cajón. Cuenta el dinero. Ciento ochenta pesos. Revisa su billetera. Ciento diez pesos. Busca la calculadora, suma y divide. Le da sesenta pesos para cada empleada. Ridículo. Sebastián seguramente podría prestarle, pero ella jamás se lo pediría. Quizás Ariel tenga efectivo. O Elena. A lo mejor no es cierto lo que dicen. Apura de un trago el café ya frío y agarra la cartera justo cuando llega Rita. Voy para el banco informa ella. Todavía no abrió, pero hay un gentío haciendo cola, ¿no sabés qué pasa? Escuchá la radio, pero antes tomate un Valium contesta ella y sale.
Diciembre transcurre haciendo cola en los bancos. La gente lleva banquitos para facilitar la espera. Gritos, carteles, calor. Agotador. Todavía no logró terminar de pagar los sueldos. Por suerte las chicas entienden y no exigen. Los clientes tampoco le pueden pagar. Ella no puede pagar las telas. Ayer don Mario le fió porque ella se había quedado sin un peso en el bolsillo. Suerte que la agarró con la alacena llena. Además, ahora son solo dos. Aunque Candela viene día sí, día no. Ni a ella pudo completarle el sueldo. Fernanda y Manuel también andan a los tumbos. El único sin dificultades es Sebastián. Te lo avisé, ma encima la reta. El muchacho le ofreció dinero, pero ella no aceptó. Se resiste a ser aún más criticada por su nuera. No hay mal que dure cien años le dijo. Esto, lamentablemente, durará, ma le replicó su hijo. Está hirviendo agua para hacer unos fideos cuando un ruido la sobresalta. Ruido extraño. Apaga el fuego y sale a la calle. Camina hasta Córdoba impulsada por el estruendo. Cientos de personas caminan por la avenida golpeando cacerolas. Que se vayan todos gritan. Regresa a su casa. Le indica a Camila que se haga un sándwich y sale. Cacerola en una mano. Tapa en la otra. Llega a Córdoba y se suma a la multitud. Golpea y golpea. Golpea por las colas que se tragó en el banco, golpea por los sueldos que debe, golpea porque no puede abrazarlo a Bautista, golpea porque no puede decirle a Belén lo que piensa, golpea por la muerte de Alberto, por el abandono de Leonardo, golpea por la pérdida de Zoe, por las exigencias de Ariel, por la casa vacía, golpea por su Dedal querido. Golpea y llora mientras golpea. Golpea y grita. Golpea.
2003
Le llevó siete años reponerse del accidente de Zoe. Tras un exhaustivo trabajo con Ana María se decidió, por fin, a alquilar nuevamente una quinta. A contracorriente con el país tuvo un buen 2002 laboral. Tanto que está evaluando comprar el outlet. Una de las hermanas murió y la otra está deseando sacarse el local de encima. Ya habló con el contador para pergeñar un plan de pago, sacando un crédito para el adelanto, por supuesto. Ahora eligió El Cazador, en Escobar, mejor acceso por la Panamericana. Ahí está, tomando sol mientras su cabeza, protegida por el sombrero que Ariel le regaló para Navidad a tal efecto, hace números. Cuando lo planteó en la cena de fin de año, sus hijos se encogieron de hombros. Sos adicta a las inversiones comentó Sebastián deberías tener una inmobiliaria. ¡Ni se lo digas! exclamó Candela lo único que falta es que cambie de rubro. Es que mamá nunca cambia, siempre suma acotó Fernanda. Belén no apartaba la mirada del mantel. Manuel fue el único que la tomó en serio y le preguntó costos y riesgos. La quinta es preciosa, más grande que la de Moreno. La alquiló con la intención de proporcionarle a todos sus hijos vacaciones. Sebastián vino un solo domingo. De compromiso, piensa ella. Ahora están en Punta del Este, los padres de Belén tienen casa. Bautista está precioso. Un año y medio ya. Ella tenía terror con la pileta, a esa edad no se les puede sacar un ojo de encima. Belén estuvo bastante agradable. Lo pasaron bien y fue la vez que más tiempo seguido estuvo con su nieto. Lo ve poco y nada. Cuando ella propone una visita suele haber excusas. Sebi se lo trae cada tanto, siempre con los minutos contados. Visita de médico le dice ella. Se incorpora en la reposera y recoge el libro del piso. Kafka en la orilla.[1] Regalo de Navidad de Elena. Se rieron juntas recordando las reticencias de su amiga cuando ella quiso sacar de la biblioteca La metamorfosis[2]. Recién leyó un capítulo. Le cuesta concentrarse con tanta gente dando vueltas. Es gracioso, interesante diría Ana María, ella se la pasa lamentando la casa vacía pero cuando transcurren muchos días acompañada, le pesa perder la tranquilidad. Camila y ella se entienden. Se acompañan sin invadirse. En cambio, Zoe es muy demandante. Imposible con ella presente hacer otra cosa que prestarle atención. Camila es reservada; Zoe, muy extrovertida. De su hija sabe poco; de su nieta, todo. Camila lee en una reposera próxima; Zoe baila al son de la música, seguramente Callejeros, es fan como su mamá, que solo ella escucha con su nuevo discman. ¡Mami! grita Camila de repente y a ella se le detiene el aliento recordando otro grito al borde de la pileta. Ella comprueba, aliviada, que Zoe sigue danzando sobre el césped. Además, es una eximia nadadora, por suerte pudo superar su inicial miedo al agua. ¡Mami! insiste su hija mientras le señala la pileta. En el borde, un mínimo gatito blanco. Zoe se saca los auriculares y amaga acercarse. ¡Despacio! ordena Camila lo vas a asustar. Minutos después las tres se aproximaron con cautela y observan al minino. Es muy chiquito comenta ella la mamá no puede andar muy lejos. Zoe se acerca y lo alza. ¡Qué cosita divina! exclama. Vayan a ver si encuentran a la gata les indica. Zoe se lo tiende y, corriendo y gritando ¡mish!, ambas chicas recorren el parque. Ella recibe ese manojito de pelos. Tibio, piensa, tan tibio. El gatito maúlla con un volumen insospechado para su tamaño. Está llamando a la mamá, determina ella. Un rato después regresan las chiquilinas. Negativo informa Camila. A todo esto, los gritos del animalito atrajeron a Candela y a Fernanda. Averigüen en las casas cercanas ordena ella. Las nenas se quedan jugando con el gato mientras ella va a buscar leche. No quiere acordarse de la llegada de Dedal porque aún le duele pensar en él. Herida que no termina de cicatrizar. Lo extraño tanto, piensa. Leche que el bichito toma con fruición. Malas noticias informa Candela los vecinos no saben nada pero encontramos esto al lado del portón agrega mostrando una caja de zapatos con un trapo. ¡Buenas noticias! la corrige Camila nos lo dejaron. ¡Nos lo regalaron! la corrige Zoe mami, ¿nos lo podemos quedar? De ninguna manera, lo único que me falta es un gato molestando a los clientes contesta Candela y que la ropa se llene de pulgas. Pero nosotros no tenemos clientes… arriesga Camila. No puedo dice ella. ¿Qué es lo que no podés? insiste la chica. Me rompí cuando Dedal nos dejó, no estoy en condiciones de soportar otra pérdida. Mami, un gato vive más de doce años, lo vi ayer en un documental; hasta veinte años pueden vivir si está bien cuidado; el gatito va a durar hasta que vos seas vieja. Ella hace cuentas, es rápida para los números, su hija considera que a los setenta años será una vieja. Sonríe sin darse cuenta. ¿Eso significa que sí? pregunta Camila señalándole el rostro. Ella recuerda La caverna[3] y al perro que tanto espacio ocupó en la historia. No, Camila, todavía no estoy en condiciones. Si decís todavía es porque sabés que más adelante lo estarás, pero al gatito lo precisamos, ahora, mami, estamos muy solas. Las palabras de su hija la atraviesan. Nunca supuso que la chiquilina estaba padeciendo la soledad. Camila tiene razón interviene Fernanda el morrongo les va a venir muy bien. Además cuando yo te voy a visitar puedo jugar con el gato, porfi, abu pide Zoe juntando las manos. Yo me comprometo a ocuparme del veterinario ofrece Candela. Ella recuerda las topadoras. Me arrollan, piensa. Son demasiadas contra mí dice. Contra vos, no; a tu favor la corrige Fernanda. Ella, vencida, dice sea, pero no seré yo la que me ocupe del bicho. Camila corre a abrazarla. ¡Yo lo cuidaré, mami! ¿Cómo le ponemos? pregunta Zoe apretujando al gatito. Kafka[4] dice ella levantando su libro porque apareció en la orilla. ¡Mobidick[5]! exclama Camila alzando el suyo porque es blanco; yo lo encontré, tengo más derecho, además vos elegiste Dedal. Yo le voy a decir Mobi aclara Zoe Mobito.
[1] “Kafka en la orilla”, Haruki Murakami.
[2] “La metamorfosis”, Franz Kafka.
[3] “La caverna”, José Saramago. El protagonista recoge un perro al que llama “Encontrado”.
[4] “Kafka en la orilla”, Haruki Murakami
[5] “Mobidick”, Herman Melville, novela sobre una ballena blanca.
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Está limpiando las piedritas de Mobi. Camila se ocupa de darle de comer, pero de esto, no. Me da asco dice. Cuando volvieron de la quinta el gatito lloraba mucho, sin embargo, finalmente se acostumbró. Es amoroso. Aunque ella se prometió no encariñarse, de a poco la va ganando. A veces se confunde y le dice Dedal. Suena su celular. Mamá, Belén se siente muy mal estamos yendo para el Otamendi, ¿te puedo llevar al nene después? Por supuesto, pero ¿la vas a dejar sola? No, la madre está yendo para allá. Ella mira el reloj: casi las ocho, habrá que darle de cenar. Abre la heladera. Media hora después suena el portero eléctrico. Ella sale. ¿Qué pasó? pregunta. Estábamos paseando y de repente le agarró una puntada en el abdomen que la hizo arrodillarse en el piso. ¿Tiene apéndice? averigua ella recordando un cuadro similar con su madre. Sí, yo también pienso que puede ser eso; me voy, ma, la dejé en la guardia, por suerte los padres ya estaban. Manteneme al tanto por favor. Sebastián le tiende al nene que llora aferrándose a su padre. Está muy asustado, Belén gritaba dice su hijo tratando de justificarlo. Ella piensa que su nieto llora porque nunca se lo dejaron, pero solo dice no te preocupes, andá, ya se le va a pasar. Sebastián se mete en el auto y ella abraza al nene y entra. En cuanto abre la puerta aparece Mobi maullando. ¡Miau! exclama Bautista intentando liberarse del abrazo. Ella lo deja en el suelo. Instante después nene y gato juegan. Aparece Camila. ¿Qué hace Bauti acá? Ella le hace una seña. La chica se aproxima. En un susurro ella le informa Belén está mal, Sebi la llevó al Otamendi. ¿Se va a quedar a dormir? pregunta la chica. Ella se encoge de hombros. Por el momento voy a cocinar algo, ¿lo mirás? Claro dice Cami y se sienta en el piso junto al diminuto dúo. Media hora después Bautista juega con su puré sentado en la silla alta rescatada del cuartito de la terraza. De parabienes con Camila. Mientras el nene intenta manejar la cuchara ella le embucha el pollo desmenuzado. Mobi maúlla y el chiquito lo festeja con carcajadas. Lo que ella temía sucede. En cuanto menciona que hay que ir a dormir, siendo ya casi las once, el nene comienza a llorar. ¡Mamá!, ¡mamá! Ella le explica que fue a ver a un doctor para que la cure porque le dolía la panza. ¡Paza! dice el nene tocándose el abdomen y disminuyendo el volumen de su llanto. Ella aprovecha para llamarlo a Sebastián que no dio señales de vida. Es apendicitis, ma, entró a quirófano a las diez menos cuarto; nos dijeron una hora, una hora y media; te aviso, gracias por cuidar a Bauti. Cuando corta, el llanto ya se transformó en risa. Ella saca los pañales del bolso que le entregó Sebi, lleva al nene a su cama y lo cambia mientras Cami lo entretiene mostrándole un librito. El nene empieza a restregarse los ojos. ¿Si le ponemos dibujitos en la tele? le pregunta Camila en voz baja. Ella accede, aunque siempre odió la televisión como chupete, hasta con Zoe. Van hasta el living. Ella se ubica en el sillón, acomoda al nene en su falda y lo mece mientras Mickey y Minnie hacen de las suyas. Bauti se pone el dedo en la boca; los ojitos se le van cerrando. Cuando por fin se queda dormido ella lo lleva a su cama. ¿Yo también puedo dormir con vos? pregunta Cami. Deja a los dos chicos acostados y vuelve a llamar a su hijo. Ya es la una. Sin novedad todavía; no me gusta nada, ma, estoy asustado. ¿Querés que vaya para allá?, Camila se puede quedar con Bauti y además puedo pedirles a Fernanda o a Candela que vengan. No, prefiero que te quedes con el nene, vos ya criaste tres, cuatro en realidad. Va hasta el dormitorio. Ambos duermen, abrazados. Las dos. Las tres. Está por llamar cuando suena su celular. Por suerte lo dejó bajito. Se levanta y va hasta el pasillo. ¿Qué pasó? Peritonitis, está muy mal; la llevaron a terapia intensiva; ahí se acerca un médico, corto. ¿Quién será mejor?, ¿Fernanda o Candela? Fer está más lejos, pero Candela tiene a la nena. Media hora después llegan Fernanda y Manuel. Ella agarra la cartera y corre hacia el coche.
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Los días transcurren a un ritmo vertiginoso. Como en el mar, piensa, uno se recupera de una ola cuando nos acosa otra. Casi un mes, ya. Un mes en el que los días que le tocan parecen tener cuarenta y ocho horas. O doce, porque el tiempo no le alcanza para nada. Es ingenuo intentar mensurar el tiempo con relojes. Entre Bautista, Camila, el taller, el local, el outlet, los viajes al sanatorio -a veces con Bauti para que vea a su mamá, ya está mejor, y a sus abuelos-, algún resquicio para Ariel, terapia, las visitas de Sebastián-que tuvo que volver a trabajar, encima-, cocinar para multitudes -porque la casa ha vuelto a convertirse en una pajarera, todos revoloteando alrededor del nene-, las horas se escurren dejándola agotada. Me parece que todo este ajetreo la tonifica más de lo que la mortifica dictaminó Ana María escuchando sus quejas. Es cierto. Se siente útil, plena, necesaria, eficiente. Tiene plena certeza de que es ella quien, cual director de orquesta, mueve la batuta distribuyendo tareas tanto a sus hijos como a sus empleadas. No solo como el director, evalúa, también escribo la partitura. Es absurdo, necesitó que la muerte rozara a su nuera para recuperar su propia vida. Se siente culpable por estar contenta, sin embargo, lo está. Uno no es responsable de sus emociones, sí de los actos que lleve a cabo impulsado por ellas suele decir Ana María. Contenta de que otra vez sean muchos alrededor de la mesa -vino bien tener livingcomedor-, contenta de que Sebastián suela venir de visita para ver al nene, contenta de poder disfrutar de su nieto. Se enamoró de Bautista. Durante un año y medio fue para ella casi un extraño y en menos de un mes se le metió dentro. Carne de mi carne; sangre de mi sangre. Tan parecido a Sebastián, además. Y vivaracho como era él. Se descubre deseando que Belén se quede internada un poco más. Y eso no puede contárselo ni a Ana María. Soy un monstruo, decide.
Ahora una obstrucción intestinal, la tienen que operar de nuevo informa Sebastián por el teléfono ya no resisto más. A ella la culpa no le cabe en el cuerpo.
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Domingo. ¿Cuántas veces en su vida habrá preparado canelones? La receta de su abuela, con panqueques. Panqueques que cocinó uno a uno. Tres por persona. Lo que hace un total de veintiuno. Veinticinco con la yapa. De espinaca con salsa blanca. Salsa de tomate por arriba y mucho queso rallado. A todos les encantan. Aunque los preparó mil veces, hoy está nerviosa. Le tiemblan las manos. Volcó la leche sobre la mesada. Escucha abrirse la puerta y luego maullidos. Camila que fue a comprar el pan. Ella se seca las manos en el repasador y se dispone a poner la mesa del livingcomedor. Para el último día de la madre le regalaron una docena de platos, de cubiertos y de vasos. Un pajuerano de cada pueblo, pensaba antes cuando había invitados y ponía la mesa. En eso está cuando suena el timbre. El corazón se le detiene. Se saca el delantal, se arregla el cabello y acude a atender. Me olvidé la llave explica Candela mientras le da un beso. ¡Abuela! exclama Zoe abrazándola y tendiéndole una bolsa toma, compramos quesito y salame. Ella se dirige a la cocina y enciende el horno. Ya es la una. Minutos después la puerta se abre dando paso a Fernanda y a Manuel. Trajimos helado informa su yerno al besarla lo pongo en el congelador. ¿En qué te ayudo, mami? ofrece Fer, apretándole ambos brazos. Una y cuarto suena el timbre. Ella escucha la carrera de las nenas bajando la escalera. Abro yo dictamina Candela mientras atraviesa el patio. Ella la sigue. La puerta se abre y en el vano aparece la sonrisa de Ariel. Su hija mayor lo besa en la mejilla. Bienvenido dice. Zoe se acerca corriendo. Yo soy Zoe informa y esta y señala a Camila que está apoyada en la pared es Camila; ya nos conocés a todos agrega bah, te falta el tío Sebi y su familia. Se hace un silencio profundo que ella rompe con un ¡adelante!
Se tira sobre la cama. Un día extenuante. Estoy feliz, piensa. No puede pedir más. El encuentro más de cuatro años postergado cursó, y le llama la atención la palabra que acudió a su mente, ya parece Ana María, sin tropiezos. Tropiezos. La costurerita que dio el mal paso[1]. Ariel lo atravesó con honores. Agradable. Discreto sobre todo. Hablaba cuando le daban lugar. A Zoe se la metió en el bolsillo. Camila más reticente. Aunque ella es así, reconoce, le cuesta iniciar nuevos vínculos. Se introduce entre las sábanas y gira. Ante ella la cuna que usó Bautista, también rescatada del cuartito. Ella la iba a guardar, porque le da añoranza verla, pero Camila le dijo que quizás ahora Sebastián lo traía algún día a dormir. Y así fue. La semana pasada Belén tenía turno para una tomografía a las ocho de la mañana, así que se lo trajo la tarde anterior. El chiquillo de parabienes. Esa noche fueron cuatro en su cuarto, porque se sumaron Camila y Mobi, indispensables para entretener al bebé. Ya no es un bebé, admite, casi dos años. No es bueno el recuerdo de Sebastián. La única nube de su día. La certeza de estar traicionándolo. Ya llegará el momento, intenta tranquilizarse. ¿Llegará?, se pregunta varias vueltas en la cama después.
[1] “La costurerita que dio el mal paso”, poema de Evaristo Carriego.
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¿Qué actitud tomó Candela? Se puso como loca, me dijo que dejara de meterme en su vida, que Zoe era su hija, que ella bien sabía lo que tenía que hacer, que mejor me ocupara de arreglarme con mi propia hija, que bastante mal estaba Camila por si no me había dado cuenta. Ana María le clava, y así lo siente, como un clavo, su sonrisa ¿y usted se había dado cuenta? Ella se queda, busca la palabra… desarmada. Es difícil darse cuenta de cómo está Camila, es hermética. Y que Camila sea hermética no es signo de preocupación… Está fastidiada, todos se la agarran con ella. Vengo acá para que me ayuden no para que me reten, quisiera decir. Es su temperamento contesta. ¿Siempre fue así? Ella se queda reflexionando. No, de chiquita era un cascabel. De chiquita era un cascabel admite. ¿Puede recordar cuándo comenzó a cambiar? Ella vuelve a quedarse pensando. Tal vez demasiado porque Ana María indica dejamos acá, seguimos con el tema la semana próxima, tarea para el hogar.
¿Cómo te fue en sesión? pregunta Ariel. Fui con una preocupación y salí con otra. Contame dice él tomándole las manos, es tan afectivo, piensa ella, regalo de la vida. Entré con Zoe y salí con Camila resume. Y él le va preguntando, la va ayudando a atar cabos, a reflexionar. No sé para qué le pago a Ana María le dice y recuerda que en una oportunidad le comentó lo mismo a Sebastián. Siente una punzada. Hace mucho que no tiene con su hijo una conversación personal. Y ahora que estoy junto a ti/parecemos, ya ves, dos extraños/lección que por fin aprendí/como cambian las cosas los años[1]… que hermoso lo canta la Varela. ¡Claudia! exclama Ariel. Me fui, otra vez me fui, diagnostica.
Cuando llega a su casa encuentra a Candela en la cocina. ¿Y Zoe? pregunta ella. Está arriba, con Cami y con Mobi, obvio contesta su hija. Mi hija mayor, piensa. Me avisó Fer que venían a cenar, que traían unas empanadas, que fuera encendiendo el horno. Así es mi familia, evalúa, aparecen cuando quieren y cuando no quieren se repliegan, determina pensando en Sebastián. Deja las cosas en su cuarto y se encamina a poner la mesa. Ya es una costumbre el living-comedor. Abre el cajón de los cubiertos, pero luego lo cierra. Con empanadas no hacen falta, decide. Busca las servilletas de papel. Son las últimas, deberá reponerlas. Media hora después son seis alrededor de la mesa y Mobi, debajo. Cuando ella trae el café, Manuel se incorpora y con la cucharita golpea el vaso. Tenemos una noticia para darles informa. Quizá todos recuerdan el anuncio del casamiento y la rabieta de Fernanda porque se hace un silencio abrupto. Silencio roto por su hija que exclama ¡estoy embarazada! Revuelo de abrazos, brindis, proyectos. Alegría. Mi familia sigue creciendo, piensa. Ya en la cama reflexiona. El amor no se reparte, la llegada de un nuevo destinatario no le resta nada a los anteriores. El corazón, y se siente cursi al situar allí los afectos, genera una nueva cámara exclusiva. Una porción que antes no existía y que solo se evidencia en presencia de ese interesado. A veces le duele el cuerpo por contener tanto amor. Y hoy se acaba de abrir otro cajoncito. Para el bebé de Fernanda.
[1] “Como dos extraños”, tango de José María Contursi y Pedro Láurenz, cantado por Adriana Varela.
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¿Cómo terminó el incidente? pregunta Ana María. Hoy llegué al taller recién a las doce y fui directo al privado; en el cajoncito estaban los doscientos pesos, en billetes chicos. ¿Preguntó quién los había puesto? No, no quiero saberlo, me resulta intolerable comprobar que traicionaron mi confianza; y más aún correr el riesgo de enterarme de que alguna que quiero particularmente pueda ser la responsable. Ana María se queda en silencio. Anoche no dormí, una astilla clavada bajo la uña; no creo que pueda reponerme; es como… como dejar de creer en los Reyes, es irreparable; me arrancaron la ingenuidad, la convicción de que nadie a quien quiero pueda desear hacerme daño; me arrancaron la confianza dice y esconde la cabeza entre las manos. Me parece que su reacción es desmedida en relación con lo acontecido Ana María hace una pausa y luego pregunta Claudia, ¿recuerda alguna otra situación en la que haya sido objeto de un robo? Ella sacude la cabeza no, nunca me robaron. Segundos después recupera la imagen de dos billetes arrugados sobre su mesa de luz. Cruza los brazos y se ovilla sobre sí misma. ¿Qué sucede, Claudia? inquiere Ana María. ¡Candela me robó! exclama. ¿Candela?, nunca me lo comentó. Sí, cuando era una nena, diez años tendría, como ahora, la plata reapareció mágicamente. ¿Tiene la certeza de que fue ella? pregunta la mujer. La carita la vendió contesta. ¿Y usted cómo reaccionó cuando encontró el dinero? No le dije nada. El incidente, entonces, transcurrió sin consecuencias… No, perdí la confianza plena en ella. Claudia, era una nena; seguramente buscaba llamar su atención. Puede ser contesta escueta, ella. ¿Recuperó la confianza plena en Candela? Ella se queda reflexionando. No lo sé dice.
Al salir de lo de Ana María pasa por el outlet. No quiere volver a su casa, Candela está con una clienta. Saluda agitando la mano y va hasta el patio, Zoe la entretendrá. ¡Abuela!, ¡qué suerte que viniste!, esperá que te muestro la cartita que me escribió Paula hoy la recibe su nieta. Mi sol, piensa. Escucha la persiana cerrarse. Claro, ya es la hora. Su hija le da un beso. Hola, mamá. Mientras pone agua a hervir le pregunta ¿encontraste la nota que te dejé ayer? Ella la mira, desconcertada. Pase a la noche y saqué plata del cajoncito, hoy cuando llevé a la nena al colegio fui a pagar al vidrierista, le pedí recibo para que puedas descargar informa su hija mientras le tiende un papel. Ella lo mira, ciento noventa y ocho pesos. La chica busca en su bolsillo. Los dos pesos que faltan dice. Ella, hecha un impulso, abraza a su hija. ¿Qué pasa, mamá?
No le puedo explicar la mezcla de sentimientos encontrados; sorpresa, alivio, angustia; vergüenza sobre todo; yo había dudado de ellas, las condené sin pruebas. ¿Y el dinero regresado? inquiere Ana María. Me contó Rita que se reunieron y como ninguna confesó su culpa decidieron poner cada una lo que podía hasta llegar a la cifra; no supe qué hacer para disculparme, seguramente en ellas algo se rompió. Es interesante comenta Ana María una persona que no goza de su confianza plena fue el instrumento que el destino le trajo para recuperar la confianza plena en otras. Ella se queda reflexionando. Quizás ese abrazo que le dio a su hija mujer continúa Ana María es el abrazo que le faltó a esa nena a la que dejó sin palabras. Ella se endereza en el sillón. No entiendo dice. Nunca le preguntó a su Candela niña qué le pasaba. Ella permanece en silencio. Hace unas semanas tampoco pudo contestarme por qué o desde cuándo Camila es tan hermética; quedó sumamente sorprendida cuando Fernanda le contó que siempre se había sentido de segunda a pesar de que usted la considera su mano derecha; ni hablar de cómo lleva Sebastián la distancia que al parecer Belén le exige; me parece que en su familia, a pesar de ser tan próximos, no es moneda corriente hablar de los sentimientos. ¡Cómo si alguna vez a mi madre le hubiera importado lo que yo sentía! exclama ella, francamente enojada. Dejamos acá dictamina Ana María incorporándose.
Está furiosa. Se pasó la vida deslomándose por los suyos y ahora parece ser que la culpa de cuanto percance pueda ocurrir es de ella. Tal vez llegó la hora de suspender su terapia. Últimamente en lugar de aliviarla la angustia. Le avisa a Camila que llegará más tarde y se va a lo de Ariel. Le dará una sorpresa. Él sí que la valora como madre, se lo dice todo el tiempo. Necesita escucharlo. Quizás así pueda dejar de escuchar su voz interior. Y la de Ana María, sobre todo.
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Le dije a Zoe que cuando tenga dieciocho le voy a contar quién es el padre informa Candela a boca de jarro mientras comen una pizza en la esquina del outlet. Me parece bien, es lo que yo le prometí a Camila dice ella. Ya sé, me contó Zoe. Ella, y se acuerda de Ana María, repara en que Candela necesitó enterarse a través de la nena. ¿Sabés algo de Mike? le pregunta porque, aunque no se lo haya contado a Zoe, ella conoce bien quién es su padre; anotó en un papel en un sobre cerrado nombre y apellido, nunca se sabe qué puede pasar, piensa y al pensarlo recuerda los datos que también Sebastián conserva de Leonardo. Hace poco lo encontré por Internet, al menos está vivo, tiene publicados un montón de artículos, en uno figuraba su mail. ¿Nunca le escribiste? ¡No!, ¡él me apartó de su lado como a un perro!; busqué su rastro solo por Zoe; ¿vos sabés algo del padre de Cami? Tengo su mail y su compromiso de actualizarlo si lo cambiara. Es absurdo, evalúa ella, diez años Zoe y dieciséis Camila y es la primera vez que mantenemos una conversación sobre el tema. Se acerca una clienta que las saluda, borrando el tema de un plumazo. Ella mientras sirve Cocacola en ambos vasos quisiera preguntarle qué color de los vestidos nuevos sale más, sin embargo, inspira hondo e inquiere ¿te acordás de que una vez, cuando tenías la edad de Zoe, me robaste? Los colores suben a las mejillas de la chica. Sí admite mirando el mantel. ¿Para qué precisabas la plata? Candela hace un largo silencio, luego levanta la vista, la mira fijo y dice Juan me pedía plata. ¿Juan?, ¿el sobrino de Gloria?, ¿Juancito? Su hija asiente con la cabeza. ¿Para qué?, ¿por qué? Para que no te contara que él me tocaba, que él me tocaba y yo me dejaba, eso decía que te iba a contar que yo le pedía que me tocara. Ella siente que el aire la abandona. Me voy a morir, decide, esto no lo puedo soportar. Toma un vaso de agua, Cuando logra recuperar la respiración se anima a preguntar ¿y eso era cierto? Era cierto que me tocaba, no que yo le pedía. Ella recuerda que el muchacho estaba muchas veces en lo de Gloria, era su ahijado, además. ¿Desde cuándo? No sé, desde siempre, desde que era muy chiquita. Ella se agarra la cabeza con ambas manos. Candela le toca el brazo. Quedate tranquila, mamá, solo me tocaba y me obligaba a que lo tocara, nunca me violó. ¡¿Cómo voy a quedarme tranquila?!, ¿por qué nunca me contaste? Candela se encoge de hombros. Él me decía que la culpa era mía; cuando se fue a Malvinas yo rezaba para que lo mataran, pero volvió: por suerte después se fue a vivir al sur, ahí fue cuando me pidió la plata. Ella recuerda los terrores nocturnos de su hijita, los problemas en la escuela, recuerda tantas cosas. Recuerda el Escuela para padres donde ella buscaba soluciones que nunca hallaba. Recuerda también que Elena le insistía para que mandara a la nena a terapia. Se descubre la cabeza y mira a su hija. Perdón, hija mía pide. ¿Perdón por qué?, vos no tenías la culpa. Yo no me di cuenta. Siempre andabas a mil para darnos de comer. Perdón insiste vos me diste muchas señales y yo miré para el costado. Ya está dice Candela sobreviví se sirve Cocacola y agrega nunca se lo conté a nadie, ni en terapia inspira hondo y exhala con lentitud me siento más liviana. Ella quisiera decirle que el peso que se sacó de encima la está aplastando a ella, que ojalá no se lo hubiera dicho, que hubiera muerto sin saberlo, pero recuerda la frase de Ana María sobre las emociones y las acciones. Entonces toma la mano de su hija, la oprime fuerte y dice gracias por contármelo. Los ojos de la chica se llenan de lágrimas.
70
A duras penas logra recuperar la calma necesaria para arrancar el auto. Los ojos cegados por las lágrimas, maneja a mínima velocidad. Cosecha bocinazos a los que ni responde. Estaciona y se queda en el auto como diez minutos intentando serenarse. Cuando lo logra, baja. Ahora le toca Camila.
Saca del congelador unas milanesas y las pone en el horno. Busca un sobre de puré Chef. Ella tiene el estómago estrangulado, pero Camila se merece algo rico. Ya están terminando de cenar cuando ella se decide ¿por qué nunca trajiste un chico a casa? La chiquilina la mira, con una sonrisa… despectiva, califica ella. ¿A qué viene tu pregunta? Ella la mira de frente. A que quiero saber. ¿Estás segura? Ella calla. Estoy enamorada de Laura. Ella siente que las piezas empiezan a calzar. Los pantalones, el negro, los aros, el pelo corto, el hermetismo. Siempre lo supe, evalúa. Los ojos de su hija la perforan. ¿No vas a decir nada? Sin embargo, se resiste a admitirlo. Ya se te va a pasar, es común a tu edad estar confundida. Camila está pálida. Eso quisieras vos, pero estoy cero confundida, lo tengo clarísimo, la amo desde que tengo doce años; lo lamento, mamá, no te salí normal, una de cuatro no está tan mal, consolate con el resto dice, tira la servilleta sobre el plato y sale de la cocina dando un portazo. Ella se queda sentada un largo rato. Ana María se equivocó, ella no estaba preparada.
Sale antes de que Camila se despierte. No quiere verla. No puede verla. Está yendo para el taller cuando decide que no quiere ver a nadie. Se mete en el primer bar que se cruza en su camino. Un café doble pide, porque no desayunó. Ni pensar en comer. Casi no durmió. Su teléfono suena, pero no lo atiende. No está en condiciones. Vuelve a sonar. Lo toma. Corta y teclea. Hola escucha. Soy Claudia, ¿podría atenderme de nuevo hoy?
Se mira en el espejito del coche. Tiene los ojos hinchados. Lloró toda la sesión. Se los restriega. Mira el reloj: si se apura, llega. Si la viera manejar, Ariel la retaría. Ariel. Estará furioso con ella, desde ayer no le atiende el teléfono. Pasa un semáforo en rojo, pero llega. Cultural Inglesa. Deja el auto en doble fila hasta que la ve salir. Le toca la bocina. La cara de sorpresa de la chica. Sube. ¿Vamos a comer algo? propone ella. Camila se encoge de hombros. Ya el el restaurante ella habla de trivialidades, la chica a gatas contesta. Después de que hacen el pedido ella le toma ambas manos y se las oprime. Contame, por favor le pide. ¿Sin anestesia? pregunta su hija, con una sonrisa tímida. Sin anestesia responde ella, con una sonrisa franca.
71
Fernanda y Manuel aparecen con unas pizzas. Ya le avisé a Candela dice su hija. Así son mis hijas, resuelven por la suya, piensa ella, sonriendo sola. Ariel me dijo que iba a pasar, ¿te molesta? pregunta ella. Fernanda la abraza es tu casa, mami le recuerda por las dudas trajimos unas empanadas también. Ya todos sentados, Fernanda enarbola un sobre la primera foto de mi hijo anuncia. La ecografía va pasando de mano en mano. A ella la mortifica verla en las manos de Ariel. Cuando llega a Zoe la desilusión tiñe su carita. Yo no veo nada dice. Manuel va señalando la cabeza, los pies… La nena menea la cabeza eso no es un bebé protesta. En esas están cuando suena el timbre. Se miran con desconcierto. Camila va a abrir. Ella escucha la vocecita de Bautista, ¡mish! Vinimos a cenar a casa de unos amigos acá cerca y pasamos a saludar dice Sebastián. Silencio de misa. Sebastián y Belén entran en el comedor. Mirá a tu sobrino dice Fernanda tendiéndole a su hermano la ecografía, quizá tratando de distraer la atención. La pareja va besando a los comensales. Ariel lo presenta ella cuando llegan junto a él. Y como necesita decir algo informa un amigo. Zoe exclama ¡qué decís, abuela, si es tu novio! Los ojos de Sebastián y Belén se agigantan. Ella pesca un rápido cruce de miradas. Bueno, mejor nos vamos dice su hijo ya es tarde para el nene. Nene que hace una rabieta cuando lo apartan del gato. Candela los acompaña hasta la puerta. Ella se siente morir.
No durmió en toda la noche. A las ocho, con el corazón a mil, llama a su hijo. Mirá, mamá, tenés todo el derecho del mundo de formar una pareja; prefiero no hacer comentarios sobre la edad del elegido; pero lo que no te puedo perdonar es que me hayas mantenido al margen, como si yo no formara parte de la familia, ¿hasta cuándo me lo ibas a seguir ocultando? Hijo, por favor, encontrémonos y te voy a explicar. No me interesan tus explicaciones, ni la del resto de tu corte que me engañaron tanto como vos dice Sebastián en un tono que ella desconoce. Y corta. Absurdamente acude a su mente el título de un cuento no recuerda de quién. El infierno tan temido[3].
Se adelantó a avisarles a sus hijas que ni se les ocurriera organizar un festejo para su cumpleaños. Gran desencanto, seguramente ya tenían algo planeado. Solo accedió a que cenaran en un restaurante. Insoportable pensar que alrededor de su mesa va a faltar Sebastián. Mi único hijo varón, piensa. Mi primogénito. Ya lo habló con Ariel, no quiere que él vaya. Ya festejarán juntos otro día. Aunque siente que no tiene nada que festejar. Ana María intentó hacerla reflexionar. Tantas otras cosas en su haber. La llegada del nuevo nieto, la aproximación a Candela y Camila, la incorporación de Ariel a su familia. Nada le alcanza. Le duele la pérdida de Bautista, claro, pero la pérdida de Sebastián es absolutamente intolerable. Me arrancaron un brazo, piensa. Y luego se corrige, un riñón, un pulmón. El corazón.
Cuando llegan al restaurante ya están todos sentados. Zoe corre a abrazarla ¡Abuela! exclama. Ella intenta colgarse una sonrisa. Los demás no tienen la culpa. La cena transcurre en armonía. Por momentos se descubre sonriendo. Finalmente llega la torta. En eso no cumplieron. Le echa una mirada admonitoria a Fernanda que solo se encoge de hombros, sonriendo. Un 50 rodeado de velitas. ¡No te olvides de los tres deseos, abuela! dice Zoe. Ella cierra los ojos. Un único deseo triplicado. Mientras sopla piensa perdón, hijo. Una hora después camina hacia el coche, adelantada del resto. Tenía veinticinco y tengo cincuenta, piensa. Es el doble, pero soy la mitad, evalúa. No puedo vivir sin él, decide, tendré que recuperarlo. Como suele sucederle una frase acude a su mente. Pensaré en eso mañana[4]. Y a continuación otra. Después de todo, mañana será otro día[5]. Mañana.
[1] “La noche del oráculo”, Paul Auster.
[2] “Harry Potter y la Orden del Fénix”, J.K. Rowling
[3] “El infierno tan temido”, Juan Carlos Onetti.
[4] “Iʼll think about that tomorrow”, de la película “Lo que el viento se llevó”, dirigida por Victor Fleming, pronunciada por su protagonista, Scarlett OʼHara, interpretada por Vivien Leigh.
Fines de enero. Fernanda y Manuel se fueron a pasar una semana a Mar del Plata y se llevaron a Camila. Ariel le propuso pasar unos días en algún lado, pero ella no quiso. Candela suele ir los fines de semana a la quinta de los padres de Lucas, un muchacho con el que está saliendo, con Zoe, por supuesto. Aunque la invitó un par de veces ella se negó. Elena de vacaciones, intenta sin suerte arrastrarla al cine Necesita estar sola, Mobidick por única compañía. El bichito no habla, no pregunta, se contenta con que lo alimente y con alguna caricia aleatoria. La mitad de sus empleadas está de vacaciones, el taller funcionando a media máquina, nunca mejor usada la expresión. El calor abrasa Buenos Aires. La abomba. Cerró el local por una semana. Y cuando regrese Lucy de Corrientes, el que cerrará será el outlet, Candela precisa descansar antes de que Zoe comience las clases. Por las mañanas se da una vuelta por el taller y va a hacer alguna compra. Con estas temperaturas ir al Once es una pesadilla. Pasa las tardes tirada en la cama, casi desnuda, con el ventilador. A la nochecita suele aparecer Ariel con algo para comer. Una pizza, empanadas, fiambre. Desde que se fue Camila que no cocina. Que no limpia la casa. Ariel se ocupa de lavar los platos después de cenar. Hacen el amor poco y nada. Ella no tiene ganas. Podría justificarse ante sí misma con la menopausia, sin embargo, ella sabe que la punta del ovillo es la desaparición de Sebastián. La culpa arrasó con su líbido. Cómo explicárselo a Ariel, cómo pretender que la entienda. No es desamor, nada más lejano. Recuerda los cuatro deditos de Sebi y su pulgar flexionado. Ahora también, más allá de yerno y nieta, son solo cuatro. Pero ese cuatro antes incluía a todos y hoy es cinco menos uno, y eso ella no lo puede tolerar. La última sesión Ana María, porque para colmo se tomó vacaciones, le preguntó si el alejamiento de alguna de sus hijas le produciría el mismo efecto. No supo contestar. Sebastián siempre fue diferente para ella, aseveración que no tiene que ver con la cantidad de amor. Aportó a su vida la estructura, el sentido común, la rectitud, la coherencia. De la alegría se hicieron cargo sus hermanas. Él, por momentos, casi siempre en realidad, fue un adulto a su par. La ayudó a tomar decisiones, a hacer cuentas, a realizar trámites, a cuidar a sus hermanas. Nunca supo bien lo que sentía su hijo. Quizás a ella le resultó más sencillo dar por sentado que su equilibrio, su mesura, su serenidad eran garantía de que no existían en él zonas oscuras. Impensable suponerle angustias. Él no, en alguien necesitaba descansar. Recuerda la charla en que Fernanda le echó en cara su supuesto segundo lugar. En distintos frentes Sebastián y Fernanda la sostuvieron. Él en lo formal; ella, en lo emocional. Retoma la imagen de los amores y los cajoncitos. Así como la aparición de uno nuevo no menoscababa los anteriores, tampoco servía de compensación por la pérdida de un amor inicial. Mira el reloj. Ya las siete. Haciendo un esfuerzo se levanta. La cocina ya no da para más. Barrerá y pasará un trapo y después se dará una ducha. Ariel no va a tardar mucho en llegar.
Último año de Camila. Increíble. Último año de secundario de sus hijos. La escolaridad de esta chiquilina cursó como agua de un arroyo. Sin tropiezos, cristalina, siempre para adelante. Salvo la vez que la llamaron luego del accidente de Zoe, nunca tuvo entrevistas ni con maestros ni con profesores. Jamás la vio angustiada ante un examen, ni estudiando en demasía. Como si la adquisición de conocimientos fuera algo natural en ella sin necesidad de esfuerzo alguno. Sebastián siempre se destacó en todo, más aún que Camila, a la que ser abanderada parece tenerla sin cuidado. Sin embargo, ella tiene registro de las noches sin dormir de su hijo, los fines de semana sin salir, su escritorio tapizado de papeles y libros. Camila no. Ella aprende por ciencia infusa. Sí, la facilidad de Camila es sobrenatural, como suele decir Candela. Se pregunta ahora si Leonardo será una persona muy inteligente, no tuvo oportunidad de comprobarlo. El tema es que Camila termina este año el secundario. Ayer estuvieron charlando, porque últimamente conversan bastante, sobre sus intereses. La chica le dijo que su sueño es estudiar Ingeniería Nuclear en el Instituto Balseiro. Ella se quedó pasmada. Siempre supo que su hija tenía facilidad para las exactas, como para todo, sin embargo, siendo la muchachita tan lectora, pensó que se iba a inclinar por las letras. ¿En Bariloche? preguntó eso saldrá carísimo. Camila le explicó que el instituto otorga becas con las que podría costear estudio y alojamiento. El hermano mayor de Laura está estudiando ahí, por eso me enteré dijo. ¿Por qué allí? cuestionó ella. Es el mejor lugar para estudiar lo que a mí me interesa contestó Camila, rotunda. ¿Lo hablaste con tus hermanas? Sí, me alientan, aunque no entienden nada; me gustaría charlarlo con Sebastián, pero como están las cosas… A ella se le partió el corazón. Lo tiene partido. Que Sebastián haya cortado relación con ella es doloroso, sin embargo, que en su furia haya arrastrado a sus hermanas es intolerable. No sabe qué hacer, si decirle a Camila que intente comunicarse con su hermano y arriesgarla al rechazo o tratar de interceder ella. Mientras espera que hierva el arroz toma la decisión. Lo que importa es Camila.
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Cuando pasa por el outlet Candela propone una noche de estas Lucas podría ir a cenar a tu casa, ¿qué te parece?, Zoe le habla tanto de vos que te quiere conocer. Ella oculta su sorpresa. No recuerda cuándo fue la última vez que Candela le presentó un novio. ¿Enzo? Por supuesto. ¿Hoy podrás? Claro asiente mientras piensa qué cocinará ¿le decimos a Fernanda? No, prefiero que no, igual ellos ya lo conocen. Emociones contradictorias. Le encanta que sus hijas sean compinches, le duele que la dejen de lado. Aunque tiene que reconocer que Candela la invitó a la quinta, fue ella quien no quiso. Son celos, evalúa. ¿Come de todo? averigua. De todo menos pollo, de chico se intoxicó y desde entonces lo detesta, ¿por qué no te preparás un pastel de papas?; el otro día comentó que estaba antojado y yo le dije que a vos te sale riquísimo. Un engorro el pastel, tendrá que ir a comprar carne picada y le parece que se quedó sin papas; manteca cree que hay y leche, seguro. Hace mil que no hace. Si querés invitalo a Ariel dice Candela. Lo voy a pensar dice ella y piensa además que lo único que falta es que sus hijos le den permiso.
Para usted dice Lucas tendiéndole un ramo de flores. Muchas gracias y tuteame por favor, no soy tan vieja. Candela lo conduce al comedor. Cuando ve los cuatro platos pregunta ¿Ariel no viene? No contesta ella y se dirige a la cocina a toda marcha para evitar explicaciones. Porque no tuvo ganas de invitarlo. Sería sumarle a las traiciones a Sebastián una nueva traición. Desde la cocina indica Camila pone el posafuente que ya voy con el pastel y pela. Cuando lo deposita, Lucas informa me encanta el pastel de papas. Espero no defraudarte dice ella y piensa que a Sebi también le encanta. Pareces Menem, mamá comenta Candela. Ríen.
Tratando de vencer su inercia, después de semanas, barre el piso del living. Camila tirada en el sillón, libro en mano, Mobi a sus pies, dice como al descuido hoy me encontré con Sebastián. La escoba cae al suelo. Ella se apresura a recogerla. La chica le dirige una mirada rápida y continúa me dijo que le habías escrito pidiéndole que me orientara con la facultad. A ella le cuesta respirar, pero intenta simular naturalidad. ¿Y? Me orientó, buscó información y me la dio. Como la chica retoma su lectura pregunta ¿de qué charlaron? De eso, del Balseiro, le parece una buena decisión. ¿De algo más? No, mami, y no jodas, déjame que estoy leyendo dice y reacomoda los almohadones. Tendría que estar contenta y no lo está. Intenta entrar en razones. Te dijiste, Claudia, que Camila era lo que importaba; ya logró que el hermano la ayudara, eso te debiera alcanzar. No le alcanza, la angustia que le sube del abdomen es la prueba de que, claramente, no le alcanza.
Ella tiende la cama mientras Ariel se ducha. Ya en la cocinita pone agua para el café. Lo precisa. Las tres de la tarde, casi, tendrá que apurarse, el contador quedó en pasar por el taller a las cuatro. La verdad es que desde que subió Kirchner, ella no lo votó porque ni lo conocía, la economía va mejor. Se nota en la calle la reactivación. Está pensando en remodelar el local y el outlet. Candela es la que más insiste. Se están quedando viejos, mamá. Allí está su cabeza cuando Ariel se aproxima. Lo observa: tiene mala cara. Serio de toda seriedad, evalúa. ¿Te pasa algo? le pregunta. A la que le pasa algo sos vos contesta y ella se arrepiente de haber abierto la boca. Lo único que me pasa es que estoy apurada dice mientras sirve las tazas. No soy idiota replica Ariel. De reojo ella controla la hora, sin embargo, él capta su mirada. Andate no más dice pero nos debemos una charla. ¿Querés venir a cenar? propone ella. Ariel cabecea. Prefiero que no sea en tu casa. Ella se alarma. ¿Desayunamos mañana?, abro el local y luego estoy libre, tipo nueve, ¿me buscás allí? De acuerdo accede él. Ella apura su café, agarra la cartera, le da un beso en los labios y sale. Él no pronuncia una palabra.
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Sube por las escaleras porque no tiene paciencia para esperar el ascensor. Golpea en la puerta de habitación indicada. Le abre un Manuel demudado. Recién le pusieron la peridural informa en un murmullo. Ella entra y acerca a su hija. Le toma la mano. No aguanté, mami, duele mucho parece la chica pedirle perdón. Está todo bien, hijita intenta tranquilizarla. Ruidos. Entra un enfermero con una camilla y la lleva a sala de partos. Manuel va tras ella. Media hora después ese mismo Manuel con ambo celeste y cofia sale para anunciarle. Las dos están muy bien, Ema pesó casi tres kilos y medio. Ella lo abraza. ¿Le podés avisar a mis viejos? pide el muchacho. ¡Enseguida! Ella lo traiciona porque primero llama a Candela, a Camila, a Elena, a Rita, a Gloria y a Ariel. Recién repara en que no canceló el encuentro. Qué importa ahora. Está feliz, después de mucho tiempo está feliz. Felicidad que se opaca cuando registra que ni pensó en llamarlo a Sebastián. En todo caso Camila será la vocera, si es que Fernanda autoriza. Sube hasta la habitación. Golpea. No responden. Abre. No hay nadie. Ve entonces una camilla que se acerca precedida por Manuel. Hola, abuela le dice una Fernanda rozagante. La introducen en la habitación. Minutos después abraza a su hija. Contame todo pide ella. Salió en dos pujos es preciosa, ya vas a ver. Palabras premonitorias porque llega una enfermera transportando la cunita. Se la dejo dice luego vendrá la puericultora a indicarle cómo darle de mamar. ¿Puedo? pregunta ella. Hace de cuenta que es tu nieta responde Fernanda sonriendo. Ella alza a la beba. Amor a primera vista, piensa, se empezó a llenar el cajoncito de Ema. Es bonita de veras, una nariz de botón. Voy a hacer unos trámites informa Manuel. ¿No la ves parecida a Zoe? pregunta y cuando gira para recoger la respuesta observa que la sábana de su hija está llena de sangre.
Enfermeras, médicos, camillas, gritos. El útero no se cerró, nunca ocurre, pero esta vez ocurrió le explica una doctora. ¿Es grave? pregunta ella tomando la voz de un Manuel mudo. Sí, habrá que transfundirla, perdió mucha sangre ella se tambalea, Manuel la sostiene del brazo confiemos en que la oxitocina haga su efecto y que no se precise operarla. Su canal de protección interna le bloqueó los oídos. Se detuvieron en la transfusión. Fernanda es A Rh negativa, la única que salió con el mismo grupo que yo. ¿Usted podría donar? inquiere la mujer. Por supuesto. ¿Está en ayunas?, porque es urgente.
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Fernanda no quiso avisarle a Sebastián. Él sabía que yo estaba embarazada, si le hubiera interesado, se habría comunicado. Todos están doloridos. ¿Quién es la víctima?, ¿quién el victimario?, ¿hay culpables e inocentes?, ¿o solo una madeja absurda de desaciertos producidos por el temor de perder ese amor que al fin se le arrancó a todos de cuajo? Zoe baila en el patio al son de Vicentico. Cuando estaba pequeñito yo creía/que las cosas eran fácil como ayer/que mi viejecita buena se esmeraba/por darme todo lo que necesitaba/y hoy me doy cuenta que tanto así no es/Porque mi viejita ya está cansada/de trabajar pa' mi hermano y pa' mí/y ahora con gusto me toca ayudarla/y por mi vieja lucharé hasta el fin[1]. ¡Sacá eso por favor! grita ella desde la cocina porque esa letra la angustia. La nena parece no escucharla porque sigue meneándose. Los caminos de la vida/son muy difícil de andarlos/difícil de caminarlos/yo no encuentro la salida. Va corriendo hasta el patio y sacude el brazo de Zoe. ¡Te dije que sacaras eso! grita. ¡Perdón, abuela!, ¿qué te pasa? ¿Qué le pasa? Que ella tampoco encuentra la salida.
El susto pasado, Fernanda y Ema ya en su casa, no hay lugar para más postergaciones. Ahí va ella al encuentro de Ariel. En Los Cocos como tantas veces. Sin embargo, hoy no es igual. Él espera explicaciones y ella no sabe qué va a decirle porque sigue sin encontrar la salida.
Ya está, se dice, mientras va hacia el taller. A mitad de camino se arrepiente. No estoy en condiciones, admite y se dirige hacia su casa. Caminando porque ni recuerda dónde dejó el auto. Llega y se tira sobre la cama. Mobi tras ella, pero hoy no tiene ánimo ni para acariciarlo. Por suerte Camila en inglés. Ariel fue terminante. Así no podemos seguir. Y ella no está para compromisos ni convivencias. Sabe que Ariel no tiene la culpa, sin embargo, una porción de ella ignorante y primitiva se la adjudica y enuncia una ecuación pueril más Ariel igual menos Sebastián. Está bien. Así debe ser. El final llegaría más tarde o más temprano. Ella se había prometido a sí misma liberarlo para que él pudiera armar su propia vida. Ya está. Ariel fue un regalo de la vida que ella terminó pagando carísimo. Sin embargo, pucha como duele. Le duele en el cuerpo, le duele en el alma. Ya está, Claudia, se dice mientras entierra la cara mojada en la almohada. Mobi se adosa a su costado. Ella lo abraza. Y tu sombra, aún/se acuesta en mi cama/con la oscuridad/entre mi almohada/y mi soledad[2].
[1] “Los caminos de la vida”, Vicentico.
[2] “Lucía”, Joan Manuel Serrat.
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Un idilio con Ema. La chiquita es solidaria, dictamina ella, sabe que su mamá tiene que trabajar y colabora. En su propia casa no la ha visto tan tranquila. En la de su abuela no se la escuchó. Tomó su mamadera a la hora pautada, hizo provechito, no protestó cuando el cambió los pañales y luego se durmió. La maravilla de esas primeras sonrisas. La humanidad renaciendo, como si nunca hubiera existido un bebé antes. Trece y veinticinco el ruido de la llave. Ella alza a la nena. Mira quién vino le dice mientras la lleva hacia el patio. Fernanda la confisca y la aprieta contra sí. Tanto te extrañé le murmura. Sentadas en la cocina, mientras Fernanda amamanta a la beba, ella anuncia terminé con Ariel. La cara de sorpresa de su hija. ¿Por qué? Últimamente no andábamos bien… Sí dice Fer apartando a la chiquita del pezón, alzándola y golpeándole la espalda últimamente desde que Sebastián se borró del mapa. Ella intenta desestimarla. Mirá, mami, desde ese instante sos otra, perdiste la luz; Sebastián es muy egoísta, no mide las consecuencias de sus actos; hizo un berrinche de mocoso y nos arrastró a todos en la volada; seguro que es Belén que le calienta la cabeza; él se considera por arriba de todos, ¿qué es lo que no nos puede perdonar?, ¿que te hayamos apoyado sin juzgarte?, ¿que nos alegráramos de verte feliz?; él se sintió herido, lo entiendo, pero seguramente no se detuvo a pensar por qué solo a él no te animaste a contarle. Fernanda va subiendo el tono de la voz, tanto que la chiquita comienza a llorar. Tomá dice su hija tendiéndosela estoy furiosa; fue más importante hacerse el ofendido que conocer a su sobrina; casi me muero y él ni se enteró, ¡soy yo la que no lo puedo perdonar! exclama llorando. Ella está azorada. Esta también es Fernanda y recuerda su exabrupto el día que les anunció que se casaba. Cuánta furia interna. ¿Seguís haciendo terapia? es lo único que le nace preguntar mientras mece a la beba. No, me había dado el alta, pero por este tarado voy a tener que retomar, estaba segura de que cuando se acercara la fecha del parto, él la conocía muy bien, se iba a acercar. Suena el timbre. Debe de ser Manuel dice Fernanda me dijo que si podía me pasaba a buscar. Se levanta y va hasta el baño. Ella, beba en brazos, se dirige a abrir.
Sentada en el banco de la plaza charla con Elena. La hubieras visto dice parecía una fiera. ¿Y cuál fue el detonante? pregunta su amiga. Ella no quiere decirlo porque al pronunciarlo cada vez es más realidad. Terminé con Ariel informa. Elena le toma las manos. Pero, ¿qué pasó?
Elena insistió tanto en que fueran a su casa para Nochebuena, sus hijas sus secuaces, que terminó aceptando. Ella no hubiera querido festejar. Este año perdió a los dos hombres de su vida, tres con el hombrecito. Argumento barrido de un plumazo por Fernanda. Tus cinco mujeres todavía existimos. Sigue tan enojada con su hermano. Ella no se animó a preguntarle a Camila si sus hermanas saben que se encontró con Sebastián. Lo único que falta es que surjan fisuras entre ellas. Todavía tiene que ocuparse de los regalos. Solo compró el de Zoe, y el de Candela en consecuencia. Su nieta, hace semanas, le rogó que le regalara las entradas para ir a ver a Callejeros. Esta nena se pasa la vida escuchando música, desde chiquita, demasiado para su gusto, pero Candela se lo alienta. Las que fueron madres adolescentes les cuesta a veces ponerse en su lugar de adultas frente a sus hijos, piensa. Ella intentó disuadirla, apelando a su edad. Me contó mami que cuando ella tenía doce años la acompañaste a un recital de Soda Stereo. Cómo olvidarlo. Un mes antes de su cumpleaños empezó a pedir las entradas como regalo. Pidió, rogó, exigió, amenazó. Tanto insistió que se salió con la suya. Tan flaquita Cande, tan chiquita que ella temió se la aplastaran. Jamás la vio tan feliz. Estuvo de parabienes con ella como dos semanas. Luego volvió a las andadas. Nunca se llevaron bien. Yo tengo once, pero me falta poco para los doce. Los argumentos de su nieta fueron convincentes. Lo charló antes con Candela que estuvo de acuerdo. Esa nena te maneja; espero que con Ema seas igual protestó Fernanda. No hay un modo/No hay un punto exacto/Te doy todo[1]. Zoe es Zoe.
Mientras eleva la copa le surge la necesidad imperiosa de verlo a Ariel. Desearle felicidades sería un buen pretexto para escribirle. Desde que se separaron, salvo la vez que fue a su departamentito a buscar sus cosas, no volvieron a estar en contacto. Zoe le preguntó el otro día si no lo extrañaba. Porque yo sí añadió la nena. ¡Vaya si lo extraña! Fernanda se acerca con Ema alzada y la abraza. Feliz Navidad, mami. La beba aprovecha el acercamiento para tirarle del pelo. Ella toma esa manito redonda con hoyuelos y la besa. Mi fuerza son mis cinco mujeres, piensa.
Está adobando el peceto que llevará mañana a lo de Fernanda. Mira la hora antes de poner la carne en el horno. Once menos cuarto. Al menos precisará una hora. Serán ellos siete nomas. Almorzarán con los padres de Manuel el primero. Es raro que la casa de una de sus hijas sea la sede de la cena de fin de año. Primera vez de muchas, seguramente. Camila se ofreció a pelarle las papas para la ensalada, pero por el momento está tirada en el sillón, viendo televisión. ¡¡Mamá!! grita de pronto. Ella se seca las manos en el repasador y va. ¡Se incendió Cromañón! Alcanza a ver imágenes de gente corriendo y humo. ¡Voy para allá! decide sacándose el delantal. Yo también dice la chica. No, vos quedate, por si se comunican, avisale a Fernanda, deciles que cualquier cosa me llamen al celular, tengo poca batería para colmo. Busca su cartera y sale.
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Corre hasta el auto. Le tiembla la mano, le cuesta embocar la llave. Finalmente arranca. Irá por Bulnes hasta Corrientes. Cuando llega la avenida está tapizada de ambulancias y carros de bomberos. Las alarman aturden. Dobla por Jean Jaures. Es imposible avanzar. Deja el auto delante de una entrada de garage y baja. Son unas cuadras. Será más rápido. Corre. Corre por la calle llena de gente que corre. Calle cada vez más llena de gente, más llena de gritos. Llega a Bartolomé Mitre. Lo que ve la paraliza. Coches de bomberos. Muchas ambulancias. Gente. Policías, médicos, pibes. Pibes sobre todo. Pibes semidesnudos, descalzos. Como puede, empujando, se acerca a Cromañón. Chicos tirados sobre la vereda. Otros asistiéndolos, abanicándolos, tirándoles agua. Mujeres intentando entrar al boliche. Marejadas de jóvenes saliendo con el torso desnudo y remeras envolviéndoles la cabeza. Cuerpos sostenidos de manos y pies subidos a autos. Otros cuerpos, supone, dentro de bolsas negras. Está paralizada. No sabe qué hacer, dónde buscar. Es mi culpa, dictamina, yo les regalé las entradas, en qué cabeza cabe, soy la única culpable. Suena su celular. La esperanza le vuelve al cuerpo. ¿Dónde estás? pregunta Manuel. Frente a la puerta. Yo en la esquina, esperame ahí. Cierra los ojos. Cuando los abre, su yerno la está abrazando. Me dijeron que llevaron pibes a la playa de estacionamiento, me voy a ir a fijar; vos mirá en estas veredas. Ella corre. Corre y se detiene ante cada chico tirado. ¡Los que estaban arriba no pueden bajar! escucha a una mujer. Por suerte ella les compró abajo, eran más caras. Una piba sale corriendo, en corpiño, la cara tapada. Hasta que de pronto, las rodillas se le doblan y cae. ¡Oxígeno! grita un hombre que empieza a masajearle el pecho. La calle está llena de gritos. ¡María!, ¡Pedro!, ¡Martín! Ella, entonces, grita también. ¡Candela!, ¡Zoe! Un bombero sale con un nene alzado. Lo deja sobre la vereda. No tendrá más de tres años. El hombre le hace respiración boca a boca. El nene no responde. Ella cierra los ojos. No puede mirar. Quizá todo es un mal sueño. Hace rato que tiene pesadillas, que duerme poco y mal. Cruza. La vereda de enfrente es la réplica. Fue un infierno dice un chico sentado contra la pared en cuanto empezó el fuego se apagó la luz, ahí todos nos desesperamos, empezamos a correr, a caernos, a tirar a otros, yo pude salir porque estaba cerca de la puerta. Ella se pregunta si las chicas estarían cerca de la puerta. Sigue caminando. Mira sin querer mirar. Una mujer encontró a su hijo. Muerto. Lo abraza. ¡Luis! grita mientras le golpea las mejillas ¡mirame! Suena el celular. Cierra los ojos mientras dice hola. No están en el estacionamiento, me dijeron que llevaron a muchos a los hospitales informa Manuel voy para allá. Ella, como una autómata, sigue caminando, sorteando gente. Entonces la ve. Tirada en la vereda, de espalda, la ropa hecha jirones, los ojos cerrados, Candela. Un enfermero está a su lado, en cuclillas. Ella se deja caer de rodillas. ¿Está viva? pregunta. Tiene pulso, bajo pero tiene le contesta voy a buscar una camilla para llevarla al hospital. Ella toma la mano de su hija. ¡Candela!, ¡Candela!, escúchame, soy mamá. Como por arte de magia aparece Manuel. Se agacha y le roza el cuello. Está viva confirma al tiempo que le oprime el pecho y le insufla aire en la boca. Ella se acuerda de Zoe y la pileta. Zoe, la tiene que buscar. No conseguí camilla, la vamos a tener que alzar dice. Manuel y el hombre la cargan y la depositan en el piso de una ambulancia donde ya hay un muchacho. ¿Adónde la llevan? pregunta ella. Al Ramos Mejía. ¿Qué hacemos? le pregunta a Manuel. Fernanda fue a dejar a Ema con Camila, espera instrucciones. Decile que vaya para el Ramos, vos ayudame a buscar a la nena. Mientras Manuel habla ella decide cruzar, sigue saliendo gente del local. Su celular vuelve a sonar. Mamá, encontré a Zoe informa Sebastián me avisó Camila, la nena está bien, quedate tranquila. ¿Dónde? En la plaza Miserere, una mujer la trajo para acá me dice. Estoy frente a Cromañón con Manuel, a Candela la van a trasladar al Ramos Mejía, está inconsciente. Una camilla se acerca a la ambulancia. Cargan otra chica en el piso. Ahora sí cierran las puertas. El vehículo arranca. Minutos después ve aparecer a su hijo con la nena alzada. Los tres se funden en un abrazo. ¡Abuela!, ¡casi me muero!, ¿dónde está mi mamá? La llevaron al hospital, chiquita. ¿Se va a poner bien? Ella solo contesta sí aunque no lo sabe. Sebastián le oprime el hombro.
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2005
Camila entra gritando ¡entré en el Balseiro! Ella deja la escoba y la abraza. No tenía dudas de que iba a aprobar. Su hija se enojaba cuando se lo decía. No tenés idea del nivel de dificultad, mami. Por primera vez la ha visto estudiar. Mucho. El fin de semana vino Sebastián y la estuvo ayudando con análisis matemático. Derivadas, integrales. Chino básico les decía ella cuando les llegaba café. Notable lo bien que se entienden su primogénito y su benjamina. El otro día le preguntó a Cami si le había contado de su sexualidad. Me imaginaba comentó su hermano. Lo único que me pidió es que no se lo dijera a Belén, tiene miedo de que me mezquine a Bauti. Le tiene miedo dijo ella, fastidiada. La quiere contestó la chica. Ella la miró sorprendida. ¿Esa era su hija combativa?, ¿dispuesta a esconderse para agradar a su cuñada? Hija que se desprende del abrazo y busca su celular. Le voy a avisar a Sebi anuncia. Recién después las llama a Candela y a Fernanda. A ella le duele, últimamente no se entiende. Fernanda suele llamarlo el hijo pródigo. El hermano pródigo de Camila, ahora. De esta Camila que se me va, piensa ella. Hace meses que se está haciendo a la idea de perderla. Contradicciones de su emocionalidad. Quiere que los sueños de su hija se cumplan. No quiere que se vaya. Camila ha vuelto a su lado. Está radiante. ¿Y Laura? le pregunta. La carita de la chica se apaga. ¿Querés que el sábado cenemos todos juntos para festejar? Dale, mami dice Camila más animada si viene Belén presentaré a Laura como a una amiga. Y quizá recordando otra situación desafortunada agrega le recomendaré a Zoe que no meta la pata.
Camila se ahorró el mal rato porque Sebastián vino solo, Bautista con fiebre. Están recogiendo los platos cuando Lucas se acerca. Necesito hablar con vos le dice en voz baja. Están buscando un horario cuando Ema entra tambaleándose y se aferra a sus rodillas. Bela, upa pide. Ella la alza y la besa en el cuellito. La nena ríe. ¡Oto má! exige. Zoe aparece en la cocina. Abuela, ¿me podés servir más helado? Lucas y ella cruzan la mirada. Sonríen. Ella baja a la beba que protesta. No hay manera de contentar a todos. Ella, al menos, ya renunció.
Entra al Havanna y recorre las mesas con la mirada. En el fondo descubre a Lucas. Le da un beso y se sienta. Estoy preocupado por Candela la recibe él. Mientras revuelve interminablemente el café lo escucha contar que su hija casi no come -ella reparó ayer en su plato lleno-, que tiene pesadillas -después el accidente están viviendo juntos-, que él se está haciendo cargo de cocinar para Zoe que está imposible. Yo tampoco puedo más dice el muchacho.
Se despide de Lucas y pasa por el outlet. Nada de lo contado parece ser real. Candela, bien vestida y maquillada, está atendiendo a una clienta. Quedó lindo el local. Su hija fue la que propuso las modificaciones, que bien que costaron. Le llegó en la tarjeta la cuota cinco de la pintura. Falta poco, solo una. Observa nuevamente a su hija. Sí, está más flaquita. Está muy flaquita. En cuanto la mujer sale con una bolsa de TripleC (Córdoba, Claudia, Candela) ella le propone. ¿Te paso a buscar al mediodía y comemos algo? La chica la mira sorprendida. Nos vimos ayer dice. Sí, pero hace rato que no charlamos. Bueno acepta su hija con escasísimo entusiasmo.
¿Vos qué querés? le pregunta a Candela, menú en mano. Desayuné tarde dice no tengo hambre. ¿Compartimos unos ñoquis?, hoy es veintinueve propone. Su hija se encoge de hombros. Llega la comida. Candela juguetea con el tenedor. Comé le indica ella tocándole el brazo estás muy delgada. Su hija la mira, se agarra la garganta y dice es que no me pasa, se me atranca. Tenés que ir al médico dice ella a lo mejor es una consecuencia del respirador. Candela cierra los ojos y hace una mueca con la boca. Cuando los abre dice, señalándose la cabeza es de acá, mamá. Entonces tenés que ir al psicólogo. No tengo fuerzas determina Candela. Ella le toma ambas manos y se las oprime fuerte. Quedate tranquila, yo me voy a ocupar. Es que salí pero una parte mía se murió adentro. Estrés postraumático, piensa ella, el otro día leyó un artículo sobre los sobrevivientes de Cromañón. Candela pincha un ñoqui y se lo lleva a la boca. Mastica interminablemente hasta que pincha otro. ¿A Zoe como la ves? pregunta ella. Está insoportable, no me hace caso, me contesta mal. ¿Querés que me la lleve unos días a casa?, así aprovecha y está con Camila que pronto nos va a dejar. Puede ser contesta le pregunto. Comete otro insiste al ver que la chica bajó los cubiertos. Mamá dice la chica de mal modo no me jodas más. Ella piensa que le preguntará a Ana María si conoce un especialista. Estrés postraumático.
80
Ana
María le recomendó un terapeuta. Terapeuta que le gustó a su hija.
Terapeuta que, además, le recomendó a Candela que participara en los
grupos de sobrevivientes de Cromañón. Candela no se anima. Verlos será revivir el infierno, mamá
le explicó. Tiempo al tiempo. Quizá más adelante. Lucas le comentó que
la ve mejor, por lo menos está comiendo un poco más. Si no repunta habrá
que consultar con un nutricionista. Zoe está instalada en su casa. Mamá está muy triste le explicó la chica y yo no quiero ponerme más triste todavía.
Dijo todavía. Momento en el que ella tomó cabal registro de que su
nieta también es una sobreviviente. Que saliera del boliche con el
cuerpo intacto no es garantía de que tenga intacta el alma. Sin embargo,
Zoe y Candela son muy distintas. Zoe siempre fue una nena muy fuerte,
alegre, llena de energía. Luminosa. Candela desde chiquita tuvo su parte
oscura. Y ella tardó más de veinticinco años en descubrir la razón.
Confía en su nieta. Saldrá sola adelante. Candela, no. Candela necesita
un sostén, siempre lo necesitó. Y ella no supo dárselo. Pobre hija mía,
te tocaron todas, piensa.
La relación con Sebastián se va recomponiendo. Pese a la presión de Ana María, no se animó a hablar con su hijo al respecto. Ni él le preguntó si sigue la relación con Ariel, quizás a sus hermanas. Con Camila se entiende de maravillas. Tus dos ingenieros dice Fernanda con sorna. Candela le está muy agradecida por haber encontrado a Zoe que, como desde chiquita, lo ama. La que sigue reticente es Fernanda. Nunca hubiera pensado que su hija era tan rencorosa. Parece haber sido aleccionada por Ana María porque el otro día le dijo vos le echás la culpa a Belén, pero a mí ella me tiene sin cuidado, el que no sabe defender a su familia de origen es Sebastián y no de ahora, desde que la conoció se avergüenza de nosotras. Eso que Fernanda no sabe que por mucho tiempo Sebastián no se había animado a contarle del embarazo de Candela ni de la ilegitimidad de Camila. Piensa ahora que, si llega el momento, este es un buen argumento para hacerle entender a su hijo por qué lo mantuvo al margen de su vínculo con Ariel. Ella sabe bien cuánto ha amado desde siempre Sebi a sus hermanas, cómo le ayudo a criarlas. Sabe bien cómo Fernanda buscaba el apoyo de su hermano mayor. Ya se le pasará, piensa. Confía en la intermediación de Ema que, parece ser sabia, en cuanto ve a su tío y eso que mucho no lo ve, corre a sus brazos. Sebi siempre tuvo mano con los bebés. Si habrá acunado a Camila y a Zoe. Belén aparece poco y nada. Ella no sabe cuál es la interna entre la pareja, sin embargo, es obvio que Sebastián ha decidido incorporar a Bautista a la familia. Se lo trae los jueves -Belén retomó como catequista- y ya lo dejó a dormir un par de veces. El nene actúa como imán porque su presencia suele ser convocante, hasta Fernanda trata de estar, por suerte no arrastró al sobrino en su reticencia. Mi vida se va rearmando, evalúa. Emparchando, se corrige. La asusta la ida de Camila. Nunca estuvo sola en esa casa. Nunca estuvo sola, en realidad. Supone que la presencia de Zoe será cosa de semanas. Pese a que disfruta teniéndola, sabe que es importante para madre e hija que retorne a su hogar. Lucas parece un buen muchacho y para la nena es importante una presencia masculina. Ahora lo fundamental es que Candela se recupere. Mañana sin falta le preguntará a Elena si conoce a un nutricionista. Hace rato que no la ve a Elena. Pasará por la biblioteca. Necesita libros, además. En unos días serán su única compañía. Y Mobi, claro.
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Cuando Sebastián viene a traer a Bautista ella le cuenta lo de Bahía Blanca. El interior es una mina de oro comenta
su hijo. Ella se queda pensando que, si se reiteran los pedidos,
tendría que ir pensando en cambiar el auto, demasiadas cajas para el
suyo. Lo comenta con Sebi. ¿Por qué no te comprás un utilitario?, mi
cuñado tiene una Daewo que le resultó excelente, chiquita, barata, poco
consumo y mucha capacidad; creo que el modelo se llama Damas, después te
averiguo, podés dar el tuyo en parte de pago y el resto en cuotas. Cuotas.
Infaltables en su vida. Y justo ahora está terminando con las de la
remodelación de los locales. Despide a su hijo y, mientras juega con
Bauti, piensa que podría dejarles el Renault a las chicas, todavía tira,
salió gauchito, por eso nunca lo quiso cambiar. Ella les enseñó a
manejar. Fernanda sacó registro, a Candela nunca le llegó el momento. A
Manuel y Fernanda les resulta complicado trasladarse con la nena y quizá
sea un aliciente para Candela. ¡Abu! la reclama el nene. Ella le revuelve el cabello y agarra el autito que le tiende. Lo mira. Es una camionetita. ¡Como la del tío! exclama y después dice mami tene un bebé en la panza. ¿Quién te dijo? pregunta ella sin saber si creerle. Nadie, pero yo sabo afirma palmeándose el pecho. Es tan adorable, piensa, algo bueno hizo Belén. Lo abraza.
Finalmente
llegó el día. Ahí va rumbo a Retiro con Camila en el Renault. Ya señó
una Daewo. Le hubiera gustado que la chiquilina la viera antes de irse,
pero no hizo a tiempo. Camila le pidió que fueran solas. No quiero despedirme de todos explicó
lo que viniendo de Cami, tan poco demostrativa, significa que a ella
también le pesa alejarse. Llegan, Aunque ella quiere llevar el bolso su
hija no lo permite. Es muy pesado dice ella. Dejá de protegerme, mami, a estas alturas yo soy más fuerte que vos.
Y tiene razón, no se había detenido a pensarlo. El micro enciende el
motor. Despachan el equipaje. La gente comienza a hacer cola. Me voy, mami informa Camila. Ella se acerca y la abraza. No llores, se ordena. Su hija la oprime fuerte. Gracias murmura en su cuello, es más alta que ella. ¿Gracias por qué? La chica se desprende. Desde el parto hasta aquí, por todo dice y sube al micro sin girarse. La mochila en la espalda es la última imagen que le deja.
Gladys
y Mariana, la chica nueva, suben las cajas a la Daewo. El correo está
por cerrar, tendrá que apurarse. Es el primer pedido para una escuela de
Tres Arroyos que recién abre, espera que la directora quede satisfecha.
Uniformes completos, incluyendo de gimnasia, para veinte chicos.
Arrancan con primer grado. Está abrumada. Es demasiado para ella. Va a
hablar con Candela. Hace rato que lo viene pensando.
Hoy cuando lo trajo a Bautista, Sebastián le preguntó si lo podía dejar a dormir. En un aparte, le comentó que mañana tempranito Belén tenía turno con su ginecóloga. Está embarazada afirma ella. ¿Quién te lo contó? Bautista. Imposible, si recién el lunes se hizo el Evatest y a mí me lo dijo recién después de que le dio positivo. Ella sonríe. Los niños son sabios dice y este muchachito, más aún; cuando estaba embarazada de Candela vos fuiste el primero en date cuenta. Son mis genes dice Sebastián sonriendo. Está orgulloso de su hijo, piensa ella, y yo, de los dos. ¡Felicitaciones, señor padre! exclama al tiempo que siente como en su interior se va abriendo otro cajoncito.
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La felicito, Claudia le dice Ana María en el momento de despedirse. Ella repara en que su terapeuta es como ella, propensa a las críticas, pero dura para los halagos. Primera vez, que ella recuerde, que se ha hecho merecedora de sus felicitaciones. Ya debe de estar arrepentida de habérselo dicho. Ana María siempre la defiende a Candela, decide. Quizá como los padres que suelen proteger al hijo más débil. ¿Candela es débil? Ella nunca la percibió así. Quizá confundió sus rebeldías, sus transgresiones con fortaleza, cuando solo eran un recurso para ocultar su fragilidad. Ya no entiende nada. Sí, está confundida. La sorprende también Fernanda. Su eterna dulzura como fachada de la rabia que de alguna manera la anida. Ni hablar de Sebastián. Jamás comprenderá cómo eligió y cómo sostiene esa pareja. Tan enredada en sus pensamientos que pasa por delante de su casa sin darse cuenta. Tiene que dar una vuelta a manzana. Logra estacionar en la esquina. Camila se fue y Zoe ya regresó con su mamá. No habrá nadie en casa, piensa. Cuando abre la puerta los maullidos le dicen que está equivocada. Aunque no tiene hambre se prepara un omelet. Es peligroso cuando una vive sola saltearse las comidas, evalúa. Después se prepara un café. Taza en mano se dirige a la computadora, La enciende y abre su Hotmail. Correo de Camila. Unas pocas líneas. Hola, mami. Ayer le escribí a mi papá. No se sorprendió. Me dijo que le avise cuando vaya a Buenos Aires, que él tratará de acercarse, ahora vive en Tucumán más lejos imposible, parece una broma. Te dejo porque estoy estudiando, mañana tengo parcial. Un beso grande. ¿Tan fácil era? Le sorprende la naturalidad con que Camila le cuenta lo sucedido. Como si se tratara de un amigo que no ve hace unos meses. A esta hija tampoco la entiende. Y tampoco se entiende a sí misma. Porque la reacción de Leonardo le provoca una ligera rabia. Apaga la computadora. Si el cerebro pudiera apagarse tan fácilmente… Deja la taza en la cocina y va hasta el baño. Abre la canilla. Se dará un baño de inmersión. Lo precisa. Espera que la bañera se llene, se desnuda y se introduce. El agua está muy caliente. Casi quema. Mete la cabeza bajo el agua. El oxígeno se le va agotando. Así se habrá sentido Zoe en la pileta, evalúa, así Candela en Cromañón. Cuando se siente morir, emerge. Inspira profundamente. Estoy viva, piensa, todos estamos vivos. Todavía cantamos, todavía pedimos/Todavía soñamos, todavía esperamos 71 ella, lo que nunca, canturrea.
71 “Todavía cantamos”, Víctor Heredia.
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2007
Acá
está, leyendo al sol. Otra vez alquiló una quinta, ahora en Benavidez.
Buscó algo más cerca porque Candela y ella van y vienen. Demasiadas
cosas que controlar. Fernanda está instalada con Ema. Manuel viene los
fines de semana, solo podrá tomarse unos días. Su hija necesita agua y
sol. Recuperarse. Segundo aborto. Atonía uterina. Después del último, en
diciembre, de cinco meses, la ginecóloga le ordenó que basta de
embarazos. No podés seguir arriesgándote le dijo tenés una nena que cuidar. A ella le preocupa Ema, le tocó mucho en sus tres añitos. Fernanda está muy triste. No
me puedo resignar, mami; siempre soñé con una casa llena de chicos, amo
a mis hermanos, imposible soportar que Ema se críe sola. Y, como su hija había estado dispuesta a hablar del tema, ella arriesgó ¿no
contemplan la posibilidad de adoptar? Yo sí, pero Manuel no quiere;
sostiene que ya tenemos a Ema, que él no precisa nada más. Le hace
bien estar con sus hermanas. Le pidió a Camila que viniera, pero dijo
que estaba con finales. Rechazó el ofrecimiento de pagarle el avión, el
2006 fue excelente a nivel laboral. Candela, que afortunadamente
recuperó las fuerzas, resultó una fiera para los negocios. Lástima que
naufragó la relación con Lucas. El muchacho no supo campear la crisis.
Camila. Le sigue faltando su benjamina. La extraña. Para su último
cumpleaños ella fue a visitarla a Bariloche y para Navidad vino Camila.
Igual a ella no le alcanza. Todavía no se produjo el encuentro con el
padre, aunque sabe que cada tanto intercambian mails. Camila vive para
el estudio. Mete una materia tras otra, todas con excelentes notas. De
ocho no baja. Dice estar contenta. Cuando ella le preguntó por su vida
sentimental le contestó que ahora no tiene tiempo. No sabe en qué quedó
lo de Laura. A la reunión de fin de año no la trajo. Quisiera pensar que
el motivo no fue Belén. Maldito el momento que se cruzó en el camino de
mi hijo, piensa, pero luego se arrepiente, si no, no existiría
Bautista. Tan lindo, tan bueno, tan inteligente. Mi hombrecito, piensa.
Ni Mateo, agrega con cierta culpa. Busca los anteojos, todavía no se
acostumbra, y retoma el libro. La elegancia del erizo 72,
regalo de Elena, por supuesto. Camila es una suerte de erizo. Áspera a
veces, por fuera, rica en tesoros por dentro. Brillante como Paloma.
Aparece Ema. Abuela, ¿tenés algo para leer? pregunta me aburro. ¿No te trajiste el iPod? Estoy cansada de escuchar tanta música
explica. Ella se queda pensando. Es cierto, hace rato que no la ve
bailando con los auriculares. Qué raro que no le haya llamado la
atención antes. Hila más fino. Antes cuando entraba al outlet siempre
encontraba a Candela con la radio encendida en la Rock & Pop. Ella
lo adjudicó a que su nuevo rol le exigía mayor concentración. Sin
embargo, ahora piensa que quizás asocian la música a la muerte. ¿Y?, ¿tenés algo? insiste la chiquilina. Ella le tiende el libro que tiene en las manos. Me parece que te puede gustar. Pero lo estás leyendo vos. Inconcebible dejar pasar la oportunidad de que su nieta se acerque a la lectura. Mañana tengo que ir a capital, le pediré a Elena que me recomiende alguno. ¿De qué se trata? pregunta Zoe, mirando la tapa. Descubrilo vos
contesta ella se incorpora, le da un beso en la cabeza a su nieta y se
dirige a la cocina. Tiene sed. Va a exprimir naranjas para hacer jugo y
le ofrecerá a Fernanda. Precisa vitaminas. No sabe cómo ayudarla, a ella
los hijos le brotaron con total naturalidad. Ni necesité buscarlos,
reflexiona. Recuerda la frase de la partera naciste para parir. Pobre hija mía, piensa.
72 “La elegancia del erizo”, Paloma es una de las protagonistas, una niña de doce años superdota, que se aisla.Muriel Barbery.
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Pone sabanitas en la cuna. Sebastián todos los jueves le trae a los dos nenes, pero esta será, la primera vez que dejará a dormir a Mateo. Este nene nos está volviendo locos, hace un año y medio que no dormimos más de tres horas seguidas; Belén, con suerte, puede dormir una siesta, pero yo me tengo que ir a trabajar; mi suegra, que nos ayudó con Bauti, no se anima a tenerlo. Eso le contó hace unos meses. Momento en el que ella se ofreció a recibirlo cuantas veces quisiera. Porque haber recuperado a su hijo todavía le parece un milagro, aunque lamenta que haya sido a costa de Candela y Zoe. Y de Ariel. Le duele pensarlo. Suena el timbre, Sebi sigue sin usar su llave. Ella se apresura a abrir. Sebastián llega con Mateo en brazos, pero lo deposita en el piso no más entrar. Lloró todo el trayecto informa es una pesadilla. ¿Querés tomar algo? le ofrece ella. No, gracias, sueño con llegar a casa y acostarme; está noche dormiremos los tres; lamento lo que te toca. No digas eso, para mi es un placer, ¿no es cierto, Teo? El chiquito la mira y sonríe. Es vivo, piensa ella. Sebastián le da un beso a ella y dice chau, Mateo, portate bien con la abuela. El nene está tirado panza abajo en el suelo tirándole de la cola a Mobi que lo soporta con estoicismo. Ella cierra la puerta, se acerca a su nieto y se agacha. Libera con delicadeza las manitos que quedan llenas de pelos blancos, que ella sacude. El nene se ríe y la abraza. ¿Vamos a comer? le propone. ¡Ti, papa! Ella se incorpora le tiende la mano y van hacia la cocina. Lo sienta en la silla alta. Saca del microondas el plato y se lo pone delante. Ella toma la cuchara, pero el nene se la saca de la mano, y la sumerge en el puré con pollo picadito. Con notable pericia, va comiendo. ¡Ica papa! exclama. Ella lo observa. Los colores de Sebastián en la cara de Belén. Bautista, en cambio, porta los colores de la madre en el rostro del padre. No podrían ser más distintos. Morocho y dos tizones por ojos, Mateo; rubio y de ojos verdes, Bautista. Tan sereno el mayor, un terremoto el chiquito. Cuando ve que el plato está vacío ofrece ¿una banana? El nene asiente con la cabeza. Ella está por cortarla cuando Mateo le agarra el brazo. ¡No!, mono. Habla mucho por ser tan chiquito. ¡Ya tá! Ella lo libera de la silla y se pone a lavar el desquicio que quedó sobre la mesa. En un segundo Mateo abre la puerta del armario y extrae las cacerolas. En el siguiente, ya guardado lo que sacó, abre un cajón y revolea los repasadores. En el tercero, encuentra a Mobi que buscó inútilmente refugiarse debajo de la mesada, y le tira de la pata intentando sacarlo. Esta bien dice ella ya resignada a dejar los platos sin lavar vamos a jugar, ¿a qué querés jugar? ¡Peota! exclama el nene. Ella la busca y se encaminan al patio. Juegan a la pelota hasta que Mateo empieza a restregarse los ojos. Ahora vamos a nadar a la pileta le propone mientras lo lleva al baño. Pone el tapón y abre la canilla. Va hasta la cocina y regresa con vasos de plástico. Lo desnuda entre cosquillas y risas. Lo sumerge. Se sienta en el piso y juega con el nene. Cada tanto destapa y repone con agua caliente, bien caliente. Recuerda que leyó hace poco que si a una rana se la pone en agua hirviendo, salta; en cambio, si se la sumerge en agua fría y se va subiendo de a poco la temperatura, la rana se queda hasta que se muere hervida. Ella no quiere matar a su nieto, obvio, pero ya comprobó con sus cuatro hijos que un baño bien caliente a la noche facilita el sueño posterior. Y paciencia. Quedarse hasta que el niño no dé más. Eso puede demandar bastante tiempo. Ya son cerca de las doce. ¡Upa! pide Mateo, los cachetes colorados, tendiéndole los bracitos. Ella lo alza, lo envuelve en el toallón, y lo deposita sobre su cama. Allí le pone el pañal y lo enfunda en su piyama de ositos. Le da un beso, lo mete en la cuna y lo tapa. Busca el librito que dejó en la mesa de luz y comienza a leérselo. Cinco minutos después Mateo duerme. Ella, agotada, obviando la ducha, se pone el camisón y se acuesta. Apaga la luz. Mobi se acerca sigiloso y se ubica a los pies de la cama. Despertarán los tres pasadas las ocho.
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Suena el teléfono de línea. Siete y media. Alarmada se levanta de la silla a atender. Perdoname que te llame tan temprano, ma, pero Bauti no deja de insistir y en un rato salimos para el colegio dice Sebastián. No te hagas problema, ya estaba desayunando. Instantes después la vocecita de su nieto. Abuela,
tenías razón, el Ratón Pérez vino, se llevó el diente y me dejó diez
pesos, ¡nunca tuve tanta plata!, por suerte ya se me mueve otro diente cuenta y se despide diciendo muchas gracias, abuela. Regresa
a su café con una sonrisa. Linda manera de comenzar su día. Minutos
después se le ocurre una idea. Con los miles de retazos sobrantes que
tienen pueden fabricar almohaditas para vender. Ella no las vio en
ningún lado. La sangre le corre más rápido, como siempre que tiene un
nuevo proyecto. Pueden ofrecerlas en Triple C. A lo mejor a alguien del
interior le interesan. Lo consultará con Rita y con Candela, decide.
Termina su café y va a cambiarse. Está contenta.
Sale
del taller. Camina hasta Rivadavia y luego por la avenida. Pasa delante
del local de máquinas y, a través de la vidriera, mira hacia adentro
como si quisiera viajar hacia el pasado. Todas caras desconocidas. Sigue
caminando hasta el Mariano Moreno. No le gusta ver tantos pibes juntos,
la retrotrae a Cromañón. Zoe se desprende de un grupo de chicos y se
acerca. ¡Abuela!, ¡qué sorpresa!, ¿qué hacés por acá? Venía a
invitarte a almorzar, pero si quedaste en algo con tus compañeros lo
dejamos para otro día. No, para nada, esperame un toque que saludo y
vamos. Ella se queda observando el grupo. Pantalones chupines de
colores vivos, flequillos desmechados, todos, incluida Zoe, con el mismo
look. La alivia su colorinche. El año pasado arrancó la secundaria sin
apartarse del negro, el gris y el azul. Señal de que se está
recuperando, evalúa. La chiquilina se aproxima corriendo. Es más
curvilínea que ninguna de sus hijas a esa edad. Perdón, abuela pide les tuve que pasar unos ejercicios. Mientras
van caminando Zoe le cuenta sobre las pruebas que se aproximan. Habla
sin resuello, una oración encabalgada en la otra. Ella observa las
paredes tapizadas de afiches. Lo votó a Filmus, pero ganó Macri. No le
gusta para nada. Le hace acordar a Belén como habla. ¿Me escuchás, abuela? Sí, claro contesta ella, aunque creé que lo último se lo perdió. Espera que no haya sido importante. Ya sentadas ella pregunta ¿estás para pastas? Me clavaría unos ravioles contesta su nieta mamá trabaja tanto que últimamente de las salchichas no pasamos. ¿Y por qué no cocinás vos? La chica se queda desconcertada. No se me ocurrió admite, se queda pensando unos segundos y dice ¿me enseñás a cocinar? Será un placer, señorita; ¿se ofende si le hago una pregunta? Zoe sonríe, se muerde los labios y balancea la cabeza ¿el
jovencito de pantalón amarillo tiene algo con usted? ¿Cómo te diste
cuenta, abuela? Por cómo la miraba. Se llama Iván; las chicas me dicen
que está muerto por mí, pero yo, ni enterada. ¿Y a usted le agrada ese
muchacho? ¡Basta, abuela, no me jodas! exclama Zoe riendo mientras le agarra el brazo, con tanta fuerza que le hace caer el tenedor hablame normal. Muy bien acata ella ¿te gusta o no? Zoe hace trompa y luego tuerce la boca. No sé contesta finalmente. De
acuerdo, ya se verá y ahora comamos que se están enfriando estos
maravillosos ravioles. Están ricos, abuela, pero como los tuyos no hay. Es compradora esta mocosa, piensa.
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Se pasaron la mañana revisando los papeles que les pidió el contador. No doy más resopla Candela ¿vamos a comer algo?, además estoy muerta de frío. Es
cierto. Están pasando un invierno muy duro y, para colmo, hay poco gas,
las estufas a veces ni encienden. Por suerte el restaurante está
caldeado. Mamá, me quiero mudar dice Candela mientras come su ensalada. Ella deja los cubiertos y la mira, sorprendida. Necesito
poder separar mi vida privada de la laboral, tener intimidad,
cualquiera, Lucy la primera, se considera con derecho para pasar por el
patio, para aparecer en la cocina; quiero que cuando Zoe trae amigos no
se vean obligados a entrar por el local. Su hija tiene razón, ella no se había puesto a pensarlo. Nos
está yendo muy bien, por primera vez en mi vida el dinero me sobra; ya
vi un departamento de tres ambientes en Diaz Vélez y Medrano, le
quedaría muy cerca del Moreno a Zoe y como ella se queda callada pregunta ¿te parece mal? Una suerte de malestar que no logra identificar la hace apartar el plato aún semilleno. No solo contesta. Estuve
pensando que lo que era mi vivienda podría transformarse en las
oficinas y depósito de Uniformes Córdoba, sos la primera en saber que
tenemos los papeles desperdigados entre el taller y el local; las cajas
molestando en todos lados. El malestar sigue creciendo. Dejame pensarlo dice y mirando el reloj agrega voy a pedir un café porque en un rato tengo sesión. ¿Toda la vida vas a hacer terapia? pregunta su hija, parece fastidiada. Mientras lo precise comenta mientras llama al mozo. Ella sí que está fastidiada.
¿Tratamos de pensar qué fue lo que le provocó el malestar? le pregunta Ana María. A ella le regresa la imagen de la topadora. Me pasó por encima contesta. Me
parece que su hija no tomó aún ninguna decisión que la involucre a
usted, solo compartió sus proyectos y pidió su parecer. Sí, pero ya
tiene todo pensado lo de las oficinas contesta ella fastidiada. ¿Le molesta que no se le haya ocurrido a usted? Se queda unos segundos reflexionando y reconoce sí,
parece una idiotez, pero así es. Es difícil para usted correrse del
centro de la escena, admitir que hay algunas situaciones que pueden
resolverse sin su intervención; delegar no es un verbo que figura en su
vocabulario emocional; debiera sentirse orgullosa de que su hija haya
heredado su visión de futuro y su ambición. Ella va a protestar, pero Ana María la detiene con un gesto de la mano. Por hoy dejamos acá determina.
Sale de lo de Ana María enojada. Enojada conmigo mismo, reconoce. Hace un frío espantoso. Se pone la capucha de la campera y camina por Loria hasta Rivadavia. Cuando llega a la esquina empieza a ver copos blancos cayendo del cielo. Extiende las manos. ¡Es nieve! Surge de su interior una alegría fresca, infantil. Varios muchachos, seguramente del Moreno, se agachan, recogen la nieve y se la tiran entre sí. Ríen. La gente empieza a aparecer en las puertas de casas y negocios. Salen. Todos salen. Rivadavia se transforma en un jolgorio. Va a pasar por lo de Fernanda. No quiere perderse la cara de Emita.
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Ahora desayuna acompañada por la radio. A Camila le irritaba. Antes ella tan aficionada, durante los últimos años se limitó a escucharla en el auto si es que estaba sola. Recuerda con nostalgia la época en que se quedaba por las noches en su tallercito, pedaleando la Singer, con su infaltable Spika. Épocas duras, sin embargo, mirando a la distancia, hermosas. Ella ponía el cuerpo en su trabajo. Ahora es su mente la involucrada. No hay manera de soñar como antes mientras traqueteaba la máquina de su abuela. Todavía la conserva. Es un símbolo. Candela ya se mudó. Es lindo el departamento, luminoso. Zoe está feliz. Sin embargo, siguen sin escuchar música, al menos en su presencia. Quizá son como ella con la radio, que escucha en soledad. Se sirve otra taza de café y sube el volumen. Me verás volar/Por la ciudad de la furia/Donde nadie sabe de mí/Y yo soy parte de todos 73. De pronto tiene una idea.
¡Qué lindo que viniste, abuela! la recibe Zoe y viendo que ella esconde un paquetito tras la espalda la toma del brazo y le pregunta ¿qué me trajiste de rico? Ella le tiende el budín. ¡De naranja! exclama vos sí que sabés lo que me gusta. Candela desde la cocina grita ¿querés un café? Esa es una pregunta retórica contesta ella. ¿Qué es retórica? inquiere Zoe. Que no espera respuesta. No entiendo. Candela llega con las tazas ¿vos viste que alguna vez la abuela rechace una café? Eso sería un milagro contesta la chica agitando la cabeza. Sentada las tres ella anuncia tengo una propuesta. ¡Qué miedo! exclama Candela. ¿Les gustaría que fuéramos las tres a ver a Soda Stereo en River?, a lo mejor prefieren ir solas; el primero es el 19 de octubre. Silencio. Ella detecta un cruce de miradas entre hija y nieta. No sé si me animo contesta al fin Candela. Yo tampoco la replica Zoe. Es al aire libre aclara ella. Sí, ya sé dice Candela y luego añade todavía me acuerdo de cuando fuimos a Obras. Silencio. A lo mejor sirve para terminar de borrar los fantasmas comenta ella. Dejámelo pensar dice Candela y luego pregunta ¿te sirvo otro café?
A la tarde me voy a encontrar con mi padre informa Camila como si hablara de ir al cine. A ella el corazón se acelera como si hubiera escuchado un tiro. ¿Cómo es eso? logra al fin preguntar. Cuando Candela me convenció para que viniera al cumple de Fer, le escribí y le comenté que iba a estar solo cuatro días; me contestó enseguida que iba a ver si conseguía un pasaje y hoy tempranito me avisó que llegaba a Aeroparque a las cinco y que el vuelo de regreso era a las ocho, consiguió una promoción; así que quedamos en encontrarnos en el aeropuerto. Ella está… busca la palabra… anonadada. Yo te puedo alcanzar ofrece. Dale dice Camila, se levanta y se va. Sí, completamente anonadada.
73 “En la ciudad de la furia”, Soda Stereo.
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Nuevamente rumbo a Aeroparque. Dejame acá, mami, es un lío estacionar. Ella se baja del auto y abraza a su hija. Ya nos veremos para las fiestas promete Camila y después de unos segundos añade cuando esté en condiciones te voy a contar. Ella se queda… en ascuas. No tengo otra que esperar, piensa.
A
las nueve, con puntualidad asombrosa, se apagan las luces. Los músicos
van subiendo al escenario. Se escucha a Cerati gritando ¡Por fin!, una eternidad esperé este instante. La
gente en el campo, codo contra codo, salta, hace olas. El espectáculo
es abrumador. Ella, hija de un lado, nieta del otro, se alegra de haber
comprado plateas. ¿Saben qué acorde es este? pregunta Cerati ¡Sí! responde la multitud. ¡Bienvenidos! Aullidos. Ella observa a sus acompañantes, calladas en sus butacas. ¿Habrá hecho bien en invitarlas?, ¿estarán preparadas? Un, dos, tres… Voy a ser tu mayordomo/ Y vos harás el rol de señora bien 74. Las mira nuevamente. Zoe adelanta el cuerpo. Candela tararea tímidamente. Vamos bien, piensa ella. La imaginación esta noche todo lo puede.
Ella cierra los ojos. Ojalá que esta noche sanen totalmente, le pide no
sabe a quién. A medida que transcurre el concierto su preocupación por
hija y nieta va cediendo. Ella también va siendo atrapada por eso que se
ha tejido entre la muchedumbre. Me siento de veinticinco, piensa, pero
después se corrige. Absurdamente fue más joven a los cuarenta. Los
últimos acordes de Nada personal 75 hacen que Candela y Zoe se paren, los brazos en alto. Todo es un solo grito ¡Ole, ole, Soda, Soda! Cuando una hora después las deja en su casa Candela le dice gracias, mamá, creí que ya no era capaz de disfrutar así. Zoe se acerca y le da un abrazo. Tiene las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes. ¡Gracias totales, abuela! exclama.
Votó
temprano. Para las elecciones es una tradición reunirse a merendar.
Escuchan luego juntos el escrutinio. Este año Sebastián no fue de la
partida, ella no inquirió por los motivos. Está ahora preparando la mesa
para cuatro de sus mujeres, Manuel decidió pasar por lo de sus padres
porque hacía rato que no los veía. Compró fiambres y distintos pancitos.
Tomate, lechuga, huevo duro. Funcionará también como cena. Fernanda
prometió una torta. Está más animada, por suerte. Candela es la
encargada de las bebidas. Y Zoe y Ema de la alegría. Ella nunca votó el
peronismo. Desde que arrancó con Alfonsín ha sido fiel a los radicales.
Pero hoy, en el cuarto oscuro dudó. No está votando al peronismo. Su
voto es para una mujer. Las chicas llegan, la ayudan a terminar de
llevar todo a la mesa. Se sientan y encienden el televisor. A medida que
transcurren las horas la tendencia se confirma. Cristina Kirchner es la
nueva presidenta de la Argentina. Es la más clara muestra de que las mujeres podemos todo les dice a sus hijas. Las cinco brindan, Ema con su vasito de plástico. Por que nunca se dejen oprimir levanta ella su copa. Siendo tus hijas, difícil acota Fernanda. ¿Para nietas vale? pregunta Zoe alzando a su primita. Para todas las que tengan, aunque sea una gota de sangre Lagos aclara Candela. Vuelven a brindar. Ema vuelca la cocacola arriba del mantel. Felicidad dice ella frenando los retos de Fernanda. Eso es con vino aclara Candela. No seas amarga, mami, vale con cualquier cosa dice Zoe. Carcajada general.
Otro fin de año. Candela insistió en que festejaran en su nuevo departamento. Así Sebi y compañía lo conocen argumentó. Serán once. Nos amucharemos dijo su hija por suerte tengo aire acondicionado. Ya preparó el matambre. Ahora le toca el pionono. Mientras carga en la Daewo víveres y regalitos se acuerda de Ariel. Pasan los años, pero sigue dentro de ella. Me acompaña, piensa. Cuando llega ya está Fernanda y compañía. Camila desde la mañana está ayudando a Candela. Sebastián llega con su familia. En cuanto pone a Mateo en el suelo el nene corre a abrazarle las piernas. ¡Abu! exclama. Ella lo alza. Momento en el que Ema se acerca. ¡Bela, upa! pide. No puedo con los dos, decide, entonces baja a Mateo y propone vamos a sentarnos los tres en el sillón. ¿Y yo? pregunta Bautista. Los cuatro se corrige ella. Las doce los sorprenden aún comiendo el postre. Abandonan el helado y brindan. Fue un buen año, evalúa ella, soy una mujer afortunada. ¡Vamos por el 2008! grita Candela. ¡Vamos! grita el resto a coro. ¡Amos! exclama Teo. Se dice vamo lo corrige Ema. Todos ríen.
74 “Juegos de seducción”, Soda Stereo.
75 “Nada personal”, Soda Stereo.
Cuando
allá por noviembre propuso alquilar una quinta en enero, no cosechó
entusiasmos. Cada uno con sus planes. Camila con exámenes de la
maestría, Fernanda y Manuel decidieron ir a Villa Gesell, Zoe invitada
por una amiga a su casa en Pinamar, Candela con nueva pareja, queriendo
aprovechar la casa vacía, Sebastián, como siempre, a Punta del Este. ¿Por
qué no te vas unos días a algún lado?; si alquilás una quinta vas a
seguir trabajando, como siempre, necesitás desengancharte le sugirió
Fernanda. Estuvo unas semanas lamentándose. Mis hijos cuando no me
precisan me descartan, ninguno pensó en invitarme, etc., etc, rumiaba.
Después intentó imaginarse los comentarios de Ana María. Esto pone de
manifiesto que, más allá de los lazos de familia, no ha tejido otros;
tiene que construir una vida propia, al margen de ellos seguramente la hubiera sermoneado. En esas estaba cuando Elena le propuso irse juntas a algún lado. Ángel no puede, o eso dice, dejar el trabajo; además últimamente está insoportable, necesito aire fresco.
Su amiga consiguió a través de OBSBA una semana en un hotel de Mina
Clavero con pensión completa por un precio ridículo. Ella recuerda las
vacaciones pasadas en Chapalmalal, la fiesta de no tener siquiera que
pensar en qué comer. Ahí está ahora preparando el bolso. Repasa la lista
de los pendientes. Qué felicidad ir tachando. La comida de Mobi, listo,
Gloria se ofreció a cuidarlo y a regar las plantas, le traerá
alfajores; pagar la factura de la luz, listo. Y así y así. Solo le falta
tildar los libros que llevará, pero Elena prometió ocuparse. Está
entusiasmada como adolescente frente al viaje de egresados. Entusiasmo
que ella palpitó en sus hijos porque, por supuesto, eso a ella no le
tocó. Bolso preparado, se dirige a darse una ducha, pero luego se
arrepiente. Se merece un buen baño de inmersión. Sonríe mientras abre la
canilla.
Ha
tenido infinitas conversaciones con Elena, sin embargo, recién descubre
ahora, casi todas rondando lo que a ella misma le sucedía. Siempre
pensó que su amiga tenía una vida sin sobresaltos: un trabajo ideal, una
pareja perfecta, dos hijos maravillosos. A lo mejor le resultó útil
decidirlo así quedaba todo el espacio de las charlas libre para ella.
Por primera vez en su vida ha visto a su amiga llorar. La relación con
Ángel está pasando un momento complicado. Los hijos de Elena, como los
suyos, hacen su propia vida y no les queda mucho espacio para estar
atentos a las angustias de su madre. Los nietos que no llegan. Se siente
culpable. Pensaba que había sido una buena amiga y se reconoce ahora
como profundamente egoísta. Cuánto más fácil es tener registro de lo que
los otros nos hacen que de lo que nosotros le hacemos a los otros,
piensa. No me alcanzará la vida para devolverle lo que me dio, evalúa.
Quizá de alguna manera Elena fue la madre que no tuvo. La maternidad es
una relación vertical. Se da de arriba para abajo, y lo que se recibió
se deriva hacia los propios hijos. Todo eso piensa mientras espera que
Elena regrese de la pileta. Ella prefirió quedarse en la computadora del
hotel, contestando unos mails laborales. Candela, desde que está con
Maxi, tiró un poco la toalla. Ana María le diría que a ella le gusta
levantarla. Sentir que sigue siendo imprescindible. Es curioso, hace
terapia gratis. Porque, aunque ya no vaya, en innumerables situaciones
la voz de Ana María la guía. ¿Una suerte de superyo externo? Sonríe sola
imaginando el comentario de su exterapeuta ante esa aseveración. Hola la sorprende la voz de Elena ¿te falta mucho?, estoy antojada de ir a tomar un helado.
Ella no podría tener menos ganas, recién termina de tomar un café, sin
embargo, cierra la sesión, apaga la máquina y haciendo la venia dice ¡a la orden!
En la televisión del hotel observan el desastre que dejó el terremoto en Haití. Ciento cincuenta mil muertos. La bofetada de la pobreza. Ella siente descender su estado anímico. Elena propone ir al pueblo, pero ella no puede despegarse de la pantalla. El show de la muerte. Su amiga la agarra del brazo basta, Claudia ordena ya sabés que te hace mal. Ella, obediente como una niña, se levanta. Salen al parque. Una luna completa, redonda como un plato, las recibe. Gracias dice ella. ¿Gracias por qué? pregunta Elena. Ella recuerda las palabras de Camila. Desde que te conocí, por todo. Su amiga le oprime el hombro.
90
¡Nos vamos de viaje, Bela!
exclama Ema en cuanto se sube al coche. Cuando la ven distraída Manuel
carga en el baúl un cochecito y varios bolsos. Su yerno se sienta
adelante, Fernanda atrás, con la nena. Ya me compraron las cosas para la escuela le cuenta su nieta porque soy grande, Bela, empiezo primer grado. Ella
piensa que tiene que prepararle una almohadita, los dientes no tardarán
en caer. Chaco. No quiso preguntarle a Fernanda si recordaba que su
padre era chaqueño. Qué curiosa manera de hacerse presente Alberto,
terruño mediante. Ella quiere hacer mil preguntas, pero la presencia de
la nena lo impide. Quizá cuando se duerma, Fernanda le cuente algo. Casi
tres años dura este embarazo de papeles, como lo llama su hija. Cuando
deja de escuchar la vocecita de Ema le murmura a Manuel ¿les informaron algo?, ¿sexo, edad? Nada, mamá contesta Fernanda desde atrás, siempre tuvo un oído increíble ya te enterarás. ¿De qué? pregunta Ema abriendo los ojos. De nada, dormite le dice a la nena y dirigiéndose a ella con mal tono agrega ¿viste? Ella
sigue manejando mientras piensa, esto soy para mis hijos, alguien a
quien se da por sentado que estará para cualquier eventualidad, pero a
quien no es necesario brindar ningún tipo de información. Cuántas veces
escucho parala, no jodas, no es tu asunto, no te metas en mi vida a pesar de que siempre intentó ser respetuosa y no entrometerse. En esas está cuando Fernanda dice perdóname, mami, estoy nerviosa. ¿Por qué? pregunta Ema. Esta no apaga los motores ni cuando duerme comenta Manuel. ¿Qué motores? Los tres ríen. Por fin el ambiente se distiende. ¿Estás cansada? le pregunta su yerno cuando llevan cuatrocientos kilómetros recorridos. Un
poco, preciso un café. Paremos en la próxima estación de servicio;
después te reemplazo yo, así podés dormir un poco; me encanta manejar de
noche. Como si ella pudiera dormir en esas circunstancias. La
aterra que su hija sufra una nueva decepción. La mira por el espejo
retrovisor. Va rígida en el asiento, los ojos abiertos como pozos.
Manuel pasa la mano entre los asientos y Fernanda acerca la suya. Están
juntos, también en esto.
Los despide con un abrazo y, de la mano de Ema, se encamina hacia la plaza. ¿Adónde fueron mis papis? pregunta la nena. Ya te dijeron que después te contarán. ¿Vos sabés, Bela? Ella que no sabe mentir asiente con la cabeza. ¿Es una sorpresa? A lo mejor… ¡No entiendo nada! la nena abre mucho los ojos y señala ¡mirá, Bela, hay una calesita! Ema se suelta de su mano y corre. ¿Me ayudas a subirme al caballo? Así son los niños, piensa mientras saca los boletos. Seguro me saco la sortija. Todos necesitamos una sortija hoy, evalúa. Después de cinco vueltas y dos sortijas la nena declara ya está, ahora la hamaca. El tiempo transcurre lentísimo entre subibajas y toboganes. Ya no tiene paciencia para sostener la conversación de la nena. Recuerda la agonía de esperar frente a la sala de partos cuando nacieron sus tres nietos menores. Con Zoe estuvo adentro. Casi la parió. Embarazo de papeles seguido de un parto legal. Controla su celular cada cinco minutos. Qué les cuesta decirle algo. Es una desconsideración. No aguanta más. El corazón le galopa. Ya no sabe qué decirle a la nena. Va a llamar y punto. Teclea tres números y corta. Piensa en Ana María. Usted no es la protagonista le diría. Inspira hondo. Muere por un café, pero no quiere perder de vista la puerta del juzgado. Gente que entra, gente que sale. A nadie ha visto con un bebé. Mala señal. La mamá de Córdoba se arrepintió. Pobres mujeres, tener que deshacerse de sus hijos. Al menos Fernanda la tiene a Ema. Trata de ponerse en su lugar. Le resulta imposible imaginarse con un solo hijo. A ella le concedieron el don de la fertilidad. ¡Bela! la llama Ema desde el trapecio mientras suelta las manos ¡mirá! Ella gira y se acerca corriendo. Llega justo a tiempo para agarrarla de la remera y evitar el golpe contra el piso. Hoy nos soy confiable, decide mientras le grita ¡basta de plaza!, ¡se acabó! La carita de la nena se frunce en un puchero. Momento en que ella se agacha y la abraza. ¿Vinimos a buscar un bebé, no? le pregunta la nena al oído. Ella no sabe qué decirle. Cierra los ojos hasta que escucha ¡mami!, ¡Ema! Cuando los abre ve a Fernanda que se acerca. Tiene los brazos vacíos. A ella se le detiene el corazón. Cierra los ojos. Cuando los abre ve que la chiquita se cuelga de las piernas de su madre que la alza. Toda su rabia previa por no ser informada se diluye en la angustia que le sube desde el vientre. Pobre hija mía, piensa. Entonces, recién entonces, observa el rostro de su hija. Una sonrisa tan luminosa que conmueve. ¿Me acompañan? propone Fernanda tenemos una sorpresa.
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La presencia de la nena abole toda posibilidad de preguntar. Pero los ojos de su hija hablan. Las tres se acercan al juzgado. Espérenme aquí indica Fernanda. ¿Qué será, Bela? pregunta Ema. ¡Una sorpresa! Sí, ya sé, pero si hicimos un viaje tan largo la sorpresa debe ser grande… parece tantear el terreno… ¿será lo que me imagino? Veremos, veremos, veremos contesta
ella agitando las manos. Caminan hasta la esquina ida y vuelta
infinitas veces. Pero ahora es expectativa. Una expectativa gozosa.
Media hora después aparece Manuel. ¿Y la sorpresa? pregunta la nena. Ahora la trae mami. ¡Ya esperé mucho! protesta Ema. Un poquito más de paciencia le pide el padre. Finalmente aparece Fernanda. Ahora sí con los brazos llenos. Se acerca a la nena se agacha e informa este es tu hermanito. ¡Yo sabía!
exclama Ema. Luego Fernanda se incorpora, se acerca a ella y le tiende
el atadito en absoluto silencio. Ella lo toma y aparta la mantilla.
Aunque es muy pequeñito de tamaño no es un recién nacido. Ya hay
expresión en los ojitos negros que se fijan en los suyos como imanes.
Pelito oscuro, tez trigueña, manitos apretadas. No, no es un recién
nacido, porque la sonrisa que ella le ofrece es correspondida. Se llama Simón informa una Fernanda radiante. Ya tiene nombre el cajoncito, piensa ella. El milagro del amor instantáneo otra vez se produjo. ¡Damelo, Bela! requiere Ema ¡es mi hermano!
Acá esta, otra vez poniendo la mesa. Esta vez para la presentación en sociedad de su nuevo nieto. Fernanda quiso que lo conocieran todos juntos. Camila, otra vez, será invitada sorpresa. Aunque esta vez es ella la que se guarda el as en la manga. La fue a buscar a Aeroparque esta mañana temprano. Ahora fue a retirar las empanadas que encargó. Ella no tuvo tiempo de hacerlas. Sebastián, como de costumbre, aportará los sándwiches de miga. Candela traerá algo dulce. Cuenta con los dedos porque siempre se equivoca. Son doce, porque Simón, obvio, aún no se sienta. Compró un par de bancos más. Son apilables, ocupan poco espacio. Le ofreció a Fernanda invitar a los suegros. pero prefirió hacer una reunión aparte. La familia de Simón seremos nosotros le dijo en el oído. Es cierto, los otros abuelos ven poco y nada a Ema, viven lejos. Todavía no pudo hablar con su hija. Muy esquiva para dar detalles. El bebé tiene tres meses, eso sí logró que le dijera. Ella estaba en lo cierto, recién nacido no era. También le contó que el pediatra lo encontró bien, pero bajo de peso. Aunque tiene ojitos grandes, la mirada es tristona. Ya lo revertirá, no tiene la menor duda. Fernanda es una madraza. El ruido de la llave le trae a Camila que regresa cargada. Había mil personas informa ¿dónde las dejo? En el horno, después las calentaré. Desde la cocina Camila dice Candela ya lo vio, seguro. Ella sonríe sola, todas son celosas. No, solo yo lo conozco y Emita, claro. Camila se acerca. ¿Cómo lo tomó la nena? Está muy contenta, la volvía loca a la madre pidiéndole un hermano. Y, sí, no me imagino crecer sin hermanos. Los mentados hermanos van llegando. Hermosas las caras de sorpresa al descubrir a la sureña. Abu, ¿y el bebé? pregunta Mateo. Enseguida va a llegar le contesta ella dándole un beso en el cachete. Va a dejar de ser el benjamín. Ya tiene cuatro años, pero sigue siendo un terremoto. Al menos eso dicen los padres. Conmigo se porta bien, piensa. Finalmente, la puerta se abre y aparece un cochecito. Todos se abalanzan. La alegría de Fernanda al ver a Camila. Yo lo levanto dice su benjamina no me vine de tan lejos para verlo de lejos. El bebé, que estaba dormido, abre los ojitos en cuanto es alzado. Lo despertaste protesta Fernanda, pero sonríe. ¡Y a mí qué me importa! exclama su hermana mirá esas pestañas, me lo morfo. El nene va pasando de mano en mano. Hasta Bautista lo alza. Mateo reclama sus derechos. Manuel lo hace sentar y le tiende al bebé que soporta con estoicismo la batahola. Ella, de pronto, repara en Ema, apoyada contra la pared. Está por acercarse cuando Sebastián se le adelanta. Qué lindo tu vestido le comenta. La nena lo mira y con sus seis años cumplidos le pide upa, tío Sebi. A ella le regresa la imagen de Camila, con exacta edad, en el sanatorio cuando nació Zoe. Ella también pidió upa, Sebi. Abuela la trae al presente la voz de Bautista después te muestro el boletín, todos sobresalientes. Te felicito le dice ella mientras le revuelve el pelo y luego agrega pero yo no te quiero por eso. El nene la mira desconcertado. ¿Y por qué me querés? pregunta, las mejillas sonrojadas. ¡Porque sos mi nieto!, nunca podría dejar de quererte, ni aunque te saques unos, aunque le pegues a Teo o me tires del pelo o lo muerdas a Mobi, nunca. El nene ríe a carcajadas. Un par de horas después está lavando las tazas cuando Fernanda y Belén entran trayendo los vasos. Su nuera le pregunta qué dijo el pediatra. Fernanda contesta reticente. Hasta que Belén inquiere ¿sabés algo de la madre? Ella gira, la respiración suspendida. La madre soy yo contesta su hija, los ojos como fuego.
92
Estaciona
a un par de cuadras y camina a paso vivo. Fernanda hoy comienza a
trabajar y ahí va ella dispuesta a cuidar a Simón hasta que el chiquito
aumente los kilos que el pediatra indicó. Después irá a la misma
guardería que fue Ema. Por primera vez lo tendrá para ella sola,
Fernanda lo ha mezquinado bastante, temerosa como no ha sido con la
nena. Es un bebé tranquilo. Ella confía en que la dejará resolver por
teléfono la organización del taller. Fernanda le pidió que, al menos por
unos días, no lo traslade. De última se turnará con Candela. Zoe
también se ofreció, pero a la mañana va al colegio. Último año, parece
mentira. Aún no sabe para qué lado disparar. Ella le ofreció pagarle un
test vocacional. La chiquilina quedó en contestarle. Toca el portero
eléctrico. Subí indica su hija y recién entonces ella abre la
puerta. Fernanda la llena de recomendaciones que ella escucha intentando
tener paciencia. Ya en la puerta su hija gira tengo miedo dice. Ella la mira, sorprendida. ¿Miedo?, ¿de qué? Fernanda tiene los ojos llenos de lágrimas. De que me lo saquen. Como
si estuvieran en transfusión directa la angustia de su hija la invade
al instante. Ella no había contemplado la posibilidad. Creo que voy a dejar de trabajar, mami, mirá si dicen que lo descuido y me lo quitan. Ella
se queda pensando, ella sabe cuánto ama su hija su profesión. Yo no
crié a mis hijas para amas de casa, piensa. Sin embargo, dice por el dinero no te preocupes, hace lo que te haga estar más tranquila, siempre podrás reincorporarte más adelante. Fernanda la abraza, ahora sí llorando. Tengo miedo repite si pierdo a Simón me muero. Ella
piensa que ahora no es el momento pero que intentará convencerla de que
retome terapia. No se puede vivir con miedo. Finalmente, su hija se va.
Momento en que el chiquito da señales de vida. Ella se apresura al
dormitorio y lo alza. Lo oprime contra sí. Tan tierno, tan frágil, tan
vulnerable. Un pollito mojado, piensa. Lo defenderé con uñas y dientes,
decide y lo aprieta aún más. El bebé protesta.
Ya las tres de la mañana, no se puede dormir. Las preocupaciones desfilan por su mente como caballos de calesita. Camila y su supuesto hermano. Leonardo. Simón y Fernanda, tan vulnerables ambos. La reunión con el contador, todavía no buscó toda la documentación que le pidió. Los futuros estudios de Zoe. La salud de Elena. Sebastián y Belén, imposible entender esa pareja. Mateo está teniendo problemas en el jardín. Ese nene está poniendo en evidencia lo que de veras ocurre en ese hogar, diría Ana María. El calefón que anda mal, tendrá que ocuparse porque su salud emocional depende del agua caliente. El aumento que le pidió Lucy. La almohadita para los dientes de Ema, todavía no la hizo, le pedirá a Gladys. Lo tiene que vacunar a Mobi, ayer Zoe le hizo acordar. El regalo para el cumpleaños de Manuel, le preguntará a Fernanda. Debe sacar turno para la detestada mamografía. La Daewo está fuera de punto, mañana llamará al mecánico para llevársela. Sacude la cabeza. Vencida, se levanta a prepararse un té.
93
A la hora programada abre su Skype por primera vez. No puede creerlo, Camila le sonríe desde la pantalla. ¡Hola, mami!, ¡te animaste!, ¿no era tan difícil?, ¿viste? Ella también sonríe, tantas excusas puso, tanto tiempo perdió y ahí tiene a su hija recuperada. ¿Cómo te fue en el examen? La chica hace un gesto de suficiencia. ¿Cuánto se puede sacar tu hija? ¿Ocho? tantea ella. Camila mueve la palma de la mano hacia arriba. ¿Nueve? Su hija reitera el movimiento. ¿Diez? Obvio, ahora en serio, fue muy fácil, mami, casi una formalidad. Increíble tener a su hija delante, bienaventurada la tecnología tantas veces denostada por ella. ¿Cómo está Simón? pregunta Camila. De a poquito ganando peso. Sí, la vi preocupada a Fernanda. ¿La viste? Hace rato que hacemos Skype, por suerte renovó la computadora. ¿Te comunicaste con Candela? Ayer me mando un mail diciéndome que tenía que contarme algo, ¿qué pasó? Ya te lo dirá ella. Se quedan mirándose, sonriendo. No es tan fácil llenar el tiempo. ¿Escuchaste la radio? le pregunta su hija. No, todavía no, anduve a las corridas. ¡Sancionaron el matrimonio igualitario! ¡Qué bien! exclama ella estuve siguiendo los debates y por hacer una broma añade ahora te podés casar. Broma que no parece caerle bien a su hija porque comenta no digas tonterías, mamá, ya sabés que la pareja está lejos de ser una prioridad para mí; lo importante es que la mente de esta sociedad retrógrada se vaya abriendo; espero que el juicio a Videla terminé rápido y que se pudra en la cárcel. Camila está enojada. Ella no quiere que su hija esté enojada por eso intenta cambiar de tema. ¿Hablaste con tu hermano? Termina de decirlo cuando se percata de su error. Tarde porque Camila repregunta ¿con cuál? La chica hace una sonrisa extraña y prosigue con Sebi me comunico por mail, no hablamos mucho más que de nuestras carreras; le está yendo muy bien; ahora está trabajando en la constructora del suegro. No podría haber recibido peor noticia. Su hijo cada vez más atrapado por Belén y familia. Reconfirma que sus hijos le hurtan la información que saben no será bien recibida. Me van aislando, dictamina. Entonces inspira hondo y pregunta ¿te seguís comunicando con… y como no puede profanar el término dice… con Andrés? Camila sonríe. ¡Al fin! exclama.
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Ma, Bautista se olvidó una carpeta, ¿puedo pasar a buscarla ahora?, ando cerca pregunta Sebastián. Por supuesto contesta ella. Corta y se dirige al cuarto. Se saca el camisón que ya se había puesto y se viste. Minutos después suena el timbre. ¿Querés tomar algo? le ofrece a su hijo luego de besarlo. Sebastián mira el reloj y dice dale, tengo que buscar a Mateo en la casa de un amigo en una hora y medio. ¿Te preparo un sándwich? Dale reitera Sebastián hoy ni almorcé. Me contó Camila que estás trabajando con tu suegro dice ella mientras abre la heladera. Sí es la lacónica respuesta. No será fácil, me imagino comenta ella poniendo mayonesa en el pan. ¿A qué viene tu comentario? Nunca es fácil trabajar con la familia. Mirá quién lo dice comenta Sebastián con tensión en la voz. Ella va a repreguntar, pero de pronto comprende. Candela y yo lo llevamos bastante bien. Su hijo hace un gesto despectivo. Convengamos que una madre no es lo mismo que un suegro acota ella. No sé con quién quedarme masculla Sebi. ¿Te pasa algo? pregunta ella, porque es inusual ese tono en él. Estoy cansado de que critiques a Belén y a su familia. La sorpresa de ella es mayúscula. Nunca te dije nada. Abiertamente no, pero todo se trasluce en tu cara o en tus comentarios aparentemente inofensivos. No te entiendo. No es un pecado pertenecer a otra clase social. Un aguijón se le clava en el pecho. Lo mismo podría decir yo contesta y se arrepiente en cuanto lo hace, no quiere entrar en combate, no le conviene. Hace veinte años que trato de mantener la armonía entre las dos mujeres más importantes de mi vida que, desde la hora cero, no se entienden. No seré yo la responsable se defiende ella. Los ojos de Sebastián se llenan de furia. ¿Vos tenés registro de cómo la trataste siempre? Está desconcertada. ¿Cuándo le dije algo? Justamente eso, nunca le dijiste nada; la descalificaste de entrada solo porque vivía en Recoleta y era católica, un esquimal hubiera sido más cálido con ella. Yo no me olvido de que ella cortó con vos porque Camila era ilegítima y Candela estaba embarazada. ¡Esa es tu interpretación!, ¡se enojó porque yo se lo había ocultado! Permitime que lo dude… Para vos hay una única verdad y es la tuya; me pasé casi cuarenta años evitando confrontar con vos, pero ya me cansé. El muchacho se agarra la cabeza. Ella intenta tocarle el brazo, pero Sebastián la rechaza. No tenés la menor idea de la presión que me metiste encima desde que era un mocoso; yo tenía que hacer todo bien, destacarme en todo, no dar problemas, ayudarte, etcétera, etcétera, etcétera; no me dejaste chance de que fuera un nene normal, con caprichos o rabietas; Candela tenía permiso, yo no; fui universitario, me recibí, me casé y tuve hijos, todo lo que se esperaba de mí; pero cometí el terrible pecado de enamorarme de una mujer que no es de tu agrado; única vez en mi vida que te disgusté, podrías haber sido más misericordiosa. Está tan desconcertada que no puede hablar. Hasta que se le ocurre alguna explicación. ¿Estás haciendo terapia? pregunta. ¡Sí!, comenzamos porque Mateo estaba teniendo problemas en el jardín y ahí empezaron a salir cosas y decidí encarar una terapia individual, recién estoy empezando. ¿Belén también? No, ella no sintió la necesidad; a mí se me derribo un muro y se me hizo la luz sobre mi verdadera infancia; y lo peor es que me di cuenta de que estaba replicando el error con Bautista, pobre hijo mío; por suerte es chico todavía, tengo posibilidad de revertirlo; es una condena estar obligado a no cometer fallos; porque ahora no sos vos, soy yo él que me exijo lo imposible. Sebastián mira el reloj. Tengo que ir a buscar a Mateo, de eso también me ocupo, y un padre no debe llegar tarde. Se incorpora, el sándwich aún sin tocar en el plato. Le da un beso en la mejilla y pregunta ¿la carpeta? Ella se la alcanza. Él sale. Ella regresa a la cocina y se sienta. Estoy destruida, evalúa.
95
Simón,
acostado sobre sus rodillas, gorjea mientras ella le habla. Tan
chiquitito y con tanta necesidad de comunicarse. ¿Qué habrá pasado la
criatura durante sus primeros tres meses? Fernanda, si es que la tiene,
no dio ninguna información al respecto. Ya lleva casi un mes cuidándolo.
Está agotada. No por el chiquito, en sí, es muy tranquilo, sino por las
complicaciones laborales que le genera no disponer de su mañana. Le va a
plantear a Fernanda si puede empezar a trasladarlo. Ayer tuvo consulta
con el pediatra, ya aumentó otro medio kilo. Se lo ve más redondito.
Escucha el ascensor y luego la puerta abriéndose. ¡Qué sorpresa! exclama al ver a Fernanda que alza al nene y lo abraza mientras dice ¡cómo te malcría tu abuela! Ella se incorpora y pregunta ¿pasó algo? Su hija le tiende el bebé y dice voy a hacer café. Ambas se dirigen a la cocina. Sentadas ante las tazas Fernanda informa renuncié. Sin tiempo a reflexionar pregunta ¿por qué? Seguramente su tono es admonitorio porque su hija contesta ya te lo expliqué y su tono tampoco es cordial. Silencio tenso solo interrumpido por la vocecita del nene. No
quisieron darme más licencia y me avisaron del juzgado que es probable
que la semana próxima, venga una asistente social. Te avisarán supongo,
además estás dejando al nene con su abuela, qué mejor. No insistas,
ayúdame, no me hagas sentir peor, ¿o te crees que a mí no me duele dejar
la escuela y los chiquitos?, pero no puedo vivir con terror, mami, no
duermo de noche, no como, bajé tres kilos. No te estoy cuestionando se defiende ella solo intento ayudar. Ya me ayudaste demasiado, vos tampoco podés con este ritmo. De acuerdo dice ella, hace una pausa y pregunta ¿querés que me vaya? Como su hija no contesta le tiende el bebé, agarra su cartera de arriba de la mesada y dice avisame cuando me necesites y sale.
Está
esperando que Sebastián le alcance a los chicos, porque no tuvo ninguna
notificación de cambio. Una llave en la puerta le trae a Zoe. Hola, abuela, vine a jugar un rato con los nenes
dice mientras la abraza. Ella se alivia. No quiere estar a solas con su
hijo. Un rato después suena el timbre. Sebastián le pregunta a Zoe
sobre sus estudios y sobre el test. Charlan un buen rato. Después se
despide ella y de los nenes y se va. Un placer cenar con sus tres
nietos. Mateo ya está bastante civilizado. Ella observa especialmente a
Bautista. Es cierto, se parece a Sebastián no solo físicamente. La
expresión de seriedad. El contraste entre ambos hermanos es notorio. Zoe
la ayuda a bañarlos y a acostarlos. Ahora ya se animan a quedarse en el
cuarto de arriba. A la mañana siguiente se repite su inquietud. Lo que
nunca les da el desayuno a los chicos sin esperar a Sebi. Cerca de las
diez suena el teléfono. ¿Podés alcanzarme los chicos al auto, por favor?, así no estaciono, estoy apurado. Ella
junta las mochilas, alista a sus nietos y salen. Ella abre la puerta
del auto y ayuda a los nenes a ponerse los cinturones de seguridad.
Sebastián la saluda desde el volante alzando la mano. Le duele verlo.
Algo se rompió entre ellos. A lo mejor estaba roto desde siempre y ella
no se había dado cuenta.
Domingo. Escucha la radio mientras prepara el desayuno. Ya se vistió porque en cualquier momento puede llegar el censista. Tú, no podrás faltarme cuando falte todo a mi alrededor/ Tú, aire que respiro en aquel paisaje donde vivo yo77. Le encanta Vicentico y le encanta esa canción. Canción que se interrumpe bruscamente. Siendo las nueve y quince falleció el expresidente Néstor Carlos Kirchner como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio no traumático, que no respondió a las maniobras de resucitación. Es viuda, piensa, en un instante se transformó en viuda, es la Presidenta de la Nación y es viuda, las desgracias no saben de clases sociales, alcanzan a pobres y ricos, a letradas y a analfabetas. Llora. Pero no llora ni por Néstor ni por Cristina. Llora por ella. Hace semanas que necesita llorar y no se lo permitió porque temió no poder parar. Llora. Llora hasta que escucha el timbre. Se seca la cara y abre la puerta. Es una mujer. Una mujer que llora. ¿Se siente mal? pregunta ella. Se murió Néstor contesta la censista.
77 “Paisaje”, Vicentico.
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Mami, no te necesito, pero si tenés ganas de ver a Simón pasá cuando quieras
ofrece Fernanda. Ella corta contenta. Extraña al nene y, además, no le
gusta estar enojada con sus hijos. El aire no le fluye, es como si le
costara respirar. Le llevare pañales, piensa, una medida más grande. Y
figuritas para Zoe. Está celosa la mocosa, hace rato que no la ve, va al
colegio a la mañana. Se las dejará con una notita. Ya sabe leer. La
semana que viene la irá a buscar a la escuela.
Mail de Camila. Mi papá me preguntó si puede venir a la entrega. Aún no le contesté. ¿Te molestaría?
La furia la ciega. ¿Qué tiene que ver él con la carrera de Camila?
Apaga la computadora con brusquedad. Se dirige al baño. Abre la canilla
de la bañadera y pone el tapón. Voy a estallar, piensa.
Gracias dice Elena a la empleada que le entrega el sobre. Sobre que guarda en su cartera. ¿Vamos a tomar algo?
propone ella. Caminan bajo el sol de diciembre hablando
intrascendencias. Entran en el primer barcito que ven. Cuando el mozo se
retira Elena rescata el sobre de su cartera y se lo tiende. ¿Lo abro? pregunta
ella desconcertada. Su amiga asiente con la cabeza. A ella el corazón
comienza a galoparle. ¿Por qué me toca a mí?, piensa. Abre el sobre y
despliega la hoja. Adenocarcinoma de endometrio. No puede seguir
leyendo. Entierra los ojos en el mantel. ¿Y? pregunta Elena
segundos después. Ella quisiera tirar el papel sobre la mesa, o mejor
aún, hacerlo un bollo y salir corriendo. Eso es lo que quisiera, y
aunque una parte suya está muy enojada con Elena por someterla a esa
prueba, otra, la que solo pertenece a esa amiga que ha sido la columna
vertebral de sus días, toma las manos de Elena y lanza el veredicto. Adenocarcinoma de endometrio. Su amiga no emite sonido ni hace un gesto. Se quedan así un largo rato. Hasta que Elena suelta sus manos y pregunta ¿pedimos otro café?
Recién
la llamó Elena. La operan el 17. Menos mal que fue eximida de optar
entre su hija y su amiga. Se acerca a la computadora para avisarle a
Camila, cuando halla un mail de su hija. Finalmente papá no podrá venir.
Un suspiro de alivio brota de sus vísceras. Sabe que para su hija es
una desilusión, sin embargo, se alegra. Soy egoísta, dictamina.
Recuerda, nuevamente, la frase de Ana María. Uno no es responsable de sus emociones, sí de los actos que lleve a cabo impulsado por ellas. Yo no le impedí que lo invitara, se dice intentando absolverse. Lo logra a medias. Solo a medias.
Fin de un año confuso. Intenso y confuso. Mientras hierve el peceto pasa revista a sus meses. Por un lado, el trabajo pujante, la llegada de Simón, los diplomas de Camila y Zoe, la convivencia de Candela, si eso es lo que su hija precisa. Por otro, la enfermedad de Elena, las demandas de Sebastián. La irrupción de la otra familia de Camila no sabe dónde colocarla. Así como la posibilidad de que se vaya a trabajar a Estados Unidos. Estoy abrumada, evalúa mientras pincha la carne con el tenedor. Está dura, todavía le falta. Se deja caer sobre la silla. Retorna la sensación de confusión. Sus hijos la tienen a mal traer. Qué hizo bien, qué mal. La permanente sensación de ser juzgada. Imperando la percepción de un cansancio que brota desde sus huesos. Tiene que poner la mesa para doce comensales. Darle de comer a doce. No voy a poder, piensa. Se arrepiente de haber declinado el ofrecimiento de Fernanda. Pero lo único que le falta a su hija es ponerse a atender gente con los dos chiquitos bajo el ala. Saca el mantel rojo del estante de arriba y va distribuyendo la vajilla. Sin alegría, determina. Primer año que acciona sin alegría. El 24 fue triste también. Decidió dejar de lado a su familia y fue a lo de Elena, todavía recuperándose de la cirugía. La vaciaron, piensa. Y así se siente ella, vacía a pesar de la mesa llena. Va a la cocina. Ahora sí que está listo el peceto. Por suerte ya hizo la salsa. Ojalá te fueras hoy y volvieras hace diez años77, escuchó alguna vez en el cine. Eso quisiera, evaporarse y regresar diez años atrás. Saca cuentas. Sí, en el 2000 todavía estaba Ariel. No quiero necesitarte porque no puedo tenerte78, recuerda ahora. Hace diez años aún era una mujer. Ahora solo es una máquina de sobrellevar obligaciones. Prueba la salsa. Le falta crema. Abre la heladera.
97
2013
El
calor agobia. Hace años que no pasa un enero completo en Buenos Aires,
pero este no quiere apartarse de Elena. Más allá de su propia necesidad,
Ángel precisa ayuda. Allí va, bajo un sol que aturde, caminando por Las
Heras rumbo al Hospital Alemán. Al cruzar la puerta el aire
acondicionado la reconforta. Se seca con un pañuelo la frente. Sube en
el ascensor. Baja. Cuánto le cuestan los pocos pasos hasta la
habitación. Se acomoda el cabello y golpea. Adelante dice Ángel.
Lo que queda de su amiga le sonríe desde la cama. Está tan flaquita.
Piel y huesos. Le da un beso y le ofrece a Ángel ¿por qué no vas a comer algo?, yo me quedo. Se
sienta en la silla próxima a la cama. Va a preguntar ¿cómo estás?
cuando se frena. ¿Qué respuesta espera?, ¿bien?, es evidente que no está
bien. Entonces decide permanecer en silencio. Silencio que al cabo de
unos minutos rompe Elena. Te quiero ofrecer algo dice. Ella eleva las cejas y ladea la cabeza sonriendo. Me gustaría dejarte mis libros. La sonrisa de ella se transforma en un gesto de disgusto. No digas tonterías pide. Ahora es Elena quien menea levemente la cabeza. Claudia,
te pido que estés a la altura de lo que hemos sido durante estos
treinta y cinco años; dos mujeres inteligentes y fuertes que siempre
encaramos de frente lo que a la otra le sucedía; no necesito que me
hables como si fuera una criatura a la que se le dice sana, sana; las
dos sabemos que me voy a morir y nadie me deja hablar de mi muerte, ni
Ángel ni mis hijos; necesito que vos me escuches; dejé en casa, en mi
mesa de luz, unas cuantas hojas con indicaciones; desde dónde llevo a
limpiar los trajes de Ángel a cuánto se le paga a Rosita y qué
enfermedades tuvo cada uno de los chicos; debo dejarlo por escrito
porque se rehúsan a escucharme se interrumpe un instante, tose y luego continúa
te pido que te ocupes de mi placar y de mi biblioteca; con la ropa hacé
lo que quieras, donala o tirala; las pocas joyas ya las dejé
adjudicadas; quizá debiera habérselas donado a mis actuales nueras pero
ya aprendí que mis hijos la van cambiando, por eso decidí dejárselas a
tus tres hijas que, de alguna manera, han sido las hijas mujeres que no
tuve; por supuesto que ellas harán lo que quieran, usarlas o venderlas,
no me ofenderé si es que pueda verlo sonríe a ninguna de las dos nos queda el consuelo de pensar que nos encontraremos en el más allá tose ¿me alcanzás un vaso de agua? pide. Ella, aliviada de no tener que seguir escuchando por unos segundos, obedece. Elena bebe con lentitud. Luego prosigue me
gustaría que te quedaras con mis libros, se me parte el corazón
pensando que puedan deshacerse de ellos; si te vienen bien llevate las
bibliotecas que quieras; Ángel, como bien sabés, no es lector y mis
hijos, pese a los esfuerzos que hice toda la vida, tampoco; tus hijos
leen bastante, Bautista también, podrán encontrar en tu casa lo que
necesiten. Es tanto el esfuerzo que ella está haciendo para contener
el llanto que está incapacitada para responder. El ruido de la puerta
abriéndose viene en su auxilio. Es Ángel que regresa con un sándwich y
una bebida. Más seguidor que perro de sulky dice Elena sonriendo imposible librarse de él.
Ángel le va preguntando por cada miembro de su familia, de Sebastián a
Simón, y entre preguntas y respuestas transcurre más de una hora. Hasta
que Elena informa estoy cansada. Ella se levanta y se inclina para saludarla. ¿De acuerdo? pregunta su amiga. De acuerdo responde ella. ¿De qué hablan? inquiere Ángel. Cosas nuestras
contesta Elena. Ella saluda a ambos y sale. Ya en el pasillo se apoya
en la pared. Ahora sí las lágrimas se deslizan, silenciosas, por sus
mejillas.
77 Frase pronunciada por Marlene Dietrich en la película “Encubridora”, 1952.
78 Frase pronunciada por Clint Eastwood en la película “Los puentes de Madison”, 1995.
En el pasillo se cruza con Gloria, hace días que no la veía, desde que se rompió la cadera sale poco y nada. ¡Francisco es el nuevo Papa! exclama
emocionada. Es cierto, era hoy. Se había propuesto seguir la ceremonia
en la televisión, pero se olvidó. La cabeza en tantas cosas. La calle
es un jolgorio. Todos festejan. Como si la vida de los argentinos fuera a
cambiar. ¡Es un milagro! grita una mujer. Ella necesita otro
tipo de milagro. No tiene ganas de manejar y menos aún de dar vueltas
luego para estacionar. Detiene un taxi. Al Hospital Alemán indica. ¿Dónde estás?, ¿dónde voy?79 suena. No en la radio hoy. En su cabeza.
¿Te puedo llevar a los chicos? pregunta Fernanda tenemos reunión de padres en el jardín a las siete, calculo que a las ocho y media pasamos a buscarlos. Ella contempla la pila de facturas que estaba ordenando, le avisará al contador que se las llevará mañana. Tipo
seis estaré por casa, qué te parece si compro unas pizzas y cenamos
juntos. No te quiero complicar más, mami. Para mí es un gusto responde. Antes de cortar Fernanda pregunta ¿cómo sigue Elena? Igual responde ella. Mañana
pasaré a verla después de dejar los chicos en el colegio, avisale a
Ángel que puedo quedarme hasta el mediodía. De acuerdo, nos vemos en un
rato dice y recuerda el anillito que Elena seleccionó para esta hija.
Están poniendo en cajas el pedido para Tres Arroyos, lista en mano, cuando Rita exclama ¡faltan los pantalones azules talle seis! Ella cierra los ojos. No puedo con todo, piensa. Zoe tiene razón, desde que nació Uma reina el caos. Así no pueden seguir. Manda un mensaje. ¿Puedo pasar? Segundos después indica pónganse ya a fabricarlos; yo vuelvo en un rato. No tiene ganas de buscar el auto. Camina a paso vivo por Córdoba. Se detiene en la panadería y prosigue. Toca el portero eléctrico, busca la llave en la cartera y sube. Le abre una Candela en camisón, sin peinar, que en cuanto la ve le tiende a la nena. Agarrala o la rifo dice. Ella se encuentra con una beba rozagante en brazos que responde a su sonrisa. Está preciosa dice. Y es cierto. Los ojos celestes de Maxi, nariz de botón, la boca perfecta de Candela. Voy a preparar café anuncia su hija mientras se dirige a la cocina con la bolsita que ella le entregó. Ella deposita a la beba sobre el sillón para buscar su celular en la cartera. ¡Para qué! Inmediatos alaridos. Se apresura a alzarla. El llanto se interrumpe por acto de magia y las sonrisas retornan. Ella recuerda las palabras de Zoe. Pendeja turra. Va a la cocina. Candela está abriendo el paquete. ¡Me trajiste tortitas negras! exclama. Mientras toman el café, ella, beba en brazos, charlan sobre Elena. Tengo ganas de llevarle a la nena para que la conozca. ¿te parece que la dejarán entrar? Hoy mismo le pido a Ángel que averigüe promete ella y luego le cuenta el percance en el taller. ¿Podrás avisarle que demoraremos la entrega?, la mujer siempre trató con vos, a mí no me da la cara. El rostro de su hija se transforma. Es sutil el cambio, sin embargo, para ella que tanto la conoce, evidente. Claro dice incorporándose ya mismo, ¿para cuándo evaluás que tendrán todo?, a lo mejor le podemos enviar un par de conjuntos más para compensar. Conversación telefónica concluida, asunto solucionado, regresan a la cocina. Ya no aguanto estar metida en casa, ¿qué te parece si intento retomar el trabajo?; Uma, en tanto esté a upa, no berrea. Me parece bien; yo tampoco puedo con todo; si te instalás en el taller brazos no faltarán; si no, podemos contratar una chica que te de una mano. Candela resopla. No sabés qué alivio, mamá; amo a esta mocosa, pero no nací para ama de casa. Ella sonríe satisfecha. Es mi hija, piensa. Y piensa también en Fernanda. Tres años sin trabajar ya. Volverá a la carga.
Bautista
llegó y se desplomó frente al televisor. Allí está todavía. Sebastián
se demora, qué raro, a Belén no le gusta que los chicos se acuesten
tarde. Finalmente suena el timbre. Ella se apresura a abrir. Su hijo la
besa en silencio. Ella lo observa. Tiene mala cara. ¿Pasó algo? pregunta. Sebastián le hace un gesto de silencio. ¿Querés un café? ofrece ella. Ambos se dirigen a la cocina. Sebastián cierra la puerta. ¿Qué pasó? vuelve a preguntar mientras le tiende la taza. Al obstetra no le gustó la última ecografía y le mandó hacer a Belén una translucencia nucal ella hace un gesto de sorpresa, no sabe de qué se trata. Sebastián se agarra la cabeza con ambas manos y dice altísima probabilidad de que la beba tenga síndrome de Down. Ella siente el peso de un bloque de cemento sobre su cabeza. Yo no importo, piensa. Oprime el brazo de su hijo y dice la sacaremos adelante momento en el que Bautista entra a la cocina. Hola, pa, me saque nueve cincuenta en el simulacro de matemáticas informa. Sebastián se descubre el rostro. ¿Estás bien, pa? pregunta el chico.
Todavía
en camisón enciende la computadora. Mail de Camila proponiendo reunión
de Skype. Parece estar adaptada a vivir en Estados Unidos. Éxito tras
éxito en sus investigaciones. No le queda muy claro cómo lleva lo
social. Ni siquiera sabe si le importa lo social. No menciona ninguna
pareja y poco le gustan las preguntas sobre su vida privada. ¿Regresará
algún día? Le prometió venir este año para las fiestas y le insiste para
que ella vaya a visitarla. Entre el exceso de ocupaciones laborales y
familiares y su pésimo inglés un viaje internacional suena a utopía. Más
aún cuando nazca la chiquita de Sebastián. Necesitarán todo el apoyo
del mundo. Estuvo leyendo en Internet, estos bebés suelen tener,
además, problemas de corazón; muchos precisan cirugía alrededor de los
seis meses. Ojalá que nazca sanita, piensa. Posterga la reunión con
Camila, no sabe si Sebastián ya le contó. Cuando venga el jueves a
traerle a Mateo le preguntará si quiere que les informe a las hermanas. A
Elena no le dirá nada, para qué preocuparla. A Rita ya le contó porque
la encontró llorando. No sabe cómo lo habrán tomado los padres de Belén.
Una herida para la familia perfecta. El cajoncito de Luján ya se abrió.
Un cajoncito muy grande. Porque esta nena precisará el doble de afecto.
Más todavía que Simón. A veces le duele el cuerpo de tanto amor para
tantos. Amor y preocupación, ineludiblemente unidos. Estoy agotada,
piensa como tantas veces. Y esta noche le toca quedarse en el hospital.
Por fin logró convencerlo a Ángel. Ese hombre sí que precisa descanso.
Después precisará mucho apoyo. Después. Insoportable imaginar un
después. Teléfono. Mami, ¿podrás ir a buscar a los chicos al
colegio?; tengo una entrevista en una escuela. ¡Esa sí que es una
noticia! No me presiones más, mamá dice la hija. Ella ya no sabe qué decir. Todo lo toman a mal. ¿Tendrán registro de lo que hago por ellos?, se plantea. ¿A las cuatro y media o las cinco? pregunta. Simón a las cuatro y media y la nena a las cinco.
¿A qué hora los venís a buscar?, a la noche me quedo con Elena. Sí, me
contó hoy Ángel cuando fui; Manuel pasa por tu casa antes de las siete. Abre la boca para decir suerte, pero duda y se arrepiente. ¿No me deseas suerte? reclama su hija. Imposible contentarlos, evalúa. Suerte dice.
80 “Piedra y camino”, canción de Atahualpa Yupanki,
81 Apodo de la cantante Mercedes Sosa.
100
Con Simón de la mano
espera que salga Ema. Pero la nena no corre a abrazarla como es su
costumbre. Está creciendo, piensa ella, nueve años ya. Sube a los chicos
al auto y rumbea para su casa. ya dejó todo preparado para la merienda.
Le compró facturas con dulce de leche a Ema, es supergolosa y la madre
la tiene cortita porque es rellenita. Simón toma el Nesquik de un trago
y, con una medialuna en la mano, va a jugar con Mobi. La nena se queda
sentada, la mejilla apoyada en el brazo flexionado. Está tristona,
evalúa ella. ¿Te pasa algo? pregunta ella. La nena niega con la cabeza, pero los ojos se le llenan de lágrimas. Contame, Ema pide. El llanto se desata. La
tarada de Romina me dijo que es mentira que Simón sea mi hermano.
¿Cómo? ¿No ves que es negrito? dijo, es distinto, los chicos de esta
escuela no son así. A ella no le caben más dolores en el cuerpo. Pero se incorpora y abraza a la nena. Simón
es tu hermano y es mi nieto y yo no lo cambiaría por ninguno y estoy
muy orgullosa de él; la próxima vez que te vaya a buscar mostrame cuál
es Romina, ¿La vas a retar? pregunta Ema, la carita preocupada. No, le voy a explicar. ¿Le cuento a mamá? Ella se queda pensando. Fernanda sigue frágil. La llegada de Simón hizo aflorar todos sus temores. Mejor no contesta esto lo vamos a arreglar entre vos y yo, ¿de acuerdo? La nena le ofrece la palma de la mano. Ella se la choca.
Le
costó lograr que Ángel se fuera. Recuerda la frase de su amiga seguidor
como perro de sulky. La enfermedad fortaleció la pareja que estaba…
busca la palabra… desvaída. También acercó a los hijos. Beneficios
secundarios, dicen. Vaya con los beneficios. Elena duerme desde que le
inyectaron los analgésicos, alrededor de las doce. Ella no logra
descansar a pesar de la cama preparada en el sillón. Ya son las cuatro.
Al menos se detuvo la permanente irrupción de enfermeras. Reina el
silencio en el hospital. Ella se incorpora para ir al baño. Se detiene
junto a su amiga y la observa. Se le aflojó el gesto de dolor. Parece
relajada. Demasiado. Se acerca y aproxima el oído. Sí, respira. Cuando
regresa del baño vuelve a acercarse. Elena tiene los ojos abiertos. La
mira y le tiende la mano. Ella se la oprime. Libros dice su amiga. Ella asiente con la cabeza. Cuidalo a Ángel pide. Te lo prometo logra
ella pronunciar. Las máquinas comienzan a hacer ruido. Una enfermera
entra, se aproxima a la paciente y le controla el pulso. Agita levemente
la cabeza. Ya está dice. Ella siente que su corazón se detiene. Porque
una parte de sí misma acaba de morir con su amiga. Le tengo que avisar a
Ángel, piensa. Cómo cuidarlo.
Que se acerquen los caballeros.
Ella recuerda el entierro de sus padres. El de Alberto. Pero en esta
oportunidad sobran los hombres. Ángel, los hijos, el hermano de Elena,
dos sobrinos. Sebastián. Ahora Sebastián sí puede. En él representada
toda la familia que sin ser familia formó parte de la familia de Elena
desde hace treinta y cinco años. Fue para sus hijos la tía que no
tuvieron. Para ella, por momentos, la madre. Su guía. ¿Cuál es la hora
exacta en que tengo que partir? / ¿Cuántas son las señales que tengo que
seguir?/Si siempre viaje solo/ Y siempre vos fuiste mi faro en la
ciudad82 . Cómo seguir sin faro. Zoe se acerca y le da la mano. Ella se la oprime fuerte.
82 “Solo un momento”, tema cantado por Vicentico.
101
La cita es en el SUM83 del nuevo departamento de Fernanda. Hacia allí se dirige. Solo la cartera en la mano. Ajeno a su historia ir a una reunión sin acarrear víveres. Me acarreo a mí misma, determina. Cuando se mira en el espejo del ascensor le cuesta reconocerse. Me parezco a la de antes, piensa. Peinada, pintada, vestida, es otra. La sensación de engañarlos. Porque por dentro sigue igual de deteriorada. En cuanto entra se acerca Mateo corriendo. Hoy sí que estás linda, abu dice. Sus padres siempre lo critican, pero con ella es un dulce. Y usted, señor, está muy buen mozo. Comestible con su pantalón con tiradores y la camisita escocesa. Belén siempre los tiene impecables. Recién entonces mira a su alrededor. Sus cuatro hijos; Belén, Manuel y Maxi; sus seis nietos; todas sus empleadas; Gloria. Están todos, podría decirse. Pero no es cierto. La ausencia pesa entre tanta presencia. Gira la lengua en la boca para contener las lágrimas. Se acerca Ema. ¿Estás contenta, Bela? pregunta con tanta ilusión en la carita que ella, mientras la abraza, contesta claro que sí. La vida me dio tanto, piensa. Y también piensa que a Elena le hubiera gustado saberla feliz. Se acerca a Belén y le pone la mano en el prominente vientre. Gracias por venir le dice me parece que Luján pronto estará con nosotros. Gracias a vos dice su nuera por todo lo que hacés por mis hijos; Mateo te adora, ir a tu casa es su mejor programa. Contá conmigo para lo que sea ofrece los primeros tiempos con la nena tal vez sean complicados, yo me puedo hacer cargo de los chicos, en tu casa o en la mía. Los ojos de Belén se llenan de lágrimas. Tengo miedo dice miedo de no quererla, miedo de no poder. Ella, por primera vez en más de veinte años la abraza con el alma. Yo te voy a ayudar promete la sacaremos adelante entre todos. Belén se desprende y se seca la cara con las manos. Andá, disfrutá de tu fiesta, te la merecés; a vos sí que todos te quieren. A ella le da tanta lástima. Bautista se acerca. Saqué un diez en el simulacro de historia informa. Te felicito, no por el diez, sino por el enorme esfuerzo que estás haciendo. El chico la mira. Muy serio dice gracias, abuela, vos sí que te das cuenta. Camila se aproxima y la toma del brazo. Mami, mirá quién vino adelanta. Ella levanta la vista. Ángel. Se funden en un abrazo.
83 Salón de Usos Múltiples.
102
2017
Después
de muchos años se decidió a alquilar, nuevamente una quinta. En Don
Torcuato esta vez, lo más cerca que consiguió. Camila extendió su visita
de fin de año porque le van a entregar un premio, y están compartiendo
la primera quincena de enero. Ella se ofreció a quedarse con Luján y con
Mateo para que Sebastián y Belén se pudieran ir unos días solos a la
costa, ya que Bautista está de campamento con unos amigos. Fernanda,
para aprovechar a su hermana, se instaló también con los chicos, Manuel
trabajando en Buenos Aires. Candela no quiso ser menos y aterrizó con
Uma, niña que le deja cada vez que el trabajo o sus ganas la reclaman
desde la capital. Zoe prometió que vendría algún fin de semana. Con tanto pendejo dando vueltas me agarra un ataque.
La casa es grande pero igual todo es un tendal. Necesitará tomarse
vacaciones para descansar de las vacaciones. Porque con las dos
chiquitas, sobre todo, no puede despegar un ojo. Por suerte la pileta
tiene protección. Por suerte, no. Fue la insoslayable condición que puso
para alquilar. Luján, tres añitos, ya camina con soltura y está
comenzando a hablar. Es enternecedor ver como Uma, que solo le lleva
meses, se ha convertido en intérprete de su prima. Uma sí que es un
petardo. Tan caprichosa como seductora. Linda a rabiar. Nos agarró grandes se excusa Candela. Porque ambos padres le dejan hacer cualquier cosa. A Maxi se le metió en el bolsillo. La amo, pero no la aguanto es
la frase habitual de Zoe. Hace rato que Zoe se fue a vivir sola. Se
instaló en la casita al fondo de Triple C. Tuvieron que alquilar un
local exclusivo para las ventas al interior, por suerte también sobre
Córdoba. Mi “emporio”, suele decir y se ríe de sí misma, no tiene más de
seis cuadras a la redonda. El taller, Uniformes Córdoba, Triple C y
ahora el nuevo local. Ella cedió la Daewo a la empresa y en el 2015 se
compró un Clio, su primer cero kilómetros. Zoe no quiso saber nada de
sumarse al “emporio” y se las arregla trabajando como camarera. A veces
ella la ayuda a llegar a fin de mes. Este año, con viento a favor, se
recibirá. Artes dramáticas en la UNA84
. De qué vivirá esa chica. Quizá más adelante aceptará unirse al
negocio familiar. Hace falta sangre fresca. Ella está muy cansada y
Candela, sobrepasada. Suele estar con tos. Quedó sensible desde lo de
Cromañón. Amor y preocupación, ineludiblemente unidos. Abuela, ¿podemos ir a la pileta? pregunta
Uma, que se acerca con Luján de la mano. Ella se levanta de la reposera
y va en busca de Camila. Fuera de toda posibilidad que ella se haga
cargo de las dos. Les pone los bracitos. Por las dudas también le avisa a
Fernanda que está leyendo en la galería y que con pocas ganas se
levanta. Las miro desde afuera dice. Zoe tenía tres años. La edad de Luján. Un escalofrío le recorre el cuerpo. Tiene miedo. Últimamente todo le da miedo.
Fernanda acostando a los niños, Camila y ella toman un café en la galería vidriada. Solo me dieron dos entradas informa su hija porque entre yanquis y argentinos somos un montón; al fin nos conoceremos después de trabajar juntos tanto tiempo a la distancia. Ella da por sentado que una entrada le corresponderá, ¿a qué hermano le tocará la otra? Problema en puerta. ¿A quién vas a invitar? pregunta. A vos, claro responde Camila. Se la ve inquieta, ella la conoce bien. ¿Y a quién más? A mi papá. Entonces yo no voy dice sin darse un segundo para reflexionar. ¡Ahora sí que me hiciste enojar! exclama Camila con rabia no te entiendo, debieras estar contenta de que haya recuperado a mi padre, de que haya recuperado mi identidad, ¿qué?, ¿estás celosa?, quédate tranquila, a vos siempre te voy a querer más. Ella se siente tan ridícula. Sí, está enojada. El señor no quiso hacerse cargo de la niña y viene a recoger los frutos de la adulta exitosa. Furiosa está. ¿Celosa? Quizá. Camila eligió a su padre por encima de sus hermanos. Hacé lo que quieras dice Camila, se levanta y sale al parque. Ella, a través del ventanal, la observa caminar descalza sobre el césped. Sabe que debiera incorporarse e ir a pedirle disculpas. Pero no puede. No puede.
84 UNA: Universidad Nacional de las Artes
103
¡Mamá! grita Luján en cuanto ve a su madre y corre hacia ella. Belén la alza y la abraza. ¡Cómo te extrañé! exclama. ¡Y pensar que su nuera temía no poder quererla! Una madraza. Mucho más dedicada que con Bautista y Mateo. Esta chiquita logró cohesionar la familia. Acercó a Sebastián a sus hermanas, a ella con Belén. Todos la quieren. Los primos la protegen. Ni hablar de los hermanos. Un par de horas después comparten un asado. No falta nadie, piensa ella, todos mis amores. Prefiere olvidarse de Elena y de Mobi. Hoy necesita ser feliz.
104
El
corazón hecho una bomba, y no solo por subir las infinitas escaleras,
entra en el Aula Magna de la Facultad de Exactas. Intentó no llegar
temprano, pero aún el salón está semivacío. Se ubica en la tercera fila,
las primeras reservadas para los agasajados. Tiene que luchar contra la
tentación de observar a las personas que van ingresando. Se nota que
muchos son extranjeros. De a poco la sala se llena, se ocupan los
asientos próximos. Eso la alivia. Finalmente, en medio de aplausos,
entran los homenajeados. Jóvenes, casi todos, aunque el premio abarca a
los equipos participantes en ambos países, jefes incluidos, le explicó
Camila. La ve entrar a su hija, de negro y de pantalones, por supuesto.
Es tan linda que ni así logra opacarse. Alta y delgada. Un junco. A su
lado una chica rubia jovencita. Ella pesca un par de gestos que no le
pasan desapercibidos. Ojalá, piensa. Porque no le gusta que nadie esté
solo. Bastante con ella misma. Finalmente comienza el acto. Discursos en
español y en inglés. Su hija subiendo al escenario. Camila Lagos. Lleva
mi apellido, piensa con orgullo, yo la crié. Aplausos y más aplausos.
Como una película pasa por su mente la historia completa. Desde el
embarazo no deseado. ¿Qué habría pasado si Leonardo no se hubiera
borrado? Imposible saberlo. Con un poco de suerte la ceremonia terminará
sin que haya tenido que cruzarse con él. ¿Es eso lo que quiere en
realidad?, ¿ni un poco de curiosidad tiene? Los homenajeados regresan a
sus asientos. No sabe si Camila la localizó. Minutos después su celular
vibra. Te veo en el bar de la planta baja, mami. Hacia allá se
dirige, rodeada de muchos más. Entra y se apresura a sentarse en una de
las pocas mesas vacías. Todos son jóvenes. Se siente cohibida. Es
autoservicio, parece. Muere por un café, pero decide esperar a su hija.
Mira a través de los ventanales. No se imaginaba tan buena vista. ¿Me puede sentar? pregunta
una voz de hombre. Sus ojos giran al tiempo que el corazón se le aloca.
Es él, qué duda cabe. Envejeció bien, es su primer pensamiento. Alto,
delgado, erguido. Camila heredó su porte. Conservado el cabello gris
platinado. Los ojos azules, por supuesto. Hace un gesto con la cabeza y
Leonardo se sienta. Estás igual dice él. Ella hace una mueca despectiva con la boca. La llegada de Camila la exime de comentarios. Veo que se encontraron dice su hija. A ella le da mucha rabia. Me tendió una trampa, piensa. Camila vino acompañada por la chica rubia. Ella es Shirley informa hace una pausa y agrega mi compañera. Información no concluyente, seguramente es compañera de trabajo, ¿pero solo eso? She is my mom dice señalándola and he is my dad. La chica se inclina y los besa. Nice to meet you. Instantes
después los cuatro comparten un café. Chapurreando inglés y español
transcurren los siguientes diez minutos. Luego Camila informa nos vamos a ir a tomar algo todos juntos. Se repiten los saludos y ambas chicas se retiran. Camila la toma del brazo. Sí, son más que compañeras. Ella se incorpora. Yo también me voy dice. Leonardo se para. ¿Te puedo llamar otro día? pregunta con una sonrisa. ¿Cuándo te vas? pregunta ella. Él hace un gesto de sorpresa. Hace dos años que estoy viviendo en Buenos Aires informa. Sorpresa que se le traslada a ella. Busca en la cartera y le tiende una tarjeta de Uniformes Córdoba. Chau dice lo besa en la mejilla y sale. Con la respiración agitada sale.
Pone
la radio en el auto. La Panamericana está colmada, como de costumbre.
Macri, Vidal, Baradel, el comienzo de las clases que peligra. No podrían
interesarle menos. Gira el dial hasta que encuentra música. Dame
calor que siento mucho frío/En enero no se necesita abrigo/Es que me
siento todo el tiempo en el abismo/Un abrazo es lo único que pido85. A
Zoe le encanta este tema. Zoe. Zoe, de alguna manera, es la responsable
de que ella esté ahí. Alterada. Toda la historia removida. ¿Para qué?
Leonardo no la quiso bien. ¿Ella lo quiso bien? Al único que quiso bien
fue a Ariel, por eso se apartó de él. Vuelve el pensamiento y me
arrepiento/Es que todo el tiempo voy probando este veneno/Son de esas
noches olvidadas/Donde el diablo se sienta en mi cama86. Ya
nadie se sienta en su cama. Se fue mi juventud, piensa, y estuve
demasiado ocupada para ser mujer. El tiempo no retorna, eso sí que lo
tiene absolutamente claro. Un abrazo es lo único que pido87.
No piensa repetir los preparativos del día del premio. Se calza un jean, una musculosa, una camisa escocesa y zapatillas. Sin embargo, está saliendo cuando regresa y opta por unos tacos altos. Quedaron en encontrarse en el Havanna de Scalabrini y Córdoba. Pasará primero por Triple C, todavía no fue desde que volvió de vacaciones. Candela le dijo que todo estaba en orden. Pero el ojo del amo… Lucy le ofrece un café que ella rechaza para gran sorpresa de su empleada. Por suerte Zoe no está. No tiene ganas de dar explicaciones. Seis menos cuarto sale. Camina las pocas cuadras con lentitud. No quiere llegar agitada. Es una tarde preciosa. Sopla una brisa agradable. Cuando llega él ya está. Se incorpora en cuanto la ve y la besa en la mejilla. Viniste dice. Obvio, si no te habría avisado contesta ella, seca. ¿Café? propone él. Ella asiente con la cabeza. ¿Seguís sin cortarlo? pregunta. A ella le da fastidio, ¿qué se hace el que recuerda sus hábitos? Acá estamos dice Leonardo cuando el mozo deja las tazas y se retira. Ella calla. Te quiero pedir perdón dice él. ¿Perdón? pregunta, pero sí, claro que tiene que pedirle perdón. Me porté como un cobarde y te dejé en banda con cuatro criaturas. Tres no te correspondían lo desestima ella además dos ya eran adolescentes. Peor que peor. Ella hace un gesto despectivo. Te admiro dice él Camila me contó todo lo que lograste; sos su ídola; quiero agradecerte el enorme trabajo que hiciste con esta chica, es un sol; con todos tus hijos, los sacaste a los cuatro adelante a punta de esfuerzo y dedicación; yo tuve uno solo, no quiero ni imaginarme ese trabajo multiplicado por cuatro estando sola, además. No siempre estuve sola comenta ella porque le da rabia que él la ponga solo en el rol de la madre abnegada. Él le cuenta que está contento porque Camila logró relacionarse con su hermano. Con su medio hermano lo rectifica ella. Tan medio hermano como los otros tres comenta él. Es cierto, tiene que reconocer sorprendida de que nunca los calificó así. Cómo puede este hombre poner en la misma categoría un muchacho al que conoció a los dieciocho años con los tres pilares que poblaron la vida de Camila desde que nació. Está indignada. Este encuentro no tiene razón de ser. ¿Para qué querías que nos encontráramos? pregunta ella con dureza. Él parece un perro apaleado, a ella le da un poco de lástima, quizá se excedió. Ya te dije, quería pedirte perdón. Tan mal no me las arreglé dice ella no resultaste imprescindible. No, es obvio que no. De pronto le surge la curiosidad por eso comenta me llama la atención que ni bien Camila se comunicó con vos estuviste dispuesto a “reconocerla”, ¿cómo calza eso con tu indiferencia de dieciocho años? Él la mira arqueando las cejas. Sabés que los primeros tiempos consideré que no podía contárselo a mi mujer, cursando un embarazo de riesgo y luego con un bebé que tuvo muchos problemas de salud; me trasladé al interior; el tiempo fue pasando, pero nunca me olvidé de vos y me plantee una y mil veces qué habría sido de nuestro hijo; cuando Andrés ya estaba recuperado decidí separarme; mi relación con Sonia murió el día que te conocí ella hace un gesto despectivo no te pido que me creas, pero fuiste la mujer que más amé en mi vida; cuando me divorcié decidí viajar a Buenos Aires para hablar con vos, pero justo en ese momento recibí una carta tuya donde me decías que recién a los dieciocho años le informarías a nuestra hija de mi existencia; pensé que era mejor así para todos, quizá mi aparición solo te provocaría más complicaciones; fue una enorme emoción cuando recibí noticias de Camila y poder haber construido un vínculo con ella un regalo que no me merezco pero que trato de aprovechar; Camila fue muy generosa conmigo, no termino de entender por qué. Ella se queda en silencio. Absurdo plantearse qué habría pasado si Leonardo hubiera reaparecido a los cinco años de la nena. Yo era joven todavía, piensa, y él también. Su celular suena. Hola, Lucy contesta. Instantes después explica problemas laborales, me tengo que ir y se dispone a abrir su cartera. Por favor dice él frenándole el brazo. Ella se incorpora y le da un beso. Él también se para. ¿Te puedo llamar otro día? pregunta, muy serio. Ella se encoge de hombros y sale. Con el pulso acelerado sale.
106
Pasa
por Triple C. Un vecino que se queja de filtraciones. Es el baño de
Zoe, habrá que hacerlo reparar. Obvio que ella tendrá que ocuparse de
los gastos. No solo de los gastos: de buscar el plomero, comprar los
cerámicos, etc., etc. Es mi destino, piensa como suele pensar. Piedra y camino88. Pero la culpa es de ella. Elena solía decirle les ponés la red a todos antes de que se caigan.
Todos la alaban. Hasta Leonardo. A esta altura del camino ya es difícil
prescindir de los elogios. Cabecea. Pero las alabanzas de Leonardo la
irritaron. ¿Se creé que con zalamerías logrará hacerse perdonar? ¡La
mujer que más amó en la vida! ¡Hay que ser caradura! Si a la mujer que
más amó en la vida la abandonó preñada, ¿qué queda para las demás?
¿Habrá habido otras después de que se separó? Seguramente, era joven
aún. Ahora es viejo, piensa, se mantiene bien, pero es viejo, debe tener
como setenta y cinco. Sin embargo, sigue haciéndose el seductor. Genio y figura hasta la sepultura
diría su madre. Cuánto hace que no piensa en su madre. Ella es más
vieja de lo que nunca llegó a ser su madre. Saca cuentas. Cuando murió
era más joven que Candela. Un escalofrío le recorre la columna. ¿Por qué
pensó en Candela? Quizá porque estaba embarazada de ella cuando los
descubrió tirados en el piso. La muerte. No quiere pensar en la muerte.
Recién está reponiéndose de la de Elena. A veces piensa que son tantos
sus amores que el riesgo la ronda permanentemente. Con el correr de lo
años se ha puesto más aprensiva. Teme. Suena el teléfono de noche y se
alarma. La escucha toser a Candela y se alarma. Se alarma por el
corazoncito de Luján, por la hipertensión de Sebastián, por el Birads 3
de Fernanda, aunque la ginecóloga lo desestime, por las bronquitis a
repetición de Simón. Y así y así. Cuando por las noches la surcan los
pensamientos negros se levanta y se prepara un té. Suele pescarla
despierta el amanecer. De paso habría que hacer ver la canilla del bañito dice Lucy hace rato que pierde. Ella ya se cansó de cambiar cueritos por eso dice le encargaré a Braulio que la revise. Tendría
que ir al clínico. A lo mejor está precisando algo que la ayude a
dormir. Pero ella odia los remedios. Gloria le dijo que está tomando
Melatol, que es natural. Sí, le preguntará al farmacéutico. Hola, abuela dice Zoe dándole un beso ¿qué hacés por acá?, seguro que viniste a invitar a cenar a tu nieta favorita. Ella cabecea. Dale, chanta, vamos a comer una pizza, yo también tengo hambre. Porque sí, descubre que tiene hambre. Hoy, con el tema de Leonardo, se olvidó de almorzar. Dejo la mochila y vengo, abuela, ¡no te me vayas!
Está
sumergida en el agua cuando suena el celular. Lo dejó apoyado en el
banquito. Extiende la mano para tomarlo mientras dice en voz alta qué pesado. Hola, abu la sorprende la voz de Simón ¿puedo ir a dormir?, Ema hace una piyamada y no me banco tantas chicas. Ella se sienta bruscamente. Me estoy bañando, te llamo en un ratito
dice. Se incorpora y se envuelve en la toalla. ¿Qué hacer? Si se niega
tendrá que darle una explicación a Fernanda y ella odia mentir, más aún a
sus hijos. Se le ocurre una idea. Mira el reloj: las siete. ¿Puede ser a las ocho? le escribe a Leonardo. A los pocos minutos recibe ocho y cuarto te paso a buscar. Llama a lo de Fernanda rogando que no la atienda su hija. Hola, Bela la saluda Ema hoy vienen las chicas. Sí, ya sé la interrumpe ella pasame con tu hermano. Hola, abu dice Simón. Entre la diez y media y las once te paso a buscar y te traigo a casa, avisale a tu mamá. ¡Perfecto! exclama el pibe así no me pierdo las hamburguesas. Satisfecha, corta. A grandes problemas grandes soluciones diría su mamá. Porque así, además, la salida será breve. Fecha de vencimiento, piensa.
¿A dónde querés ir? pregunta Leonardo, ambos sentados en el auto. Por acá cerca; uno de mis nietos me pidió venir a dormir a casa; quedé en pasarlo a buscar a las diez y media. ¿Nunca decís que no? pregunta él, sonriendo. A los chicos, no le aclara ella, seca. Diez minutos después están sentados en Lo de Mary. Humahuaca y Medrano registra ella, bastante cerca. La carne es buenísima comenta él. Ella toma nota de que él sale. ¿Solo o acompañado?, se pregunta. Ella también sale. Sola y acompañada. Acompañada por su familia en general. ¿Querés que compartamos una parrillada? propone Leonardo. Ella asiente. Con papas fritas le ordena él al mozo sin consultarla. A ella le da rabia. Ensalada de rúcula para mí indica entonces. Él sonríe. No dejaré que me saques una papa dice. Ella no recuerda que fuera tan simpático. A lo mejor antes no lo era. A lo mejor, mejoró piensa, a veces la gente se hace mejor, mejora. ¿Tinto? No, mejor no, porque luego tendré que manejar, agua con gas. Él nuevamente sonríe. Me está tomando el pelo, piensa ella. Contame de tu familia pide él. Tendremos para toda la cena dice ella. De acuerdo dice él levantando ambas palmas la próxima te cuento yo, pero habrá que buscar algún otro tema porque no dará para mucho. Ella sigue fastidiada, odia que él se haga el galán, debiera mirarse en el espejo. Él arremete con preguntas y ella va contestando porque si de algo le gusta hablar en la vida es de los suyos. Qué cosecha comenta él. Y ella se siente orgullosa. Muy orgullosa. Cuando se quiere acordar el reloj le devuelve las diez y cuarto. Me tengo que ir informa. Pero todavía no comimos el postre, los panqueques son espectaculares. A los niños no se los puede hacer esperar aclara ella. Él ladea la boca había abajo y llama al mozo. Los probarás la próxima dice. Ella quisiera decirle que no habrá próxima. Ya no tengo tiempo de ir a buscar el auto dice me tomaré un taxi. Yo te alcanzo ofrece él entregando la tarjeta de crédito. Cuando llegan a lo de Fernanda él propone ¿no querés que los lleve a tu casa?, te pasás al asiento de atrás y decís que es un remis, me podés pagar y todo. Pero a ella no le causa gracia. Le da un beso en la mejilla y amaga bajarse. Él le dice gracias por la cena. Ella no contesta. Se apresura a alejarse y toca el portero eléctrico. A ver cómo sale de esta sin tener que mentirle a su hija. Algo se le ocurrirá. Por suerte vive en el piso diez. La suerte le es benévola: baja Manuel. ¿Dónde tenés el auto? le pregunta su yerno. ¿Qué te parece, Simón, si vamos caminando?, la noche está preciosa, pensé convidarte con un heladito. ¡Esa es mi abuela! exclama el chico. Ella sonríe. Nadie podrá negar que es una mujer con recursos.
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2020
Allí
está ella en Punta del Este. Veraneando en el exterior, se ríe de sí
misma. Después de décadas aceptó la propuesta de Sebastián. Sus
consuegros surcaron los ochenta, ya no tienen ganas de ir, pusieron la
casa en venta. Quizá sea el último verano, ma, tenés que conocerla.
Allí está ella. Pero no vino sola. Candela, como siempre que puede, le
adosó a Uma. Luján de parabienes. Son inseparables las mocosas. Ella
temía que al crecer, Uma, viva entre las vivas, dejara de lado a su
prima. Cosa que no ocurrió. Sigue teniéndola bajo el ala y Luji la
idolatra. Y la obedece, condición sine qua non para andar de buenas con
Uma, que está acostumbrada a que el mundo gire a su alrededor. Ella se
pregunta si Sebastián sufrirá al ver las diferencias entre ambas nenas,
cada vez más visibles. Para Belén es fundamental su fe en Dios, pero a
ella se le parte el alma por su hijo. Lo ve tristón, ya no es el mismo.
La vida de los chicos, por suerte, no parece haberse alterado. Bautista
tiene novia y también está veraneando allí. Clara se llama. Para su
gusto demasiado “cheta” como bien la calificó Ema cuando la conoció en
su fiesta de quince. Mateo es un sinvergüenza. Catorce años ya, un potro
desbocado. Todas las noches hay discusiones porque no respeta los
horarios de regreso. Ella lo apaña. La puede ese nieto. El rebelde de la
familia. Son todos demasiado dóciles, sacando a Uma, por supuesto. El
último fin de año fue especial. Hacía rato que no lograban reunirse
todos. Camila vino con Shirley. El español de la chica progreso mucho
más que su inglés, por suerte, a pesar de que su profesora la alienta.
Cuando fue a visitar a Camila se arregló bastante bien, claro que tenía a
Zoe de acompañante, que habla inglés con total fluidez. Camila le
insiste a su sobrina para que se vaya un tiempito. Quizá piensa que
estando en el país tiene alguna posibilidad de conocer al padre que
cerró cuanta puerta la chica intentó abrir. Suposiciones mías, piensa.
Finalmente, Zoe accedió a trabajar con ellas. El teatro independiente no
logra alimentarla. Le está dando una mano sobre todo con las compras.
Ella ya no tiene ganas, ni fuerzas, para andar acarreando mercadería. La
chica se maneja muy bien con las relaciones públicas, y es una fiera
defendiendo precios. El gobierno de Macri fue nefasto para los textiles,
pero ellos como siempre, salieron a flote. Veremos cómo les va con
Fernández. Sí, fue un fin de año especial, Camila, por primera vez en su
historia, lo pasó con ambos padres. Leonardo, de a poco, se fue sumando
a la familia. En calidad de padre de Camila, porque ya no están para
jugar a los tórtolos. Son buenos compañeros, eso sí. Van a comer afuera,
al cine, al teatro. También Andrés fue bien recibido. Hasta por Belén,
cambió mucho su nuera. Luján le movió las estanterías. Mira la hora. En
un rato se despertarán las nenas y la paz desaparecerá. Corre la
reposera buscando sombra. El sol se está poniendo fuerte.
La
televisión y la radio no dejan de hablar del Covid. Nueva epidemia.
Pandemia la llaman. Están todos paranoicos. Ya lo vivieron con la gripe
A, que pasó sin pena ni gloria. Aprovechan los que venden barbijos y
alcohol en gel. De cada desgracia hay alguien que sale beneficiado,
piensa. Ella trata de no escuchar demasiado. Ha decidido que es algo
lejano, algo que no puede afectar a sus amores. Ajeno a ellos. Por eso
no se preocupa. Todavía no se preocupa. Todavía no se preocupa
demasiado. Igual dicen que para la gente joven no es un riesgo. Su
familia es joven. Y sana. Prefiere no pensar en las bronquitis de Simón y
en la eterna tos de Candela. Jóvenes y sanos. Ángel y Leonardo no son
jóvenes. Ángel es frágil, Leonardo no lo parece. Ella tampoco es joven.
Los tres ya vivieron todo lo que tenían que vivir. A Ángel hasta le tocó
ser abuelo, Elena se lo perdió. Se hubiera derretido por Carmelita. Se
la perdió. Por suerte pudo disfrutar de sus nietos postizos. De Zoe a
Simón. A Uma la conoció estando internada y Luján nació meses después.
Meses después de que se fuera. Seis años ya. Y Mobi casi enseguida,
Meses tristísimos. Le costó recuperarse. Porque se recuperó, sí, pero
una parte de ella desapareció con su amiga. Le llevó meses decidirse a
traer las bibliotecas. Y meses durmieron los libros en las cajas. De a
poco los fue acomodando y cada vez que toma uno Elena vuelve a
acompañarla. El COVID es lejano, pero ya empezaron los casos en la
Argentina. Ayer se produjo la primera muerte. Agita la cabeza y se
dirige a la biblioteca. Como suele hacer, cierra los ojos y toma un
libro al azar, Así suple las recomendaciones de su amiga. Pájaros en la boca90. Lo ojea. Cuentos. Irman
el primero. Aunque prefiere las novelas se rinde al destino. Tomo en
mano se deja caer en el sillón. Al momento le falta un café, pero le da
fiaca levantarse. Lee la primera página. Se engancha. Elena nunca se
equivoca con sus gustos. Suena el celular. Lo dejó sobre la heladera. Se
levanta, fastidiada. Fernanda. ¿Viste la tele? No, estoy leyendo. Encendé, decretaron la cuarentena. ¿Qué? pregunta mientras se acerca a la radio. ¡Encendé, mami! ordena su hija y corta.
90 “Pájaros en la boca”, libro de cuentos de la escritora argentina Samanta Schweblin.
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91 “Dailan Kifki”, libro de cuentos infantiles de María Elena Walsh.
92 “Algo en que creer”, serie danesa.
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Manuel, barbijo mediante, le entrega a la nena, también con barbijo, y un bolso. Qué suerte, abuela, estaba aburridísima dice Uma y se acerca para abrazarla, pero el padre la frena. Mejor no, hija. ¡Ufa! Ella abre la puerta de atrás y le ajusta a la nena el cinturón de seguridad. Luego gira y pregunta ¿cómo sigue Candela? Le di paracetamol de un gramo y le bajo bastante la temperatura. ¿Qué síntomas tiene? Le duele la garganta. Seguramente es una angina dice ella. Sí, conseguí una teleconsulta para mañana a las nueve. Ella se queda más tranquila, es importante que alguien la vea, aunque sea a través de la pantalla. Llamame cualquier novedad, a la hora que sea pide y se sube al auto esperando que nadie la detenga. Horrible sentirse un delincuente, piensa. Qué linda es la calle, abuela dice Uma la cabeza apoyada en la ventanilla abierta. Vaya si es linda, la libertad.
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93 “Dailan Kifki”, libro de cuentos infantiles de María Elena Walsh.
94 “Cabeza contra el asfalto, cuento de “Pájaros en la boca”, de Samanta Schweblin.
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Ella se queda con el celular en la mano. Paralizada. Esto no me puede estar pasando, piensa, están internando a mi hija y no me la dejan ver. Si no estuviera la nena ya habría salido hacia el sanatorio. En auto, caminando, de rodillas. Trata de pensar. Su cabeza es un nudo de serpientes. Mira el reloj. Cuatro y veinte. ¿A quién corresponde avisar? Zoe. Tiene que llamar tres veces para que la atienda. Hola dice una voz adormilada. Zoe, internaron a tu mamá en el Güemes. ¿Por qué? Mucha fiebre, dolor de garganta, muy agitada. Voy para el sanatorio determina la chica. No, preciso que vengas a quedarte con Uma que está en casa así puedo ir yo. Segundos de silencio. Una voz ya totalmente lúcida replica no, abuela, yo voy para allá, es mi mamá. Y es mi hija quisiera decirle ella, pero calla. Su nieta tiene razón. No te dejarán entrar repite las palabras de su yerno. No importa, le haré compañía a Maxi. Creo que a él tampoco le permitirán. Lo encontraré afuera informa Zoe y corta. Todos me cortan, piensa mientras teclea el contacto de Fernanda. Tarda en atender. ¿Qué pasa, mami? responde ahora una voz alarmada. La internaron a Candela en el Güemes informa, repite el parte y añade me dejaron a Uma, preciso que te hagas cargo de ella. ¿Para qué?, si me dijiste que está prohibido el ingreso. Necesito libertad de acción dice ella ya veré luego qué hago. De acuerdo, me dice Manuel que se viste y la va a buscar. La siguiente llamada es para Sebastián. ¿Qué puedo hacer? pregunta su hijo. No sé responde y por primera vez llora no se qué hacer. Gracias por avisarme, ma, ¿querés que vaya a hacerte compañía? No, cuando venga Manuel le diré que me lleve al Güemes, te hablo desde allí. Corta y llora. Llora hasta que un ruido en el pasillo le anticipa la llegada de Manuel. Su yerno carga a la nena dormida y la acuesta en el asiento de atrás del auto. Ella se sienta adelante. Mientras viaja en absoluto silencio piensa que quizá se apuró en llamar a todo el mundo. En asustarlos. Seguramente solo es una medida de precaución. Reaccioné mal, piensa, entré en pánico. Recuerda a Cromañón. Recuerda a Candela tirada en la vereda como muerta. Pero no estaba muerta. La salvaron. Manuel le hizo respiración artificial. La salvamos entre todos, piensa. Me bajo acá le indica a su yerno les aviso cuando sepa algo promete y desciende. Desciende y corre. Por fin la posibilidad de traducir la angustia en movimiento. Corre y corre. Frente a la puerta de ingreso a la guardia reconoce el auto de Maxi. Golpea la ventanilla. Allí descubre a Zoe. Entonces abre la puerta de atrás y sube. Tres habitantes de diferentes casas adentro de un mismo coche. Aunque con barbijo, claro. No podría importarle menos. ¡Que se atrevan a llevarla presa! ¿Novedades? pregunta obviando el saludo. Nada contesta Maxi. ¿Preguntaste? insiste ella. No hay a quién. Ella observa, a través de la ventanilla, varios autos estacionados con gente adentro. Sin decir palabra abre la puerta del coche y baja. Se acerca a la puerta de la guardia y golpea. Nada. Insiste. Sale un personal de seguridad, con barbijo por supuesto, y le indica que debe retirarse. ¡No me moveré de aquí hasta que me den noticias de mi hija! Mientras tanto otra mujer desciende de un auto y se aproxima. Y luego otra. ¡Llamen a la policía! grita ella no nos moveremos. El hombre se retira. Quince minutos después aparece tras los vidrios un médico del que solo se ven los ojos. Tiene varias fichas en la mano. Familiar de Rául Goldstein dice. Una de las mujeres se acerca y recibe el parte. Candela Gómez. Ella trastabilla en el apuro. Soy la madre informa. Se la ingresó, se le hizo la prueba de COVID, aún no están los resultados; está saturando mal, le pusimos mascarilla de oxígeno, la seguiremos evaluando. Ella abre la boca para preguntar, pero el médico se va antes de que lo consiga. El de seguridad hace una seña. Todas se aproximan. Retírense a sus casas, es inútil que estén acá; luego de las ocho de la mañana recibirán el parte al teléfono de contacto que proporcionaron; no compliquen el trabajo de los médicos, son sus familiares los que los precisan. Las otras mujeres se van apartando. Ella queda sola. Zoe se baja el coche y se acerca. ¿Qué pasó, abuela? Ella la toma del brazo e indica vayamos al auto. Suben. Ella les trasmite la información. ¿Qué hacemos? pregunta Maxi. Yo me quedo con vos, abuela, donde sea decide Zoe. ¿Quieren venir para casa? propone ella. Maxi dice a mí, por conviviente, me dijeron que me tengo que aislar. ¡Ridículo! exclama Zoe ya estuvimos los tres juntos. Las dejo y me voy para casa decide Maxi dejé todo encendido, avisame a cualquier hora si te llaman pide. Minutos después el auto se detiene en Mario Bravo. Ambas descienden. Ya en la cocina ella propone ¿querés algo calentito? Porque recién descubre que hace frío, que pasaron mucho frío. Un té acepta Zoe. ¿Te preparo el cuarto de arriba? pregunta ella, los tés ya terminados. Zoe se queda en silencio un largo rato. ¿me puedo acostar con vos? pide, la mira y luego añade tengo miedo, abuela. Ella la abraza. Yo también tengo miedo, piensa pero no lo dice. Mucho miedo.
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Las horas no transcurren. Las agujas detenidas. Al mediodía Fernanda organizó una reunión por Zoom, Camila incluida. Ella dando el parte y todos mirándose sin nada que poder hacer. Nunca en su vida experimentó mayor impotencia. A la tarde mensaje de Maxi: estoy con fiebre. Sobre llovido, mojado. A la noche finalmente consiguió que fueran a verlo. Hisopado. Estaba saturando bien, paracetamol y reposo. Uma por el momento sin síntomas. Fernanda alerta. Imposible separarla de sus chicos. Ella se arrepiente de haberles pedido que se la llevaran. Pero no puede preocuparse por Simón. Su capacidad de preocupación colmada por Candela. Zoe, absurdo en ella, entró en mutismo. Vaga por la casa en silencio. A la nochecita ella no aguanta más y llama al Güemes. Luego de más de una hora de intentarlo la atienden. No, señora, ya le dijimos que debe esperar el parte de mañana; precisamos las líneas para recepcionar pacientes. Siguiente media hora avisándoles a todos de la falta de novedad, Maxi con dolor de garganta y tos, la fiebre cediendo. A la noche hirvió unos fideos que Zoe y ella apenas probaron. Ducha y a intentar dormir. Zoe, bendita juventud, cayó desplomada. Ella solo dormita por momentos. A la madrugada se muda al sillón del living. Ya no aguanta estar a oscuras con la cabeza girando a mil, el pulso acelerado. Nuevamente a las ocho Zoe aparece por la cocina y comparten un café. Hace frío. Ella enciende las estufas. A las nueve menos cuarto cuando ella ya no sabe cómo controlar su ansiedad, suena el teléfono. Lo único que logra sacarle a la mentada doctora Perales es que la situación sigue igual: coma inducido, respirador artificial. Estable repite la mujer. Se repite el cronograma del día anterior: Zoom, llamadas telefónicas cruzadas durante toda la tarde con el único objetivo de no sentirse tan solos en la agónica espera. A la nochecita ella decide darse un baño de inmersión para ver si logra relajarse. Sumergida en la bañera escucha su celular. Se olvidó de llevárselo. ¡Atendé! le grita a Zoe, seguramente es Leonardo que quedó en llamarla. Minutos después su nieta entra al baño sin golpear siquiera. Esta demudada. Zoe, ¿qué pasó? le pregunta ella manoteando la toalla. La chica, como a una marioneta a la que le cortan los hilos, cae de rodillas sobre el piso de mosaicos. Mi mamá se murió dice.
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2023
Los ciclos de la vida. Ahora es Sebastián el que alquiló una casa en un country en Nordelta y ella la invitada. Tirada en la reposera, los ojos cerrados, espera que pasen las horas. Primera vez que veranea desde el 2020. Desde la muerte de Candela debiera decir, pero para ella decir 2020 es un sinónimo. Solo aceptó venir por las nenas. Uma precisa vacaciones y a Luján nada puede hacerla más feliz que la presencia de su prima. Bautista está estudiando para un final, Clara viene casi todos los fines de semana. Duermen separados, esas son las reglas de la familia. Ella confía en que solo sea una representación. Espera que su nieto no sea tan anacrónico como su madre pretende. Mateo se fue de viaje de egresados a Brasil. Ese sí que les da dolores de cabeza. Viaje de egresados, pero aún debe dos materias. Se quiere tomar un año sabático antes de comenzar la universidad. Sebastián lo quiere matar. Ya le dio ultimátum: estudiás o trabajás. Mateo le preguntó si no tenía algún trabajito para él en los locales. Lo tiene, claro, pero no quiere entrar en litigio con su hijo. No tiene fuerzas. Está viva, lo sabe porque respira, porque la sangre sigue corriendo por sus venas, sin embargo, se siente muerta. Muerta en vida, frase tan atinada. Los primeros tiempos no lograba salir de la cama. Zoe, aún en cuarentena, se ocupó de ella. Le preparaba la comida. Hasta que una noche soñó con Candela. Su hija caminaba hacia ella con dos nenas tomadas de la mano. A las nenas no se les veía la carita. De pronto, la figura de su hija se esfumó, pero las criaturas perduraron. Se despertó transpirada, con un agudo dolor en el pecho. Se despertó y se levantó. Previa ducha se dirigió a la cocina. Zoe trajinaba con las tazas. Ya te iba a llevar el desayuno, abuela pareció disculparse su nieta. Ella la abrazó. Yo te tengo que cuidar a vos le dijo. Me cuidaste toda la vida, ahora es mi turno. Ella tomó el café que le ofrecían. Lo tomó con ganas porque precisaba despejarse. Le voy a decir a Fernanda que me traiga a Uma, ¿te parece bien? le consultó. Desde ese momento sus dos nietas se transformaron en el motor de sus días. En cuanto se aflojaron las medidas restrictivas reabrió el taller y, luego, los locales. Más allá de su responsabilidad de seguirle generando trabajo a mucha gente que dependía de ella, se propuso entrenar a Zoe para que pudiera reemplazar a Candela, con la mirada puesta en que, dentro de no mucho, pudiera reemplazarla a ella, hacerse cargo del emprendimiento familiar. Fernanda le dijo que estaba condicionando a la chica, que no era esa su vocación. Pero ella ya lo había comprobado con Candela, lo textil metido en la sangre. Desde antes de nacer Zoe habitó Uniformes Córdoba. Allí se crió, entre costuras95, como bien dice la serie. Luego vivió al fondo de Triple C. A lo mejor Fernanda tiene razón y ella es una egoísta. Por el momento saberla a Zoe junto a ella la mantiene con vida y cree que a la chica también. Sigue respirando por Zoe y por Uma. Sabe que sus otros nietos están celosos, pero, por el momento reitera, lo poco que tiene para dar, lo poco que queda de la Claudia que fue, necesita concentrarlo en ellas. Uma quedó viviendo en Mario Bravo. Maxi, que había sido despedido en la pandemia, consiguió trabajo en Neuquén. Viaja a ver a la nena cuando puede y le envía dinero. También cuando puede. Ella cree que allá está nuevamente en pareja. Sebastián le insiste con que hay que hacer la sucesión de Candela. El departamento lo compró antes de conocerlo a él, solo le pertenece a Zoe y Uma. Departamento donde se instala Maxi con Uma cuando viene. Ella se hace cargo de los gastos. Del dinero puede hacerse cargo como siempre. Ya no de trámites ni de decisiones que la involucren emocionalmente. Ya no. Guarda la chispa de vida que le resta para terminar de criar a Uma. Recién tiene diez años. Le tocara luego hacerse cargo de una adolescente. Eso sí que la abruma. Fernanda la ayuda mucho, suele cobijar a su sobrina los fines de semana. Ema la tomó de hija. La relación entre Uma y Zoe suele ser tensa. Aunque se aman, ambas tienen caracteres muy fuertes. Salieron a la madre. Chocan una y otra vez. Uma en la escuela muy bien. Es sumamente inteligente y, además, líder nata. Mario Bravo volvió a poblarse, suele haber muchas niñas. Ella le agradece a Candela haberle dejado un antídoto contra su pérdida. Antídoto que pierde eficacia en cuanto se mete entre las sábanas y apaga la luz. No ha vuelto a dormir una noche entera. Fernanda le insiste con que vaya el médico y le pida algo para dormir. Ella no quiere ir al médico. Los médicos no sirven. No pudieron salvar ni a su marido ni a su amiga ni a su hija. Además, en sus insomnios recorre la vida de Candela. La ve bebé, niña, adolescente, adulta. La recupera durante esas horas vacías. Pasa horas mirando fotos y videos. Mirando los cuadernos de cuando era chiquita. Descubriendo cantidad de pistas que quizá le hubieran permitido ayudarla. Tanto falló criando a esta hija. Nunca va a poder perdonarse. Belén se acerca con una taza. Te preparé un café ofrece. Ella se sienta en la reposera. ¡Abuela, te despertaste! exclama Uma. Tantas veces no quisiera despertarse. ¡Abela! se acerca Luján corriendo con los bracitos extendidos buscando el abrazo. A ella, después de mucho, porque ya las agotó todas, se le llenan los ojos de lágrimas.
95 “Entre costuras”, serie española que emitieron en Netflix.
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Mail de Camila. Raro. Hace rato que no le envía un mail. Se alarma. Hola,
mami. Te quiero comentar algo, pero me tenés que prometer que no le
dirás nada a Zoe. Voy a un congreso en Boston, en la misma universidad
donde trabaja el padre de Zoe. Tengo intenciones de tratar de
comunicarme con él. Me parece fundamental que esté enterado de que
Candela murió y que, en consecuencia, Zoe ya no tiene a ninguno de sus
padres. ¿Qué te parece? Si no logro hablar con él, o si me echa, no le
diré nada a Zoe por supuesto. De algún modo, aunque sé que no debiera,
preciso tu autorización. Espero que estés bien. Un beso grande, mami.
Cierra la computadora. No puede contestar ahora. Además, no sabe qué
contestar. Ni Zoe ni ella están en condiciones de afrontar otro golpe
emocional. Nadie se da cuenta de que estamos frágiles, piensa. Esta
noche lo evaluará, le responderá mañana. Leonardo le propuso cenar
afuera. Ella le dijo que no, pero quizá sea mejor idea. No tiene ganas
de cocinar. Me arrepentí teclea.
Le hizo bien charlar con Leonardo. Le contó la propuesta de Camila. Siempre ocupándose de todos, aun a la distancia fue su primer comentario. Es cierto. Hace más de una década que vive en el exterior, sin embargo, ha estado pendiente de cada uno de los integrantes de la familia. No hubo un fin de año que no viniera. Desde la muerte de Candela ha viajado también en julio. Le insiste para que vaya a Estados Unidos a quedarse con ella por unos cuantos meses. Impensable. Qué hacer con Uma, además. Y con el trabajo, más allá de que Zoe cada vez toma más las riendas. Rita le dijo la semana pasada que está pensando en jubilarse. Fue un impacto. No concibe llegar al taller y no encontrarla. Su mano derecha. Ella le pidió que lo postergara y que, mientras tanto, vaya entrenando a Gladys para que la reemplace. No soporta más pérdidas. Ángel en el 2021. No te lo pude cuidar, Elena, perdóname le pidió mil veces a su amiga. Demasiado inmersa en su propio dolor para mirar más allá de sus narices. A Carmelita solo la vio un par de veces. En esto te transformaste, Claudia, se reta, aunque sin demasiada convicción. Ella pudo sobreponerse a la muerte de Alberto, a la de Elena, al abandono de Leonardo, a la pérdida de Ariel. Pero a la muerte de Candela, no. Por alguna razón no existe en el diccionario una palabra para nombrar a quien pierde a sus hijos. Porque es algo innombrable. Algo que, le consta, existe, pero no debiera existir. Se cuestiona por qué no le prohibió ir a Cromañón, por qué no la obligó a tratar sus pulmones, por qué no la obligó a aislarse ni bien comenzó el COVID. La insoportable convicción de que no supo protegerla. Cuarenta y cinco años. Murió con cuarenta y cinco años mientras ella sigue arrastrando sus casi setenta. Nunca sintió que la vida hubiera sido injusta con ella. Fue tomando lo que le acontecía sin cuestionarlo. Lo de Candela, no. Lo de Candela no logra admitirlo. ¿Por qué el virus maldito no se la llevó a ella?, ¿por qué eligió a su hija todavía con tanto por vivir? Además de la angustia, el enojo. No logra alcanzar la paz. Además, no la dejaron verla. Despedirse, Abrazarla. Convencerse. Dos semanas después les entregaron una urna con cenizas. ¿Eso era Candela?, ¿eso había quedado de Candela?, ¿en eso se había transformado su hija? Si alguna vez ella se portó mal en la vida, todos sus pecados fueron saldados. El peor de los castigos. ¿Cómo pueden exigirle que se reponga? Irreversible. No es cuestión de tiempo. Es irreversible.
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Abuela, ¿me invitás a cenar? pregunta Zoe por Wapp. Ella, a punto de acostarse, luego de un café con galletitas, teclea no tengo nada. Y es cierto, hoy, cuando llevó a Uma a una piyamada, se propuso ir al supermercado, sin embargo, no juntó fuerzas. Pero en cuanto lo envía se arrepiente. Agrega entonces si querés vamos a comer una pizza. ¿Paso por ahí o nos encontramos directamente? Ella mira el reloj. Te veo a las nueve en Los Cocos propone. Porque no tiene ganas de manejar, ni ganas de vestirse. Pero lo hace. Si la viera Fernanda se enojaría. Claro, porque es Zoe diría. Nueve y cinco llega a la pizzería. Su nieta ya está. Qué raro que un sábado a la noche sin programa. ¿Pedimos un vinito? propone Zoe. Por mí, no responde ella. Abuela, dale, tenemos que festejar. ¿Qué? pregunta ella, asombrada. Porque hace mucho que no tiene nada que festejar. Te cuento cuando brindemos responde, con una sonrisa misteriosa. ¿Tendrá pareja nueva? Las relaciones de Zoe son siempre efímeras. Yo no creo en la monogamia ha afirmado muchas veces. Cuando llega el vino la chica llena ambas copas. Eleva la suya. Chin, chin dice. ¿Por qué? insiste ella. Hoy me escribió mi papá informa su nieta.
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¿Cómo te fue? le pregunta Fernanda. No muy bien informa ella no
pasé la prueba de vista; el hombre me dijo que vaya al oculista, que es
probable que tenga cataratas. Te dije, mami, que no estabas viendo
bien. Por suerte el registro recién vence en un mes dice ella para interrumpir la retahíla. En
un rato voy para tu casa y te ayudo a sacar un turno online por PAMI,
vaya a saber para cuándo te lo darán; si no, bien podés hacerlo en forma
privada; le podemos preguntar a Belén, la madre acaba de operarse. Su
yo de siempre diría que esperará a PAMI, pero lo único que le falta en
este momento es quedarse sin manejar; imprescindible para el trabajo y
para llevar y buscar a Uma. Cuando vengas lo charlaremos concede.
Cataratas. Vejez. Esa vejez que se le instaló en la cuarentena. Dolores
articulares, dolores en el pecho, cansancio y, ahora, pérdida de
visión. Del resto no sabe, mil años que no se hace un análisis. Fernanda
la vuelve loca. Seguro que hoy volverá a la carga. Tendrá que hacerle
caso con los ojos. Eso o resignarse a ser peatón. A Leonardo le costó
mucho dejar de manejar. Aunque de peatón, nada. Taxis y ahora Uber.
Andrés le bajó la aplicación. Ella no puede darse el lujo. Por Uma.
Estuvo charlando mucho con Rita. Fueron a comer unas empanadas a la vuelta del local. Difícil concebir el taller sin ella. Estoy muy cansada, Claudia dijo. Ella le propuso alternativas para que no se desvincule del todo. Quedó en evaluarlas. Porque, más allá de las infinitas tareas de las que se ocupa, precisa verla cuando abre la puerta del taller. No hubiera podido construir su “emporio” sin la columna vertebral que significó Rita en todas estas décadas. La recuerda en el cuartito de Mario Bravo, cosiendo pitucones. ¿Qué van a hacer con del departamento de Candela? le preguntó de golpe su amiga, porque sí, además de colaboradora ha sido y es su amiga perdón que me meta pero la lógica sería que Zoe viviera allí. Es cierto. Ella no lo había contemplado, asociando esas paredes a Maxi. Lo consultará con sus hijos antes de proponérselo a Zoe. Las sucesiones suelen aparejar conflictos familiares agregó Rita ya le dije a Luis que tenemos que dejar por escrito, y ante un escribano si hace falta, cómo queremos que se repartan las cosas con nuestros hijos, para evitar problemas entre hermanos. Ella se quedó pensando. Sigue pensando. Recién toma conciencia de que solo involucró en el futuro de sus negocios a Zoe, sin embargo, lo que ella construyó también les pertenece a sus hijos, sobre todo las propiedades. Tendrá que ir pensando al respecto. Leonardo, hace poco, hizo un testamento. Le preguntará por su abogado. No es que ella esté pensando en una muerte próxima, pero sí en un retiro no tan lejano. Quizás a Fernanda le interese involucrarse en algo. O a Sebastián en la parte contable. Es llamativo, no lo había pensado antes. Estrechez de miras. Sí, se está poniendo vieja. Mañana tiene turno con el oculista que le consiguió Fernanda. Operación en puerta. Estrechez de miras. Vieja.
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¿Seguro que no querés que me quede? le pregunta Sebastián. No, estoy lo más bien dice ella bajándose del auto. Ni parche le pusieron. Ya ve bien. Leonardo le había dicho, pero ella no le creyó. La semana que viene el otro ojo. El doctor le dijo que, otra semana, y estará en condiciones de ir a renovar el registro. Lo único que le interesa. Una carrada de dólares le costó el chiste. A una clínica de lujo la llevó Sebastián. Vos podés pagar había dicho podés y te merecés lo mejor. Lentes multifocales. Ya no precisará anteojos ni para leer. Menos mal, porque los pierde a cada rato. Los anteojos, el celular y las llaves. Muy distraída está. No le dolió nada, pero igual no le gustó. La angustió. Siempre su recurso ante el dolor o el miedo es cerrar los ojos. Y no pudo. Un aparato le mantenía el ojo abierto de par en par. Reflectores, gotas inundándola, el roce de instrumentos en la cara. Siempre asoció el encierro con la oscuridad. Pero el de recién fue un encierro plagado de luz. Sin posibilidad de escape. A merced de los otros. Una sensación de impotencia total. Recordó, mientras trabajaban sobre ella, los días en que Candela estaba internada. La impotencia de no poder saber, de no poder verla. Luego, de no poder despedirla. De todo eso estuvo teñida la operación. De acuerdo con lo indicado, entra a su casa, se prepara un té y se lo lleva la cama. Necesita descansar. Agotamiento emocional. Bebe de a sorbos el té. Luego apaga la luz. La maravilla de poder cerrar los ojos.
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Domingo de elecciones. Por primera vez en su vida, se plantea si irá a votar. Harta de escuchar la radio, de ver la ciudad tapizada de afiches, de escuchar discutir a sus hijos, a sus empleados. Montescos versus Capuletos. Mazza versus Milei. Ojalá pudiera creer en alguno. ¡No son iguales, Claudia! la retaba el otro día Manuel si gana Milei se acaba la Argentina que conocemos. Por suerte no estaban Belén y Sebastián. Ellos piensan distinto. En casi todo piensan distinto. No sabe sin decir por suerte, porque ahora se reúnen poco y nada. Ahora. Adverbio donde engloba tres años. Desde el 2020 un antes y un después. Hola, abuela dice Uma entrando descalza en la cocina, el largo cabello enmarañado. Ella le prepara el Nesquik y se sirve otro café. La nena busca la lata de las galletitas. Te compré vainillas le dice ella abriendo la alacena. Uma sumerge las vainillas en su jarro. La mitad queda adentro y tiene que rescatarla con una cuchara. Ríe. Ella también ríe. Esa chiquilina la obliga a sacudir su abulia. Es una criatura, necesita alegría. Energía. Anda a vestirte le ordena cuando terminemos de desayunar vamos a votar. Ya dentro del cuarto oscuro duda. ¿Manuel o Sebastián? Con un ademán brusco agarra la boleta de Mazza y cierra el sobre. Horas después sabrá que no será Manuel quien esté contento.
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Las tres se dirigen a la cocina. Mientras ella prepara el café Camila parlotea. El viaje, el trabajo, el clima. ¿Cómo está papá? pregunta
luego. Una parte de ella se sigue irritando con la familiaridad con que
Camila incorporó a su padre. Aunque Leonardo pasó a ser una presencia
importante en su vida, como amigo, como compañero, no logra asociarse a
él en un colectivo parental. Una vez propició un Zoom conjunto a Camila,
sin embargo, luego se arrepintió. Jamás podría reconocerle un lugar a
la par. Ella ha sido madre y padre durante dieciocho años y se sigue
sintiendo única. Cuando Camila le pregunta qué se va a poner para la
reunión ella responde yo nunca dije que iba a ir. Su hija la mira con fastidio. Dejate de pavadas, mamá.
Ella queda desconcertada. Espera que Shirley no haya entendido las
palabras, aunque seguramente sí percibió el tono. Sirve el café en
silencio.
Va al taller. Rita, que finalmente accedió a su propuesta, como todos los martes y jueves, controla la existencia de materiales. Gladys es, ahora, la jefa de personal. Hola, abuela la saluda Mateo mientras transporta cajas hacia la camioneta estacionada frente a la puerta. Ella se acerca a darle un beso. Si querés luego almorzamos juntos propone. ¡De una! responde el chico, en remera pese a lo fresco del día. Ella recorre las distintas máquinas, da un par de indicaciones y se encamina hacia Uniformes Córdoba. Hola, Bela es ahora recibida por Ema justo te iba a llamar, entró un pedido nuevo. ¿Para dónde? pregunta ella al tiempo que la besa. Camperas de egresados para la Ort. ¿Color? Negras. Menos mal, tenemos frisa, está costando conseguir de colores. Luego de revisar las cuentas enfila hacia el local.
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Camila se ofrece a manejar y ella la deja hacer a pesar de que siempre va tensa cuando maneja alguna de sus hijas. Son bruscas, las tres son bruscas. Las tres eran bruscas, se corrige. Dos solas siguen siendo bruscas, vuelve a corregirse. Sebastián, no. Con él va con los ojos cerrados. Cierra los ojos. Hoy también con Camila va con los ojos cerrados. Está cansada. Más para meterse en la cama que para asistir a un festejo. Arriba el ánimo le dijo Camila. Me lo pidió, evalúa. Lo intentará. Aunque duda de sus dotes histriónicas. Haré el esfuerzo, dictamina.
96 “Manuelita”, María Elena Walsh.
97 “Manuelita”, María Elena Walsh.
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FIN
Me encantó, gracias!!! Me resultó muy humana....
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