miércoles, 31 de julio de 2024

37

 


Primer día de clases. Cuántos actos en su haber. Nunca había reparado en el esfuerzo que exige afrontarlos. Necesita irse. No quiere hablar con ninguna madre. No está en condiciones. En cuanto ve que la fila de Camila se dirige al aula se retira, a paso vivo.  Va hasta el auto. Se sienta y apoya la cabeza en el volante. Tiene que ir al taller, sin embargo maneja rumbo a su casa. Estaciona enfrente. Se cruza a Gloria en el pasillo. Qué raro vos a esta hora por acá comenta su vecina. Entra a su casa. La recibe solo Dedal. Pero hoy ella no tiene paciencia para fiestas. Deja la cartera y se deja caer en el sillón de hierro forjado. Ese sillón en el que descansaron al menos tres generaciones. Las cuenta. Sus abuelos, sus padres, ella, sus hijos, Zoe. Cinco, se rectifica. El perro apoya la cabeza en su falda. Ella lo acaricia, distraída. No tiene ganas de nada. Retoma la idea de que algo en su interior se murió. Con un esfuerzo de voluntad se levanta, va a la cocina y se prepara un café. Obvia las tazas del desayuno que aún duermen en la pileta. Impensable que en esa pileta duerma algo. Pero ahí están. Señal inequívoca de su derrumbe. Apoya la taza en la mesa llena de migas. No puedo seguir así, determina. Sus hijos no lo merecen. Zoe tampoco. Se levanta y busca en su cartera la tarjeta que le entregó Elena. Va hasta el teléfono. Disca. Hola escucha. Con el corazón bombeándole en el pecho dice quisiera hablar con la licenciada Ana María Matheu.

 

Mamá, me parece que el local precisa una mano de pintura comenta Candela. Ella observa las paredes. ¿Hace cuánto que no lo hace? Su hija tiene razón. Están pidiendo a gritos una remozada. Debería buscar un par de presupuestos, comprar la pintura, supervisar que la mercadería no se ensucie, comprar cartón corrugado para proteger el piso, contratar a alguien para hacer la limpieza posterior. Más allá del gasto, no tiene fuerzas. Decididamente está incapacitada para ocuparse. No está tan mal dice esperemos unos meses. La cara de fastidio de su hija. Hija que habla sin que ella la escuche. Lo que sí escucha es la frase final yo lo puedo hacer si vos no te querés ocupar. Frase que es una astilla clavada bajo sus uñas. Para empezar, porque no es que no quiere, no puede. Para seguir, porque su hija ha detectado su desánimo. Para terminar, porque ya está pensando en reemplazarla. En unos meses reitera sin mirarla y da por finalizada la conversación.

 

Cuarenta contesta y nuevamente no sabemos si los considera muchos o pocos. Allí está en ese consultorio de la calle Loria, cubierto de tapices, frente a esa mujer ¿diez años mayor?, pollera hasta el piso, cabello largo ondulado, collares y pulseras. Y olor a incienso. Un olor que ella siente puede adormilarla, debe estar atenta. ¿En qué puedo ayudarla? es la siguiente pregunta y el solo hecho de responderla implicará que precisa ayuda. Le sobreviene un fuerte impulso de levantarse. Porque contestar será la prueba irrefutable de que ella ya no es quien era. La que sostenía a los otros, la que ayudaba a otros. Es tan cálida la sonrisa que la conmina a hablar que las lágrimas se agolpan en sus ojos. Le llega, absurdo, el recuerdo de Gloria ofreciéndole bizcochitos cuando recién había muerto Alberto. Lágrimas que comienzan a deslizarse mientras admite estoy rota.

 

Cuando leyó la nota en el cuaderno de comunicaciones pensó que no iba a poder, que no iría. Sin embargo, acá está, en la dirección, esperando que la maestra aparezca. Suena el timbre del recreo y llega la mujer. Mujer que se sienta frente a ella y le cuenta que no sabe qué le sucede a Camila. Que desde que empezaron las clases es otra. Reservada, distraída. Triste. ¿Pasó algo en las vacaciones? la interpela. Si no hubiera empezado terapia le habría contestado que nada, que los chicos tienen altibajos, que está celosa de Zoe. Todo cierto, aunque habría ocultado lo fundamental. Pero no tendría cara luego para contarle su proceder a Ana María. Entonces, apelando a algún remoto reservorio de fuerzas narra hace un mes la sobrinita de Camila casi se ahoga y de alguna manera experimenta una suerte de alivio.

lunes, 29 de julio de 2024

36

 


Como si el movimiento de su cuerpo fuera autónomo, sin tiempo para darle órdenes, ella se levanta, tira el libro, corre hacia la pileta y baja las escaleras. Sin recordar que no sabe nadar. ¡Allá, mami, en la esquina! le indica Camila. Agarrada del borde se dirige hacia donde su hija le indica. La mente en blanco. Cuando llega se impulsa hacia abajo. Con los pies toca a la chiquita. Sin saber cómo logra agarrarla de un brazo. Hace fuerza contra el fondo intentando subir. Logra sacar la cabeza, pero vuelve a hundirse. Lo intenta nuevamente sin soltar a la nena. Hasta que descubre a Camila acercándose bajo el agua, tomando el otro bracito de Zoe. Con un esfuerzo descomunal ella patea nuevamente el piso y logra salir a la superficie. Camila, antes de sumergirse, tiró un salvavidas del que ella se aferra. Camila también alcanza la superficie y, entre las dos, consiguen izar a Zoe, patalear hasta la escalera y salir. Acuestan a la nena boca arriba en el borde. Los ojos cerrados. Está muerta, piensa ella, la maté. Sin que su voluntad medie, coloca la boca sobre la boca de su nieta y le insufla aire. Una vez, dos, tres. Hasta que le llega el grito de Camila. ¡Se mueve, mami, se mueve! Instantes después alza a la nena y la mete en el auto. Así como están, empapadas y descalzas, Camila y ella suben al coche. Rumbo al hospital. Maneja como poseída mientras Camila desde el asiento de atrás va informando respira, mami, me parece que respira. Cuando casi están llegando el grito triunfal de su hija surca el aire. ¡Abrió los ojos, mami, abrió los ojos!

 

Unas cuantas horas después emprende el camino inverso. Las dos nenas en el asiento de atrás de gran charla. Aparentemente Zoe no tuvo daño. Hay que observarla durante cuarenta y ocho horas, al menor síntoma la traen dijo el médico y como si a ella no le quedara claro agregó es un milagro. Ella, la ropa ya seca porque hace mucho calor, sí que se siente muerta. Le resta ahora dar explicaciones. Candela no la va a perdonar, cómo si ella misma no se puede perdonar. ¿¡Dónde mierda estaban?! las recibe la chica en el portón saliste sin la cartera, ya no sabíamos qué pensar. Zoe corre hacia su madre. ¡Mami, me hogué, hogada! ¡Pero yo la salvé! exclama Camila. Ella piensa que es cierto, si no hubiera sido por su hijita otro habría sido el final. Alabada su decisión de mandarla a natación desde los cinco, cosa que no hizo con sus hermanos que aprendieron de grandes. ¡A ver si me cuentan qué carajo pasó! exige Candela. Entonces, recién entonces, ella siente un rayo que la parte en dos.  Se apoya contra la pared y, como cuando recibió la noticia de Alberto, se va dejando deslizar. Una vez sentada en el piso se abraza a sí misma y solloza.

 

Cenan lo que sobró del asado en un extraño silencio. A ella la comida no le pasa. Recoge su plato casi lleno y se dirige a la cocina. Voy a acostar a Zoe dice Candela. Oto rato, mami pide la nena. A descansar que ya tuvimos bastante contesta su hija. Dijo el doctor que hay que estar atentos le recuerda ella yo me quedaré toda la noche controlándola. Percibe un cruce de miradas entre sus hijas mayores. Sebastián, que regresó en cuanto le contaron, dice anda a dormir, ma, yo me voy a turnar con las chicas. Claro, ya no soy confiable, un error y ya no soy confiable. Silencio. A cualquiera le puede pasar intenta Fernanda descomprimir la situación. No sabe si le puede pasar a cualquiera, pero a ella no debió pasarle. Siempre se sintió omnipotente. El puntal que sostenía a todos, que cuidaba a todos. Pero a mi nieta no la pude cuidar, reconoce, y casi se me muere. Y la nieta no se murió, pero sí una parte de ella misma. Perdí la confianza, se dice, y mis hijos perdieron la confianza en mí. Yo la salvé, pero mami me ayudó dice Camila. Su hija menor intentando consolarla. Como si ella fuese la niña. Intolerable.

 

La última semana en la quinta transcurrió extraña. Como si estuvieran filmando en cámara lenta. Ya no hubo invitados. Sebastián se quedó, ni fue a visitar a la novia. Ella no hizo mucho más que estar tirada en la reposera. Las chicas se hicieron cargo de la comida, Sebastián del cloro y del barrefondo. La lacerante sensación de estar de más. No sirvo para nada, pensó una y otra vez. Porque su maldición es pensar. Por pensar se distrae. Por pensar se distrajo y la nena cayó al agua. Ya primero de marzo, amanece. Debiera levantarse. Tengo que levantarme, se dice, pero no se obedece. Por suerte las clases todavía no empezaron. Escucha ruidos en la cocina. Aguza el oído. Le llega la vocecita de Zoe pero no distingue las palabras. Qué raro. No escuchó que se levantara. Un buen rato después, golpes en su puerta. Mamá, me voy al local. Pasá indica ella y Zoe se cuela como una ráfaga y se acerca a abrazarla. Hola, abela, me voy a tabajar. Dejala propone ella cuando más tarde vaya al taller te la alcanzo. Me la llevo desestima su hija el ofrecimiento vos descansá otro rato. El peso que sentía en el pecho se duplica. Ya no confía en mí, se dice, y ahora al peso se suma un cuchillo que lo escarba. Tengo que levantarme, se repite. Hoy Rita comienza sus vacaciones y ella acaba de terminar las suyas. Las empleadas la esperan. Tiene que ir al Once, además. Nunca se tomó tantos días de descanso. Eso no forma parte de su vida, quizá por eso le llegó el castigo. Ahora pasos en la escalera. Nuevos golpes. Mamá, ya son las nueve, ¿no tenías que ir al taller? La carita preocupada de Fernanda le da fuerzas para incorporarse. Ya preparo el desayuno informa su hija Camila acaba de despertarse. Bajo la ducha intenta recuperarse. Pero no junta coraje para salir del agua templada. Entonces abre la canilla de agua fría. Una descarga eléctrica recorre su columna. Aún está viva.

 

Firma cheques en la oficinita del taller cuando una voz la sorprende. ¿Se puede? ¿Qué hacés aquí? le pregunta a Elena con una sonrisa. Si la montaña no va a Mahoma…, tengo un rato, ¿vamos a comer algo? Caminan por Córdoba bajo los rayos de sol. ¿Compartimos una pizza? propone su amiga. Ella quisiera decirle que no tiene hambre, pero asiente con la cabeza. Charlan intrascendencias hasta que, cuando el mozo se retira Elena inquiere ¿qué te está pasando, Claudia? ¿Por qué me lo preguntás?, ¿los chicos te fueron con cuentos? Tus hijos están muy preocupados admite Elena no te reconocen, no saben cómo ayudarte. Un mazazo, más otro, más otro más. Las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas. Su amiga le oprime una muñeca.  Me rompí, Elena, me rompí. Ahora le toma ambas. Necesitás ayuda, Claudia dictamina.


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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...