Como si el movimiento de su cuerpo fuera autónomo, sin tiempo para darle órdenes, ella se levanta, tira el
libro, corre hacia la pileta y baja las escaleras. Sin recordar que no sabe
nadar. ¡Allá, mami, en la esquina! le indica Camila. Agarrada del borde
se dirige hacia donde su hija le indica. La mente en blanco. Cuando llega se
impulsa hacia abajo. Con los pies toca a la chiquita. Sin saber cómo logra
agarrarla de un brazo. Hace fuerza contra el fondo intentando subir. Logra
sacar la cabeza, pero vuelve a hundirse. Lo intenta nuevamente sin soltar a la
nena. Hasta que descubre a Camila acercándose bajo el agua, tomando el otro bracito
de Zoe. Con un esfuerzo descomunal ella patea nuevamente el piso y logra salir
a la superficie. Camila, antes de sumergirse, tiró un salvavidas del que ella se aferra. Camila
también alcanza la superficie y, entre las dos, consiguen izar a Zoe, patalear hasta la
escalera y salir. Acuestan a la nena boca arriba en el borde. Los ojos
cerrados. Está muerta, piensa ella, la maté. Sin que su voluntad medie, coloca
la boca sobre la boca de su nieta y le insufla aire. Una vez, dos, tres. Hasta
que le llega el grito de Camila. ¡Se mueve, mami, se mueve! Instantes
después alza a la nena y la mete en el auto. Así como están, empapadas y
descalzas, Camila y ella suben al coche. Rumbo al hospital. Maneja como poseída
mientras Camila desde el asiento de atrás va informando respira, mami, me
parece que respira. Cuando casi están llegando el grito triunfal de su hija
surca el aire. ¡Abrió los ojos, mami, abrió los ojos!
Unas cuantas horas después emprende el camino inverso. Las dos nenas en
el asiento de atrás de gran charla. Aparentemente Zoe no tuvo daño. Hay que
observarla durante cuarenta y ocho horas, al menor síntoma la traen dijo el
médico y como si a ella no le quedara claro agregó es un milagro. Ella,
la ropa ya seca porque hace mucho calor, sí que se siente muerta. Le resta
ahora dar explicaciones. Candela no la va a perdonar, cómo si ella misma no se
puede perdonar. ¿¡Dónde mierda estaban?! las recibe la chica en el
portón saliste sin la cartera, ya no sabíamos qué pensar. Zoe
corre hacia su madre. ¡Mami, me hogué, hogada! ¡Pero yo la salvé! exclama
Camila. Ella piensa que es cierto, si no hubiera sido por su hijita otro habría
sido el final. Alabada su decisión de mandarla a natación desde los cinco, cosa
que no hizo con sus hermanos que aprendieron de grandes. ¡A ver si me
cuentan qué carajo pasó! exige Candela. Entonces, recién entonces, ella
siente un rayo que la parte en dos. Se
apoya contra la pared y, como cuando recibió la noticia de Alberto, se va
dejando deslizar. Una vez sentada en el piso se abraza a sí misma y solloza.
Cenan lo que sobró del asado en un extraño silencio. A ella la comida no
le pasa. Recoge su plato casi lleno y se dirige a la cocina. Voy a acostar a
Zoe dice Candela. Oto rato, mami pide la nena. A descansar que ya
tuvimos bastante contesta su hija. Dijo el doctor que hay que estar
atentos le recuerda ella yo me quedaré toda la noche controlándola.
Percibe un cruce de miradas entre sus hijas mayores. Sebastián, que regresó en
cuanto le contaron, dice anda a dormir, ma, yo me voy a turnar con las
chicas. Claro, ya no soy confiable, un error y ya no soy confiable. Silencio.
A cualquiera le puede pasar intenta Fernanda descomprimir la situación.
No sabe si le puede pasar a cualquiera, pero a ella no debió pasarle. Siempre
se sintió omnipotente. El puntal que sostenía a todos, que cuidaba a todos.
Pero a mi nieta no la pude cuidar, reconoce, y casi se me muere. Y la nieta no
se murió, pero sí una parte de ella misma. Perdí la confianza, se dice, y mis
hijos perdieron la confianza en mí. Yo la salvé, pero mami me ayudó dice
Camila. Su hija menor intentando consolarla. Como si ella fuese la niña.
Intolerable.
La última semana en la quinta transcurrió extraña. Como si estuvieran
filmando en cámara lenta. Ya no hubo invitados. Sebastián se quedó, ni fue a
visitar a la novia. Ella no hizo mucho más que estar tirada en la reposera. Las
chicas se hicieron cargo de la comida, Sebastián del cloro y del barrefondo. La
lacerante sensación de estar de más. No sirvo para nada, pensó una y otra vez. Porque
su maldición es pensar. Por pensar se distrae. Por pensar se distrajo y la nena
cayó al agua. Ya primero de marzo, amanece. Debiera levantarse. Tengo que
levantarme, se dice, pero no se obedece. Por suerte las clases todavía no
empezaron. Escucha ruidos en la cocina. Aguza el oído. Le llega la vocecita de
Zoe pero no distingue las palabras. Qué raro. No escuchó que se levantara. Un
buen rato después, golpes en su puerta. Mamá, me voy al local. Pasá indica
ella y Zoe se cuela como una ráfaga y se acerca a abrazarla. Hola, abela, me
voy a tabajar. Dejala propone ella cuando más tarde vaya al taller te la
alcanzo. Me la llevo desestima su hija el ofrecimiento vos descansá otro
rato. El peso que sentía en el pecho se duplica. Ya no confía en mí,
se dice, y ahora al peso se suma un cuchillo que lo escarba. Tengo que
levantarme, se repite. Hoy Rita comienza sus vacaciones y ella acaba de
terminar las suyas. Las empleadas la esperan. Tiene que ir al Once, además.
Nunca se tomó tantos días de descanso. Eso no forma parte de su vida, quizá por
eso le llegó el castigo. Ahora pasos en la escalera. Nuevos golpes. Mamá, ya
son las nueve, ¿no tenías que ir al taller? La carita preocupada de
Fernanda le da fuerzas para incorporarse. Ya preparo el desayuno informa
su hija Camila acaba de despertarse. Bajo la ducha intenta recuperarse.
Pero no junta coraje para salir del agua templada. Entonces abre la canilla de
agua fría. Una descarga eléctrica recorre su columna. Aún está viva.
Firma cheques
en la oficinita del taller cuando una voz la sorprende. ¿Se puede? ¿Qué
hacés aquí? le pregunta a Elena con una sonrisa. Si la montaña no va a
Mahoma…, tengo un rato, ¿vamos a comer algo? Caminan por Córdoba bajo los
rayos de sol. ¿Compartimos una pizza? propone su amiga. Ella quisiera
decirle que no tiene hambre, pero asiente con la cabeza. Charlan
intrascendencias hasta que, cuando el mozo se retira Elena inquiere ¿qué te
está pasando, Claudia? ¿Por qué me lo preguntás?, ¿los chicos te fueron con
cuentos? Tus hijos están muy preocupados admite Elena no te reconocen,
no saben cómo ayudarte. Un mazazo, más otro, más otro más. Las lágrimas
comienzan a correr por sus mejillas. Su amiga le oprime una muñeca. Me rompí, Elena, me rompí. Ahora le toma
ambas. Necesitás ayuda, Claudia dictamina.