domingo, 28 de abril de 2024

4

 


Deja a las nenas durmiendo la siesta y a Sebastián cuidándolas. Cualquier cosa me avisás, estoy al lado. Golpea suavemente la puerta, quizás estén descansando, piensa. Minutos después Gloria le abre. ¿Pasó algo? pregunta con tono de preocupación. Quisiera decirle que ya le pasó todo lo que le podía pasar, sin embargo, se limita a menear la cabeza. Vení, sentate, estaba tomando unos mates. Gloria trajina en la cocina. Coloca sobre la mesa un plato con bizcochitos de grasa. ¿Cuánto hace que nadie me atiende?, piensa ella mientras percibe que los ojos se le llenan de lágrimas, ¿cuándo alguien me atendió? Pasa el dorso de la mano por sus párpados con disimulo. Gloria le ofrece un mate que ella acepta no por deseo sino por educación, califica. Se quedan en silencio. ¿Cómo andás? le pregunta su vecina. Preocupada es la primera palabra que le brota. Porque sí, su preocupación no para de crecer, ha ido desalojando a la angustia y a la tristeza. No hay que preocuparse sino ocuparse decía no recuerda quién. Por eso me estoy ocupando piensa y de nuevo se descubre enredada en sus pensamientos. Gloria la mira, inquisitiva pero muda. Inquisitiva en su mudez piensa ella. Y como el silencio se hace molesto ella dice necesito trabajar. ¿En dónde? No sé, tengo que buscar, hoy compré el diario para mirar los clasificados. La mujer la observa. Ella cuenta hasta tres antes de preguntar ¿vos me cuidarías los chicos si consigo algo?  Contá conmigo dice la mujer. En cuanto pueda te pagaré. Gloria apoya la mano en su antebrazo. Contá conmigo. Nuevamente los ojos se le llenan de lágrimas.

 

Los chicos ya bañados, cenados y acostados, la mujer (que ya nos es cercana, de ahora en adelante Claudia la llamaremos o ella) despliega el Clarín sobre la mesa de la cocina, la única mesa de la casa en realidad. La sala transformada en el cuarto de los chicos. El suplemento de los clasificados. Birome en mano va marcando los avisos que le parecen a su alcance. Pocos, muy pocos. Casi restringidos a servicio doméstico. Si mis compañeras de colegio me vieran, piensa. Ella, la que siempre se destacaba. Elige uno. Por algo tiene que empezar. Mañana se presentará. Dejará a Sebi en el jardín, a las nenas con Gloria y se presentará. A lo mejor tiene suerte.

 

Cuando se agacha a abrazarlo, Sebastián dice qué rico olor, mami. A ella le da vergüenza. ¿Corresponde que se haya perfumado a diez días de la muerte de su marido? Se perfumó y se arregló. Pensó mucho qué ponerse. ¿Cuál sería el atuendo adecuado? Deja al nene, elude una madre que se acerca a saludarla y cruza la avenida. No son muchas cuadras. Por eso lo eligió. También por eso. Es gracioso, ella supone ser la que elige cuando en realidad debe ser elegida. Se corrige: nada es gracioso. Es difícil. Es duro. Le da vergüenza. Está nerviosa, le duele el estómago, ni pudo desayunar. Sebi solo tomó la leche. Y porque lo obligó. Hace días que está inapetente. Las nenas, no. Parece que las nenas no se dieran cuenta de nada. Aunque Fernanda se está despertando mucho por las noches. Es cierto que le están saliendo las muelas, a lo mejor es por eso. Ella sí que está durmiendo mal. Hoy se despertó a las cinco. Ansiosa estaba. Ansiosa está. Es ahí. Llegó rápido. Todavía no es la hora, pero hay tres o cuatro mujeres haciendo cola. Se acerca. Cuatro. Saluda y ocupa su lugar. Al final. Las evalúa con la mirada. Soy la más joven, determina. Y nuevamente no sabemos si considera que es una virtud o un defecto.

 

Veinticinco años responde. ¿Referencias? ¿Referencias?, ¿a quién puede pedir referencias?, ¿quién la conoce? Gloria, claro. Pero para Gloria jamás trabajó, quizás ahora Gloria trabajará para ella.  ¿Referencias? insiste la mujer, urgente la voz. Ella niega con la cabeza. Nunca trabajé admite, pero luego se rectifica para afuera nunca trabajé; en casa sí, desde chica.  Y luego, como un cordel desatándose, como un ovillo descendiendo en caída libre, desarmándose, continúa nunca trabajé afuera porque no lo precisé, mi papá era mecánico, en casa no faltaba nada; después me casé y tampoco nos faltaba nada levanta la vista, clava la mirada en la de la mujer, necesita existir para alguien, ser alguien pero ahora me falta mi marido, se murió hace diez días, en un accidente, y tengo tres hijos. Las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas. Perdón pide y gira con intención de retirarse. Qué puede importarle a la mujer que en la lata ya solo queden un billete y un puñado de monedas. Ya próxima a la puerta escucha espere.

 

Está pasando la franela con energía por los estantes cuando le sobreviene un impulso. Detiene sus movimientos y mira alrededor. Nadie. Entonces, al azar, retira un ejemplar. Ella lo piensa como un ejemplar. Ejemplar. Seguramente su conducta no es ejemplar porque no la tomaron para que husmee (ella elige también esta palabra) en los libros sino para que los limpie. Controla nuevamente la ausencia de testigos y lo abre. La metamorfosis. Franz Kafka. La imagen en la tapa refrenda el título. Lo abre. Al despertar esa mañana de sueños inquietos, Gregor Samsa se encontró transformado en su cama en un gigantesco insecto. Algo parecido a un rayo la atraviesa. Está por encarar la segunda oración cuando escucha pasos cercanos. Recupera la franela y, con disimulo, devuelve el libro a su lugar. Yo también tengo sueños inquietos, piensa mientras reanuda su tarea. Ella también se siente un gigantesco insecto en cada despertar. Terminado su horario se acerca a la bibliotecaria. Ya me voy informa. La mujer sin levantar la vista de su tarea le dice hasta mañana. No la nombra. Claudia cree que no recuerda su nombre. Ya hace una semana que trabaja allí sin embargo nunca fue nombrada. Quizá la otra, la que le hizo la entrevista, no le dijo como se llamaba. Se retira unos pasos, pero regresa. Señorita Elena dice, porque ella sí recuerda su nombre. contesta la mujer sin mirarla. ¿Me puedo llevar un libro? Ahora sí los ojos de la mentada Elena se elevan. Parecen sorprendidos. ¿Un libro? pregunta. contesta ella. ¿Cuál? “La metamorfosis”. Ahora sí no hay duda: los ojos se abren de par en par. ¿La metamorfosis? Claudia se pregunta si la mujer es sorda porque tonta no puede ser si es bibliotecaria. reafirma “La metamorfosis” de Kafka. Ya sé que es de Kafka afirma la mujer. Parece molesta. ¿Puedo? Es un libro… complicado aclara. A Claudia le da fastidio. ¿Puedo? La mujer se incorpora y segundos después regresa con el volumen solicitado. Le voy a tener que hacer una ficha dice tomando la birome. ¿Nombre? Claudia, Claudia Lagos. Por fin sabrá como se llama.

sábado, 13 de abril de 2024

1

 


1978

Tengo veinticinco años, dice la mujer. Parece recordárselo a sí misma porque la criatura que se resiste enérgicamente al cambio de pañales es su única oyente y una beba no puede comprender lo mensurable del tiempo. ¿Veinticinco años son pocos o son muchos?, ¿con qué intención enunció su edad la mujer?

A través de la puerta abierta llegan las voces de dos niños pequeños. Pelean. Gritan. La mujer cierra los ojos. Aprieta los párpados. La beba, sobre la colcha descolorida, además de retorcerse ahora llora. La mujer se muerde los labios.

Tengo veinticinco años, repite entre dientes. Quizá considera que son pocos para sobrellevar tantas responsabilidades.

Los gritos de los chicos arrecian. Se escuchan ruidos. Objetos golpeándose.

Entonces suena el teléfono en la cocina.

La mujer carga a la beba a medio vestir, sale del dormitorio y acude a atender. Levanta el tubo negro.

Su vida está a punto de cambiar, pero ella aún no lo sabe.

La mujer se llama Claudia.

Cabello y ojos oscuros, baja, delgada, muy menuda.

Tiene veinticinco años.

 

Suena el teléfono, dijimos. La mujer con su hijita en brazos se acerca a atender. Al escuchar las primeras palabras se apoya en la pared. Luego se va deslizando hasta quedar en cuclillas. La beba se desprende de sus brazos y se aleja gateando hacia sus hermanos que ya no gritan. ¿Adónde está? pregunta la mujer. Se queda unos minutos sentada en el piso con el tubo sobre la falda. Luego se incorpora y corta. Se escuchan las carcajadas cercanas de los tres chicos.

La mujer le pide al niño mayor, todavía ni cambió los dientes, Sebastián se llama, que cuide a las hermanitas. Atraviesa el patio, abre la puerta de calle y toca el timbre del departamento de al lado. Es un ph. Ella habita en el tercero desde la calle. Habla con su vecina y se aleja. Instantes después regresa con sus tres hijos. Los deja allí. La beba intenta liberarse de los brazos de la vecina y grita mamá. Es la primera vez que lo hace, pero la mujer no parece registrarlo, ni alegrarse en consecuencia. Los otros dos niños la miran alejarse en silencio, muy serios. Ella no les explica nada.

Recién ahora podemos asomarnos a sus emociones. La mujer está aterrada.

 

Busca en un cajón los documentos y saca dinero de una lata de galletitas que hay en la alacena de fórmica naranja. Mete todo en la cartera y sale. Corre por el largo pasillo, flanqueado por macetas con malvones, hasta la vereda. Luego corre por Mario Bravo sorteando los peatones hasta llegar a Córdoba. Cruza la avenida y aguarda.  Un buen rato después se aproxima un taxi con la banderita roja alzada. Ella lo detiene. Al Hospital Rivadavia indica. No hay fuerza alrededor/no hay pociones para el amor/ ¿dónde estás?, ¿dónde voy?[1] suena en la radio. La mujer se apoya en el respaldo. Recién ahora podemos asomarnos a su mente. Piensa que el dónde voy depende del dónde está que fue lo único que preguntó. Piensa después que piensa tonterías porque no quiere pensar. La radio insiste ¿dónde estás?, ¿dónde voy? Más rápido, por favor le indica al conductor.  Nena, nadie te va a hacer mal sigue cantando Lebón. Ella no lo reconoce

 

La mujer entra a la guardia. Los argentinos somos derechos y humanos dice un cartel enorme en la pared. Mientras se acerca a la ventanilla de informes recuerda cuando lo trajo a Sebastián con el bracito fracturado. También había mucha gente. A la gente siempre le pasan cosas, piensa. ¿Alberto Gómez? pregunta. El hombre revisa una lista. Levanta la vista de los papeles y recién entonces la mira. Espere un segundo, por favor dice. A la mujer, Claudia se llama, la asusta ese por favor. En las guardias no suelen ser amables. Siéntese, por favor le indica ahora. Ella se deja caer en el banco de madera. Se recuesta sobre la pared. Cierra los ojos. Nena, nadie te va a hacer mal, se repite, aunque teme que no sea cierto.

 

122

    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...