viernes, 30 de agosto de 2024

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2001

Si había una manera de empezar el año que no imaginaba era esta. Sebastián, Candela y Fernanda se juntaron para regalarles una semana en un hotel de Chapadmalal. Acá está ella, bajo una sombrilla, en la playa con Camila y Zoe. Antes de partir pasó por la biblioteca y, asesorada por Elena, eligió La fiesta del chivo[1], para ella, Harry Potter[2] para Cami y Matilda[3] para Zoe. Acá está ella leyendo. Las nenas jugando a la orilla del mar. Hotel con pensión completa. Parece un sueño sentarse a comer sin saber cuál será el menú. Como jugar a las visitas. Estamos invitados a tomar el té…[4] Una fiesta. La fiesta del chivo. Se levantan temprano, toman un desayuno “continental” le dicen, van caminando a la playa, vuelven al mediodía y luego de una ducha rápida bajan al enorme comedor. Zoe se hizo dos amiguitas; Camila, ya casi una adolescente a pesar de que siguen incluyéndola en “las nenas”, es más retraída. Luego a la playa nuevamente donde comen alguna fruta y al anochecer regresan para bañarse, ponerse sus “galas” y sentarse a cenar. Tres damas. Nunca terminará de agradecerles a sus hijos el regalo. Hasta Ariel, siempre tan demandante, se puso contento por ella. Ya a día cuatro está muerta de ganas de verlo. El sol, el mar, el descanso despiertan sus deseos. ¡Se siente tan joven en medio de la arena y la sal! Se ve bronceada, sana. Linda. Ha pescado más de una mirada masculina sobre su malla. Sabe que de lejos parece una muchacha. Se conserva delgadita pese a los cuatro embarazos. Físico privilegiado le dice Elena, que en su madurez ha ganado varios kilos. Veremos cómo le irá a ella con la revolución hormonal que se avecina. Las tres chicas salieron a ella. Zoe es más rellenita, el papá era, o es, vaya Dios a saber, robusto. Elena. No termina de preguntarse qué ve su amiga en ella para honrarla con su amistad. Un regalo que le dio la vida. Su vida tan pródiga en problemas como en… amores. ¿Amores?, se cuestiona. Sí, imposible englobar a sus hijos, a su nieta, a Elena en el anodino término afectos. Son amores, son sus amores. A Ariel no lo incluye porque él sí, junto a Alberto y Leonardo, integra el trío de lo que cualquiera entendería por amores. A Ariel le gustaría saber que lo coloca primero en el podio y no porque constituya su presente. Nunca quiso a un hombre así. Una pelota rebota sobre su brazo. Cuando mira hacia la orilla, buscando al que la arrojara, no ve a las nenas. El alma se le derrumba, el corazón se le aloca. Deja el libro que sostenía entre las manos y corre. Hacia la derecha, hacia la izquierda, corre. Hasta que la alcanza el recuerdo de Zoe en el fondo de la pileta y la paraliza. Estoy muerta, piensa. ¡Mami! le gritan desde atrás. Recupera la vida y gira. Las nenas se acercan trotando. Fuimos al baño y cuando volvimos no estabas dice Zoe me asusté, abuela, me asusté. Ella debiera retarlas por no haberle avisado, pero solo atina a abrazarlas. Aunque hace bastante que lo viene postergando, en ese preciso instante decide que en cuanto regrese la llamará a Ana María. Otra vez su cabeza haciendo de las suyas, y las nenas en riesgo.

 

Está preparando los bolsos cuando Camila entra a su cuarto. Zoe ya se durmió informa. Me alcanzás ese toallón pide ella. La chiquilina le da la toalla y dice te quiero hacer una pregunta. Te escucho. ¿Uno se puede cambiar el apellido? Ella, la respiración acelerada en un segundo, deja lo que tiene en mano y la mira. ¿Cómo es eso? No me quiero llamar como vos, me quiero llamar como mis hermanos. Veni, sentate dice ella señalando un lugar en la cama. Todos son Gómez, hasta Zoe es Gómez, el bebé de Sebastián va a ser Gómez, ¿por qué yo tengo que ser Lagos? Ella le oprime una mano. Ya sabés que vos tenés otro papá. ¡Sí!, ¡pero tampoco llevo el apellido de él!, yo leí en una novela que alguien se cambiaba el apellido, yo quiero. A ella se le parte el corazón, quisiera prometerle, pero no debe mentirle. No se puede, Camila, lo lamento mucho. Ella quisiera que el tiempo se detuviera porque sabe muy bien lo que va a venir, lo que ya hace un tiempo está temiendo. ¿Cuál es el apellido de mi papá? Hija, le prometí a tu padre que solo te daría sus datos cuando fueras mayor de edad. ¡Recién tengo catorce!, ¡me faltan cuatro! Ella piensa no solo en la conveniencia de Leonardo sino en si Camila está preparada para recibir la información. ¿Qué haría con los datos?, ¿salir a buscarlo? Recuerda los planteos de Sebastián cuando exigió que le diera la dirección. Años después, Leonardo le mandó su mail. Mail que ella le envió a su hijo conservando la premisa de que solo lo daría a conocer si ella muriera. Porque sí, ella siempre fue una mujer de palabra. Ella le dio la palabra a Leonardo. ¡Mamá, te estoy hablando! Ella sacude la cabeza. Está bien, no me podés dar los datos, pero al menos contame cómo lo conociste, ¡necesito saber algo sobre él! Entonces ella le cuenta que él le arreglaba las máquinas y se enamoraron y ella se embarazó. ¿Entonces se fue por mi culpa? pregunta la chiquilina. No, querida, se fue porque estaba casado. ¿Pero si vos sabías que estaba casado por qué seguías con él? Porque me dijo que se iba a separar. ¡Te mintió!, ¡entonces mi papá es muy malo! No, hijita, no es mala persona, le surgieron complicaciones. ¿Qué complicaciones? Ella avisora la consecuencia de sus palabras, pero una vez que se abre la caja de Pandora no hay manera de detener los males. Camila, además, no merece que le mienta. Justo su mujer quedó embarazada confiesa. El rostro de Camila se transforma. Las pupilas se dilatan, las cejas se arquean. ¡Entonces tengo un hermano o una hermana de mi misma edad! exclama. Ella calla. Está aterrada. ¡Y si tengo un hermano lo quiero conocer! Ella sostiene su silencio. Camila le sacude el brazo. ¡Decime algo, mamá!  Ella inspira con profundidad. Te prometo que cuando seas mayor de edad te voy a ayudar a buscarlos, a tu papá y a tu hermano, porque sé que fue un varón. Camila se echa en sus brazos y solloza. Ella le acaricia el cabello.



[1] “La fiesta del chivo”, Mario Vargas Llosas.

[2] “Harry Potters”,  J.K. Rowling.

[3] “Matilda”, Roald Dahl.

[4] “Canción para tomar el té”, María Elena Walsh.

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23 de diciembre. Esta navidad la sorprende atrasadísima con los preparativos. Les encargó a las nenas que armaran el arbolito, lo que incluye ir a rescatarlo del cuartito de la terraza. Pero ella ya no puede con todo. Y aunque no es lo suyo delegar, accedió a que Sebastián y Belén traigan la ensalada de frutas. Fernanda ofreció ocuparse de las ensaladas y Candela de comprar las bebidas. Ella ya encargó el peceto y un pollo, los retirará en cuanto termine con las compras. Acá está, en la juguetería. Frente a la góndola de los peluches recuerda una nochebuena donde salió corriendo a comprar un osito para Camila, que aún no sabía que sería Camila, porque no la había tenido en cuenta. Elige un oso muy parecido, la nena todavía lo tiene, Toby, para su nuevo nieto. Para Camila, una tabla de skate, hace rato que la viene pidiendo. A Zoe, patines. La tarjeta de crédito trina. Sale cargada de bolsas, pesadas ellas. Pasará por su casa a dejarlas antes de ir a la carnicería. Esconde los paquetes en su placard y sale nuevamente. Don Mario la espera con el pedido preparado. Regresa a poner la carne en la heladera, busca más dinero en el cajoncito. Está transpirada, hace un calor infernal. Durísimo este diciembre. Prefiere no recordar que también está durísimo económicamente.  No recordar el préstamo que sacó para pagar aguinaldos y vacaciones. Pero ahora viene la temporada buena. Febrero es el mejor mes para vender uniformes. Las escuelas de siempre ya le encargaron y sumó una nueva, Se arreglarán. Se arreglará, como siempre. De vuelta en la calle camina hasta Garbarino. Sebastián y Belén tienen de todo, pero pensar en comprarles por separado es aún peor. Qué elegir para su nuera. Después de mucho dudar opta por una procesadora. La última vez que estuvo en su casa se fijó y no la vio sobre la mesada. Con el bebé será de mucha utilidad. ¿A Fernanda convendrá comprarle lo mismo o algo diferente? Está demasiado susceptible últimamente. Por fin elige una cafetera eléctrica, su hija es doña café. Sale a mí, piensa. En eso también sale a mí. A Candela le comprará zapatillas. Ya sabe cuáles quiere, el otro día la escuchó hablar con Lucy. Le queda Ariel. Aunque vaya a saber cuándo podrá verlo. Días complicados para la ilegitimidad. Y se imagina las quejas por venir. ¡Una radio! Siempre se queja de la que tiene, se escucha pésimo. Le da la tarjeta a la empleada. Límite superado. Extrae entonces la Visa. Por suerte pasa. Ya verá como las paga.

 

Año nuevo en lo de Elena. Solo ella, Camila, Candela y Zoe. Sebastián, con la familia de Belén; Fernanda, por primera vez, con la de Manuel. Candela, ni bien terminaron con los brindis, huyó. A festejar con amigas, dijo. Le da tristeza comprobar que sus hijos se van alejando. Ángel la ayudó a trasladar a Zoe al auto. Esa nena es un tronco cuando duerme. Camila se sienta adelante, de copiloto. Un placer las calles vacías. Llega a su casa y ahora le toca a ella transportar a su nieta. Despertala dice Camila ya no es un bebé. Deja a la chiquita en su cama, le saca los zapatos y la cubre con la sábana. Estoy agotada, piensa. Y no es solo por el peso de su nieta. ¡Por fin se termina el 2000! Aunque, más allá de la situación económica del país que ella atraviesa con bastante hidalguía, no fue tan malo en lo personal. En realidad, lo único complicado fue lo de Candela. Está mejor. Aparentemente está mejor. Al menos terminó con ese tipo. O eso dice. Un nieto en camino, el anuncio de la boda de Fernanda, las nenas creciendo, bien en la escuela, más allá de algún resfrío excelente salud general. Ariel. Ariel que, como diría Elena, la ayuda a vivir. A no quejarse entonces. Quizá mañana algún hijo aparezca a saludar. Como dirían las chicas ¡2001, no te tenemos miedo!

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...