viernes, 14 de febrero de 2025

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Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella creía. Me engañaron, piensa. Ya sentada, tomando un jugo, pasa revista. Sebastián, Belén, Bautista con Clara, Mateo, Luján.  Zoe y Uma; hasta Maxi viajó. Fernanda, Manuel, Ema y Simón. Camila y Shirley. Leonardo y Andrés. Los hijos y las nueras de Elena; Carmelita. Gloria. Rita y el marido. Todas sus empleadas. Suerte que el living de Sebastián es enorme, hace poco que se mudó a ese piso. Más de treinta personas, evalúa. Con cada una de ellas compartió un fragmento de su vida. También están los que no están, piensa. Sus abuelos, sus padres, Alberto, Ariel, Ángel, Elena. Candela. Están en lo que soy, decide, en la que soy y no sería si ellos no hubieran estado a mi lado. Tanto amó. Tanto amor recibió. Hasta Dedal y Mobi la constituyen. ¿Te sentís bien, mami? le pregunta Fernanda, con preocupación en la voz. Sí, gracias, hija, demasiadas emociones. Mirame, abuela pide Zoe, encargada como siempre de las fotos. Después la hace posar. Con sus tres hijos. Con todos los nietos. Con la familia de cada uno de sus hijos. Con la familia de Elena. Con sus empleadas. Con Gloria. Ella la deja hacer, ya aprendió que es imposible frenar a esa nieta. El carácter de la madre. Uma también es de armas llevar. Abuela, no te distraigas, mirá para acá, una sonrisa; Mateo no te hagas el gracioso. Gloria la conoce desde que nació. Sebastián desde los veinte años. Los demás se fueron sumando. Carmelita la última. Mami, te estoy hablando protesta Fernanda. Vaya a saber qué le dijo. Últimamente está muy distraída. Divago, piensa, la precisaría a Ana María. La única persona importante que estando viva no está. ¿Estará viva? Hace mucho que no sabe de ella, andará por los ochenta. ¡Abela! exclama Luján tirándole de la pollera ¡las velitas! Ve entonces sobre la mesa la enorme torta. Sebastián intenta encender las velas. Pero son demasiadas. Setenta. Camila lo ayuda. Y después se suma Fernanda. ¡Los tres deseos, abuela! exclama Uma. ¿Deseos?, ¿tiene deseos? ¿Salud, dinero y amor?  Descubre que solo le interesa el primero. Y no para ella. Decide, triplicar el mismo. Salud para todos los que ama. Porque ya no puede soportar pérdidas, se desarma ante la tos de Simón, la presión de Sebi, las mamografías de Fernanda, la moto de Mateo, el corazoncito de Luján. Pánico. Cómo pudo vivir tantos años sin comprender que todo pende de un hilo. ¡Vamos, ma!, ¡apurate que si no tendremos un incendio! exclama su hijo. Sopla. Sopla con fuerza. Como si al soplar pudiera arrastrar cuanta amenaza se atreviera a cernirse sobre su familia. Aplausos. Gritos. Besos. Abrazos.  Tenía veinticinco y tengo setenta, piensa. Ahora sabemos que los considera muchos.

2 comentarios:

  1. Cuánta emoción, cuánto afecto y reconocimiento por esa mujer que solo vivió para luchar por su amada familia y son en esos momentos donde se pueden apreciar el amor y el reconocimiento, me emociono al leer.

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