viernes, 28 de junio de 2024

23

 


1989

 

Son las dos de la mañana. Candela todavía no llegó. Le dijo que iba a lo de Natalia, pero a la una, ya demasiado preocupada ella llamó a la casa. La chica dormía en su cama, engripada. Si no estuviera tan desesperada estaría avergonzada por el papelón. Ya no sabe qué hacer con esta chica. No acata, miente. Camila, en su camita, se queja en sueños. Ella se levanta, la mueve suavemente. La nena calla. ¿Qué hubiera hecho Alberto en una situación así? Cada vez más piensa en él. De chiquitos es fácil criarlos. El verdadero baile comienza después de los trece. Escucha la puerta. Se levanta de un brinco y corre hacia la entrada. Candela la mira con sorpresa. Ella no sabe si alegrarse de verla viva o darle vuelta la cara de un cachetazo. Qué dice, si nunca le pego. A lo mejor le hubiera hecho falta, se le fue de las manos. El cachetazo no, la chica. Su cabeza no para. ¿Dónde estabas? pregunta conteniendo el grito para no despertar a las nenas. Con mi novio dice la chica con desparpajo. ¿Desde cuándo tenés novio? Hace cinco meses. ¿Por qué no me contaste? ¿Me preguntaste, vos? Una pesadilla. Quizás está soñando como Camila. ¿Dónde estaban? repite, pero pasando ahora al plural. En la casa de él. ¿Estaban los padres? Sí, son recopados, cenamos con ellos y después alquilaron una peli y la vimos juntos. ¿Por qué no me avisaste? No se me ocurrió contesta mientras avanza hacia su cuarto. ¡Candela! la frena ella. Dejame, mamá, estoy fundida, mañana la seguimos dice la chica mientras se va. Y ella la deja ir. Recuerda tanto libro que leyó. Ni la Giberti ni la Dolto[1]. Nada le sirvió de nada. Camila llora. Ella se acerca a atenderla. Porque no hay que dejar llorar a los niños, se ríe de sus propios inútiles dogmas. Aunque en realidad solo fracasó con Candela. Sebastián y Fernanda son dos soles. Y Camila su estrellita.

 

Otra vez Rosa demorada. Con todo el trabajo que la espera en el local. No tendrá más remedio que llevarse a Camila, no quiere seguir abusando de …. Está vistiendo a la nena cuando escucha el timbre. Se apresura a atender. Perdonemé dice la mujer saquearon el supermercado de la esquina y la policía no me dejaba pasar. Qué le puede decir, lo vio por la tele, es verdad. Se rumorea que van a adelantar las elecciones. Lo que tendría que decirle es que no venga más, las cuentas no cierran, ya no puede tapar tantos agujeros. Pero como está apurada le da un beso a la nena y le indica a Rosa prepare polenta. ¿Otra vez? Sí, otra vez, así está la cosa.

 

Vuelvo en un rato informa si viene doña Carmen le toman las medidas. Las chicas se quedan mirándola. Podría aclararles voy a la biblioteca, nada que ocultar, pero detesta dar explicaciones, hasta a sus hijos. Demasiadas dio en su vida. Papá me asfixió, piensa. La tarde está preciosa. Fría pero soleada. Camina a paso vivo. Siempre estoy apurada, decide, aun cuando no lo estoy. Llega agitada. Se detiene a recuperar la respiración antes de entrar. Cómo le gusta el olor de ese lugar. A libros, a cultura. A tanto que le faltó. Encuentra a Elena taza en mano. ¿Te preparo un té? le ofrece. La acompaña a la cocinita. Minutos después regresan con una bandejita y se acomodan frente al mostrador. Solo hay una mujer sentada a la mesa de la esquina. Siempre viene, está rindiendo libre el secundario y en la casa con los hijos no puede estudiar le aclara su amiga. Ella la observa con curiosidad. Tendrá unos treinta y tantos. Como yo, piensa. ¿Cómo están los chicos? pregunta Elena. Muy bien contesta salvo… Candela concluye la frase Elena. Ella asiente con la cabeza y le cuenta el incidente de la otra noche. No sé qué hacer con ella, no me permite acercarme; a veces siento que ya no me quiere; se avergüenza de mí. Media hora después sale con dos libros de la Dolto bajo el brazo. La causa de los adolescentes para ella y Palabras para adolescentes o el complejo de la langosta, para Candela. Ojalá sirvan. Ojalá algo sirva.

 

Vos todo lo querés arreglar con libros, mamá dice Candela levantándose de la mesa. Mesa sobre la que queda el libro en cuestión. Nada sirve.

 

Claudia comparte el desayuno de sábado con tres de sus hijos. Candela sigue durmiendo. Camila de parabienes, centro absoluto de atención. Está aprendiendo a hablar y sus hermanos festejan sus Sepi y Fee. ¿Vieron el libro que traje ayer? pregunta ella lo tengo que devolver y no lo encuentro. Lo agarré yo dice Sebastián bajando la vista ¿hice mal? Para nada contesta ella ojalá que te gusté. Sí, ya casi lo terminé, está rebueno. A mí no me trajiste ninguno protesta Fernanda. La próxima promete ella ¿cuál querés? Otro de Sissi[2]. Dejá de llenarte la cabeza con estupideces dice Sebi. Habló el sabelotodo, mejor callate se defiende la nena. ¡Basta, chicos! los reta ella. ¡Bata! grita Camila. Ríen todos.

 

Mientras hace la cola piensa qué distinto fue la última vez. La ilusión de la democracia recuperada. Ahora no tiene ganas de votar. Si Alfonsín no pudo quién podrá. Al menos seguimos siendo libres, piensa mientras le entrega el documento al presidente de mesa. Que alguien combata la inflación, por favor. Cómo se las arreglará si no para hacer frente al crédito. Ya en el cuarto oscuro duda. Alberto era peronista. Pero su padre no la perdonaría si abandona a los radicales. Mete en el sobre la boleta de Angeloz.

 

En cuanto se despierta enciende la radio, Menem presidente. Que Dios lo ilumine, dice y se olvida de que ya no cree en Dios.



[1] Eva Giberti y Francoise Dolto.

[2] Novelas de Marcel D Isard.

miércoles, 26 de junio de 2024

22

 


Hoy está contenta. Vestidos de fiesta para una familia completa: novia, madrina y las dos hermanas de la novia. No se puede quejar: los ahorros se van acumulando. Elena la convenció de que pusiera el dinero a plazo fijo. Aceptó, ya no tiene lugar para seguir acumulando cortes de tela. Su negocio prospera. A contramano del país, ella prospera. Le ronda la voz de su padre: nunca alquilar. Sueña con poder comprar el local. El dueño estaría dispuesto a venderlo. Tendría que sacar un préstamo bancario. Sueños, por el momento. Aunque tiene la certeza de que en algún momento lo conseguirá. Ya tiene cuatro empleadas. La clientela no para de crecer. Una señora le dijo el otro día usted tiene manos de hada. Deja de meter la ropa en el lavarropas y se las mira. Manos cansadas, manos pinchadas. Manos que cosen, que la lavan, que limpian. También está evaluando contratar una chica para que la ayude con la casa. Desde que tiene la beba todo se complicó. No da abasto. Precisaría días de treinta horas. Está por introducir un buzo de Candela cuando tiene un impulso. Lo acerca a su nariz. El corazón le da un brinco. No puedo con todo, piensa.

 

La beba dormida, Fernanda y Sebastián en sus cuartos, Candela sale de la ducha. Quiero hablar con vos dice Claudia. Sorpresa en la cara de la nena. Vení, sentate la convoca ella a la cocina. Cuando la ve instalada le pregunta ¿vos fumás? No contesta mientras el arrebol en su cara demuestra lo contrario. Candela, tenés doce años. Casi trece le retruca. Aunque tuvieras quince, no son edades para fumar; en realidad ninguna edad es buena para fumar. Claro, como vos hacés todo bien… Por primera vez en la vida Claudia tiene ganas de pegarle una cachetada. Inspira hondo y trata de recordar todo lo que leyó. Todavía es una nena, se dice, le pasaron muchas cosas. Inspira hondo. Trato de hacer las cosas lo mejor que puedo, no ha sido fácil para mí. ¡Ni para mí!, ¿o te crees que es fácil tener una hermana sin padre? ¿Y fumando lo vas a solucionar? le toma la mano que la nena no retira hija mía, que yo haya cometido errores no implica que vos tengas que cometerlos, vení, dame un abrazo, prométeme que no vas a fumar más. La chiquilina se levanta. De acuerdo dice y se va dejándola con los brazos extendidos.

 

Le voy a dar una sorpresa, piensa y cuando sale de la mercería enfila el cochecito hacia la biblioteca. La cara de alegría de Elena compensa el trayecto. Sin esperar autorización alza a la beba. Cada día más linda, ¡esos ojitos claros! Porque el tiempo trascurre y el color permanece. Leonardo en ella, difícil olvidarlo. Pero además de ver a su amiga su visita tiene otro propósito. Hace unos días, distraída como suele estar últimamente, abrió la puerta del baño y allí estaba Candela saliendo de la bañadera. En el instante que medió entre su perdón y el portazo al que la condujo su premura, sus retinas fueron impresionadas por múltiples y caprichosos destellos. Un caleidoscopio ofreciéndole el cuerpo de su hija. Senos incipientes, la alarma de sus ojos, vello entre las piernas, dos brazos flaquitos intentando cubrirla. Un impacto. El peso de la culpa. Había estado ausente de la metamorfosis. Una mirada que miraba sin mirar. Por eso recurría a Elena, como tantas veces, buscando orientación, consejo. La frase de su amiga aumentando el peso. Sí, hace rato que está brotando esa muchachita. Camila comienza a ponerse molesta y ese no es ámbito para llantos. Sale con un folleto educativo de Johnson &Johnson. Quiere estar bien preparada para hablar con su hija. Mi hija mayor, piensa y sonríe.

 

Hilvanando un ruedo piensa que aún no habló con Candela. Esa chica se le escurre. Enciende la radio quizá para apagar sus pensamientos. Camila duerme en su canasto. Las empleadas charlan mientras cosen. El informativo.  Ley de Obediencia Debida. Tres votos contra dos. Elena le anticipó que la decretarían. No lo puede creer. Alfonsín le falló, él también le falló. Obediencia debida. Ella sí que creció bajo esa consigna. ¿Sus hijos? Candela seguro que no. Espera que los otros tampoco. Aunque no le convenga. Que sean libres. Visceralmente libres para elegir. Sigue escuchando. Ya se concretó el primer divorcio. Una de cal y una de arena decía siempre Alberto. Adelantos. Retrocesos. Amores y desamores. Muerte y vida. Abandona hilo y aguja y se acerca a la beba. La alza.

 

Está prensando las papas para hacer puré cuando Fernanda se acerca. Mami, Cande está en el baño y te llama dice en un susurro. Ella se seca las manos en el repasador y hacia allá se dirige. Sabe a lo que va. No tendría que haber sucedido hoy, su charla todavía pendiente. Golpea la puerta suavemente. ¿Se puede? pregunta. Pasá. Candela está sentada en el inodoro, la mirada en el piso, las mejillas son dos frambuesas.  Ella se acuclilla a su lado. Ya está, ¿no? dice mientras roza el cabello de su hija. La chiquilina asiente con la cabeza. Ella sale. Fernanda está detrás de la puerta. Se aleja corriendo al verla. Ella va hasta su dormitorio y busca los apósitos. Luego al cuarto de las nenas y busca una bombacha. Tiene estampado de Minnie.  Regresa al baño, le da instrucciones a Candela y lava la bombachita sucia. Antes de salir pone las manos sobre los hombros de su hija y le dice qué suerte, ya sos una mujer. No sé si es una suerte contesta la nena liberándose del contacto.

 

Una cena silenciosa. Las nenas, mudas. Sebastián callado, como siempre. Camila dormida. Cuando Candela, ya en piyama, se incorpora, ella deja los platos a medio lavar y la intercepta. Vení indica dirigiéndola hacia su cuarto. Los ojos de Fernanda, más adelante en el pasillo, son dos platos. Cuando entran ella señala la cama. La nena, extrañamente dócil, obedece. Se sienta a lo indio. Ella también. Luego extiende la mano hacia el folleto de Johnson&Johnson que descansa sobre la mesa de luz. Le va leyendo el texto a su hija mientras le muestra las figuras. La nena escucha en silencio. Silencio que rompe para preguntar ¿por qué tenés este librito? Lo retiré para compartirlo con vos. ¿Por qué? Porque me di cuenta de que ya te faltaba poco. Ah dice Candela. Se levanta y se acerca a la puerta. Con la mano en la manija se da vuelta gracias, mamá dice muchas gracias. Y se va. Ella se lleva ambas manos al pecho.

lunes, 24 de junio de 2024

21

 


Esas primeras semanas transcurren en cámara lenta. Los días fundidos a las noches. Un continuo. Una beba muy demandante, reclamaba el pecho a cada rato. Los otros tres se portaron de diez. Hasta Candela cocinó un par de veces.  Pero todo se fue acomodando. Hoy, día quince, se dispone a reincorporarse al taller. Las empleadas hicieron lo que pudieron, pero ya su presencia resulta imprescindible. Les prepara el desayuno a los chicos y va a despertarlos. Por suerte las nenas aprendieron a ir solas al colegio, unas pocas cuadras. Lava luego las tazas y cambia a la beba. En el bolso que llevó al hospital pone ahora ropita y pañales. Se lo cuelga del hombro y mientras alza a Camila le dice tenemos que trabajar, hija.

 

Pascuas. Alberto se ocupaba de comprar los huevos, ella hacía la rosca. Su mamá siempre hacía la rosca, y antes aún, la abuela. La rosca ya la hizo, Fernanda la ayudó. Ayudó es una manera de decir. La harina esparcida por el piso, azúcar hasta adentro de los zapatos. Pero de los huevos aún no se ocupó, como si esperara el milagro de verlo aparecer a Alberto con la cuadruplicada ofrenda. Qué estupidez. El cuarto hijo, la cuarta, no es de él y además los bebés no comen chocolate. ¿Por qué se acuerda hoy de Alberto? Siempre pensando pavadas. Está preocupada, además, lo único que falta es que regresen los militares. Barre el piso y se dispone a salir a comprarlos cuando la radio la detiene. En este momento difícil de la vida nacional, quiero hablarles con el corazón en la mano. Quiero decirles que sé que muchos de ustedes sienten miedo, incertidumbre, angustia. Pero también sé que muchos de ustedes sienten la convicción profunda de que la democracia y el Estado de derecho son valores que debemos defender con coraje y con dignidad[1]. Ya no puede seguir escuchando. Algo la atraviesa. Como un rayo. Busca el teléfono. Elena.

 

Fernanda es un disco rayado: no veo, mami, no veo. Nadie ve interviene Candela. Ella no sabe qué hacer: tiene cargada a Camila. Ángel, el marido de Elena, se acerca a la nena. Yo te alzo dice. Fernanda, con suma alegría en la carita, levanta los brazos. Instantes después Alfonsín sale al balcón mientras la chiquilina descansa sobre los hombros de Ángel. Claudia está tan agradecida que los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que contiene. Lágrimas que se desbocan cuando Alfonsín dice la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Cómo explicar lo que siente rodeada de esa abigarrada multitud que salió a defender la libertad de sus hijos. A celebrar las Pascuas en paz en la Argentina concluye el discurso. Recién recuerda que aún no compró los huevos. La camioneta de Ángel quedó lejos. Mira el reloj: son casi las seis. Seguramente en el trayecto encontrará algún kiosco abierto. Parecemos salchichas dice Fernanda cuando por fin logran entrar en el auto. Es cierto: Elena, Ángel, sus dos hijos adolescentes y ellos cinco. Todavía no termina de comprender cómo hizo para lograr esa familia sustituta. Nueve cruces en lugar de tres[2] acota Sebi. Todos ríen. Es rápido este chico comenta Elena. A ella le revienta el pecho de orgullo. Su muchacho.

 

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La nena protesta. Claudia se acerca al moisés depositado en el piso del taller. Las chicas todavía no llegaron y ella tiene que terminar el vestido de gasa. Intenta tranquilizarla con palabras. Inútilmente. No le queda más remedio que alzarla. Mira el reloj. Todavía no es la hora de mamar. Beba en brazos, se sienta. La observa. Tres meses ya. Le habla. La nena se va calmando y minutos después devuelve sus palabras con sonrisas y gorjeos. Es bonita la mocosa. Parece que los ojitos le quedarán claros. Tantos sentimientos contradictorios. Por un lado, no quiere que también en esto sea distinta de sus hermanos. Por otro, son los ojos de Leonardo. Ella moría por esos ojos. A falta de apellido portará a su padre en la mirada. Jugarretas del destino. De Mendel, en realidad. Lo aprendió en el libro que le pidió a Elena. Y cuando se puso a mirar hacia atrás recordó que su abuela materna tenía los ojos celestes. En la familia de Alberto nadie, infinitas generaciones de chaqueños. Candela es la más morenita. Los otros dos heredaron la tez de ella. Los cuatro son lindos, se dice, y a los cuatro los quiero. Tal vez no los quiso, pero los quiere. No los desee, se corrige. Porque siempre los amo. Desde que se los mostraron aún untados de su sangre. Desde que los sintió aletear en su interior. Carne de mi carne; sangre de mi sangre. Tan propios.

 

 

Está saliendo de la reunión de padres de Sebastián. A la ida hizo un rodeo. Cuando llega a la esquina se detiene. Duda. Un impulso la atraviesa. Baja el cordón con cuidado y cruza. Continúa por Rivadavia. Camina una cuadra con el corazón galopante. Pasa frente al local. Se detiene. La puerta está abierta. Empuñando el cochecito, entra. Tras el mostrador un hombre que no conoce. ¿Leonardo? pregunta. Hace tres meses que se trasladó a Mendoza; ¿puedo ayudarla en algo? ¿Dejó algún teléfono o dirección? Ahora sí que también vos sos huérfana, Camila, piensa mientras sale



[1] Discurso del presidente Raúl Alfonsín

[2] Se refiere a las salchichas “Tres Cruces”.

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...