1989
Son las dos de la mañana. Candela todavía no llegó. Le dijo que iba a lo de Natalia, pero a la una, ya demasiado preocupada ella llamó a la casa. La chica dormía en su cama, engripada. Si no estuviera tan desesperada estaría avergonzada por el papelón. Ya no sabe qué hacer con esta chica. No acata, miente. Camila, en su camita, se queja en sueños. Ella se levanta, la mueve suavemente. La nena calla. ¿Qué hubiera hecho Alberto en una situación así? Cada vez más piensa en él. De chiquitos es fácil criarlos. El verdadero baile comienza después de los trece. Escucha la puerta. Se levanta de un brinco y corre hacia la entrada. Candela la mira con sorpresa. Ella no sabe si alegrarse de verla viva o darle vuelta la cara de un cachetazo. Qué dice, si nunca le pego. A lo mejor le hubiera hecho falta, se le fue de las manos. El cachetazo no, la chica. Su cabeza no para. ¿Dónde estabas? pregunta conteniendo el grito para no despertar a las nenas. Con mi novio dice la chica con desparpajo. ¿Desde cuándo tenés novio? Hace cinco meses. ¿Por qué no me contaste? ¿Me preguntaste, vos? Una pesadilla. Quizás está soñando como Camila. ¿Dónde estaban? repite, pero pasando ahora al plural. En la casa de él. ¿Estaban los padres? Sí, son recopados, cenamos con ellos y después alquilaron una peli y la vimos juntos. ¿Por qué no me avisaste? No se me ocurrió contesta mientras avanza hacia su cuarto. ¡Candela! la frena ella. Dejame, mamá, estoy fundida, mañana la seguimos dice la chica mientras se va. Y ella la deja ir. Recuerda tanto libro que leyó. Ni la Giberti ni la Dolto[1]. Nada le sirvió de nada. Camila llora. Ella se acerca a atenderla. Porque no hay que dejar llorar a los niños, se ríe de sus propios inútiles dogmas. Aunque en realidad solo fracasó con Candela. Sebastián y Fernanda son dos soles. Y Camila su estrellita.
Otra vez Rosa demorada. Con todo el trabajo que la espera en el local. No tendrá más remedio que llevarse a Camila, no quiere seguir abusando de …. Está vistiendo a la nena cuando escucha el timbre. Se apresura a atender. Perdonemé dice la mujer saquearon el supermercado de la esquina y la policía no me dejaba pasar. Qué le puede decir, lo vio por la tele, es verdad. Se rumorea que van a adelantar las elecciones. Lo que tendría que decirle es que no venga más, las cuentas no cierran, ya no puede tapar tantos agujeros. Pero como está apurada le da un beso a la nena y le indica a Rosa prepare polenta. ¿Otra vez? Sí, otra vez, así está la cosa.
Vuelvo en un rato informa si viene doña Carmen le toman las medidas. Las chicas se quedan mirándola. Podría aclararles voy a la biblioteca, nada que ocultar, pero detesta dar explicaciones, hasta a sus hijos. Demasiadas dio en su vida. Papá me asfixió, piensa. La tarde está preciosa. Fría pero soleada. Camina a paso vivo. Siempre estoy apurada, decide, aun cuando no lo estoy. Llega agitada. Se detiene a recuperar la respiración antes de entrar. Cómo le gusta el olor de ese lugar. A libros, a cultura. A tanto que le faltó. Encuentra a Elena taza en mano. ¿Te preparo un té? le ofrece. La acompaña a la cocinita. Minutos después regresan con una bandejita y se acomodan frente al mostrador. Solo hay una mujer sentada a la mesa de la esquina. Siempre viene, está rindiendo libre el secundario y en la casa con los hijos no puede estudiar le aclara su amiga. Ella la observa con curiosidad. Tendrá unos treinta y tantos. Como yo, piensa. ¿Cómo están los chicos? pregunta Elena. Muy bien contesta salvo… Candela concluye la frase Elena. Ella asiente con la cabeza y le cuenta el incidente de la otra noche. No sé qué hacer con ella, no me permite acercarme; a veces siento que ya no me quiere; se avergüenza de mí. Media hora después sale con dos libros de la Dolto bajo el brazo. La causa de los adolescentes para ella y Palabras para adolescentes o el complejo de la langosta, para Candela. Ojalá sirvan. Ojalá algo sirva.
Vos todo lo querés arreglar con libros, mamá dice Candela levantándose de la mesa. Mesa sobre la que queda el libro en cuestión. Nada sirve.
Claudia comparte el desayuno de sábado con tres de sus hijos. Candela sigue durmiendo. Camila de parabienes, centro absoluto de atención. Está aprendiendo a hablar y sus hermanos festejan sus Sepi y Fee. ¿Vieron el libro que traje ayer? pregunta ella lo tengo que devolver y no lo encuentro. Lo agarré yo dice Sebastián bajando la vista ¿hice mal? Para nada contesta ella ojalá que te gusté. Sí, ya casi lo terminé, está rebueno. A mí no me trajiste ninguno protesta Fernanda. La próxima promete ella ¿cuál querés? Otro de Sissi[2]. Dejá de llenarte la cabeza con estupideces dice Sebi. Habló el sabelotodo, mejor callate se defiende la nena. ¡Basta, chicos! los reta ella. ¡Bata! grita Camila. Ríen todos.
Mientras hace la cola piensa qué distinto fue la última vez. La ilusión de la democracia recuperada. Ahora no tiene ganas de votar. Si Alfonsín no pudo quién podrá. Al menos seguimos siendo libres, piensa mientras le entrega el documento al presidente de mesa. Que alguien combata la inflación, por favor. Cómo se las arreglará si no para hacer frente al crédito. Ya en el cuarto oscuro duda. Alberto era peronista. Pero su padre no la perdonaría si abandona a los radicales. Mete en el sobre la boleta de Angeloz.
En cuanto se despierta enciende la radio, Menem presidente. Que Dios lo ilumine, dice y se olvida de que ya no cree en Dios.