Suena el teléfono de línea. Siete y media. Alarmada se levanta de la silla a atender. Perdoname que te llame tan temprano, ma, pero Bauti no deja de insistir y en un rato salimos para el colegio dice Sebastián. No te hagas problema, ya estaba desayunando. Instantes después la vocecita de su nieto. Abuela, tenías razón, el Ratón Pérez vino, se llevó el diente y me dejó diez pesos, ¡nunca tuve tanta plata!, por suerte ya se me mueve otro diente cuenta y se despide diciendo muchas gracias, abuela. Regresa a su café con una sonrisa. Linda manera de comenzar su día. Minutos después se le ocurre una idea. Con los miles de retazos sobrantes que tienen pueden fabricar almohaditas para vender. Ella no las vio en ningún lado. La sangre le corre más rápido, como siempre que tiene un nuevo proyecto. Pueden ofrecerlas en Triple C. A lo mejor a alguien del interior le interesan. Lo consultará con Rita y con Candela, decide. Termina su café y va a cambiarse. Está contenta.
Sale del taller. Camina hasta Rivadavia y luego por la avenida. Pasa delante del local de máquinas y, a través de la vidriera, mira hacia adentro como si quisiera viajar hacia el pasado. Todas caras desconocidas. Sigue caminando hasta el Mariano Moreno. No le gusta ver tantos pibes juntos, la retrotrae a Cromañón. Zoe se desprende de un grupo de chicos y se acerca. ¡Abuela!, ¡qué sorpresa!, ¿qué hacés por acá? Venía a invitarte a almorzar, pero si quedaste en algo con tus compañeros lo dejamos para otro día. No, para nada, esperame un toque que saludo y vamos. Ella se queda observando el grupo. Pantalones chupines de colores vivos, flequillos desmechados, todos, incluida Zoe, con el mismo look. La alivia su colorinche. El año pasado arrancó la secundaria sin apartarse del negro, el gris y el azul. Señal de que se está recuperando, evalúa. La chiquilina se aproxima corriendo. Es más curvilínea que ninguna de sus hijas a esa edad. Perdón, abuela pide les tuve que pasar unos ejercicios. Mientras van caminando Zoe le cuenta sobre las pruebas que se aproximan. Habla sin resuello, una oración encabalgada en la otra. Ella observa las paredes tapizadas de afiches. Lo votó a Filmus, pero ganó Macri. No le gusta para nada. Le hace acordar a Belén como habla. ¿Me escuchás, abuela? Sí, claro contesta ella, aunque cree que lo último se lo perdió. Espera que no haya sido importante. Ya sentadas ella pregunta ¿estás para pastas? Me clavaría unos ravioles contesta su nieta mamá trabaja tanto que últimamente de las salchichas no pasamos. ¿Y por qué no cocinás vos? La chica se queda desconcertada. No se me ocurrió admite, se queda pensando unos segundos y dice ¿me enseñás a cocinar? Será un placer, señorita; ¿se ofende si le hago una pregunta? Zoe sonríe, se muerde los labios y balancea la cabeza ¿el jovencito de pantalón amarillo tiene algo con usted? ¿Cómo te diste cuenta, abuela? Por cómo la miraba. Se llama Iván; las chicas me dicen que está muerto por mí, pero yo, ni enterada. ¿Y a usted le agrada ese muchacho? ¡Basta, abuela, no me jodas! exclama Zoe riendo mientras le agarra el brazo, con tanta fuerza que le hace caer el tenedor hablame normal. Muy bien acata ella ¿te gusta o no? Zoe hace trompa y luego tuerce la boca. No sé contesta finalmente. De acuerdo, ya se verá y ahora comamos que se están enfriando estos maravillosos ravioles. Están ricos, abuela, pero como los tuyos no hay. Es compradora esta mocosa, piensa.
¡Qué paciencia esa abuela! Y su cabeza a mil, pero tiene tiempo para los nietos. Me siento identificada
ResponderBorrarLe llenan la vida afectiva. La laboral siempre la tuvo y tiene repleta
BorrarLos nietos, en ocaciones son una segunda oportunidad.
ResponderBorrarSe pueden reparar errores
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