Pese a las protestas de Zoe, deciden ir caminando para que no se
les arruguen los vestidos. La iglesia está a pocas
cuadras. Sebastián pasará a buscarla a Fernanda. Allí van las cuatro, un
abanico, blanco, negro, peltre y azul cerúleo, el color de moda. Recién ayer a
la noche pegó los últimos botones, las perlitas de su chemise. Cuando
llegan ya hay bastante gente. Camila y ella se ubican en la primera fila de la
derecha. Candela se queda con Zoe en el atrio, esperando a la novia. A ella no
le dan las manos para saludar a quienes van llegando. Qué distinto del
casamiento de Sebastián. Conoce a casi todos. Estoy como pez en el agua,
evalúa. Orgullosa. Feliz. De pronto descubre en la última fila de la izquierda
a Ariel. No puede con su genio, piensa, pero no se enoja. Se limita a sonreírle
cuando se cruzan sus miradas. Manuel y su madre se acercan, desde atrás, al
altar. El primer acorde de Pompa y Circunstancia[1]
hace que al unísono todos giren. Las puertas se abren. El resto del mundo se
eclipsa. Primero Zoe, que finalmente
convenció a su tía, espolvoreando pétalos, como ella dice. Una princesa. Unos
metros por detrás, Fernanda del brazo de Sebastián. Teme que el corazón se le
parta de la emoción. Fernanda está espléndida. Un junco. Sissi. La emperatriz
de sus amores.
Rock nacional. Cumbia. Bailan entreverados sus hijos, los amigos de los
novios, la familia de Manuel, Elena, Ángel y sus hijos, Gloria, Rita, las
chicas del taller. Como diría Zoe solo falta Dedal. Hasta Belén, con su
avanzado embarazo, se suma al festejo. Sandwiches de miga, saladitos.
Figazzitas de peceto y matambre hechos por Miriam, su consuegra. Ella no pudo
ayudarla, enfrascada con los vestidos. La parte dulce la contrataron los
chicos. Ella pagó la torta con cintitas. Una fiesta a nuestra exacta escala,
determina, esto somos. Fernanda se acerca a abrazarla. Esto es un sueño, mi
sueño, muchas gracias, mami. Ella piensa que cada uno de sus hijos vuela a
distinta altura. ¿Me permite esta pieza, señora madre? pregunta Ángel.
Mientras bailan al son de Vicentico ella piensa que Ariel es su único amor
faltante. Lo vio entre la gente a la salida, pero ni se saludaron. Luego él le
mandó un mensaje. Bella entre las bellas. Va a tener que blanquear la
situación. Ariel se lo merece. Y ella también. ¿Hace falta que te diga/que
me muero por tener algo contigo?[2]
Mami, me quiero poner aritos comunica Camila. Si ya tenés. No,
una argollita acá dice señalándose el pabellón de la oreja. ¿Por qué?
Por qué va a ser, porque me gusta. Sos muy chica. ¡Laura tiene! Ella
intenta disuadirla, pero desde el comienzo sabe que con Camila es batalla
perdida. No hay manera de que se ponga algo diferente que un jean a media
cadera, remeras enormes, zapatillas rotas. Catorce años recién. El hermoso
cabello casi rapado. Parece que se esforzara en afearse, tan bonita ella.
Finalmente la muchachita logra convencerla. Están ahora en la farmacia. Cami
compró el aro con sus ahorros. La mujer está por ponerle alcohol en la oreja
izquierda cuando la chica le aparta la mano. ¡En la derecha! La mujer
hace una mueca. Como quieras dice. Cuando salen Camila propone ¿vamos
a tomar algo para festejar, mamita querida? Compradora la mocosa. ¿Un
jugo o un helado? pregunta ella. ¡Un helado!, ¡de una! Caminan por
Santa Fe del brazo. La tarde va cayendo. Todavía no pensó qué preparará de
cenar. Ana María le diría que lo deje en manos de Fernanda. Porque ahora son
seis. Menos mal que Manuel come cualquier cosa y todo lo alaba. Es un buen
chico.