viernes, 6 de septiembre de 2024

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Pese a las protestas de Zoe, deciden ir caminando para que no se les arruguen los vestidos. La iglesia está a pocas cuadras. Sebastián pasará a buscarla a Fernanda. Allí van las cuatro, un abanico, blanco, negro, peltre y azul cerúleo, el color de moda. Recién ayer a la noche pegó los últimos botones, las perlitas de su chemise. Cuando llegan ya hay bastante gente. Camila y ella se ubican en la primera fila de la derecha. Candela se queda con Zoe en el atrio, esperando a la novia. A ella no le dan las manos para saludar a quienes van llegando. Qué distinto del casamiento de Sebastián. Conoce a casi todos. Estoy como pez en el agua, evalúa. Orgullosa. Feliz. De pronto descubre en la última fila de la izquierda a Ariel. No puede con su genio, piensa, pero no se enoja. Se limita a sonreírle cuando se cruzan sus miradas. Manuel y su madre se acercan, desde atrás, al altar. El primer acorde de Pompa y Circunstancia[1] hace que al unísono todos giren. Las puertas se abren. El resto del mundo se eclipsa. Primero Zoe,  que finalmente convenció a su tía, espolvoreando pétalos, como ella dice. Una princesa. Unos metros por detrás, Fernanda del brazo de Sebastián. Teme que el corazón se le parta de la emoción. Fernanda está espléndida. Un junco. Sissi. La emperatriz de sus amores.

 

Rock nacional. Cumbia. Bailan entreverados sus hijos, los amigos de los novios, la familia de Manuel, Elena, Ángel y sus hijos, Gloria, Rita, las chicas del taller. Como diría Zoe solo falta Dedal. Hasta Belén, con su avanzado embarazo, se suma al festejo. Sandwiches de miga, saladitos. Figazzitas de peceto y matambre hechos por Miriam, su consuegra. Ella no pudo ayudarla, enfrascada con los vestidos. La parte dulce la contrataron los chicos. Ella pagó la torta con cintitas. Una fiesta a nuestra exacta escala, determina, esto somos. Fernanda se acerca a abrazarla. Esto es un sueño, mi sueño, muchas gracias, mami. Ella piensa que cada uno de sus hijos vuela a distinta altura. ¿Me permite esta pieza, señora madre? pregunta Ángel. Mientras bailan al son de Vicentico ella piensa que Ariel es su único amor faltante. Lo vio entre la gente a la salida, pero ni se saludaron. Luego él le mandó un mensaje. Bella entre las bellas. Va a tener que blanquear la situación. Ariel se lo merece. Y ella también. ¿Hace falta que te diga/que me muero por tener algo contigo?[2]

 

Mami, me quiero poner aritos comunica Camila. Si ya tenés. No, una argollita acá dice señalándose el pabellón de la oreja. ¿Por qué? Por qué va a ser, porque me gusta. Sos muy chica. ¡Laura tiene! Ella intenta disuadirla, pero desde el comienzo sabe que con Camila es batalla perdida. No hay manera de que se ponga algo diferente que un jean a media cadera, remeras enormes, zapatillas rotas. Catorce años recién. El hermoso cabello casi rapado. Parece que se esforzara en afearse, tan bonita ella. Finalmente la muchachita logra convencerla. Están ahora en la farmacia. Cami compró el aro con sus ahorros. La mujer está por ponerle alcohol en la oreja izquierda cuando la chica le aparta la mano. ¡En la derecha! La mujer hace una mueca. Como quieras dice. Cuando salen Camila propone ¿vamos a tomar algo para festejar, mamita querida? Compradora la mocosa. ¿Un jugo o un helado? pregunta ella. ¡Un helado!, ¡de una! Caminan por Santa Fe del brazo. La tarde va cayendo. Todavía no pensó qué preparará de cenar. Ana María le diría que lo deje en manos de Fernanda. Porque ahora son seis. Menos mal que Manuel come cualquier cosa y todo lo alaba. Es un buen chico.



[1] “Pompa y circunstancia”, Edward Elgar.

[2] “Algo contigo”, Vicentico.

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122

    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...