miércoles, 7 de agosto de 2024

40

 

 


Fernanda me dijo que va a empezar a trabajar cuenta ella ni bien se sienta. Ana María la observa en silencio un buen rato antes de preguntar ¿y eso la pone contenta? La verdad es que no admite ella. ¿Tratamos de entender por qué? Prefiero que estudien. ¿Su hija dijo que dejará los estudios? Ella niega con la cabeza y luego agrega yo no los tuve para que me mantengan. Ana María hace un gesto con la boca y entrecierra los ojos. Frase extraña comenta no parece que su hija estuviera hablando de mantenerla a usted sino de mantenerse a sí misma. Es lo mismo dice ella y se descubre fastidiada. ¿Para qué tuvo a sus hijos? pregunta. ¡Para nada! contesta ya francamente enojada no se trata de una cuestión de utilidad. Fue usted la que trajo el “para”, “para mantenerme” … Me indicó que debo dejar de enredarme con las palabras y ahora es usted la que me enreda dice de mal modo. Yo nunca le di indicaciones, ni se las daré me parece que hay algo importante tras ese “para” que hace que reaccione así. Ella se dobla en dos sobre sí misma. Un cuchillo en el abdomen. Las lágrimas comienzan a deslizarse por sus mejillas. Claudia, ¿qué le pasa? pregunta Ana María con súbita dulzura. ¡Para eso la tuve decía mi mamá! exclama entre sollozos. La mujer espera que ella se tranquilice y propone ¿me quiere contar? Entonces ella le cuenta que su mamá la hacía limpiar la casa, baldear el patio, rasquetear y encerar los pisos de rodillas. Una vecina, la madre de Gloria, le comentó una vez a su madre es muy chica, le va a hacer mal, no podés darle trabajos tan duros. Yo ni tenía diez años, ¿y sabe qué contestó mi mamá? levanta los ojos y los clava en Ana María que la alienta a seguir con un leve gesto para eso la tuve.

 

Esta noche ceno en lo de Belén, no me esperes avisa Sebastián desde la puerta de la cocina. Hace mucho que no viene por acá comenta ella. Está a full con los estudios responde su hijo girando hacia el patio. Vos también y además trabajás dice ella de mal modo. El chico vira su rumbo, entra a la cocina y le da un beso. Combinamos para un día de estos, ma promete. Ella se queda pensando que es falsa. Porque se queja, pero no tiene ganas de ver a Belén. Se siente incómoda en su presencia. Juzgada. Desaprobada a priori. La sensación de ir perdiendo a su hijo hebra a hebra. Frase de modista, piensa. Su vínculo con Belén ni siquiera llega a la categoría de hilván. Porque el hilván es provisorio y se reemplaza luego por un pespunte firme y persistente. Su vínculo es un punto flojo. Ese que al cortarlo por la mitad deja pequeños rastros que con un soplido desaparecen. ¿Celos?  No cree. Al novio de Fernanda lo quiere. Lo quiso de entrada. Con los hijos varones es distinto, dirían las viejas. Quizá. Aunque no lo cree. Belén no llegó para sumar. Resta.

 

¿Mi papá? responde preguntando ¡qué contarle!, la primera imagen que me aparece es su cabeza agitándose en un permanente no; no a las excursiones del colegio, no al viaje de egresados, no a estudiar el secundario, no y no; casi todos los lunes yo le preguntaba si me iba a dejar ir a bailar, solo obtenía un “vamos a ver; el sábado a la mañana lo pasaba en la peluquería con mis amigas; a la tarde me planchaba la ropa, mamá me dejaba hacer; a la nochecita me maquillaba y me vestía y le preguntaba a mi padre si podría ir; nueve de cada diez veces me decía que no; yo me lavaba la cara pintada y me acostaba sin cenar; semana tras semana. ¿Por qué se preparaba si ya contaba con la negativa? pregunta Ana María. Al menos mientras me peinaba, me maquillaba y me vestía era feliz; como la Cenicienta solo que la carroza no se convertía en calabaza a las doce de la noche sino a las ocho, nueve a más tardar; el lunes mis amigas me contaban todos los detalles y de nuevo era un como si; no les tenía envidia, no era de ellas la culpa, me consolaban; hasta alguna mamá intercedió por mí y esas fueron las contadísimas una de diez veces en que lo logré. ¿Qué actitud tuvo usted con sus hijos adolescentes? pregunta Ana María. Nunca un no; mi amiga Elena siempre me dice que mi error es no saber ponerles límites; así me fue con Candela dice y esconde la cabeza entre ambas manos. Ana María se queda mirándola. Luego de un buen rato comenta me parece que usted es demasiado egocéntrica; considera que el hecho de que su hija no se haya cuidado es culpa suya así como es su culpa el accidente de Zoe. Ella se descubre la cara. Sus hijos, y ahora su nietita, son seres separados de usted, capaces de tomar sus propias determinaciones, y, en consecuencia, de cometer errores. El libre albedrío del que me hablaban en el catecismo comenta ella. Exactamente. ¿Egocéntrica?, no sé, lo tengo que pensar. De acuerdo dice Ana María incorporándose continuamos la próxima.

lunes, 5 de agosto de 2024

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Por cómo me lo ha contado pareciera ser un accidente, ¿por qué se siente tan culpable? pregunta Ana María. Porque estaba enredada en mis pensamientos; siempre me pasa. ¿Desde cuándo le pasa? ¡Qué sé yo!, desde siempre ya le dije. ¿Se recuerda desde pequeña ejerciendo el pensamiento circular? A ella le llama la atención el término. Sí, recién se da cuenta, su pensamiento es circular, infinitas palabras que se encadenan perpetuamente dejándola prisionera adentro de la circunferencia. Piensa en elefantes, la trompa del primero toma la cola del último. Claudia, le estoy hablando. Perdón pide ella tiene razón, pienso en círculo. ¿Desde niña? Ella asiente con la cabeza. ¿Recuerda en qué situaciones? insiste Ana María. Cuando mis padres discutían reflexiona unos segundos y agrega ellos también discutían en círculo, de nunca acabar. ¿No intentaba irse? No, hasta mis siete años dormía en el cuarto de mis padres, recién cuando se murieron mis abuelos, con pocos meses de diferencia, pude tener algo de intimidad. Quiere decir que usted está copiando el modelo familiar. No entiendo. Por lo que me está contando veo que tres generaciones compartieron un mismo espacio. Ella se queda pensando. Tiene que reconocer que es cierto. Zoe, Candela y ella caminando por las mismas baldosas. No habrá sido fácil para su madre criar a su hija en una casa que manejaba su propia madre. Ella recibe una descarga eléctrica. Su madre fue madre, pero también hija. Su hija es hija, pero también madre, Zoe solo es hija. Ella ahora ya no es hija, solo madre. Claudia… la convoca Ana María. Otra vez me fui admite ella. Cierre los ojos propone la psicóloga trate de verse escapando, refugiándose en su mente. Ella obedece. Ella siempre obedece. Ella es una nena obediente que siempre obedece. ¿A quién ahora? A su papá. A las órdenes que le dio su papá. Si a mamá le agarra el ataque trata de que se acueste en el suelo, ponele algo en la boca para que no se muerda y esperá, ya sabés que se le pasa pronto, esperá y nunca la dejes sola. Sin darse cuenta cómo ni cuándo empezó se lo está contando a Ana María. Nunca se lo contó a nadie porque su papá también le decía que no había que contar. A ella le daban ganas de ir a buscar a la vecina, la madre de Gloria que era tan buena con ella, seguro podía ayudar a su mamá. Pero se quedaba quietita. El cuerpo quieto porque su cabeza comenzaba a viajar. Y se imaginaba que era un cazador y que su mamá era un elefante. Pero un cazador bueno porque no mataba al elefante, solo lo dormía con una flecha; una flecha de los indios que ahora venían por el cazador y el cazador corría y los indios atrás hasta que el elefante se despertaba y decía ya está, ya pasó, alcanzame un vaso de agua. Ana María espera a que ella calle y dice es interesante, a veces los adultos seguimos utilizando los mismos recursos que cuando éramos niños. ¿Cómo? Cuando usted era chiquita no podía hacer nada para salir de esa situación, solo le restaba evadirse; ahora tiene una infinidad de posibilidades, pero a veces recurre al mismo mecanismo. Ella siente que algo se le mete en la cabeza, como una moneda en la ranura de una alcancía, una ranura que... Está por enredarse cuando admite lo que me dijo me calzó como moneda en una alcancía. Y el simple hecho de compartir sus absurdos pensamientos le genera algo muy parecido al alivio.

 

 

No estuvo mal, piensa mientras se pone el piyama. Sobre todo las nenas lo disfrutaron mucho. Para Zoe fue la primera vez en un restaurante. Se portó bien, eso que es bastante inquieta. Cuando llegó la cuenta ella le extendió al mozo la tarjera sin mirar el importe. Le resulta incomprensible constatar que hace… dieciocho años que se ha transformado en una máquina de generar dinero. Como en un cuento mágico la última moneda de la alcancía se multiplica antes de desaparecer. Como los peces. La multiplicación de los peces le enseñaron en el catecismo. Lo que tocás se convierte en oro le dijo Elena el otro día. Recuerda la lata en donde guardaba el dinero en épocas de Alberto. Dinero de cuya utilización ella sentía que le correspondía rendir cuentas. Debe reconocer que ha tenido suerte. Mientras estuvo en la biblioteca logró equiparar gastos y salidas, pero desde que comenzó con el tallercito en la terraza siempre hubo billetes para ahorrar. Nunca se permitió gastarlo con holgura porque siempre se propuso nuevas metas, asumió nuevos créditos. Uno a uno los fue pagando. El ahorro es la base de la fortuna decía su padre quien la entrenó en el oficio de no disfrutar. No fue el disfrute el objetivo de la compra del auto sino la agilización del trabajo. La primera disrupción fue el alquiler de la quinta. Otra esta cena en un buen restaurante donde le dio carta blanca a todos para que pidieran lo que quisieran.  Aunque si es sincera tiene que reconocer que no la movió la voluntad de disfrute sino la imposibilidad de hacerse cargo del festejo en el hogar. Todo esto piensa cuando oye golpes en la puerta. En esta casa todos golpean mi puerta, se dice y piensa qué vueltas le daría Ana María a la frase. ¡¡Mami!! Pasá. Me asustaste dice Fernanda. Perdón, no te escuché se disculpa ella, aunque sí que la escuchó. La escuchó, pero no logró desprenderse de sus pensamientos. La chica se sienta en el borde de la cama. Estuvo lindo, ¿no? pregunta ella por decir algo. Sí, estuvo bien contesta su hija con lo que ella considera poco entusiasmo. Te quería contar que conseguí un trabajo dice Fernanda. ¿Por qué? es lo primero que le nace preguntar. Aunque ella sabe por qué, su hija no considera que ella esté en condiciones de seguir manteniéndola. ¿Cómo por qué?, porque ya tengo diecinueve años y no quiero tener que seguir pidiéndote plata para comprarme zapatillas. Pero tenés una asignación, no necesitás pedirme; si no te alcanza la podemos aumentar. Fernanda cabecea lentamente. No, mami, ya no corresponde, además Manuel y yo queremos empezar a ahorrar. ¿Para qué? Mami, ¿qué te pasa?, ¿para qué va a ser?, para casarnos dentro de unos años. Como ante Sebastián pagando la cuenta la angustia le impide sentirse orgullosa. ¿Qué trabajo? pregunta, vencida. Me ofrecieron cuidar dos nenes todas las tardes. Ella intenta ocultar su decepción, creyó que sería algo relacionado con la docencia; no, solo una niñera. Como Gloria en su momento, piensa. ¿Y tus estudios? Este cuatrimestre curso de mañana. Ella no encuentra qué decirle por eso se queda callada. Me voy entonces dice la chica. Ella sabe que debiera felicitarla. Abre los labios para hacerlo, pero como no puede ser falsa solo le desea buenas noches. El portazo posterior la hace cerrar los ojos.

 

viernes, 2 de agosto de 2024

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Al llegar a la esquina se topa con su hijo. ¿Qué hacés acá, ma? Ella quisiera evaporarse. No quiere mentir, no sabe mentir. En un rato entro a terapia dice, bajando la vista. ¡¿Qué?!  Ella presiente que es otra cosa más que Belén le criticará. Tu madre no es solo una loca, está loca, seguramente dirá. ¿Hace cuánto que venís? Es la segunda… a ella le cuesta pronunciar esa palabra que jamás pensó adjudicaría a su propia vida…  sesión. Mira su reloj y luego propone ¿vamos a tomar un café? Ya sentados ella le cuenta que no logra reponerse de lo sucedido. Que se pasa observando a Zoe para ver si algo anda mal en la chiquita. La obsesión de que la falta de oxígeno le haya dañado el cerebro. Cuando dice que tiene la convicción de que Candela nunca la perdonará Sebastián la interrumpe. Hable mucho con ella, también se siente culpable; siempre te la dejó, no solo para ir caminando al pueblo con Fer, también para ir bailar con las amigas; la criaron a medias, ma; fuiste más madre de Zoe que abuela. Ella, aliviada, sonríe. No sé para qué voy a terapia con un hijo como vos. Pero percibe luego que el chico dijo fuiste y no sos y se alarma. No pueden sacarle a esa nena, no la puede perder. Carne de mi carne. Está a punto de pedir no le cuentes a Belén, pero solo dice se me hace tarde. Cuando abre la billetera Sebi le toma la muñeca. Dejá, ma, pago yo. Sin embargo, a ella en lugar de ponerla orgullosa la incomoda el gesto de su hijo. Él tampoco me precisa, ya nadie me precisa, decide y parece olvidar la enorme cadena de responsabilidades que aún pesa sobre ella. Parece olvidar que Camila recién tiene nueve años, que el generoso sueldo de Candela depende de que ella pueda pagar mes a mes el alquiler del local, que Fernanda puede avanzar tan rápido en su carrera porque ella no quiere que trabaje, que cada uno de los cinco encuentra medias en sus cajones porque ella se encarga de que el lavarropas nunca descanse y de que, pese al enorme esfuerzo que desde el accidente le genera, cada noche hay comida sobre la mesa. Aunque últimamente más veces sea comprada que elaborada. De todo eso se olvida porque tiene la profunda convicción de que ya nadie la necesita, de que ya no confían en ella. Todavía la quieren, sí, pero les ha fallado. A ellos, pero sobre todo a sí misma. ¡Te estoy hablando, ma! la interpela Sebastián.

 

Recién me encontré con mi hijo dice en cuanto se sienta no tuve más remedio que contarle, yo nunca les miento. Interesante la palabra que utilizó comenta Ana María. Ella la mira arqueando las cejas. Remedio; difícil para usted, seguramente, admitir que precisa un remedio. Ella experimenta la molesta sensación de estar desnuda. Como en ese sueño recurrente donde se encuentra en la calle sin ropa y sin saber dónde esconderse. Por otro lado, se siente fascinada. Siempre le gusto jugar con las palabras. Enredarse en ellas. Quizás hasta piensa que no tiene remedio continua Ana María.  Mi hijo intentó consolarme y eso me derrumba admite y como Ana María calla ella agrega no sé cómo hacer para seguir viviendo. Para ayudarla a continuar, para administrarle un “remedio” dice con intención, sonriendo necesito saber cómo comenzó a vivir. Ella la mira. No entiendo dice. Para comprender una película no se puede comenzar por el final, habrá que tener paciencia. Ella asiente con la cabeza. Ana María toma una libreta y una lapicera apoyadas sobre el brazo del sillón. Arranquemos, entonces determina ¿cómo era su mamá?

 

Mami, ¿qué vamos a hacer para el cumple de Candela? pregunta Fernanda levantando la vista de las hojas desparramadas sobre la mesa. Ella deja sobre la mesada el vaso con agua que estaba por tomar. Recién se da cuenta de que el viernes es 17. Me olvidé del cumple de mi hija, admite. Primera vez en … veintiún años. La alarma comprobar que tuvo que pensar el número. En veintiún años no, en… veintitrés. Siempre, desde que es madre, pensó con antelación al menos de una semana, al principio de un mes, cómo festejar el acontecimiento. Y ahora se me pasó, piensa, otra cosa que se me pasó, otra cosa que me pasa. En el pasado no le pasaban estas cosas, no se le pasaba nada. ¡Mami! Ella sacude la cabeza. Si lo festeja en su casa tendrá que invitar a Elena y familia, a Gloria, al novio de Fernanda. A Belén. Tendrá que cocinar para…, hace cuentas, catorce personas. Imposible. Fuera de toda posibilidad. Entonces, por primera vez en… veintitrés años, propone podríamos ir a cenar afuera. Los ojos de Fernanda son dos platos. ¡¿A un restaurante?! Sí, ¿por qué no?, solo nosotros seis. La chica hace un leve gesto con la cabeza. Yo le preparo la torta y luego brindamos acá dice. Ni pensé en la torta, admite ella y luego ofrece yo te ayudo. Termina de decirlo y descubre que no dijo yo la hago. Si Ana María estuviera escuchando le daría infinitas vueltas a la palabra ayuda. Le queda claro: Fernanda la está ayudando a ella. Es ella la que precisa ayuda.

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...