viernes, 2 de agosto de 2024

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Al llegar a la esquina se topa con su hijo. ¿Qué hacés acá, ma? Ella quisiera evaporarse. No quiere mentir, no sabe mentir. En un rato entro a terapia dice, bajando la vista. ¡¿Qué?!  Ella presiente que es otra cosa más que Belén le criticará. Tu madre no es solo una loca, está loca, seguramente dirá. ¿Hace cuánto que venís? Es la segunda… a ella le cuesta pronunciar esa palabra que jamás pensó adjudicaría a su propia vida…  sesión. Mira su reloj y luego propone ¿vamos a tomar un café? Ya sentados ella le cuenta que no logra reponerse de lo sucedido. Que se pasa observando a Zoe para ver si algo anda mal en la chiquita. La obsesión de que la falta de oxígeno le haya dañado el cerebro. Cuando dice que tiene la convicción de que Candela nunca la perdonará Sebastián la interrumpe. Hable mucho con ella, también se siente culpable; siempre te la dejó, no solo para ir caminando al pueblo con Fer, también para ir bailar con las amigas; la criaron a medias, ma; fuiste más madre de Zoe que abuela. Ella, aliviada, sonríe. No sé para qué voy a terapia con un hijo como vos. Pero percibe luego que el chico dijo fuiste y no sos y se alarma. No pueden sacarle a esa nena, no la puede perder. Carne de mi carne. Está a punto de pedir no le cuentes a Belén, pero solo dice se me hace tarde. Cuando abre la billetera Sebi le toma la muñeca. Dejá, ma, pago yo. Sin embargo, a ella en lugar de ponerla orgullosa la incomoda el gesto de su hijo. Él tampoco me precisa, ya nadie me precisa, decide y parece olvidar la enorme cadena de responsabilidades que aún pesa sobre ella. Parece olvidar que Camila recién tiene nueve años, que el generoso sueldo de Candela depende de que ella pueda pagar mes a mes el alquiler del local, que Fernanda puede avanzar tan rápido en su carrera porque ella no quiere que trabaje, que cada uno de los cinco encuentra medias en sus cajones porque ella se encarga de que el lavarropas nunca descanse y de que, pese al enorme esfuerzo que desde el accidente le genera, cada noche hay comida sobre la mesa. Aunque últimamente más veces sea comprada que elaborada. De todo eso se olvida porque tiene la profunda convicción de que ya nadie la necesita, de que ya no confían en ella. Todavía la quieren, sí, pero les ha fallado. A ellos, pero sobre todo a sí misma. ¡Te estoy hablando, ma! la interpela Sebastián.

 

Recién me encontré con mi hijo dice en cuanto se sienta no tuve más remedio que contarle, yo nunca les miento. Interesante la palabra que utilizó comenta Ana María. Ella la mira arqueando las cejas. Remedio; difícil para usted, seguramente, admitir que precisa un remedio. Ella experimenta la molesta sensación de estar desnuda. Como en ese sueño recurrente donde se encuentra en la calle sin ropa y sin saber dónde esconderse. Por otro lado, se siente fascinada. Siempre le gusto jugar con las palabras. Enredarse en ellas. Quizás hasta piensa que no tiene remedio continua Ana María.  Mi hijo intentó consolarme y eso me derrumba admite y como Ana María calla ella agrega no sé cómo hacer para seguir viviendo. Para ayudarla a continuar, para administrarle un “remedio” dice con intención, sonriendo necesito saber cómo comenzó a vivir. Ella la mira. No entiendo dice. Para comprender una película no se puede comenzar por el final, habrá que tener paciencia. Ella asiente con la cabeza. Ana María toma una libreta y una lapicera apoyadas sobre el brazo del sillón. Arranquemos, entonces determina ¿cómo era su mamá?

 

Mami, ¿qué vamos a hacer para el cumple de Candela? pregunta Fernanda levantando la vista de las hojas desparramadas sobre la mesa. Ella deja sobre la mesada el vaso con agua que estaba por tomar. Recién se da cuenta de que el viernes es 17. Me olvidé del cumple de mi hija, admite. Primera vez en … veintiún años. La alarma comprobar que tuvo que pensar el número. En veintiún años no, en… veintitrés. Siempre, desde que es madre, pensó con antelación al menos de una semana, al principio de un mes, cómo festejar el acontecimiento. Y ahora se me pasó, piensa, otra cosa que se me pasó, otra cosa que me pasa. En el pasado no le pasaban estas cosas, no se le pasaba nada. ¡Mami! Ella sacude la cabeza. Si lo festeja en su casa tendrá que invitar a Elena y familia, a Gloria, al novio de Fernanda. A Belén. Tendrá que cocinar para…, hace cuentas, catorce personas. Imposible. Fuera de toda posibilidad. Entonces, por primera vez en… veintitrés años, propone podríamos ir a cenar afuera. Los ojos de Fernanda son dos platos. ¡¿A un restaurante?! Sí, ¿por qué no?, solo nosotros seis. La chica hace un leve gesto con la cabeza. Yo le preparo la torta y luego brindamos acá dice. Ni pensé en la torta, admite ella y luego ofrece yo te ayudo. Termina de decirlo y descubre que no dijo yo la hago. Si Ana María estuviera escuchando le daría infinitas vueltas a la palabra ayuda. Le queda claro: Fernanda la está ayudando a ella. Es ella la que precisa ayuda.

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