viernes, 17 de mayo de 2024

5

 


Niños bañados, cenados y dormidos, Claudia se ducha y se acuesta. Pero no apaga el velador. Con exquisito cuidado toma el libro que dejó en la mesa de luz. La sorprenderá el amanecer con el libro terminado y los ojos abiertos como dos pozos.

 

Se cambia, agarra su bolso y se acerca al mostrador. Pero en lugar de decir hasta mañana afirma vine a devolver el libro al tiempo que lo saca de una pequeña bolsa de pañolenci. Los ojos de Elena abandonan su tarea y la miran de frente. ¿No le gustó? pregunta quizá saboreando sus vaticinios. Es lo mejor que leí en mi vida contesta ella. La mujer toma el libro que le ofrecen y busca la ficha. Listo informa luego. ¿Me puedo llevar otro? Elena arquea las cejas. ¿Cuál? Claudia no sabe si corresponde, pero se arriesga y con infinita vergüenza pregunta ¿usted me podría ir guiando? Minutos después guarda en su bolsa Mi planta de naranja lima[1]. Hasta mañana, señorita Elena, y muchas gracias. La mujer sonríe al decirle hasta mañana, Claudia.

 

Horas después, entre cobijas, leyendo a Vasconcelos, Claudia descubre, con cierta culpa, que no está llorando por su marido. Sofoca el llanto con un pañuelo. El Zezé del libro hizo desaparecer a Alberto por unas cuantas horas. Desaparecer. Desaparecidos. Pañuelo. Pañuelos. El jueves cuando fue al centro a encontrarse con el abogado vio a las mujeres caminando en ronda con sus pañuelos blancos. Pañales que son pañuelos. Madres tenían que ser. Qué no haría ella por sus hijos. Unos pasitos breves la apartan de sus pensamientos. Mami dice Candela tengo miedo. Ella tira del bracito para ayudarla a subirse a la cama. Los niños no tienen que sufrir, piensa, mientras la abraza. Pobre Zezé.

 

En el momento de despedirse Elena le pregunta ¿empezó el libro? Ella que no se animó a comentarle contesta ahora voy por la mitad. ¿Y qué le pareció? Me gustó, me emocionó, pero… ¿Pero? inquiere la mujer. Aunque no sabe si corresponde se atreve y dice pero Kafka es otra cosa. afirma la mujer meneando la cabeza Kafka, decididamente, es otra cosa. Claudia ya está cerca de la puerta cuando retrocede. ¿Me puede prestar algún libro para los chicos o primero tengo que devolver el mío?

 

Los cuatro acostados en la cama grande, Claudia lee en voz alta Dailan Kifki[2]. Fernanda escucha con el mismo interés que sus hermanos. Elena le dijo que no iba a entender nada, que ni siquiera era para Candela, pero ella confía en sus hijos. Los está preparando de chiquitos para que no les pase lo mismo que a ella. Van a estudiar. Los tres. Aunque ella tenga que dejar la vida, los riñones en el intento. Sebastián ya lee de corrido. La maestra está sorprendida. Ella no. Pura potencia. Sus niños son pura potencia.



[1] “Mi planta de naranja lima”. José de Vasconcelos.

[2] “Dailan Kifki”, María Elena Walsh.

lunes, 13 de mayo de 2024

3

 


El timbre la despierta. Se incorpora como un resorte y acude a atender. Recién cuando se aproxima a la puerta la realidad la aturde. Por instantes la olvidó. Soy viuda, se recuerda. Abre. Es Gloria, la vecina, con Fernanda cargada que en cuanto la ve grita (y es un grito) mamá y le tiende los bracitos. Ella, aún aturdida, la alza. Llora demasiado informa la mujer por eso te la traje. ¿Los mayores? atina a preguntar ella. Están bien, los dejé mirando la tele, ¿querés que te los traiga? Ella sacude la cabeza con energía. En un rato los busco dice. Porque no está preparada, todavía no está preparada. La beba, por suerte, no sabe hablar aún. No sabe preguntar. Los mayores sí.  Los mayores. ¿Dos niños de tres y cinco años son mayores? se plantea. El pecho de su hijita todavía se sacude. Porque lloró mucho. La beba ya lloró mucho. Los mayores no. Todavía no. Se sienta en el sillón de hierro forjado en el que tantos se sentaron. Oprime a la nena contra sí. La olisquea. Tiene el pelito transpirado. Se levanta para prepararle un baño.

 

Mientras hierven los fideos le llegan los gritos del vecindario, las bocinas de los coches. Argentina ganó el mundial. Qué contento hubiera estado Alberto. Todos están contentos. Todos los argentinos. Todo el mundo. Ella es la única que no. Y los holandeses. El que no salta es un holandés. Ella no es holandesa pero no salta. ¿Y papá? pregunta Sebi ¿dónde está? Ella cierra los ojos. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?[1]

 

El día que parecía interminable llegó a su fin. Ya enterró a su marido, ya les dijo a sus hijos que eran huérfanos. Ya cambió las sábanas de las cuatro camas.  Si lo piensa es absurdo, las había puesto el día anterior, pero necesitó volver a cambiarlas. Tierra. La tierra. Tierra eres y en tierra te convertirás le enseñaron. Sus padres se murieron juntos. Alberto se murió, solo. Ella está viva. Viva porque tiene tres hijos que la necesitan viva. Viva, además, descubre, porque quiere vivir. Tiene solo veinticinco años. Se mete entre las sábanas impecables. Mañana será otro día.

 

Sale con Sebastián, delantal a cuadritos, mochila mínima, rumbo al jardín. Gloria se ofreció a quedarse con las nenas. Ella no tuvo fuerzas para negarse. No está acostumbrada a recibir ayuda. Siempre se arregló sola. Desde chica su mamá la entrenó. Me obligó, se corrige. Yo no, piensa, yo no obligo a mis hijos. Oprime la manito de Sebi. Seguramente demasiado porque el nene se queja. Al llegar a Córdoba se detienen ante el semáforo. Mamá, ¿papá va a volver? pregunta Sebi. Ella se agacha para quedar a su altura. No contesta porque nunca les miente. No importa dice el nene alzando la manito con el pulgar flexionado quedamos los cuatro.

 

Hoy hace una semana, piensa. Primero fue el dolor. Luego brotó la rabia. Ahora, la sofoca la preocupación. ¿Cómo va a mantener a sus hijos? Los ahorros, calcula, le alcanzarán hasta fin de mes. ¿Y después? ¿De qué puede trabajar? El padre no le dejó hacer el secundario. Las mujeres son para la casa. Tampoco le permitió que hiciera el curso de dactilografía que le había sugerido su maestra. ¿Para qué?, te vas a casar, tu marido te va a mantener, vos cuidarás de tus hijos. Sí la mandó a aprender corte y confección. Con eso vas a poder ayudar a tu marido, si hace falta, sin salir de tu casa. ¿Marido?, ¿hijos? Ella tenía trece años y desde primero inferior siempre había estado en el cuadro de honor. El último año llevó la bandera. La maestra intentó hablar con su padre, pero fue inútil. Todas sus compañeras se inscribieron en algún secundario. La mayoría siguió en la misma escuela. Hasta Emilia que vivía sola con la mamá que era empleada doméstica. Ella no. Claro que también fue responsable. Podría haber estudiado después de casada. Se lo planteó a Alberto, pero, para su gran decepción, sus argumentos fueron similares a los de su padre. La casa, los hijos. Ella no quería tener chicos enseguida. Sin embargo, antes del año de casados llegó Sebastián. Su suerte estaba echada. La suerte está echada[2]. Siempre le gustó esa frase, no recuerda dónde la leyó. Porque bastante había leído en su adolescencia. Las amigas le prestaban libros que ella leía a escondidas. Te llenan la cabeza de pajaritos decía su padre. Ella a los pajaritos los llamaba sueños. A Alberto tampoco le gustaba que leyera, además a medida que fueron llegando los chicos ya no tuvo tranquilidad. A veces es mejor no pensar, se dice, y leer siempre la había hecho pensar. Actuar. Ella se transformó en una máquina de actuar. De la mañana a la noche en acción. Los chicos no le dan respiro. Pienso luego existo[3] también había leído vaya a saber dónde y cuándo. Frase transformada en hago luego existo. Hago la comida, hago las camas, hago las compras, Hago. Hago. Hago. Como siempre desaparece en las palabras y necesita pensar cómo se va a arreglar. No estudió, eso lo tiene claro, ¿de qué puede trabajar entonces? Y si trabajara ¿con quién dejaría a los chicos? Para lo que necesites dijo Gloria. Pero la gente promete por prometer. Le acompaño el sentimiento. Varios se lo dijeron. Sin embargo, hace una semana que nadie la acompaña. Solo los chicos. Recuerda los cuatro deditos alzados de Sebastián.  Se abraza a sí misma.



[1] “Seminare”, Serú Girán.

 

[2] “La suerte está echada”, novela de Jean Paul Sartre.

[3] Frase de René Descartes.

viernes, 10 de mayo de 2024

2

 


Se acerca un médico. Qué joven, piensa la mujer mientras se incorpora. ¿Familiar de Alberto Gómez? Soy la esposa contesta ella. Lo lamento mucho dice el médico tuvo fractura de cráneo, no pudimos salvarlo. ¿Qué? pregunta ella. Fractura de cráneo repite el hombre. Pero ¿cómo está? El médico la mira, parece desconcertado. No pudimos salvarlo repite. ¿Cómo? Falleció, señora, falleció. Falleció, se dice ella. Mi marido falleció. Alberto falleció. Alberto se murió. No puede ser, piensa. Tenían muchos proyectos. Tenían tres hijos. No se puede haber muerto, decide, no puede hacerme esto.

Porque tiene tres hijos. Porque está sola. Porque tiene veinticinco años.

 

Reconocerlo. El médico le dice que tiene que reconocerlo. Claro que lo conoce mucho, piensa mientras sigue al hombre. Lo conoció a los quince, se casó a los diecinueve. Empezó a darle hijos a los veinte. Recién saca la cuenta, hace diez años que lo conoce. Lo re conozco, decide.  El doctor la conduce a un pequeño cuartito, hay una camilla con un cuerpo tapado por una sábana. Blanca, piensa ella, en los hospitales las sábanas siempre son blancas. El hombre descorre la sábana blanca. Lo que quedó de su marido la mira. El médico se apresura a cerrarle los ojos. Perdón pide. Ella no llora. Ella piensa que debería llorar, pero no llora. Ella que llora por cualquier cosa ahora no llora. A lo mejor se murió. A lo mejor estoy muerta, piensa. Quisiera estar muerta, decide. Pero después recuerda que no puede. Tengo tres hijos, piensa, tengo tres hijos y estoy viuda. La infinitud de su carga se le viene encima. Trastabilla. El médico la sostiene del brazo. Ella sostiene la cartera. Con los documentos y el dinero.

 

No sabe qué hacer. Le hacen preguntas y más preguntas. Porque Alberto está muerto, habrá que enterrarlo. Alberto no tiene familia. Ella tampoco. No sé qué hacer confiesa. De la nada se le aparece un hombre. Ahí leí que su marido se accidentó cuando iba al trabajo, hay que conseguir que ellos se hagan cargo. ¿Cómo? pregunta ella. Yo me puedo ocupar dice el hombre, soy abogado. Pero yo no tengo plata. Por eso no se preocupe, me pagará con lo que gane. ¿Con lo que gane? Estos juicios nunca se pierden, se lo aseguro. Qué puedo ganar, piensa ella, acabo de perderlo todo y este hombre no se da cuenta. Deme los datos le ordena el hombre. La mujer, como un autómata, obedece. Abre la cartera. Por suerte encuentra la libretita de direcciones. ¿Por suerte? piensa, vaya con mi suerte. Regresa a su cabeza la canción. Nena, nadie te va a hacer mal.  Me quiero ir, piensa. Aunque no sabe adónde.

 

Los caballeros que se acerquen a llevar el cajón. Ella piensa que por suerte vinieron los compañeros. No hay familiares. Solo un primo que trabajaba con él en la fábrica. Sebastián es muy chico, piensa. Y vuelve a pensar que piensa tonterías. Lo que queda de la familia de Alberto sigue en el Chaco. Ella les mandó un telegrama, pero nadie vino. No tienen ni para el pasaje, imagina. Ella tampoco tenía para el entierro, suerte que los compañeros hicieron una colecta. ¿Suerte? También está Rubén, el vecino. La mujer no pudo venir porque se quedó cuidando los chicos. Todavía no les dijo nada. Cuando murieron sus padres Alberto cargó una manija. Faltaban hombres, claro, dos cajones. Ella se acercó, pero no la dejaron. Era mujer y además estaba embarazada. Embarazada de Candela. Recuerda que lloraba. Ahora no. A lo mejor estoy muerta, piensa de nuevo. A lo mejor estoy soñando, se corrige. No la dejaron cargar a sus padres y terminaron ayudando los de la cochería. Se pone a pensar que siempre estuvo sola. Por eso desde la infancia soñó con tener varios chicos. No tan pronto, claro, pero nada de hijos únicos. Alberto llevaba el cajón y ahora está dentro. No corresponde, piensa, Alberto es joven. Como yo. Los dos tenemos veinticinco años. Después se corrige. Alberto ya no. Solo ella tiene veinticinco años. Solo y sola. Se pierde. Como siempre se pierde en las palabras.

 

Uno de los compañeros de Alberto la alcanza hasta su casa. Agradece, se baja del auto y se acerca hasta la puerta. Busca la llave en la cartera que cuelga de su codo. Pone la llave en la cerradura, pero no abre. No quiere abrir. No quiere entrar. No quiere ver a los chicos. Llega la vecina del primero y le pregunta si le pasa algo a la llave. A la llave no. A la llave no le pasa nada. Las llaves no tienen sentimientos. Las llaves no tienen hijos a los que hay que contarles que se murió el papá. No tiene más remedio que entrar. Abre la puerta del departamento 3. La puerta suya. El sol inunda el patio de baldosas a cuadros amarillas y negras. Ella mira el piso. Piensa que está percudido. Claro, muchos pasos. Los de sus abuelos. Los de sus padres. Los de ella de pequeña. No pensó que aquí criaría a sus hijos. Gracias a que mis padres murieron, piensa. Y después se reta. ¿Cómo pudo decir gracias? Se sienta en el sillón de hierro forjado. Negro. Piensa ahora que muchos se sentaron. Está por enumerarlos cuando descubre que otra vez se perdió en sus pensamientos. Se levanta aún con la cartera colgada del codo. Marrón es la cartera. La mira. También está percudida. Entra a la cocina. Deja la cartera percudida sobre la mesa y se sirve un vaso de agua. Después va al dormitorio. Al dormitorio nuestro, piensa. Pero después se corrige. Al dormitorio mío. Porque ahora el dormitorio es solo suyo. Se deja caer sobre la cama. Se pliega sobre sí misma. Un temblor interno le sube desde el abdomen, sacudiéndola. Quisiera rugir. Apoya la boca sobre la almohada y, por fin, llora. No está muerta entonces. Ella no.

122

    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...