Se acerca un médico. Qué joven, piensa
la mujer mientras se incorpora. ¿Familiar de Alberto Gómez? Soy la
esposa contesta ella. Lo lamento mucho dice el médico tuvo
fractura de cráneo, no pudimos salvarlo. ¿Qué? pregunta ella. Fractura
de cráneo repite el hombre. Pero ¿cómo está? El médico la mira,
parece desconcertado. No pudimos salvarlo repite. ¿Cómo? Falleció,
señora, falleció. Falleció, se dice ella. Mi marido falleció. Alberto
falleció. Alberto se murió. No puede ser, piensa. Tenían muchos proyectos. Tenían
tres hijos. No se puede haber muerto, decide, no puede hacerme esto.
Porque tiene tres hijos. Porque está sola. Porque tiene veinticinco años.
Reconocerlo. El médico le dice que tiene que reconocerlo. Claro que lo
conoce mucho, piensa mientras sigue al hombre. Lo conoció a los quince, se casó
a los diecinueve. Empezó a darle hijos a los veinte. Recién saca la cuenta,
hace diez años que lo conoce. Lo re conozco, decide. El doctor la conduce a un pequeño cuartito,
hay una camilla con un cuerpo tapado por una sábana. Blanca, piensa ella, en
los hospitales las sábanas siempre son blancas. El hombre descorre la sábana
blanca. Lo que quedó de su marido la mira. El médico se apresura a cerrarle los
ojos. Perdón pide. Ella no llora. Ella piensa que debería llorar, pero
no llora. Ella que llora por cualquier cosa ahora no llora. A lo mejor se
murió. A lo mejor estoy muerta, piensa. Quisiera estar muerta, decide. Pero
después recuerda que no puede. Tengo tres hijos, piensa, tengo tres hijos y
estoy viuda. La infinitud de su carga se le viene encima. Trastabilla. El
médico la sostiene del brazo. Ella sostiene la cartera. Con los documentos y el
dinero.
No sabe qué hacer. Le hacen preguntas
y más preguntas. Porque Alberto está muerto, habrá que enterrarlo. Alberto no
tiene familia. Ella tampoco. No sé qué hacer confiesa. De la nada se le
aparece un hombre. Ahí leí que su marido se accidentó cuando iba al trabajo,
hay que conseguir que ellos se hagan cargo. ¿Cómo? pregunta ella. Yo me
puedo ocupar dice el hombre, soy abogado. Pero yo no tengo plata. Por
eso no se preocupe, me pagará con lo que gane. ¿Con lo que gane? Estos
juicios nunca se pierden, se lo aseguro. Qué puedo ganar, piensa ella, acabo de perderlo todo y
este hombre no se da cuenta. Deme los datos le ordena el hombre. La
mujer, como un autómata, obedece. Abre la cartera. Por suerte encuentra la
libretita de direcciones. ¿Por suerte? piensa, vaya con mi suerte. Regresa a su
cabeza la canción. Nena, nadie te va a hacer mal. Me quiero ir, piensa. Aunque no
sabe adónde.
Los caballeros que se acerquen a llevar el cajón. Ella piensa que por suerte vinieron
los compañeros. No hay familiares. Solo un primo que trabajaba con él en la
fábrica. Sebastián es muy chico, piensa. Y vuelve a pensar que piensa
tonterías. Lo que queda de la familia de Alberto sigue en el Chaco. Ella les
mandó un telegrama, pero nadie vino. No tienen ni para el pasaje, imagina. Ella
tampoco tenía para el entierro, suerte que los compañeros hicieron una colecta.
¿Suerte? También está Rubén, el vecino. La mujer no pudo venir porque se quedó
cuidando los chicos. Todavía no les dijo nada. Cuando murieron sus padres
Alberto cargó una manija. Faltaban hombres, claro, dos cajones. Ella se acercó,
pero no la dejaron. Era mujer y además estaba embarazada. Embarazada de
Candela. Recuerda que lloraba. Ahora no. A lo mejor estoy muerta, piensa de
nuevo. A lo mejor estoy soñando, se corrige. No la dejaron cargar a sus padres
y terminaron ayudando los de la cochería. Se pone a pensar que siempre estuvo
sola. Por eso desde la infancia soñó con tener varios chicos. No tan pronto,
claro, pero nada de hijos únicos. Alberto llevaba el cajón y ahora está dentro.
No corresponde, piensa, Alberto es joven. Como yo. Los dos tenemos veinticinco
años. Después se corrige. Alberto ya no. Solo ella tiene veinticinco años. Solo
y sola. Se pierde. Como siempre se pierde en las palabras.
Uno de los compañeros de Alberto la alcanza hasta su casa. Agradece, se
baja del auto y se acerca hasta la puerta. Busca la llave en la cartera que
cuelga de su codo. Pone la llave en la cerradura, pero no abre. No quiere
abrir. No quiere entrar. No quiere ver a los chicos. Llega la vecina del
primero y le pregunta si le pasa algo a la llave. A la llave no. A la llave no
le pasa nada. Las llaves no tienen sentimientos. Las llaves no tienen hijos a
los que hay que contarles que se murió el papá. No tiene más remedio que
entrar. Abre la puerta del departamento 3. La puerta suya. El sol inunda el
patio de baldosas a cuadros amarillas y negras. Ella mira el piso. Piensa que
está percudido. Claro, muchos pasos. Los de sus abuelos. Los de sus padres. Los
de ella de pequeña. No pensó que aquí criaría a sus hijos. Gracias a que mis
padres murieron, piensa. Y después se reta. ¿Cómo pudo decir gracias? Se sienta
en el sillón de hierro forjado. Negro. Piensa ahora que muchos se sentaron.
Está por enumerarlos cuando descubre que otra vez se perdió en sus
pensamientos. Se levanta aún con la cartera colgada del codo. Marrón es la
cartera. La mira. También está percudida. Entra a la cocina. Deja la cartera
percudida sobre la mesa y se sirve un vaso de agua. Después va al dormitorio.
Al dormitorio nuestro, piensa. Pero después se corrige. Al dormitorio mío.
Porque ahora el dormitorio es solo suyo. Se deja caer sobre la cama. Se pliega
sobre sí misma. Un temblor interno le sube desde el abdomen, sacudiéndola.
Quisiera rugir. Apoya la boca sobre la almohada y, por fin, llora. No está
muerta entonces. Ella no.