viernes, 10 de mayo de 2024

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Se acerca un médico. Qué joven, piensa la mujer mientras se incorpora. ¿Familiar de Alberto Gómez? Soy la esposa contesta ella. Lo lamento mucho dice el médico tuvo fractura de cráneo, no pudimos salvarlo. ¿Qué? pregunta ella. Fractura de cráneo repite el hombre. Pero ¿cómo está? El médico la mira, parece desconcertado. No pudimos salvarlo repite. ¿Cómo? Falleció, señora, falleció. Falleció, se dice ella. Mi marido falleció. Alberto falleció. Alberto se murió. No puede ser, piensa. Tenían muchos proyectos. Tenían tres hijos. No se puede haber muerto, decide, no puede hacerme esto.

Porque tiene tres hijos. Porque está sola. Porque tiene veinticinco años.

 

Reconocerlo. El médico le dice que tiene que reconocerlo. Claro que lo conoce mucho, piensa mientras sigue al hombre. Lo conoció a los quince, se casó a los diecinueve. Empezó a darle hijos a los veinte. Recién saca la cuenta, hace diez años que lo conoce. Lo re conozco, decide.  El doctor la conduce a un pequeño cuartito, hay una camilla con un cuerpo tapado por una sábana. Blanca, piensa ella, en los hospitales las sábanas siempre son blancas. El hombre descorre la sábana blanca. Lo que quedó de su marido la mira. El médico se apresura a cerrarle los ojos. Perdón pide. Ella no llora. Ella piensa que debería llorar, pero no llora. Ella que llora por cualquier cosa ahora no llora. A lo mejor se murió. A lo mejor estoy muerta, piensa. Quisiera estar muerta, decide. Pero después recuerda que no puede. Tengo tres hijos, piensa, tengo tres hijos y estoy viuda. La infinitud de su carga se le viene encima. Trastabilla. El médico la sostiene del brazo. Ella sostiene la cartera. Con los documentos y el dinero.

 

No sabe qué hacer. Le hacen preguntas y más preguntas. Porque Alberto está muerto, habrá que enterrarlo. Alberto no tiene familia. Ella tampoco. No sé qué hacer confiesa. De la nada se le aparece un hombre. Ahí leí que su marido se accidentó cuando iba al trabajo, hay que conseguir que ellos se hagan cargo. ¿Cómo? pregunta ella. Yo me puedo ocupar dice el hombre, soy abogado. Pero yo no tengo plata. Por eso no se preocupe, me pagará con lo que gane. ¿Con lo que gane? Estos juicios nunca se pierden, se lo aseguro. Qué puedo ganar, piensa ella, acabo de perderlo todo y este hombre no se da cuenta. Deme los datos le ordena el hombre. La mujer, como un autómata, obedece. Abre la cartera. Por suerte encuentra la libretita de direcciones. ¿Por suerte? piensa, vaya con mi suerte. Regresa a su cabeza la canción. Nena, nadie te va a hacer mal.  Me quiero ir, piensa. Aunque no sabe adónde.

 

Los caballeros que se acerquen a llevar el cajón. Ella piensa que por suerte vinieron los compañeros. No hay familiares. Solo un primo que trabajaba con él en la fábrica. Sebastián es muy chico, piensa. Y vuelve a pensar que piensa tonterías. Lo que queda de la familia de Alberto sigue en el Chaco. Ella les mandó un telegrama, pero nadie vino. No tienen ni para el pasaje, imagina. Ella tampoco tenía para el entierro, suerte que los compañeros hicieron una colecta. ¿Suerte? También está Rubén, el vecino. La mujer no pudo venir porque se quedó cuidando los chicos. Todavía no les dijo nada. Cuando murieron sus padres Alberto cargó una manija. Faltaban hombres, claro, dos cajones. Ella se acercó, pero no la dejaron. Era mujer y además estaba embarazada. Embarazada de Candela. Recuerda que lloraba. Ahora no. A lo mejor estoy muerta, piensa de nuevo. A lo mejor estoy soñando, se corrige. No la dejaron cargar a sus padres y terminaron ayudando los de la cochería. Se pone a pensar que siempre estuvo sola. Por eso desde la infancia soñó con tener varios chicos. No tan pronto, claro, pero nada de hijos únicos. Alberto llevaba el cajón y ahora está dentro. No corresponde, piensa, Alberto es joven. Como yo. Los dos tenemos veinticinco años. Después se corrige. Alberto ya no. Solo ella tiene veinticinco años. Solo y sola. Se pierde. Como siempre se pierde en las palabras.

 

Uno de los compañeros de Alberto la alcanza hasta su casa. Agradece, se baja del auto y se acerca hasta la puerta. Busca la llave en la cartera que cuelga de su codo. Pone la llave en la cerradura, pero no abre. No quiere abrir. No quiere entrar. No quiere ver a los chicos. Llega la vecina del primero y le pregunta si le pasa algo a la llave. A la llave no. A la llave no le pasa nada. Las llaves no tienen sentimientos. Las llaves no tienen hijos a los que hay que contarles que se murió el papá. No tiene más remedio que entrar. Abre la puerta del departamento 3. La puerta suya. El sol inunda el patio de baldosas a cuadros amarillas y negras. Ella mira el piso. Piensa que está percudido. Claro, muchos pasos. Los de sus abuelos. Los de sus padres. Los de ella de pequeña. No pensó que aquí criaría a sus hijos. Gracias a que mis padres murieron, piensa. Y después se reta. ¿Cómo pudo decir gracias? Se sienta en el sillón de hierro forjado. Negro. Piensa ahora que muchos se sentaron. Está por enumerarlos cuando descubre que otra vez se perdió en sus pensamientos. Se levanta aún con la cartera colgada del codo. Marrón es la cartera. La mira. También está percudida. Entra a la cocina. Deja la cartera percudida sobre la mesa y se sirve un vaso de agua. Después va al dormitorio. Al dormitorio nuestro, piensa. Pero después se corrige. Al dormitorio mío. Porque ahora el dormitorio es solo suyo. Se deja caer sobre la cama. Se pliega sobre sí misma. Un temblor interno le sube desde el abdomen, sacudiéndola. Quisiera rugir. Apoya la boca sobre la almohada y, por fin, llora. No está muerta entonces. Ella no.

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...