viernes, 22 de noviembre de 2024

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Se aproximan los treinta de Fernanda, Manuel le comentó que no está con ganas de hacer nada. Ella la entiende, ya pasó por esa situación, pero es su obligación como madre, y parece que las obligaciones de la maternidad no tienen fecha de vencimiento, tratar de convencerla. Por eso está tocando el portero eléctrico. Tiene la llave, sin embargo, no se le ocurriría entrar sin avisar. Ya en el ascensor se mira en el espejo. Hace mucho que no se contemplaba. Arrugas en el entrecejo, en los costados de la boca, las raíces blancas. Hace como dos meses que no se tiñe, ayer Candela la retó. Se aleja. De lejos se ve mejor. Bien, en realidad. En la calle le siguen diciendo piropos. Tiene el mismo talle que a los veinticinco. Cuarenta y dos. Siempre le dicen que parece hermana de sus dos hijas mayores. Silueta muy similar las tres. Camila es más alta. Aunque delgada, tiene huesos más grandes. El ascensor se detiene. Fernanda ya está en la puerta. Ema se le abalanza. ¡Bela! Ella se agacha y la abraza. Traje alfajorcitos de maizena dice mientras le tiende un paquete a su hija. No hacía falta, mami. Sí hace falta la corrige Ema, es muy golosa la gordita. Se sientan a merendar. Ema come a dos carrillos. La madre la reta. ¡Me los tajo la Bela! se justifica la mocosa, meneando el cuerpito. Es tan graciosa que ambas mujeres no pueden evitar reírse. Cuando ella por fin consigue que Ema se aleje, pidiéndole que le traiga su oso, le pregunta a su hija ¿qué querés hacer para tu cumple? Nada, mami, no estoy de ánimo. Algo chiquito, solo nosotros y a lo sumo tus suegros, puede ser en casa. Fernanda resopla. Parece que nadie se da cuenta, Manuel el primero, de que estoy de duelo, se me murió un hijo, mami, ¿ni vos me entendés? Su hija tiene razón. Para los de afuera la criatura nunca existió, pero Fernanda la portó cinco meses en su seno, ya se movía. Cuando Sebastián se alejó, esa Navidad yo no quería festejar, también me sentía de duelo; fuiste vos la que dijo “tu hijo no está, pero tus cinco mujeres todavía existimos”; no quiero comparar las pérdidas, pero sí recordarte que todos los demás, Ema en primer lugar, seguimos estando y te queremos; yo accedí esa vez a celebrar y, en circunstancias similares, a festejar mis cincuenta, ¿te acordás?, no me cumpliste con que no hubiera torta. Su hija sonríe y se le distiende el ceño fruncido que ahora es su gesto habitual. Vamos, hijita dice ella oprimiéndole ambos brazos. Lo voy a pensar promete Fernanda al tiempo que Ema llega a los saltos y tendiéndole la manito, el peluche en la otra, la carita redonda llena de dulce de leche, exclama ¡vamo a juga con Don Oso, Bela!


Se pasaron la mañana revisando los papeles que les pidió el contador. No doy más resopla Candela ¿vamos a comer algo?, además estoy muerta de frío. Es cierto. Están pasando un invierno muy duro y, para colmo, hay poco gas, las estufas a veces ni encienden.  Por suerte el restaurante está caldeado. Mamá, me quiero mudar dice Candela mientras come su ensalada. Ella deja los cubiertos y la mira, sorprendida. Necesito poder separar mi vida privada de la laboral, tener intimidad, cualquiera, Lucy la primera, se considera con derecho para pasar por el patio, para aparecer en la cocina; quiero que cuando Zoe trae amigos no se vean obligados a entrar por el local. Su hija tiene razón, ella no se había puesto a pensarlo. Nos está yendo muy bien, por primera vez en mi vida el dinero me sobra; ya vi un departamento de tres ambientes en Diaz Vélez y Medrano, le quedaría muy cerca del Moreno a Zoe y como ella se queda callada pregunta ¿te parece mal? Una suerte de malestar que no logra identificar la hace apartar el plato aún semilleno. No solo contesta. Estuve pensando que lo que era mi vivienda podría transformarse en las oficinas y depósito de Uniformes Córdoba, sos la primera en saber que tenemos los papeles desperdigados entre el taller y el local; las cajas molestando en todos lados. El malestar sigue creciendo. Dejame pensarlo dice y mirando el reloj agrega voy a pedir un café porque en un rato tengo sesión. ¿Toda la vida vas a hacer terapia? pregunta su hija, parece fastidiada. Mientras lo precise comenta mientras llama al mozo. Ella sí que está fastidiada.


¿Tratamos de pensar qué fue lo que le provocó el malestar? le pregunta Ana María. A ella le regresa la imagen de la topadora. Me pasó por encima contesta. Me parece que su hija no tomó aún ninguna decisión que la involucre a usted, solo compartió sus proyectos y pidió su parecer. Sí, pero ya tiene todo pensado lo de las oficinas contesta ella fastidiada. ¿Le molesta que no se le haya ocurrido a usted? Se queda unos segundos reflexionando y reconoce sí, parece una idiotez, pero así es. Es difícil para usted correrse del centro de la escena, admitir que hay algunas situaciones que pueden resolverse sin su intervención; delegar no es un verbo que figura en su vocabulario emocional; debiera sentirse orgullosa de que su hija haya heredado su visión de futuro y su ambición. Ella va a protestar, pero Ana María la detiene con un gesto de la mano. Por hoy dejamos acá determina.


Sale de lo de Ana María enojada. Enojada conmigo mismo, reconoce. Hace un frío espantoso. Se pone la capucha de la campera y camina por Loria hasta Rivadavia. Cuando llega a la esquina empieza a ver copos blancos cayendo del cielo. Extiende las manos. ¡Es nieve! Surge de su interior una alegría fresca, infantil. Varios muchachos, seguramente del Moreno, se agachan, recogen la nieve y se la tiran entre sí. Ríen. La gente empieza a aparecer en las puertas de casas y negocios. Salen. Todos salen. Rivadavia se transforma en un jolgorio. Va a pasar por lo de Fernanda. No quiere perderse la cara de Emita.


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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...