Pone sabanitas en la cuna. Sebastián todos los jueves le trae a los dos nenes, pero esta será, la primera vez que dejará a dormir a Mateo. Este nene nos está volviendo locos, hace un año y medio que no dormimos más de tres horas seguidas; Belén, con suerte, puede dormir una siesta, pero yo me tengo que ir a trabajar; mi suegra, que nos ayudó con Bauti, no se anima a tenerlo. Eso le contó hace unos meses. Momento en el que ella se ofreció a recibirlo cuantas veces quisiera. Porque haber recuperado a su hijo todavía le parece un milagro, aunque lamenta que haya sido a costa de Candela y Zoe. Y de Ariel. Le duele pensarlo. Suena el timbre, Sebi sigue sin usar su llave. Ella se apresura a abrir. Sebastián llega con Mateo en brazos, pero lo deposita en el piso no más entrar. Lloró todo el trayecto informa es una pesadilla. ¿Querés tomar algo? le ofrece ella. No, gracias, sueño con llegar a casa y acostarme; está noche dormiremos los tres; lamento lo que te toca. No digas eso, para mi es un placer, ¿no es cierto, Teo? El chiquito la mira y sonríe. Es vivo, piensa ella. Sebastián le da un beso a ella y dice chau, Mateo, portate bien con la abuela. El nene está tirado panza abajo en el suelo tirándole de la cola a Mobi que lo soporta con estoicismo. Ella cierra la puerta, se acerca a su nieto y se agacha. Libera con delicadeza las manitos que quedan llenas de pelos blancos, que ella sacude. El nene se ríe y la abraza. ¿Vamos a comer? le propone. ¡Ti, papa! Ella se incorpora le tiende la mano y van hacia la cocina. Lo sienta en la silla alta. Saca del microondas el plato y se lo pone delante. Ella toma la cuchara, pero el nene se la saca de la mano, y la sumerge en el puré con pollo picadito. Con notable pericia, va comiendo. ¡Ica papa! exclama. Ella lo observa. Los colores de Sebastián en la cara de Belén. Bautista, en cambio, porta los colores de la madre en el rostro del padre. No podrían ser más distintos. Morocho y dos tizones por ojos, Mateo; rubio y de ojos verdes, Bautista. Tan sereno el mayor, un terremoto el chiquito. Cuando ve que el plato está vacío ofrece ¿una banana? El nene asiente con la cabeza. Ella está por cortarla cuando Mateo le agarra el brazo. ¡No!, mono. Habla mucho por ser tan chiquito. ¡Ya tá! Ella lo libera de la silla y se pone a lavar el desquicio que quedó sobre la mesa. En un segundo Mateo abre la puerta del armario y extrae las cacerolas. En el siguiente, ya guardado lo que sacó, abre un cajón y revolea los repasadores. En el tercero, encuentra a Mobi que buscó inútilmente refugiarse debajo de la mesada, y le tira de la pata intentando sacarlo. Esta bien dice ella ya resignada a dejar los platos sin lavar vamos a jugar, ¿a qué querés jugar? ¡Peota! exclama el nene. Ella la busca y se encaminan al patio. Juegan a la pelota hasta que Mateo empieza a restregarse los ojos. Ahora vamos a nadar a la pileta le propone mientras lo lleva al baño. Pone el tapón y abre la canilla. Va hasta la cocina y regresa con vasos de plástico. Lo desnuda entre cosquillas y risas. Lo sumerge. Se sienta en el piso y juega con el nene. Cada tanto destapa y repone con agua caliente, bien caliente. Recuerda que leyó hace poco que si a una rana se la pone en agua hirviendo, salta; en cambio, si se la sumerge en agua fría y se va subiendo de a poco la temperatura, la rana se queda hasta que se muere hervida. Ella no quiere matar a su nieto, obvio, pero ya comprobó con sus cuatro hijos que un baño bien caliente a la noche facilita el sueño posterior. Y paciencia. Quedarse hasta que el niño no dé más. Eso puede demandar bastante tiempo. Ya son cerca de las doce. ¡Upa! pide Mateo, los cachetes colorados, tendiéndole los bracitos. Ella lo alza, lo envuelve en el toallón, y lo deposita sobre su cama. Allí le pone el pañal y lo enfunda en su piyama de ositos. Le da un beso, lo mete en la cuna y lo tapa. Busca el librito que dejó en la mesa de luz y comienza a leérselo. Cinco minutos después Mateo duerme. Ella, agotada, obviando la ducha, se pone el camisón y se acuesta. Apaga la luz. Mobi se acerca sigiloso y se ubica a los pies de la cama. Despertarán los tres pasadas las ocho.
lunes, 18 de noviembre de 2024
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Increíble la paciencia infinita de la abuela, no es fácil criar hijos, tampoco lo es para las abuelas, pero el amor va más allá de todo.
ResponderBorrarlos abuelos suelen tener mucha más paciencia que los padres. Tanta menos presión!
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BorrarGuauuuu qué grossa esa abuela jajajaja
ResponderBorrarYa tiene mucha cancha. Y mucho amor
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