viernes, 11 de octubre de 2024

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Llega al taller ansiosa por contarles a las chicas que será nuevamente abuela. Busca la llavecita en el pote de cerámica y abre el cajón del escritorio. Tiene que retirar dinero para pagar la Visa, vence mañana. Cuenta los billetes. No le alcanza. No puede ser, piensa, ayer dejé los trescientos pesos que me alcanzó la del colegio nuevo. Busca en la cartera su libretita. Dejó allí un total de cuatrocientos doce pesos. Vuelve a contar, saca todo del cajón. Los puso ahí, no tiene dudas. La respiración se le aturde. No puede ser, se repite, jamás me faltó un peso del local. Ella es muy organizada con el dinero, siempre sabe cuánto tiene. Indispensable con la cantidad de obligaciones que lleva sobre sus hombros. Las chicas van llegando. Ella las observa con atención. Al privado solo pueden acceder las empleadas, no los clientes. Ariel la llama para ir a almorzar, pero ella rechaza la propuesta. Le duele el estómago. Como siempre que está nerviosa, pedalea la primera Singer que encuentra desocupada. Cuando se acerca la hora de irse, cierra la puerta de calle y convoca a todas. Me faltaron doscientos pesos informa y al privado no entró nadie de afuera. Ella observa que las chicas se miran entre sí. Espero que mañana el dinero vuelva a estar en su lugar. Agarra su cartera y ordena Rita, por favor cerrá vos. Sale. Con lágrimas en los ojos sale.

 

¿Cómo terminó el incidente? pregunta Ana María. Hoy llegué al taller recién a las doce y fui directo al privado; en el cajoncito estaban los doscientos pesos, en billetes chicos. ¿Preguntó quién los había puesto? No, no quiero saberlo, me resulta intolerable comprobar que  traicionaron mi confianza; y más aún correr el riesgo de enterarme de que alguna que quiero particularmente pueda ser la responsable. Ana María se queda en silencio. Anoche no dormí, una astilla clavada bajo la uña; no creo que pueda reponerme; es como… como dejar de creer en los Reyes, es irreparable; me arrancaron la ingenuidad, la convicción de que nadie a quien quiero pueda desear hacerme daño; me arrancaron la confianza dice y esconde la cabeza entre las manos. Me parece que su reacción es desmedida en relación con lo acontecido Ana María hace una pausa y luego pregunta Claudia, ¿recuerda alguna otra situación en la que haya sido objeto de un robo?  Ella sacude la cabeza no, nunca me robaron. Segundos después recupera la imagen de dos billetes arrugados sobre su mesa de luz. Cruza los brazos y se ovilla sobre sí misma. ¿Qué sucede, Claudia? inquiere Ana María. ¡Candela me robó! exclama. ¿Candela?, nunca me lo comentó. Sí, cuando era una nena, diez años tendría, como ahora, la plata reapareció mágicamente. ¿Tiene la certeza de que fue ella? pregunta la mujer. La carita la vendió contesta. ¿Y usted cómo reaccionó cuando encontró el dinero? No le dije nada. El incidente, entonces, transcurrió sin consecuencias… No, perdí la confianza plena en ella. Claudia, era una nena; seguramente buscaba llamar su atención. Puede ser contesta escueta, ella. ¿Recuperó la confianza plena en Candela? Ella se queda reflexionando. No lo sé dice.

 

Al salir de lo de Ana María pasa por el outlet. No quiere volver a su casa, Candela está con una clienta. Saluda agitando la mano y va hasta el patio, Zoe la entretendrá. ¡Abuela!, ¡qué suerte que viniste!, esperá que te muestro la cartita que me escribió Paula hoy la recibe su nieta. Mi sol, piensa. Escucha la persiana cerrarse. Claro, ya es la hora. Su hija le da un beso. Hola, mamá. Mientras pone agua a hervir le pregunta ¿encontraste la nota que te dejé ayer? Ella la mira, desconcertada. Pase a la noche y saqué plata del cajoncito, hoy cuando llevé a la nena al colegio fui a pagar al vidrierista, le pedí recibo para que puedas descargar informa su hija mientras le tiende un papel. Ella lo mira, ciento noventa y ocho pesos. La chica busca en su bolsillo. Los dos pesos que faltan dice. Ella, hecha un impulso, abraza a su hija. ¿Qué pasa, mamá?

 

No le puedo explicar la mezcla de sentimientos encontrados; sorpresa, alivio, angustia; vergüenza sobre todo; yo había dudado de ellas, las condené sin pruebas. ¿Y el dinero regresado? inquiere Ana María. Me contó Rita que se reunieron y como ninguna confesó su culpa decidieron poner cada una lo que podía hasta llegar a la cifra; no supe qué hacer para disculparme, seguramente en ellas algo se rompió. Es interesante comenta Ana María una persona que no goza de su confianza plena fue el instrumento que el destino le trajo para recuperar la confianza plena en otras. Ella se queda reflexionando. Quizás ese abrazo que le dio a su hija mujer continúa Ana María es el abrazo que le faltó a esa nena a la que dejó sin palabras. Ella se endereza en el sillón. No entiendo dice. Nunca le preguntó a su Candela niña qué le pasaba.  Ella permanece en silencio. Hace unas semanas tampoco pudo contestarme por qué o desde cuándo Camila es tan hermética; quedó sumamente sorprendida cuando Fernanda le contó que siempre se había sentido de segunda a pesar de que usted la considera su mano derecha; ni hablar de cómo lleva Sebastián la distancia que al parecer Belén le exige; me parece que en su familia, a pesar de ser tan próximos, no es moneda corriente hablar de los sentimientos. ¡Cómo si alguna vez a mi madre le hubiera importado lo que yo sentía! exclama ella, francamente enojada. Dejamos acá dictamina Ana María incorporándose.

 

Está furiosa. Se pasó la vida deslomándose por los suyos y ahora parece ser que la culpa de cuanto percance pueda ocurrir es de ella. Tal vez llegó la hora de suspender su terapia. Últimamente en lugar de aliviarla la angustia. Le avisa a Camila que llegará más tarde y se va a lo de Ariel. Le dará una sorpresa. Él sí que la valora como madre, se lo dice todo el tiempo. Necesita escucharlo. Quizás así pueda dejar de escuchar su voz interior. Y la de Ana María, sobre todo.

4 comentarios:

  1. Terrible el momento de la duda, pero Claudia recuperó el aliento, lo triste es cuando la duda no es más que la excusa que se pone para justificar una realidad innegable .

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  2. Así es, a veces miramos para el costado porque no queremos ver...

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  3. ¡Cuánto autocastigo! Necesita un descanso...

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