¿Qué actitud tomó Candela? Se puso como loca, me dijo que dejara de meterme en su vida, que Zoe era su hija, que ella bien sabía lo que tenía que hacer, que mejor me ocupara de arreglarme con mi propia hija, que bastante mal estaba Camila por si no me había dado cuenta. Ana María le clava, y así lo siente, como un clavo, su sonrisa ¿y usted se había dado cuenta? Ella se queda, busca la palabra… desarmada. Es difícil darse cuenta de cómo está Camila, es hermética. Y que Camila sea hermética no es signo de preocupación… Está fastidiada, todos se la agarran con ella. Vengo acá para que me ayuden no para que me reten, quisiera decir. Es su temperamento contesta. ¿Siempre fue así? Ella se queda reflexionando. No, de chiquita era un cascabel. De chiquita era un cascabel admite. ¿Puede recordar cuándo comenzó a cambiar? Ella vuelve a quedarse pensando. Tal vez demasiado porque Ana María indica dejamos acá, seguimos con el tema la semana próxima, tarea para el hogar.
¿Cómo te fue en sesión? pregunta Ariel. Fui con una preocupación y salí con otra. Contame dice él tomándole las manos, es tan afectivo, piensa ella, regalo de la vida. Entré con Zoe y salí con Camila resume. Y él le va preguntando, la va ayudando a atar cabos, a reflexionar. No sé para qué le pago a Ana María le dice y recuerda que en una oportunidad le comentó lo mismo a Sebastián. Siente una punzada. Hace mucho que no tiene con su hijo una conversación personal. Y ahora que estoy junto a ti/parecemos, ya ves, dos extraños/lección que por fin aprendí/como cambian las cosas los años[1]… que hermoso lo canta la Varela. ¡Claudia! exclama Ariel. Me fui, otra vez me fui, diagnostica.
Cuando llega a su casa encuentra a Candela en la cocina. ¿Y Zoe? pregunta ella. Está arriba, con Cami y con Mobi, obvio contesta su hija. Mi hija mayor, piensa. Me avisó Fer que venían a cenar, que traían unas empanadas, que fuera encendiendo el horno. Así es mi familia, evalúa, aparecen cuando quieren y cuando no quieren se repliegan, determina pensando en Sebastián. Deja las cosas en su cuarto y se encamina a poner la mesa. Ya es una costumbre el living-comedor. Abre el cajón de los cubiertos, pero luego lo cierra. Con empanadas no hacen falta, decide. Busca las servilletas de papel. Son las últimas, deberá reponerlas. Media hora después son seis alrededor de la mesa y Mobi, debajo. Cuando ella trae el café, Manuel se incorpora y con la cucharita golpea el vaso. Tenemos una noticia para darles informa. Quizá todos recuerdan el anuncio del casamiento y la rabieta de Fernanda porque se hace un silencio abrupto. Silencio roto por su hija que exclama ¡estoy embarazada! Revuelo de abrazos, brindis, proyectos. Alegría. Mi familia sigue creciendo, piensa. Ya en la cama reflexiona. El amor no se reparte, la llegada de un nuevo destinatario no le resta nada a los anteriores. El corazón, y se siente cursi al situar allí los afectos, genera una nueva cámara exclusiva. Una porción que antes no existía y que solo se evidencia en presencia de ese interesado. A veces le duele el cuerpo por contener tanto amor. Y hoy se acaba de abrir otro cajoncito. Para el bebé de Fernanda.
La familia no deja de crecer, también los cuestionamientos y las dudas, cada familia es un mundo, y está bien, no hay familia perfecta, aunque uno como madre pretenda hacer lo mejor, pero ellos los hijos son individuos independientes y deciden y actúan según ellos sienten, aún así, la vida da sorpresas y motivos para alegrarse.
ResponderBorrarLa familia va creciendo en número y, si todo va bien, en profundidad vincular
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