Domingo. ¿Cuántas veces en su vida habrá preparado canelones? La receta de su abuela, con panqueques. Panqueques que cocinó uno a uno. Tres por persona. Lo que hace un total de veintiuno. Veinticinco con la yapa. De espinaca con salsa blanca. Salsa de tomate por arriba y mucho queso rallado. A todos les encantan. Aunque los preparó mil veces, hoy está nerviosa. Le tiemblan las manos. Volcó la leche sobre la mesada. Escucha abrirse la puerta y luego maullidos. Camila que fue a comprar el pan. Ella se seca las manos en el repasador y se dispone a poner la mesa del livingcomedor. Para el último día de la madre le regalaron una docena de platos, de cubiertos y de vasos. Un pajuerano de cada pueblo, pensaba antes cuando había invitados y ponía la mesa. En eso está cuando suena el timbre. El corazón se le detiene. Se saca el delantal, se arregla el cabello y acude a atender. Me olvidé la llave explica Candela mientras le da un beso. ¡Abuela! exclama Zoe abrazándola y tendiéndole una bolsa toma, compramos quesito y salame. Ella se dirige a la cocina y enciende el horno. Ya es la una. Minutos después la puerta se abre dando paso a Fernanda y a Manuel. Trajimos helado informa su yerno al besarla lo pongo en el congelador. ¿En qué te ayudo, mami? ofrece Fer, apretándole ambos brazos. Una y cuarto suena el timbre. Ella escucha la carrera de las nenas bajando la escalera. Abro yo dictamina Candela mientras atraviesa el patio. Ella la sigue. La puerta se abre y en el vano aparece la sonrisa de Ariel. Su hija mayor lo besa en la mejilla. Bienvenido dice. Zoe se acerca corriendo. Yo soy Zoe informa y esta y señala a Camila que está apoyada en la pared es Camila; ya nos conocés a todos agrega bah, te falta el tío Sebi y su familia. Se hace un silencio profundo que ella rompe con un ¡adelante!
Se tira sobre la cama. Un día extenuante. Estoy feliz, piensa. No puede pedir más. El encuentro más de cuatro años postergado cursó, y le llama la atención la palabra que acudió a su mente, ya parece Ana María, sin tropiezos. Tropiezos. La costurerita que dio el mal paso[1]. Ariel lo atravesó con honores. Agradable. Discreto sobre todo. Hablaba cuando le daban lugar. A Zoe se la metió en el bolsillo. Camila más reticente. Aunque ella es así, reconoce, le cuesta iniciar nuevos vínculos. Se introduce entre las sábanas y gira. Ante ella la cuna que usó Bautista, también rescatada del cuartito. Ella la iba a guardar, porque le da añoranza verla, pero Camila le dijo que quizás ahora Sebastián lo traía algún día a dormir. Y así fue. La semana pasada Belén tenía turno para una tomografía a las ocho de la mañana, así que se lo trajo la tarde anterior. El chiquillo de parabienes. Esa noche fueron cuatro en su cuarto, porque se sumaron Camila y Mobi, indispensables para entretener al bebé. Ya no es un bebé, admite, casi dos años. No es bueno el recuerdo de Sebastián. La única nube de su día. La certeza de estar traicionándolo. Ya llegará el momento, intenta tranquilizarse. ¿Llegará?, se pregunta varias vueltas en la cama después.
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