viernes, 27 de septiembre de 2024

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Fin de mes. Parada ante el semáforo de Pueyrredón suena su celular. Ma, andá ya mismo al banco a sacar todo el dinero que tengas en la cuenta ordena Sebastián. No puedo, estoy arriba del auto rumbo al Once, ¿por qué? Hacé lo que te digo, indicaciones de mi suegro. Veré si llego en horario bancario dice y corta. Un tránsito infernal. Lo único que le falta es ir al banco. Como si estuviera ella para recibir indicaciones de su consuegro. Ya irá el lunes a sacar plata para pagar los sueldos. Sueldos más los aguinaldos. ¡Mal mes! Verde. El coche de adelante no arranca. Ella se prende a la bocina.

 

Camila, iniciando sus vacaciones, se quedó durmiendo, ya está grande y es muy responsable, puede dejarla sola. Si hace a tiempo la pasará a buscar al mediodía para ir a comer algo. Todavía no festejaron que no se llevó ninguna materia. Llega al local antes de las ocho. Tiene que hacer todas las cuentas de los sueldos. Desde que Candela se mudó al outlet, Lucy tiene más responsabilidades. Le dará un extra. Se prepara un café y se sienta en el privado, lápiz en mano, radio encendida. El Ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció que desde el día de la fecha solo se podrán retirar del banco doscientos cincuenta pesos o dólares por semana. Se sigue manteniendo la paridad peso-dólar. El corazón se le detiene. Sebastián tenía razón. Su consuegro tenía razón. ¿Cómo voy a pagar los sueldos?, se pregunta. Doscientos cincuenta no alcanzan ni para uno. En los más de veinte años que tiene empleadas nunca se demoró en pagarles. Un compromiso con ella misma. Busca las llaves en su cartera y abre el primer cajón. Cuenta el dinero. Ciento ochenta pesos. Revisa su billetera. Ciento diez pesos. Busca la calculadora, suma y divide. Le da sesenta pesos para cada empleada. Ridículo. Sebastián seguramente podría prestarle, pero ella jamás se lo pediría. Quizás Ariel tenga efectivo. O Elena. A lo mejor no es cierto lo que dicen. Apura de un trago el café ya frío y agarra la cartera justo cuando llega Rita. Voy para el banco informa ella. Todavía no abrió, pero hay un gentío haciendo cola, ¿no sabés qué pasa? Escuchá la radio, pero antes tomate un Valium contesta ella y sale.

 

Diciembre transcurre haciendo cola en los bancos. La gente lleva banquitos para facilitar la espera. Gritos, carteles, calor. Agotador. Todavía no logró terminar de pagar los sueldos. Por suerte las chicas entienden y no exigen. Los clientes tampoco le pueden pagar. Ella no puede pagar las telas. Ayer don Mario le fió porque ella se había quedado sin un peso en el bolsillo. Suerte que la agarró con la alacena llena. Además, ahora son solo dos. Aunque Candela viene día sí, día no. Ni a ella pudo completarle el sueldo. Fernanda y Manuel también andan a los tumbos. El único sin dificultades es Sebastián. Te lo avisé, ma encima la reta. El muchacho le ofreció dinero, pero ella no aceptó. Se resiste a ser aún más criticada por su nuera. No hay mal que dure cien años le dijo. Esto, lamentablemente, durará, ma le replicó su hijo. Está hirviendo agua para hacer unos fideos cuando un ruido la sobresalta. Ruido extraño. Apaga el fuego y sale a la calle. Camina hasta Córdoba impulsada por el estruendo. Cientos de personas caminan por la avenida golpeando cacerolas. Que se vayan todos gritan. Regresa a su casa. Le indica a Camila que se haga un sándwich y sale. Cacerola en una mano. Tapa en la otra. Llega a Córdoba y se suma a la multitud. Golpea y golpea. Golpea por las colas que se tragó en el banco, golpea por los sueldos que debe, golpea porque no puede abrazarlo a Bautista, golpea porque no puede decirle a Belén lo que piensa, golpea por la muerte de Alberto, por el abandono de Leonardo, golpea por la pérdida de Zoe, por las exigencias de Ariel, por la casa vacía, golpea por su Dedal querido. Golpea y llora mientras golpea. Golpea y grita. Golpea.

 

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...