Pasó el fin de semana, insólito en ella, pegada al televisor. Hipnotizada. Le sucedió lo mismo con el atentado a la AMIA. El espectáculo de la muerte. Se retaba a sí misma, pero continuaba mirando. Camila a su lado. El domingo, después de almorzar, Fernanda y Manuel también se convirtieron en espectadores. Vio mil veces estrellarse el primer avión, mil veces el segundo, mil el del Pentágono. Derrumbarse la primera torre, derrumbarse la segunda. Gente corriendo, bomberos, heridos, muertos. Ya lunes. la vida continúa, decide. Pero cuando llega al taller hay un único tema de conversación. Tema que se repite, muy a su pesar, cuando almuerza con Ariel. Tiene miedo. Miedo de que su inicial júbilo por estar viva sea aniquilado por lo rotundo de ver tantas muertes. La desespera decaer. Reponerse del accidente de Zoe le llevó meses y lleva meses tratando de superar la ida de Candela y Zoe. Y ahora siente el soplo de la muerte. Sobre el hombro, precisa. Estoy convaleciente, se dice, debo cuidarme. Por suerte hoy a la tarde tiene terapia. Espero que Ana María no comente el atentado, piensa y sonríe a solas.
Sube al auto y antes de ponerlo en marcha necesita quedarse sentada, reflexionando, ¿recuperando el resuello? Interesante sesión. Ana María fue a fondo. Como siempre, en realidad. La muerte. La de sus abuelos, con quienes vivía. Ella, con siete años, encontró a su abuela tirada en el piso de la terraza, muerta. Un broche de la ropa aún en la mano. Cuando cuelga la ropa suele retornar esa imagen. Al abuelo, meses después, lo atropelló un auto en la esquina de su casa. Cuando escucharon los gritos de los vecinos salieron. Ella lo vio. Tirado en el piso, también. La cabeza le dio con el cordón de la vereda. Su madre intentó apartarla, pero ella ya había visto la sangre. En la adolescencia una amiga del barrio, con la que solía ir a la peluquería cuando Inés iba a bailar y ella no. Leucemia. Cuando estaba embarazada de Candela, la muerte de sus padres. Un escape de gas. Los encontró ella cuando pasó por su actual casa a verlos porque le extrañó que no contestaran el teléfono. Tirados ambos en el piso de la cocina. Luego la muerte de Alberto. Por suerte no le encontré yo, piensa y se acuerda de sus ojos abiertos sobre la sábana blanca. Llevo varios años de respiro, piensa y se asusta. Aunque ya tuvo su cuota con el accidente de Zoe. La recuerda tirada en el borde de la pileta. No puedo ver gente tirada, evalúa, me destempla. Cuando usó esa palabra en sesión, Ana María, para variar, le dio miles de vueltas. Temple. La necesidad de conservar el temple. Templar, tan opuesto a temblar. Porque mientras veía las imágenes de los sucesivos atentados ella temblaba. La Embajada de Israel, la AMIA, las Torres Gemelas. Una sesión dedicada por entero a la muerte. Ella nunca había querido hablar con nadie sobre sus muertes, sobre sus muertos. La precisaba a Ana María. La precisa para extraer de su pasado lo que explica su presente. Lo que por las noches se asoma proyectando un futuro. Un futuro en donde ya no está, pero observa. Años tras año. Un alivio poder compartirlo con Ana María. Aprieta el acelerador a fondo. El motor ruge. Pone primera y arranca.
Una época terrible
ResponderBorrarMucha muerte
BorrarSiempre esos acontecimientos terribles te hacen reparar en tú propia fragilidad y la amenaza de la irremediable muerte.
ResponderBorrarY semanas después miramos para el costado para poder seguir viviendo como si fuéramos inmortales
Borrar¡Qué horror, pobre!
ResponderBorrarLe tocaron muchas muertes
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