Candela, cosa rara, habla sin cesar. De los
proveedores, de Lucy, de Zoe. Como no llega el lógico ¿qué querías?, ella apura de un trago el café y, a boca de jarro,
inquiere ¿desde cuándo te drogás? El rostro de su hija se desarma, la sonrisa que se
había pintado desde que se sentaron se desvanece. Es más, la comisura de los
labios se arquea levemente hacia abajo. ¿Qué
boludeces preguntás, mamá? Candela, no perdamos el tiempo, vi los restos en el
baño, ¿desde cuándo? La chica entierra la mirada
en el mantel. Unas
dos semanas contesta.
Ella quizá confiaba en que lo negaría, en que le daría la chance de montarse en
la ilusión de que solo era talco. ¿Talco amargo?, piensa, debiera probar el
talco, no sabe cómo sabe, sabe de saber y sabe de sabor, basta, Claudia, no te
escapes, le diría Ana María. Te la
da ese con el que salís. Ya te dije que se llama Enzo. Mejor que ese Enzo no se
cruce conmigo… Mamá, soy una adulta, la culpa es mía. De pronto se da cuenta de que el problema no es
Enzo, acá hay un único problema. Entonces solo pregunta ¿por qué? La chica se queda mirándola. ¿Cómo que por qué? Por qué necesitás… le cuesta pronunciar la palabra drogarte. Ay, mamá, no seas
exagerada, me hablás como si yo fuera una drogadicta. ¿Y no lo sos?, como te
imaginarás este tema no es mi fuerte. ¿Todavía no le pediste a Elena un libro
sobre las adicciones? pregunta
con una sonrisa irónica. Ella tiene ganas de darle una cachetada. Se la merece.
Se la merece desde chiquita y nunca se la dio. Elena siempre le dice que no
supo ponerle límites, Ana María también le decía. Con enojarse no ganará nada,
piensa, por eso repite la pregunta ¿por
qué? La chica se queda en silencio un largo rato y
luego dice no lo sé. ¿Qué te falta,
Candela?, tenés una casa, una familia, un buen trabajo, una hija. ¡Me falto yo!
contesta con rabia nada
de todo eso lo conseguí yo, soy casi una prolongación tuya. Ella la mira, estupefacta. ¿Te creés que es fácil ser tu hija?,
la supermujer, la perfecta, la que todo lo puede, todo lo consigue, la que no
tiene miedo a nada, ni siquiera a tener una hija sin padre; a vos todos te
perdonaron a Camila, se fundió en la familia numerosa, en cambio Zoe es mi
marca, la marca de que soy una cabeza hueca, una mocosa inmadura que siempre
dependió de vos, hasta a Zoe me quitaste, te quiere más a vos que a mí; nada,
me siento nada, junto a vos yo no existo; vos la patrona, yo la empleada; vos
la abuela abnegada, yo la madre abandónica sollozando,
esconde la cabeza entre las manos y casi grita ¡no
sirvo para nada! Ella no sabe qué hacer,
entonces deposita la mano sobre el cabello de su hija y la acaricia. ¿Te gustaría hacer terapia? le propone. La chica levanta la cara empapada en
lágrimas y asiente. Le voy
a preguntar a Ana María, mi ex terapeuta, seguramente ella nos va a recomendar
a alguien que te pueda ayudar. ¿Es muy caro? pregunta Candela.
Por eso no te preocupes, yo me
hago cargo. No entendiste nada, mamá.
Ella arquea las cejas. No
quiero seguir siendo tu hija, soy una adulta que trabaja, por más que sea tu
empleada, mi sueldo me lo merezco; si voy a hacer una terapia la condición no
negociable es que la pague yo. De acuerdo dice
ella me parece que yo también voy
a retomar. Candela sonríe. Nos vamos a fundir, ¡tendremos que
abrir tres locales más! dice Ríen. ¿Otro café? pregunta ella. ¡Doble! Ella hace un gesto llamando al mozo. Hay que hacer shorts de gimnasia talle
12 informa Candela solo
quedan cuatro, por lo menos una docena. Le encargo a Rita dice ella. Cuando un rato después el mozo trae el ticket,
Candela lo hurta de la mano de su madre. Pago
yo informa. A ella se le llenan los ojos de lágrimas.
Descubrió
el cansancio que genera hacer el amor primero con Leonardo, ahora con Ariel. El
sexo con Alberto siempre fue nocturno. Las más de las veces ni se levantaba, se
dormía desnuda, sudorosa, satisfecha. Veinteañera. Los encuentros con Ariel la
dejan demolida. Un verdadero esfuerzo tener luego que bañarse, vestirse, salir
a trabajar. Él suele quedarse remoloneando. Cuando no, después de la ducha
queda como nuevo. Veinteañero. Por eso no puede entenderla. Por eso toma como
rechazo las veces en que ella prefiere encontrarse en un bar que en su
departamento. Él es un amante… busca la palabra… excelente. Tierno, ardiente,
dedicado. Sabio a pesar de su juventud. ¡Cómo podría ser rechazo! Sueña ella
poder dormir con él. Sueño compartido por Ariel, requerido. A veces, exigido.
Otras, rogado. Quisiera poder dárselo como regalo de cumpleaños. ¿Qué puede inventar? ¿Cómo
deshacerse de Camila, Fernanda, Candela, Zoe?, ¿qué excusa dar? Casi un
imposible. Elena es la única opción. Pero para eso tendría que contarle. Nunca
le llega el momento. Y cada vez es peor porque, obviamente, se enojará por los
dos años de ocultamiento. Todo esto piensa mientras, ya en la puerta de la
biblioteca, no se decide a entrar. Finalmente, abre la puerta. Igual le tiene
que contar cómo le fue en la reunión con la psicóloga de Candela. Quedó más
tranquila. Acá lo importante no es la droga sino el vínculo entre ustedes,
dijo la mujer. Eso le contará a Elena. Al menos eso.
Salió cinco kilos más liviana. ¿Qué habría sido de su vida si no la
hubiera conocido a Elena?, ¿seguiría trabajando en servicio doméstico?,
¿hubieran podido estudiar sus hijos? Elena no averiguó desde cuándo está con
Ariel y si se horrorizo al saber que tiene la misma edad que Sebastián, no lo
demostró. Solo le preguntó ¿te ayuda a vivir? Pocas veces escuchó una
pregunta tan inteligente. Sí, justamente de eso se trata, de que alguien la
ayude a vivir. Alguien además de Elena, claro.
¡Qué buen relato! Duro, valiente, verdaderamente real...
ResponderBorrarUna madre enfrentando siempre, TODO
BorrarMe quedé con la frase, te ayuda a vivir?, porque las mujeres potentes siempre están, para ayudar a vivir a los demás.
ResponderBorrarAsí es. Y cuántas veces necesitamos que nos ayuden y no lo pedimos
BorrarTerrible! Excelente el momento entre la madre y la hija
ResponderBorrarCandela no le reclama lo que hace sino lo que ES
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