Mamá, me parece que el local precisa una mano de pintura comenta Candela. Ella observa las paredes. ¿Hace cuánto que no lo hace? Su hija tiene razón. Están pidiendo a gritos una remozada. Debería buscar un par de presupuestos, comprar la pintura, supervisar que la mercadería no se ensucie, comprar cartón corrugado para proteger el piso, contratar a alguien para hacer la limpieza posterior. Más allá del gasto, no tiene fuerzas. Decididamente está incapacitada para ocuparse. No está tan mal dice esperemos unos meses. La cara de fastidio de su hija. Hija que habla sin que ella la escuche. Lo que sí escucha es la frase final yo lo puedo hacer si vos no te querés ocupar. Frase que es una astilla clavada bajo sus uñas. Para empezar, porque no es que no quiere, no puede. Para seguir, porque su hija ha detectado su desánimo. Para terminar, porque ya está pensando en reemplazarla. En unos meses reitera sin mirarla y da por finalizada la conversación.
Cuarenta contesta y nuevamente no sabemos si los considera muchos o pocos. Allí está en ese consultorio de la calle Loria, cubierto de tapices, frente a esa mujer ¿diez años mayor?, pollera hasta el piso, cabello largo ondulado, collares y pulseras. Y olor a incienso. Un olor que ella siente puede adormilarla, debe estar atenta. ¿En qué puedo ayudarla? es la siguiente pregunta y el solo hecho de responderla implicará que precisa ayuda. Le sobreviene un fuerte impulso de levantarse. Porque contestar será la prueba irrefutable de que ella ya no es quien era. La que sostenía a los otros, la que ayudaba a otros. Es tan cálida la sonrisa que la conmina a hablar que las lágrimas se agolpan en sus ojos. Le llega, absurdo, el recuerdo de Gloria ofreciéndole bizcochitos cuando recién había muerto Alberto. Lágrimas que comienzan a deslizarse mientras admite estoy rota.
Cuando leyó la nota en el cuaderno de comunicaciones pensó que no iba a poder, que no iría. Sin embargo, acá está, en la dirección, esperando que la maestra aparezca. Suena el timbre del recreo y llega la mujer. Mujer que se sienta frente a ella y le cuenta que no sabe qué le sucede a Camila. Que desde que empezaron las clases es otra. Reservada, distraída. Triste. ¿Pasó algo en las vacaciones? la interpela. Si no hubiera empezado terapia le habría contestado que nada, que los chicos tienen altibajos, que está celosa de Zoe. Todo cierto, aunque habría ocultado lo fundamental. Pero no tendría cara luego para contarle su proceder a Ana María. Entonces, apelando a algún remoto reservorio de fuerzas narra hace un mes la sobrinita de Camila casi se ahoga y de alguna manera experimenta una suerte de alivio.
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