martes, 16 de julio de 2024

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Está amaneciendo. Conducen a Candela, retorciéndose de dolor, ya con dilatación completa, a través de un largo pasillo. A ella la llevan a un cuartito y le dan una bata y una cofia. Pasa finalmente a la sala de partos. Encuentra a su hija acostada sobre la camilla, las piernas separadas y sujetas. Su cuerpo zigzaguea frenéticamente desde los hombros a las caderas. ¡Dejá de moverte así que vas a lastimar a la criatura! le grita la partera. ¡Mamá! exclama la chica en cuanto la ve. Ella se acerca y le toma la mano. También se aproxima la doctora Urquijo que recién entra a la sala. Tranquila, Candela, tranquila, ya falta poco dice mirando admonitoriamente a la partera. Palmea el brazo de la chica que, de inmediato, cesa su movimiento. Pronto podrás pujar, eso te aliviará. Con cada contracción la chica se incorpora y, gritando, empuja como poseída. Ella siente correr gotas por su frente, por sus axilas, el retumbe de su corazón. Vendería el alma al diablo para intercambiarse con su hija, para padecer sus dolores. Porque sabe que lo peor aún está por venir. ¡Ya veo los pelitos, en la próxima sale! grita la doctora ¡no cortes el aire! A ella se le confunden las percepciones, un aullido animal, la mitad de un cuerpecito blanco y grasoso erupcionando entre las piernas de su hija, la sangre corriendo entre sus propias piernas. Cierra los ojos, cree que su corazón va a estallar. Escucha un llanto de bebé mezclado con la voz de la doctora ¡es una nena!  Ella abre los ojos al tiempo que la criatura, aún con el cordón, es entregada a su madre, que la oprime contra el pecho. La beba llora, Candela llora, ella llora. Tres mujeres. Nacer, parir, menstruar. Se acerca y abarca a hija y nieta en un abrazo.

 

Pide unos apósitos, se cambia y sale. Sentados en el banco, Sebastián y Elena. En cuanto la ven se incorporan y vienen hacia ella. Están las dos muy bien dice. ¿Otra nena? pregunta su hijo. Ella asiente. Estoy signado por las mujeres, cinco ahora, ¿no tendrás un lugarcito en tu casa, Elena? pregunta Sebastián e instantes después exclama ¡ya mismo quiero conocer a mi sobrina!, ¿cómo le va a poner al final? Zoe informa ella y descubre que está pronunciando el nombre de su nieta por primera vez. ¡Felicitaciones, abuela! dice su amiga al tiempo que la abraza.

 

Entra a la habitación. Sobre una de las camas, Candela amamantando a la nena.  Se prende lo más bien la recibe su hija, la máscara lívida de unas horas atrás convertida en un rostro rozagante. Ella las observa en silencio, incrédula todavía. Minutos después la chiquita se aparta del pezón. ¿Querés alzarla? le pregunta Candela. Ella toma la beba que se le ofrece y la acerca a la ventana. Un rayo de luz se posa sobre la pequeña. Siente que las piernas se le aflojan. Por un instante todo se transfigura. Candela es ella, Zoe es Candela. La sangre que brota de la matriz de Candela es la que sale de la suya. Tuvo a sus primeros hijos sin buscarlos, a Camila sin desearla. A los cuatro los ama visceralmente. Tampoco deseó esta nieta. También, descubre con la contundencia de un rayo, la ama visceralmente. Es parte de ella, como si la hubiera gestado. Mamá, ¿te sentís bien? escucha. Abre entonces los ojos. Es igualita a vos cuando naciste dice luego de unos instantes qué carita preciosa. Ojalá que no sea igual que yo. ¿Por qué lo decís? inquiere ella girando hacia su hija. ¿Todavía me lo preguntás? Los ojos de la chica se llenan de lágrimas. Sabia necesito ser sabia, piensa. Entonces dice me parece que está beba va a estar muy orgullosa de su mamá. El rostro de Candela se ilumina.

 

Precede a sus tres hijos por el pasillo atestado. Camila no cesa de cotorrear desde que se subieron al auto enunciando todo lo que hará con el bebé. En cuanto abre la puerta Fernanda se abalanza hacia la cama y sin siquiera saludar a su hermana que está con la chiquita en brazos ordena dámela.  Sebastián pizpea a la beba y se aproxima a la reciente madre. Te salió bastante bien la pendejita dice besándola y luego retoma la observación de su sobrina. ¿En qué líos nos meterás? le dice rozándole la mejilla. Fernanda, embobada en la contemplación, no emite palabra. Ella, sentada en la cama vecina por suerte libre, observa a sus hijos. A mis cuatro hijos, piensa y repara entonces en que perdió de vista a Camila. Gira. Está parada junto a la puerta apoyada en la pared. Va a llamarla cuando la nena se aproxima a su hermano y le tira de la manga. Sebi, upa reclama.

 

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...