miércoles, 3 de julio de 2024

25

 


Lunes. Un montón de trabajo la espera en el taller, arreglos casi todos. En el curso de la mañana, además, vendió varios conjuntos. Quizá la confección  sea una buena punta. Claro que para eso tendría que comprar otra máquina de overlook y contratar otra costurera. Y dinero que logra ahorrar va directo a ir cancelando el préstamo. Quién le hubiera dicho cuando murió Alberto que diez años después iba a tener su propio local. Propio. Propietaria. Papá, estarías contento de saber que terminé de pagar alquileres, se dice. Ahora paga, todos los meses paga, pero a cada mes esas paredes son un poco más suyas. Está cansada, eso sí. Trabaja en el taller, trabaja en la casa, trabaja. Soy una máquina, piensa. ¿Una Singer? Sonríe sola. Le gustó lo de la Singer. Las Singer no precisan un hombre al lado. Las máquinas no sufren cuando se mueren sus maridos, cuando sus amantes las dejan. Tengo treinta y ocho años, piensa, ya pasó la edad del amor. Aunque el cuerpo a veces protesta, tiene que reconocer.

 

Está preparando un arroz cuando llega Candela. Un olor raro la rodea. Veni a darme un beso le pide. Ya voy dice la chica, pero se dirige al cuarto y luego al baño. Aparece en la cocina recién duchada. Hola, ma saluda y le da recién el beso solicitado. Huele, ahora, a shampoo de manzana. Se me ocurrió una idea, ¿no podrías hacerme una piecita en la terraza?, ya no me banco a las nenas.

 

Mediodía de sábado. Escucha la puerta abriéndose. Saqué nueve informa Sebastián desde el patio. Ella se seca las manos con el repasador para ir a abrazarlo. Momento en el que suena el timbre. El albañil. Revolveme la salsa le pide a su hijo y sube con el hombre a la terraza. Una hora después, mientras comen los fideos Candela pregunta ¿qué quería ese? Le pedí un presupuesto informa ella. La cara de la chica se ilumina. ¿Me vas a hacer el cuarto? Sí, empezaremos cuando tengas aprobado cuarto año. ¿Vale previas? averigua Fernanda. No, todo aprobado. Candela tuerce la boca. Va a abrirla, pero se calla. ¿De acuerdo? pregunta ella. Qué remedio me queda contesta su hija. Al fin te veré agarrar los libros se burla Sebastián. Habló el niño perfecto. ¡Tendremos un cuarto para nosotras dos, Cami! exclama Fernanda. La chiquita, entusiasmada, golpea la mesa con los ambas manos. Ella observa a los cuatro. Son mis hijos, piensa, yo los parí, yo los crié, yo los alimento, yo los mantengo. Mientras lava los platos piensa que menos mal que ya se frenó la inflación, sino vaya a saber cuánto terminaría saliéndole la pieza porque de ahí a que Candela termine…  La chica se acerca. Gracias, mamá dice, le oprime el brazo y sale.

 

Tarde de domingo. Claudia está esperando que Sebastián regrese con facturas para servir la merienda. Se largó a llover. Le insistió para que llevara paraguas, pero los jóvenes son así, parece que les diera vergüenza. Está tardando demasiado. Tendría que haber ido yo, piensa. Por fin oye el ruido de la puerta de calle. Busca el trapo de piso, seguro que está empapado, y lo deja en el umbral. Está poniendo el jarro en el fuego cuando lo escucha entrar a la cocina. Secate los pies indica y luego pregunta ¿te mojaste mucho? Entonces gira. Sebastián no está solo. En los brazos, un cachorrito negro. ¡¿Y eso?! pregunta. Estaba en una caja de cartón en el baldío; lo escuché llorar. El animal comienza a ladrar. Está asustado dice el chico mirá como tiembla. Los ladridos atraen a Camila. ¡Un perrito! exclama y acercándose al hermano pide dámelo. Dejalo que está empapado dice ella mientras busca una toalla vieja. Se aproxima a Sebastián y le dice y vos también, andá a cambiarte, te vas a resfriar al tiempo que agarra al cachorro y lo envuelve con el trapo. Lo oprime contra su pecho. Sí, tiembla. Pobrecito, piensa, vaya a saber qué le pasó a la mamá. El perro le lame la mano. Ella sonríe. Las otras dos chicas aparecen en la cocina. ¡Qué cosita divina! exclama Fernanda. Debe tener hambre dice Candela. Agarralo indica ella y se lo tiende. Busca un pote y lo llena de leche. Bajalo ordena. Candela le saca la toalla y lo pone en el piso. El perro se acerca, bamboleante, y bebe. ¡Es muy chiquito! exclama Fernanda. Sebastián regresa y deja las facturas sobre la mesa. Tengo hambre dice. Ella calienta la leche. El cachorro, ya satisfecho, se acerca a su salvador. Sebastián se agacha a alzarlo cuando su madre le ordena dejalo, vamos a merendar. ¿Se puede quedar? pide Fernanda porfi, mami. De ninguna manera, lo único que nos falta es un bicho responde ella. Sebastián la mira muy serio sí, no nos falta nada; creo que un perro es lo único que no tenemos. A ella se le llenan los ojos de lágrimas.

 

Están cenando. El perrito duerme en una caja arriba de la toalla. ¿Cómo le vamos a poner? pregunta Fernanda. ¡Negrito! exclama Camila. Moisés dice Sebastián porque lo salvé del agua. Candela revolea los ojos. Hagamos un sorteo propone ella, saca un papel del cajón y lo corta en trozos cada uno escribe un nombre. Busca una panera. Cada uno coloca allí su papelito. ¡Vos también, mami! dice Fernanda. Ella piensa un buen rato y aporta su propuesta. Camila revuelve y saca un papel. Yo lo leo decide Candela Dedal. Esa seguro fue ma dice Sebi. No se puede llamar Dedal protesta Fernanda yo quería Fito como Páez. La democracia es la democracia dice Sebastián y no protestemos que mamá se va a arrepentir. ¿Por qué pensante Dedal? pregunta Candela. Porque es chiquito y cuida responde. Yo le voy a decir Dedalito comunica Camila. ¡Claro! acota Sebastián lo vamos a ver hasta en la sopa. Todos ríen.

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...