1991
¿Pueden venir unos compañeros a quedarse este fin de semana? pregunta Sebastián rendimos el lunes. Claro contesta ella ¿cuántos son? Tres conmigo, vendrían el sábado a la mañana. Yo me voy es el comentario de Candela mientras corta el pollo ya bastante caos hay en esta casa todos los días. ¡Qué divertido! exclama Fernanda además, seguro que mami cocina algo especial. Claudia piensa a la par que mastica. Dos almuerzos y dos cenas. Dos desayunos, contando el del lunes, y dos meriendas. Todo para siete personas. Seis y medio en realidad, Camila come como un pajarito. Se desequilibrará el presupuesto de la semana, evalúa. Fideos, milanesas, empanadas y pizza. No se preocupe, señora, con el Plan de Convertibilidad, sus ingresos por fin rinden, piensa. Es una inversión, tendrá un hijo ingeniero. Sonríe sola. Mamá, ¿por dónde andás?, te estoy hablando la convoca Sebastián. Sí, hijo dice ella parpadeando. ¿Qué les digo que traigan? ¡Facturas! exclama Fernanda. No hace falta dice ella. Claro, como somos ricos acota Candela. Yo al menos laburo y cubro mis gastos dice Sebi. Si por mí fuera dejo el cole y me pongo a trabajar. Vas a terminar el secundario, aunque tenga que llevarte a la rastra eleva ella la voz. Camila se tapa las orejas con las dos manitos. Esta casa es un quilombo dice Fernanda me encanta y se levanta de la mesa. Su hermanita mientras la sigue pregunta ¿Qué es un quilombo? Esta pendeja va a ser peor que yo comenta Candela, por fin sonriendo.
Está furiosa. Hace casi un mes la directora de La casita de los niños le encargó treinta joggins pero nunca fue a buscarlos. La llamó por teléfono sin éxito, siempre el contestador. Dejó miles de mensajes. Ayer pasó por la escuela: estaba cerrada, un cartel decía clausurado. Mira la pila de pantalones y bucitos azules. Qué va a hacer con ellos. Aparta un conjunto talle cuatro para Camila. Solo me sobran veintinueve les dice a las chicas, pero a nadie le causa gracia. Trabajaron duro para cumplir en la fecha pactada. Encima ni le cobró seña, ella es demasiado confiada. De pronto tiene una idea. Sale a la calle. Observa la vidriera: cortes de tela, fotos enmarcadas de modelos varios, figurines. Entra. Vaciá todo le indica a Rita. Minutos después los conjuntos están prolijamente acomodados. Enseguida vuelvo informa. Camina a paso vivo hasta Corrientes. Es una tarde fría, pero va tan rápido que está acalorada. Entra a varios negocios, palpa las diferentes frizas. Mientras camina de regreso hace infinitos cálculos. Cuando llega al taller ya tiene el número. Escribí vos que tenés linda letra le indica a Gladys. Talle dos, talle tres, talle cuatro, $9,90.
Dos kilos de bola de lomo le pide a don Marcos. Parece que tiene invitados comenta el hombre mientras afila el cuchillo. Sí, vienen los amigos de mi hijo a estudiar contesta con infinito orgullo. Los pibes comen como lima nueva; se la corto finita para que le rinda. Todavía tiene que ir a Disco, si no se apura llegará tarde a buscarla a Camila al cumpleaños. Queso, salsa de tomate, tapas de empanada; fideos tiene. Quiere hacer los bollos para la pizza esta noche. Con eso arrancará el menú. ¿Algo más? Un kilo de carne picada va a agregar común, pero se corrige especial. Y papas fritas y maníes, para la picadita. ¿Me lo anota? pide. Solo por ser usted dice el hombre. Y cocacola. Aunque sea una botella. Mejor dos. Recuerda la primera vez que fue a comprar un yogurt para Sebi, tendría cuatro meses. Me creció el muchacho dice en voz alta sin darse cuenta. Y sonríe.
Se levanta a las siete, toma un café bebido y amasa. Le salieron cuatro pizzas. Las deja ya en las asaderas, cubiertas con un repasador; pone la mesa para el desayuno y sale. Los chicos duermen aún. Llega al taller antes de las nueve. Levanta la cortina. Las empleadas van apareciendo. Toma un segundo café. Se dispone a hilvanar una pollera cuando escucha la puerta abrirse. Una señora que compra dos conjuntos para sus nietos. Media hora después otra mujer. Hacia las once cuando se va, temprano para meter las pizzas en el horno, ya ha vendido seis joggins y ha recibido en encargo de otros dos, en talles ocho y diez. El lunes irá a Lavalle a buscar más friza azul. Salió bueno el corte. Quizá se arriesgue y compre algún otro color. También precisará más elástico. Por suerte tiene efectivo porque pasó la señora del médico a saldar lo que faltaba. Camino a su casa le pagará a don Marcos. No le gusta tener deudas.
Las pizzas salieron riquísimas. Los muchachos le hicieron honor. No sobró ni una miga. Candela, pese a sus amenazas, compartió el almuerzo. Estuvo de lo más parlanchina, cosa rara en ella. Le pescó un par de sonrisitas a Lucas, uno de los pibes. Quizá Sebastián también lo noto porque ni bien terminaron la fruta los arrió a su cuarto. Mientras lava los platos escucha el parloteo de Fernanda y Camila. Pese a la diferencia de edad se entretienen juntas. Candela, en cambio, hace la suya. Ya se fue. A lo de una amiga dijo. Cree que terminó con el noviecito. Lástima, lo vio solo un par de veces, pero parecía buen chico. La semana que viene tiene reunión de boletines. Veremos con qué se encuentra. Con esta hija nunca se sabe. En el primario era aplicada. Le pegó mal la adolescencia. Le pegó. Ella nunca le pegó. Muchas veces piensa que quizá le hubiera hecho falta.
Lunes. Un fin de semana agotador. Casi no salió de la cocina. Perdió la cuenta de las veces que les hizo café. Subió la escalera mil veces para alcanzárselos. Ese cuartito generoso que parece tener paredes extensibles. Primero depósito, después taller, ahora refugio de jóvenes. Cuando Sebi comenzó la facultad le mandó hacer una mesa con unas tablas que andaban dando vueltas para que el chico pudiera dibujar cómodo. Mesa que durante ese fin de semana nucleó a tres estudiantes universitarios. Universitarios. Sebi es universitario. Su sueño cumplido. No tiene dudas de que su hijo llegará al final. Además, se las arregla para hacerse unos pesos ayudando a Ángel en el negocio. Mi hijo vale oro, decide.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario