Pascuas. Alberto se ocupaba de comprar los huevos, ella hacía la rosca. Su mamá siempre hacía la rosca, y antes aún, la abuela. La rosca ya la hizo, Fernanda la ayudó. Ayudó es una manera de decir. La harina esparcida por el piso, azúcar hasta adentro de los zapatos. Pero de los huevos aún no se ocupó, como si esperara el milagro de verlo aparecer a Alberto con la cuadruplicada ofrenda. Qué estupidez. El cuarto hijo, la cuarta, no es de él y además los bebés no comen chocolate. ¿Por qué se acuerda hoy de Alberto? Siempre pensando pavadas. Está preocupada, además, lo único que falta es que regresen los militares. Barre el piso y se dispone a salir a comprarlos cuando la radio la detiene. En este momento difícil de la vida nacional, quiero hablarles con el corazón en la mano. Quiero decirles que sé que muchos de ustedes sienten miedo, incertidumbre, angustia. Pero también sé que muchos de ustedes sienten la convicción profunda de que la democracia y el Estado de derecho son valores que debemos defender con coraje y con dignidad[1]. Ya no puede seguir escuchando. Algo la atraviesa. Como un rayo. Busca el teléfono. Elena.
Fernanda es un disco rayado: no veo, mami, no veo. Nadie ve interviene Candela. Ella no sabe qué hacer: tiene cargada a Camila. Ángel, el marido de Elena, se acerca a la nena. Yo te alzo dice. Fernanda, con suma alegría en la carita, levanta los brazos. Instantes después Alfonsín sale al balcón mientras la chiquilina descansa sobre los hombros de Ángel. Claudia está tan agradecida que los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que contiene. Lágrimas que se desbocan cuando Alfonsín dice la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Cómo explicar lo que siente rodeada de esa abigarrada multitud que salió a defender la libertad de sus hijos. A celebrar las Pascuas en paz en la Argentina concluye el discurso. Recién recuerda que aún no compró los huevos. La camioneta de Ángel quedó lejos. Mira el reloj: son casi las seis. Seguramente en el trayecto encontrará algún kiosco abierto. Parecemos salchichas dice Fernanda cuando por fin logran entrar en el auto. Es cierto: Elena, Ángel, sus dos hijos adolescentes y ellos cinco. Todavía no termina de comprender cómo hizo para lograr esa familia sustituta. Nueve cruces en lugar de tres[2] acota Sebi. Todos ríen. Es rápido este chico comenta Elena. A ella le revienta el pecho de orgullo. Su muchacho.
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La nena protesta. Claudia se acerca al moisés depositado en el piso del taller. Las chicas todavía no llegaron y ella tiene que terminar el vestido de gasa. Intenta tranquilizarla con palabras. Inútilmente. No le queda más remedio que alzarla. Mira el reloj. Todavía no es la hora de mamar. Beba en brazos, se sienta. La observa. Tres meses ya. Le habla. La nena se va calmando y minutos después devuelve sus palabras con sonrisas y gorjeos. Es bonita la mocosa. Parece que los ojitos le quedarán claros. Tantos sentimientos contradictorios. Por un lado, no quiere que también en esto sea distinta de sus hermanos. Por otro, son los ojos de Leonardo. Ella moría por esos ojos. A falta de apellido portará a su padre en la mirada. Jugarretas del destino. De Mendel, en realidad. Lo aprendió en el libro que le pidió a Elena. Y cuando se puso a mirar hacia atrás recordó que su abuela materna tenía los ojos celestes. En la familia de Alberto nadie, infinitas generaciones de chaqueños. Candela es la más morenita. Los otros dos heredaron la tez de ella. Los cuatro son lindos, se dice, y a los cuatro los quiero. Tal vez no los quiso, pero los quiere. No los desee, se corrige. Porque siempre los amo. Desde que se los mostraron aún untados de su sangre. Desde que los sintió aletear en su interior. Carne de mi carne; sangre de mi sangre. Tan propios.
Está saliendo de la reunión de padres de Sebastián. A la ida hizo un rodeo. Cuando llega a la esquina se detiene. Duda. Un impulso la atraviesa. Baja el cordón con cuidado y cruza. Continúa por Rivadavia. Camina una cuadra con el corazón galopante. Pasa frente al local. Se detiene. La puerta está abierta. Empuñando el cochecito, entra. Tras el mostrador un hombre que no conoce. ¿Leonardo? pregunta. Hace tres meses que se trasladó a Mendoza; ¿puedo ayudarla en algo? ¿Dejó algún teléfono o dirección? Ahora sí que también vos sos huérfana, Camila, piensa mientras sale
Me emocioné hasta las lágrimas. Me sentí identificada.
ResponderBorrarÉpocas intensas de la Argentina
BorrarIncreíble pero real,con que rapidez se puede huir de las responsabilidades de hombre, pero no del cargo de consciencia.
ResponderBorrarEste sí que se tomó el buque!
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