viernes, 21 de junio de 2024

20

 


Se despierta. Por suerte se despierta. Qué pesadilla. Estaba a punto de ahogarse en una pileta con agua fría, muy fría. Tiene frío. Cuando intenta reacomodar las cobijas palpa las sábanas. Húmedas. Enciende el velador y se sienta como un resorte. Le toma unos segundos entender la situación. Acaba de romper bolsa. No puede ser, piensa, todavía faltan tres semanas. Se levanta y va al baño. Son las cuatro de la mañana. Hay que conservar la calma, se dice. En el parto de Candela, que fue el único en que rompió bolsa, la nena nació doce horas después. Se da una ducha. Se está vistiendo cuando llega la primera contracción. Tranquilo, hijito dice tocándose la panza. Va a la cocina. Mientras hierve el agua se sienta. Necesita pensar. La agarró de improviso. No lo planificó. Nada de este hijo planificó. Aunque lo decidió, no lo planificó. Pero no hay tiempo para perderse en pensamientos. Esperará a que los chicos vayan al colegio para ir al hospital. Una contracción bastante fuerte la hace encorvarse. Y a los pocos minutos, otra. Parece que no tiene todo el tiempo del mundo. Sube la escalera con dificultad. Enciende la luz. Sebi dice mientras toca el brazo de su hijo. Dejame protesta el chico. Sebi, me voy para el hospital informa. Como tocado por un rayo el chico se sienta en la cama. ¡Pero todavía falta! Parece que tu hermano está apurado. Te acompaño resuelve Sebi. No, necesito que te quedes con tus hermanas; pueden faltar al colegio dice y agrega a eso de las ocho llamala a Elena, el número está en la heladera; avisale que me fui al Rivadavia; cualquier cosa que precisen le pedís a Gloria; hay salchichas y tomates. Un tirón la dobla en dos. ¡Mamá! Me voy, hijo, en cuanto pueda te llamo por teléfono a ver qué me dijo la partera. Los ojos de Sebastián son dos brasas.

 

Bolso en mano, preparado a los apurones, espera un taxi. Tiene suerte porque pronto pasa uno. Al Rivadavia indica y recuerda ese otro viaje. Y como entonces, ahora urgida por las contracciones cada vez más fuertes, ordena ¡más rápido!  Me esperaba la muerte y ahora me espera la vida, piensa. Nena, nadie te va a hacer mal. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?[1]

 

La partera le hace un tacto. A ella le cuesta controlar un grito. Estás con ocho le informa voy a buscar a la doctora Urquijo. Qué suerte, piensa ella, mi obstetra está de turno. Minutos después, aunque le parecieron una eternidad, la doctora repite el procedimiento y dictamina  con nueve, urgente a sala de partos. ¿El bebé está bien?, porque todavía le falta pregunta ella. Sí, los latidos son buenos. Las contracciones ya son intolerables. Pero ella nunca pidió anestesia, tampoco lo hará ahora. La montan en una camilla. Recién repara en que no le avisó a Sebastián. La desplazan por pasillos infinitos. Sobrelleva el trayecto con los ojos cerrados. Ese dolor que tan bien conoce. Inexplicable. Dolor que no puede asociarse a ninguna otra experiencia. El dolor de parir. Inexplicable. Un rayo la atraviesa y anula su capacidad de pensar. Puro cuerpo sufriente. La cabeza regresa entre las fugaces pausas. Cada vez más breves. ¡Claudia! escucha. Abre los ojos. Elena. Bendita tu eres entre todas las mujeres[2]. La presencia de su amiga conectándola con su vulnerabilidad. Porque al sentirse acompañada descubre que está sola. Avisale a Sebi que estoy bien alcanza a pedir antes de entrar a la sala de partos.

 

No tienen tiempo de atarla. La insoportable presión de la cabeza. La sensación de partirse en dos, en mil pedazos. Puje fuerte, así, no suelte el aire, otra vez más, ya está acá. Un segundo de descanso y el relámpago de otra contracción. Puja con todas sus fuerzas. Terminar o morir. Bien, mamá, ya lo tenemos. Se desploma sobre la camilla. Un llanto la devuelve a la vida. ¿Está bien? pregunta incorporándose como puede. ¿Es sano? Sano no, sanita; una hermosa nena informa la partera, entregándole a la beba aún ligada con el cordón. Claudia ríe, no entiende por qué, pero ríe. Primero ríe y después llora. Llora y aprieta a la criatura contra sí. Otra nena. Ahora entiende por qué se rió. La mocosa los engañó, todos la suponían varón. Tendrás que ser fuerte, muchachita le susurra al oído. La beba llora. Ambas lloran.

 

La enfermera le trae a Camila. Ella la pone al pecho. La chiquita se prende al instante. La mujer de la cama de al lado se incorpora y las mira. Ella sonríe. ¿El tuyo? pregunta. La cara de la mujer se desarma. Menea la cabeza. Ella se arrepiente tanto. La mujer le pregunta ¿es la primera? Y a ella le da vergüenza responder es la cuarta. Yo no podía quedar embarazada cuenta la mujer y cuando quedé se me fue. Lo siento mucho solo atina ella a decir mientras oprime aún más a la nena. De pronto escucha una risa inconfundible. La puerta se abre. Elena precediendo a sus hijos. Mi tribu, piensa. Adelante los convoca. Segundos después los chicos la rodean. La quiero alzar informa Fernanda. De uno en uno la chiquita va cambiando de brazos. Bienvenida, Camila dice Elena cuando al fin le llega su turno. Entra una enfermera. Horario de visita concluido indica. Entre protestas su familia se va retirando; Candela, la última. Es linda dice y se va. Claudia observa a su compañera. La cabeza sumergida en la almohada, solloza. Ella deja a la beba en la cuna, se levanta como puede, se acerca a la cama y acaricia el cabello de la mujer.  Es bueno redimensionar los padeceres. Ella acaba de parir una criatura sin padre su compañera parió una criatura sin vida.

 

Ya le dieron el alta. Camila nació antes, pero con más de tres kilos. Tres ciento cincuenta, para ser exacta. Los otros tres superaron los tres y medio, eso que ella es tan menuda. Está vistiendo a la nena para irse. Su compañera, Marisa se llama, la mira. Charlaron mucho esos días, le contó a esa desconocida más que a nadie. Pobre Marisa, se quedará sin compañía, sigue con muchas pérdidas. ¿Te vas a ir sola? pregunta. Sí, me tomaré un taxi, me siento lo más bien responde ella. Está terminando de armar el bolso cuando la puerta se abre. Ella ve que la cara de Marisa se ilumina. Su marido, piensa ella, pero la voz de Elena le devela su error. Traje el auto informa. ¿Qué hizo ella para merecer esta amiga? se pregunta. Antes de salir escribe en una servilleta de papel. Se la tiende a Marisa. Llamame cuando quieras ofrece.



[1] “Seminare”, Serú Girán.

[2] Verso del “Ave María”.

2 comentarios:

122

    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...