1987
Claudia le dice Rita la Singer vieja no anda bien se atranca el pedal; hace meses que no le hacemos el service. A ella el corazón se le detiene. Sabía que llegaría este momento. Por favor llamá al técnico indica yo estoy ocupada, el número de teléfono está pegado en la pared. La muchacha hace un gesto de sorpresa, pero acata. Ella se va al baño porque no quiere oír. Mañana vienen alrededor de las ocho informa Rita al verla regresar. Ella quisiera preguntarle tantas cosas. Quién la atendió, qué le dijo y, sobre todo, quién vendrá. Sin embargo, toma la aguja en silencio y retoma su labor. Las manos le tiemblan. Suerte que solo es un hilván.
Qué ponerse. No tiene mucho para elegir, la mayor parte de la ropa ya no le entra. Se cepilla el cabello con energía y se pinta los labios. Estás linda, mami dice Fernanda al verla. ¿Adónde vas? pregunta Candela. Adónde voy a ir, al taller; tomen la leche de una vez que se hace tarde. Sebastián ya salió. Él, camino al colegio, pasa todos los días por el local, piensa. Hace rato que no tiene reunión de padres. Minutos después las tres caminan por Guarda Vieja. Le gusta acompañar a sus hijas al colegio. Ella siempre fue sola. Desde segundo grado. Le da un beso a Fernanda, pero Candela se aparta corriendo antes de que pueda saludarla. Está arisca. Sigue arisca. Se dirige hacia Córdoba a paso vivo. Son las ocho y cinco. Llega al taller, abre la puerta, la saca y levanta la cortina. Todo le cuesta ya. Se desprende el abrigo y lo cuelga. Va al baño y se mira en el espejo. Se acomoda el cabello. Prepara café, aunque las chicas no llegarán hasta las nueve. Se sienta frente a su máquina, la nueva. Esa no la comparte. Ocho y veinte escucha la campanilla de la puerta. Se incorpora como un resorte. Vengo a ver la máquina informa un muchacho desconocido. Ella quisiera preguntarle quién lo envió, pero solo ofrece ¿querés un café?
¿Me puedo levantar? pregunta Sebastián. El plato de Fernanda sigue lleno. Vamos, hija, comé de una vez. La nena juguetea con el tenedor. No tengo hambre dice. Ella la observa con atención. Se da cuenta de que recién la observa. La mirada enterrada en el pastel de papas desparramado. ¿Te sentís mal? le pregunta. La nena niega con la cabeza. ¿Te pasó algo? El movimiento de meneo es ahora más enfático. Sí que le pasó afirma Candela. Fernanda levanta la cabeza y, mirando a su hermana, la mueve ligeramente. ¿Qué le pasó? Marina le dijo que vos eras una puta, la escuché bien, ya estábamos en la puerta. Ella siente que las piernas se le aflojan. Eso no es cierto se defiende. ¡Sí, porque estás embarazada y el padre no existe! Basta, Candela dice Sebastián. Mis compañeras también cuchichean cuando te ven continúa la chiquilina, encrespada ahora ya no podés disimular la panza. No me interesa disimularla; estoy esperando un hijo y no me avergüenzo. ¡Vos no, pero nosotros sí! ¡Basta! grita ahora Sebastián y dirigiéndose a Fernanda dice avísame quién te molesta y se le van a ir las ganas. Ella esconde la cabeza entre las manos. Va a estar todo bien, ma dice Sebi. Fernanda se levanta y la abraza.
Hoy la doctora que le hizo la ecografía le preguntó si quería saber el sexo. Ella respondió que no. Con los otros no supo, no quiere que este sea distinto. Aunque este es distinto. En los embarazos anteriores no existían las ecografías. Pero no es distinto por eso. Los otros eran legales, legítimos. Sin embargo, se siente profundamente ligada a este bebé. Le parece que es un varón. Este sí que es producto de su decisión. Cuando se enteró de los demás embarazos no hubo nada que pasara por su voluntad. Se habían presentado y allí estaba ella para portarlos. Ahora se sabe protagonista. Es absolutamente consciente de que esta criatura late solo porque ella resolvió dejarla vivir.
Ma dice Sebastián ¿podemos hablar? Ella detiene el movimiento de la cuchara de madera y gira la cabeza, ligeramente alarmada. Te quiero pedir perdón. Ella, atónita, cierra la hornalla y le señala la mesa. Ambos se sientan. ¿Perdón? pregunta ¿por qué? El chico se ruboriza. Ya sabés, ma, te traté mal, no te pregunto cómo te sentís, no te ayudo hace una pausa te dejé sola; seguro que no es fácil para vos vivir con Cande y conmigo; Fer es la única que te acompaña. Ella percibe que las lágrimas ruedan por sus mejillas. Las enjuga con el repasador y dice yo también te tengo que pedir perdón; sé que esto y se señala la panza no es lo mejor para un chico de tu edad, es casi lo peor, pero sucedió, hijo, sucedió y ya sabemos ambos que no siempre podemos elegir lo que nos sucede toma la mano del chico son muy importantes para mí tus palabras; tengo miedo de traer al mundo un niño al que nadie quiera. Sebastián le aprieta fuerte la mano. Él no tiene la culpa, te prometo que yo lo voy a cuidar, te voy a ayudar, ma. Me estás ayudando desde el día que naciste dice ella.
Cuando le mostró el último estudio, Fernanda le preguntó si podía acompañarla. Ella se lo planteó a la obstetra que dijo que no había inconveniente y le escribió una nota a la ecografista. Ahí está ahora tomando líquido, el único precio a pagar para ver a su bebé. Apurate, Fer, que se hace tarde le grita a la nena que sigue en el baño. Ella está juntando sus cosas cuando Sebi se acerca. ¿Yo también puedo ir? pregunta. Claro contesta ella, rogando para que no haya inconvenientes. Candela informa ella ya le avisé a Gloria, te está esperando. La cara de desconcierto de la nena. Mejor no la molestamos, voy con ustedes. Ella cierra un instante los ojos. Las fichas se van acomodando.
Parece que hoy vino muy acompañada dice la doctora. ¿Podrá ser? pregunta ella poniendo el alma en la mirada. Adelante indica la mujer. Ella, intentando controlar los dos litros de agua que tuvo que tomarse, se recuesta. Sebastián, de un lado; las nenas, del otro. La doctora esparce gel sobre su abdomen y lo va recorriendo. ¿Y ese ruido? pregunta Fernanda con cara de asustada. Es el corazón de tu hermano informa la médica. Parece una locomotora dice Sebi ¿está bien? Sí, muy bien; miren, esa es la cabeza, estas son las manitos. Los tres se acercan a la pantalla. Ella experimenta una fuerte sensación de plenitud. Por primera vez, sus cuatro hijos están juntos.
Me emocionó está parte del relato, me hizo caer las lágrimas, la importancia para Claudia el acompañamiento de sus hijos y poder comprenderla.
ResponderBorrarSí, ella precisa que quieran al bebé!
BorrarQue situación! Se percibe la tensión...buenísimo relato..
ResponderBorrarMuchas gracias!
Borrar¡Qué hermoso! Va a ser un bebé amado
ResponderBorrarEsperemos que sí!
ResponderBorrarEs una madre muy fuerte. Con su ejemplo y proceder les enseña a sus hijos, sin imponerles nada!
ResponderBorrarYa aprendió a resistir.
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