Trabajó el resto de la semana de sol a sol. El ajetreo de sus manos ayudándola a frenar el ajetreo de su mente. El sábado, luego de una noche casi en vela, llamó a una clienta y le ofreció que fuera al taller a probarse el vestido. Pero la tarde transcurrió lentísima. Más aún la noche. A las seis se cansa de dar vueltas en la cama. Se levanta. Va al baño. Va a la cocina con intenciones de hacerse un café, pero se arrepiente. Tiene náuseas. Va al patio. Recién empieza a clarear. Se rodea el cuerpo con los brazos, hace frío. Va al dormitorio. Se viste. Pasa por el cuarto de las nenas. Duermen. Deja una nota sobre la mesada de la cocina y sale. La recibe el profundo silencio de la mañana de domingo.
Regresa con una docena de facturas. Pone la mesa para el desayuno. En eso está cuando aparece Sebastián. Hola, ma saluda y adelanta una mano hacia un vigilante. ¡No! exclama ella espera a tus hermanas. Entonces las voy a despertar dice tengo hambre. ¡Sebi!, dejalas dormir tranquilas le pide. El chico se aleja bufando. Mejor que duerman, piensa, que no se despierten nunca. Porque cuando se despierten se sentarán alrededor de la mesa. Y cuando vea a los tres reunidos ella no tendrá más remedio que hablarles. No quiere, pero ya no puede seguir postergándolo. Recuerda cuando volvió del entierro de Alberto. Tampoco se animaba a contarles. Fernanda era un bebé. Ahora ella también entiende. Escucha voces en el cuarto de las nenas. Sebastián no le hizo caso. Gritos. Risas. Minutos después aparecen. Piyamas, los pelos revueltos. Tan lindos los tres. Las chicas se acercan a darle un beso. ¡Compraste facturas! exclama Fernanda y se le cuelga del cuello. ¿Café con leche o Nesquik? ¡Qué pregunta!, Nesquik, obvio contesta Sebi. Frío para mí indica Candela. Mi mami sabe cómo me gusta dice la chiquita. La chiquita. Ya no será la chiquita. Al menos no la más chiquita. Las tazas se van vaciando y ella no junta fuerzas. Ahora o nunca. Inspira profundo. Hijos dice les quiero contar algo. Tres pares de ojos se depositan sobre ella. Ojitos oscuros, brillantes como espejos. Estoy embarazada. En una fracción de segundo los ojos se transforman. Una cuchara cae al piso, nadie la recoge. ¿Es una broma? pregunta Fernanda. Tarada, con eso no se bromea la reta Candela. En otro momento la hubiera retado, esa no es manera de hablar con tu hermana, pero ahora calla. No entiendo dice Sebastián ¿vos tenés… no encuentra la palabra... novio? Tenía, pero ya no tengo. ¿Qué estás diciendo, mamá? exclama Candela. Lo pensó mucho anoche, lo mejor es decirles la verdad. O algo parecido a la verdad. Ella nunca les mintió. Aunque tiene que reconocer que hace meses que viene ocultándolo. Omitir no es lo mismo que mentir, intenta tranquilizarse. ¡Mamá! reclama Candela te estoy hablando. Ella sacude la cabeza. Hace tiempo que tengo una pareja, que tenía, en realidad, no les quise decir nada porque no sabía si iba a durar. Y no duró dice Sebastián cuando supo que estabas embarazada te dejó. No exactamente trata de explicarles lo inexplicable terminamos antes de que yo me enterara de que estaba embarazada. ¿Él sabe? pregunta Candela. Ella asiente con la cabeza. ¿Y no lo quiere? Ella no tiene más remedio que, ahora, negar. ¿Entonces? pregunta Sebastián. Entonces tendrán otro hermano. ¡Yo no quiero! grita Candela. Yo sí dice Fernanda ¡me encantan los bebés! Sos una pendeja estúpida, no entendés nada de nada dice Sebastián, se incorpora con brusquedad y sale. La nena se para y la abraza. No puede ser dice Candela meneando la cabeza ¿cómo le voy a contar a mis amigas? Ella acurruca contra sí a Fernanda y calla.
Semana de comunicaciones. A
Gloria y a las chicas del taller les blanqueó el embarazo, pero dejó en claro
que no iba a contestar preguntas. A
Elena tuvo que contarle. Necesitó contarle. Sin dar nombres, por supuesto. Un
hombre casado que la había dejado en banda. Todas las mujeres, todas, le
ofrecieron su apoyo. No la aflige el bebé. No la aflige el bebé ni la opinión
de la gente. Lo que sí le preocupa y mucho es la reacción de los chicos. A Sebastián se lo ve serio, preocupado.
Candela casi no le habla. La única que está contenta es Fernanda, pobrecita.
Afortunadamente su trabajo es propicio para embarazos y bebés. Ya pensó que
cuando nazca se lo llevará al taller. Allí no le faltarán brazos. Elena sigue
insistiendo con la terapia para Candela. Su hija es una nena sana, no está transitando
un buen momento, pero ya se le pasará. Un momento largo, reconoce, antes de
repetirse ya se le pasará ya se le pasará a modo de mantra.
Guau...me atrapaste!! No me lo esperaba!!
ResponderBorrarElla tampoco!
BorrarQue momento difícil para Claudia, pero lo va a resolver seguramente, los hijos no entiendo al principio, después aflojan, no es fácil tampoco para ellos, demasiadas cosas vivieron en su infancia y este tema les llevará comprender.
ResponderBorrarNo les quedará otra que aceptarlo...
BorrarCómo sufren los chicos con las malas decisiones de los padres
ResponderBorrarSiempre!
BorrarCómo la vida nos va haciendo más fuertes ante las adversidades y siempre tenemos mujeres que nos contienen, ayudan, acompañan...
ResponderBorrarSí, las mujeres nos ayudamos siempre.
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