miércoles, 12 de junio de 2024

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Revisa en su agenda el almanaque. Prolijos círculos lo surcan. Rítmicos, métricos. Siempre fue así. Un reloj. Un reloj solo interrumpido tres veces. Pero a los relojes hay que darles cuerda. O cambiarles las pilas. Y ella no tiene energía ni para girar una ni para comprar otra. Quizás es eso, solamente eso. Un reflejo de la pérdida de su energía vital. Cierra con fastidio la agenda y retoma la aguja. Tiene que terminar el ruedo de esa pollera. Ella es una artista haciendo el punto escondido. No ha logrado que las chicas la imiten. Aunque Rita es de lejos la mejor. Por eso le dio el aumento. Porque, además de la inflación, se lo merece.

 

Deja a las nenas en la escuela y, antes de ir al hospital, pasa por la biblioteca. Precisa verla a Elena. No le contará de sus temores, por supuesto, pero siempre la tranquiliza charlar con ella. La encuentra llorando. ¿Te enteraste de lo de Borges? No, hoy no escuchó la radio, Demasiado con el ruido de su propia cabeza. La tristeza de Elena la hace sentir incómoda. Ella, hoy, solo tiene espacio para sí misma. Sale de la biblioteca con un libro que Elena casi le impuso. Los conjurados[1]. Ella no entiende de poesía, pero Elena estaba tan desconsolada que la dejó hacer.

 

Sale de la ginecóloga con una orden. Se animó a regresar al Rivadavia. Allí nacieron sus tres chicos. Ahora hacen el análisis en sangre y no hacen falta tantos días de atraso. Aunque ya tienen muchos. Por intrincados pasillos se dirige al laboratorio. No hace falta estar en ayunas. Aunque casi no desayunó. Extiende el brazo como si se ofreciera al sacrificio. No por el dolor, claro, ella es muy resistente, sino por lo que extenderlo significa. El resultado estará en dos días. Por las dudas ya se pidió otro turno con la médica. Por las dudas. Ella casi no tiene dudas.

 

Le costó mantener la conversación con los chicos durante la cena. Sebastián le preguntó si le pasaba algo. Siempre atento, nada se escapa de su mirada grave. Ya acostada busca el libro para ver si logra detener su mente. Al cabo de los años me rodea/ una terca neblina luminosa/ que reduce las cosas a una cosa/ sin forma ni color[2]. Los versos no atraviesan su frente. Su neblina no es luminosa. Cabeza de cemento. ¿Qué va a hacer?

 

Sale del hospital con el sobre en la mano. Cerrado aún. Cruza Las Heras, no para tomar el colectivo porque el 128 para en Coronel Díaz. Entra a Caballito Blanco. Se sienta y llama al mozo. Lindo lugar. Está cohibida, primera vez en su vida que entra sola a una confitería. Pero se merece un buen café. Y una medialuna, de repente le dio hambre, hace días que come poco y nada. De manteca, siempre le gustaron las de manteca. Deposita el sobre sobre la mesa. Sobre y sobre. Sobre de sobrar, además. A ella le está sobrando el resultado de ese sobre sobre la mesa. El mozo la aparta de sus pensamientos. Lo abrirá después, decide. Toma el café y disfruta de la medialuna. Está riquísima. Se comería otra. Se la merece. Llama al mozo. Terminada la segunda, aparta taza y platos y rasga el sobre. Puede ver cómo tiembla el papel entre sus manos. Subunidad beta. Positivo. Es absurdo, piensa, Leonardo no logró por años embarazar a su mujer y ahora nos preñó a las dos. Los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza busca refugio entre sus manos. Minutos después mira el ticket. Deja los australes sobre la mesa y sale. Qué va a hacer.

 

Sin saber cómo se dirigía al taller y terminó en Rivadavia. Avenida Rivadavia, piensa, qué curioso, Rivadavia como el hospital, recién lo relaciona, Rivadavia como los cuadernos de los chicos, Rivadavia ahora que puede, antes, Gloria. Camina por Rivadavia de una esquina a la otra. Hasta que al pasar frente al local ve que no hay nadie. Entra. Leonardo levanta la vista al escuchar la campanilla de la puerta. Ella capta el instantáneo cambio de expresión. ¿Qué hacés por acá? pregunta él lindo verte. Necesito hablar con vos. Te invitaría a tomar un café, pero está por llegar un cliente a llevarse una máquina dice y agrega sonriendo te extrañé. A ella, muy a su pesar, se le aflojan las piernas. ¿Entonces? pregunta. Paso por el taller siete, siete y cuarto informa él tomándola de la mano. Te espero contesta ella liberándose. Instantes después la puerta vuelve a sonar. Ya en la calle, ella llora.



[1] “Los conjurados”, Jorge Luis Borges.

[2] “On his blindness”, Jorge Luis Borges.

4 comentarios:

  1. Ella con toda una carga emocional y miles de situaciones que afrontar y él con toda liviandad le dice al verla, te extrañé, que fácil resuelven los hombres el tema de los sentimientos.

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