Recoge sus propias migajas y sale. Ya es de noche. Camina por Mario Bravo a paso redoblado. Tiene las mejillas coloradas a pesar del frío. Mamá, ¿qué te pasó? pregunta Candela al verla entrar. Los ojos son el espejo del alma, dijo alguien. Los espejos del hotel ya nunca más. Nunca más: Un nunca más brotado de sus labios. Al menos tuve la dignidad, piensa. ¡Mami!, te estoy hablando se queja ahora Fernanda. Como un autómata hierve unos fideos. Ma, ¿me hacés un huevo? pide Sebastián. Quisiera decirle que no, que no tiene fuerzas, que todo es demasiado para ella. Sin embargo, inmunes a sus pensamientos, sus manos están abriendo la heladera. Cascando la cáscara. Cáscara, cascar, se repite como un mantra. ¡Yo también! pide Fernanda. Ella saca otro huevo. Lo casca. Casca la cáscara. Cáscara cansada. Cansada. Está tan cansada. Mamá, ¿estás bien? repite Candela. No, no está bien. Basta de hombres para mí, se promete. Aunque para el que la escucha suena absurdo. Tiene treinta y tres años. La edad de Cristo, seguramente diría ella.
Los días corren. La pucha que lo extraña. Detesta sentirse vulnerable. No puede darse el lujo. Taller y niños cada día la esperan. Dependen de ella. Hilos, y nunca mejor dicho, que la sostienen, que la levantan cuando quisiera derrumbarse en la cama. Ya pasará. Ella sabe que ya pasará. Porque Alberto se murió y ella siguió viviendo. Hilos. Hilos. Soy una marioneta, piensa, la vida se entretiene conmigo. Juega. La vida juega. Ella no. Ella sufre. Sufre pero aguanta.
Sebastián ya está abriendo la puerta cuando regresa. Ma, ¿te puedo pedir algo? Claro le contesta ella sonriendo, este pibe nunca pide nada. ¿Los puedo invitar a los chicos a que vengan a ver el partido el domingo? ¿Cuántos son? ¿A cuántos les puedo decir? No sé, ¿cuántos te parece que estarán cómodos? ¿Seis? ¿Dónde va a meter seis pibes? De acuerdo dice. Gracias, ma, sos una masa, me voy volando, no quiero que me pongan media falta. ¿A qué hora es? A las doce contesta Sebi y cierra la puerta. Mala hora, piensa ella. Pésima. Tendrá que darles de almorzar. Seis adolescentes hambrientos. Más ellos cuatro. Lo mejor será hacer empanadas. Tres docenas para empezar a hablar. Y cuatro también. De carne y de jamón y queso. A Fernanda le encantan de jamón y queso. ¿Y de postre? Algo que se coma con la mano. Comprará alfajores. Y papas fritas y palitos para que piquen. Sin que ella pueda percibirlo el rostro se le ha ido transformando. Sí, se la ve entusiasmada. Luego de muchos días, contenta.
Recibe Diego Maradona, corre se la pasa Burruchaga, se va solo, ¡gol…… ¡gol de Argentina! Argentina 3, Alemania 2. Los pibes saltan, se tiran al piso, gritan. Uno alza a Fernanda. Otro abraza a Candela. Si pudieras verlo, Alberto, piensa ella, te lo volvés a perder. Y le sobreviene el recuerdo de los gritos de los otros en el 78. Entonces estaban de duelo, ahora festejan. Sebi viene y la abraza. Ella, contagiada, salta.
Descubre una nota en el cuaderno de comunicaciones de Candela. Nota que Candela no le mostró. Cuaderno que ella, en un impulso, controló mientras la nena se bañaba. Señora mamá: le comunico que su hija fue apercibida por contestar mal a su maestra. Le ruego hablar con ella al respecto. La Dirección. Ella no sabe aún si juntará fuerza para hablar con la apercibida. No, no las tiene. Hará como el avestruz. Firma y devuelve el cuaderno a la mochila.
Que fuerte suena lo de casca la cáscara...!!!
ResponderBorrarElla siempre se pierde en el sonido de las palabras.
BorrarSon todos iguales jajajaja
ResponderBorrarComo ya bien dijiste!
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