El fin de semana transcurre interminable y fugaz. Que termine pronto y que sea eterno. Ayer llevó a los chicos al cine. Policías y ratones[3]. Sebastián protestó. Fernanda trotaba por la calle de alegría. Candela, hermética. Difíçil congeniar las edades. Después los llevó a Pumper[4]. Ahí sí contentos los tres. Lindo caminar con sus hijos por Corrientes. Lo que cobró por el vestido de la señora Fortich bien gastado. Hoy, después de almorzar los ravioles que pidió Fernanda, Sebi se fue a lo de un amigo y ella con las nenas a tomar un helado. ¿Qué pasa que salimos tanto? preguntó Candela, siempre atenta. ¿Qué pasa? Qué va a pasar, en realidad. A medida que transcurren las horas su inquietud crece. Ya no está tan segura de poder prescindir de él. El ruido de la puerta la sobresalta. Sebastián ya tiene la llave. Ella mira el reloj: llegó cinco minutos antes de la hora acordada. Un muchachito confiable. Su muchacho. Hierve unas salchichas y corta tomates. Sebastián extrañamente locuaz. Cuesta bastante conseguir que se bañen. Pero en eso ella es inflexible. Cenan luego, lavados y planchados, como les dice ella, con entusiasmo. Los chicos recogen la mesa y ella lava los platos. Antes de ducharse pasa por el cuarto de las chicas. Candela ya duerme. La tapa. Cuando se acerca a besar a Fernanda, la nena le tira los bracitos al cuello. ¡Gracias por estos días, mami! Ella la oprime contra sí. Te quiero le dice.
El lunes se ocupó de que las chicas se fueran temprano. Se pintó los labios, se puso perfume. Espero hasta las casi las ocho. El martes hasta las siete y media. Hasta las siete el miércoles. Descubrió que Leonardo le importaba mucho más de lo que pensaba. No se la voy a hacer fácil, decidió. Por eso hoy, jueves, camina por Rivadavia. Las bocinas del tránsito mañanero se asocian al retumbar de su corazón. Está enojada. Lo menos que merece es una explicación. Rumbo a ella va. Lo encuentra solo en el local. Lo observa sin que él perciba su presencia. Está enfrascado en un catálogo. Hola, dice ella al fin. Él levanta la vista. Su rostro se desarma en un segundo. Lo primero que hace es mirar a su alrededor, a ella no se le escapa el gesto. Más de lo mismo, piensa. Te estuve esperando dice Claudia mientras se acerca al mostrador. Pensaba pasar hoy dice él. Te ahorré el trámite. No, él le apoya la mano en su brazo quiero que hablemos tranquilos; paso por el taller a las siete, ¿te parece? Perdón, señor Leonardo dice el empleado nuevo, se me hizo un poco tarde. Ella se va sin saludar.
Guauuuu!, que le pasa a Leonardo está reculando, así no, a Claudia no le gustan los tipos flojos, bueno creo que estoy pensando con mí cabeza, no con la de ella.
ResponderBorrarElla le axigirá definiciones.
BorrarOtro momento decisivo. Interesante.
ResponderBorrarElla parec suponer la decisión...
BorrarSon todos iguales? Jajaja
ResponderBorrarAsí parece...
BorrarTremendo momento.
ResponderBorrarEl suspenso me contrae el cerebro.
Me hiciste reír, Gabriela.
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