lunes, 27 de mayo de 2024

9

 



1982

Claudia, mientras sigue presionando el pedal de la máquina y guía la tela azul, gabardina azul, controla el reloj. La maestra de Candela la citó a las tres. Qué raro. Es la primera vez. Nunca la llamaron. De Sebastián solo recibe halagos. Quiere terminar el pantalón antes de ir. El pantalón de gabardina azul. De últimas le pedirá a Rita que le ponga el cierre. O lo pondrá ella cuando regrese. No le gusta delegar. Porque, además, nadie cose como ella. Acelera el ritmo de su pie.

 

Sale… busca la palabra… desconcertada. La señorita Emilia habló sobre una nena que no parecía ser la suya. Arrancó ponderando sus aptitudes. Lee y escribe de corrido, ya multiplica, es muy prolija. Como si ella, la madre, no lo supiera. Como si ella, la madre, no le revisara el cuaderno. El año pasado todos los días. Claro, primer grado. Ahora no tanto, reconoce, total siempre está bien. Como el de Sebi. El de Sebi está muy bien. ¡Muy bien! Nunca le dieron trabajo con la escuela. Menos mal porque tiene mucho trabajo. Cada vez más. Ya no da abasto. Con Rita no le alcanza, tendrá que buscar más ayuda. Lee, escribe, multiplica y es prolija. Lo sabía. Lo que no sabía y la señorita Emilia se encargó de informarle es que no quiere salir al recreo. En cuanto la maestra se distrae vuelve al aula y se queda sentadita en su banco. Dibujando o leyendo. Ayer en el recreo largo la obligó a salir porque imagínese, señora, tiene que aprender a socializar, para eso también viene a la escuela, por las dudas cerré la puerta del aula; ¿sabe dónde la encontré?, en el patio de los más grandes, que ellos no pueden, de la mano del hermano; cuando la reté, Sebastián, que es un tesoro de niño, me dijo que él la había ido a buscar que la culpa era suya; Candela, muda, ni una palabra logré sacarle, ¿no le contaron? No, no le habían contado. Ayer fue Gloria a buscarlos y luego los llevó a su casa. Ella tenía una prueba. El trajecito para el civil de la hija de la panadera. Qué chica fastidiosa, no sabe lo que quiere, que más corto, que más ajustado. Volvió tardísimo. Les hizo unos moñitos con manteca y queso y los acostó sin baño. Se acuerda ahora de que Candela cenó poco, y eso que le encantan los fideos. No, no me contaron nada tuvo que reconocer con algo parecido a la vergüenza. Sin darse cuenta casi llegó a su casa. Mira el reloj. Es casi la hora de retirarlos. Qué cabeza. Desanda camino. Si se apura pasará antes por la panadería. A Candela le encantan las tortitas negras.

 

Mientras prepara la merienda observa con atención a sus hijos, sentados alrededor de la mesa. Es notable: todos los días los alimenta, los viste, los baña, sin embargo, no necesariamente los ve. No por dentro. Ni siquiera por fuera. Fernanda tiene el flequillo demasiado largo, a cada rato se aparta el pelito con la mano. A Sebastián empiezan a marcársele los pómulos, parece un hombrecito, nueve años apenas. Candela… Le puso Candela por la luz y ahora está apagada. En un acto de fe le tiende el plato con las tortitas. Mirá lo que te compré le dice. ¿Para mí? pregunta la nena. Al tiempo que los ojitos de la nena se iluminan los de ella se llenan de lágrimas.

 

Hacía mucho que no iba a la biblioteca. Está demasiado ocupada últimamente. Elena la recibe con alegría. Dichosos los ojos que te ven, ¿qué andás buscando? Media hora después (estuvieron charlando un buen rato, porque fue largo, pero, además, el rato fue bueno, muy bueno) sale con el primer tomo de Escuela para padres, de Eva Giberti. Elena le anticipó que son tres.

 

Los chicos ya dormidos, se prepara un café y se mete en la cama. El libro la espera, paciente, sobre la mesa de luz. ¿Cuánto hace que no lee? Me estoy perdiendo, piensa, me estoy perdiendo entre hilvanes. Toma un trago de café y arranca. Relee varias veces cada párrafo. La demuele ver cuántas cosas hizo mal. Cuántas hace mal. Cuántas, sabe, seguirá haciendo mal. Porque, además, está sola. Una hora después baja el libro, abatida. Cuando termine el tercer tomo los chicos ya serán grandes. Apaga la luz sin saber qué se hace con una nena de siete años que no quiere salir al recreo. Ya se le pasará, decide, a mi madre jamás le importaron mis sentimientos y sin embargo sobreviví. Apoya la cabeza en la almohada. Está… busca la palabra… fundida. Instantes después el ritmo de su respiración nos indica que está dormida. Profundamente dormida.

4 comentarios:

  1. La preocupación por los hijos. Me gustó cómo está planteado.

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    1. La preocupación por los hijos no termina nunca

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  2. ¡Escuela para padres! ¡Qué buen libro!

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    1. Mi mamá, allá por los 60, tenía los tres tomos. Los conservo aún.

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