Golpea la puerta de Gloria media hora antes de lo habitual. La mujer abre, aún en camisón. ¿Qué pasó? pregunta, alarmada. Todos están esperando desgracias, piensa Claudia, no solo yo. A los diez minutos es Gloria quien toca su puerta. Claudia sale con Sebastián. Las dos nenas duermen.
Cuando se agacha para darle un beso Sebi le pregunta ¿te puedo pedir algo, mami? Claro. Llevala a Cande al hospital.
Con Candela en brazos espera en la guardia del Hospital de Niños. Al Rivadavia nunca pudo volver. No quiso, en realidad. Está caliente, la fiebre no baja. Por su mente transitan toda suerte de calamidades. Trata de tranquilizarse recordando todas las vacunas que le dio. La polio no puede ser, aunque ya nadie tiene polio. Ni sarampión (ella sí que tuvo, allá por sus seis, qué mal que la pasó), ni difteria ni tétanos ni tuberculosis. Los niños suelen tener fiebre. Intenta olvidarse de que llegó a 40 grados, y, sobre todo, olvidarse de que la nena estuvo horas llorando y que ella no la atendió. Gómez anuncia el altoparlante. Claudia, cargando la nena, se incorpora. ¿Dónde estás?, ¿dónde voy?[1]
Como si mis pies fueran alas, piensa. Así se siente. Angina pultácea. ¿No le miró la garganta, señora? No, no se la había mirado. Tres hijos y nunca aprendió a mirar una garganta. Penicilina y a otra cosa. Esta vez la habían perdonado. ¿Quién? Ya no creía en el de arriba. Su fe encerrada en el cajón junto con Alberto. ¿Quién?, ¿el tribunal de madres? La sentencia de Sebastián atronándola. Lloró mucho, mami, te llamaba, yo iba a subir a buscarte, pero me dio miedo porque estabas muy enojada, además dijiste que tenías que trabajar. Es que ella tenía que trabajar. Tiene que trabajar para mantenerlos. Tiene que trabajar para comprar el antibiótico que la farmacéutica acaba de entregarle. Evita decirse que no solo por eso trabaja. Porque es tan difícil dar cabida al disfrute en sus elucubraciones. Trabajo para mantenerlos, se repite, entonces. ¡Mami!, la tironea Candela de la manga ¡mami!, la señora te da plata. Claudia sacude la cabeza y recibe el vuelto. Gracias dice y luego agrega perdón. Es a la nena a quien quisiera pedirle perdón. Pero si le pide perdón la nena descubrirá su fallo. ¡Mami! insiste Candela asida a su cartera. Entonces la alza. La alza y la besa. Sigue calentita, pero se la ve mejor. Nena, nadie te va a hacer mal[2]. Tuvo tanto miedo. Recordó los deditos flexionados de Sebastián: seguirán siendo cuatro.
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