Parece mentira. Ya pasaron seis meses. Estaba muy acostumbrada a contar desde la muerte de Alberto. Pero ahora tiene otro punto de referencia. Recorre con la vista el taller. Su taller. Las tres máquinas. Porque no se deshizo de la Singer. Cómo si era de su abuela. Además, y ya le pasó, la saca de un apuro cuando hay cortes de luz. Las tres máquinas. El maniquí. El espejo. La tabla de planchar. Las estanterías donde en infinidad de cajas duermen hilos, agujas, alfileres, broches, botones. Prolijamente ordenados cortes de tela, entretela, papel de molde. La bibliotequita con figurines. En solo seis meses ya logró formar una clientela. Varias mamás de compañeritos de los chicos. Sobre todo, arreglos. Se la pasa cosiendo pitucones y cambiando cierres Elena fue la primera en encargarle un vestido. Por suerte no se enojó. La ve seguido cuando va a retirar o devolver libros. También trajo a su mamá, adelgazó mucho y hubo que achicarle varias polleras. En las muchas horas que pasa empuñando aguja e hilo el tiempo retrocede. Deja de ser una mujer cargada de responsabilidades y vuelve a ser una adolescente repleta de sueños. Esa adolescente que no soñaba con un príncipe azul. Sí con correr aventuras, con conocer el mundo. Con ser otra. Libre. Ingrávida. Ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón[1]. Los gritos de Fernanda la sobresaltan. Tanto que se clava una aguja debajo de la uña. Le sale sangre. Deja el pantalón en ciernes sobre la mesa y, chupándose el dedo, baja. Va al dormitorio. Descubre a la nena semicolgada de la baranda de la cuna. Corre a agarrarla. Está grande la benjamina. Desmintiendo esta afirmación la lleva en brazos hasta la cocina. Ya es la hora de la merienda. En cuanto la nena termine la leche la dejará en lo de Gloria e irá a buscar a los chicos al cumpleaños. Prometió el pantalón para mañana. Lo terminará después de la cena. Cumplirá con su palabra, aunque tenga que quedarse en vela. La palabra. Siempre cumplió con su palabra. Palabras. Suele enredarse con las palabras. Se pierde en las palabras. Vuela con las palabras. Vuela a bordo de las palabras. ¡Mami! La nena, le muestra el vaso derramado. La leche chorrea hasta el piso. Todo se le derrama, piensa Claudia. Ya no puede contener nada. Sacude la cabeza y, otra vez, busca un trapo. Rejilla, ahora
Me emociona poder imaginar ese taller, hermoso relato.
ResponderBorrarLa emoción de ver crecer nuestros proyectos.
BorrarMe lo imagino impecable, como ella y los nenes
ResponderBorrarSí, eso sí le enseñó su madre.
Borrar