1979
Está llenando la bañadera cuando suena el teléfono. Y qué poco que suena. El corazón se le aloca. Mira a su alrededor: los tres chicos están riendo mientras se sacan la ropa. Acude a atender después de aclarar no se metan hasta que yo regrese. ¿La señora Gómez? Ella piensa que por suerte no tiene a nadie más a quien perder.
Repentinamente recuerda que una vez en el Para ti[1] vio una almohadita con bolsillo para poner los dientes caídos. Pasa por la habitación de los chicos, tapa a uno y quita los juguetes de arriba de la cama de otra. Luego, sube al cuarto de la terraza y busca en el cajón de los retazos. Elige un par, corta unos rectángulos y se sienta frente a la Singer. Enciende la radio. La radio siempre la acompaña. Hace rato que no cose. Antes les hacía mucha ropa a los chicos. Antes. ¿Antes de qué? Antes de que muriera Alberto, se responde. Ahora no tiene tiempo. ¿No tiene tiempo o no tiene ganas? se pregunta mientras pedalea al ritmo de la música. Aunque fue una idea de su padre no de ella no le disgustaba ir a las clases de corte y confección. Su profesora decía que tenía buena mano. Se hacía sus vestidos en la adolescencia. Lejos, lejos de casa/No tengo nadie que me acompañe/a ver la mañana[2]. Sus manos, ágiles, rotan la tela cada vez que llega a una esquina. En pocos minutos la funda está casi lista. Le sobró gomaespuma de cuando hizo el moisés. Sonríe al recordarlo. Cuánta ilusión. Está rellenando la almohada cuando detiene su labor. ¿Y si se dedica a coser?, ¿si pone un tallercito? Podría usar el dinero para comprar una máquina eléctrica, la que tiene ya no da para más, se atranca a cada paso. Mientras da las últimas puntadas decide que tendría que comprar también una para hacer overlock. Mira a su alrededor. Ese cuarto es bastante grande. Debería sacar las cosas de Alberto. Ya nadie precisará sus herramientas. Para las bicicletas puede hacer un techito en la terraza. Así le entraría una mesa de corte. Y un maniquí. Tendría que poner un espejo de cuerpo entero. Para cuando las clientas se prueben, piensa. Ella no se ve porque el espejo aún no existe. Si pudiera verse descubriría que tiene los ojos llenos de luz. Sonrisas sin dueño. De pronto, intensamente viva. La alondra ya está cerca de tu cama, nena/Quiero quedarme, no digas nada/ Espero que las sombra se hayan ido, nena[3].
Al día siguiente, mientras cenan, el diente de Sebastián por fin se decide. Después de enjuagarle la boca con agua fría con ambas hermanas de admirado público ella le dice tengo una sorpresa para vos. Esta noche el diente caído dormirá en un bolsillo a cuadritos esperando al Ratón Pérez.
Hermoso, me emociona.
ResponderBorrarMe alegra tanto, Moni.
BorrarEso de hablarse y contestarse sola..ser su confidente, su propio sostén, creo que muchas veces encontramos la ayuda en nosotras mismas!
ResponderBorrarQuien no se ha hablado a sí misma, retado, confortado, animado.
BorrarHermoso capítulo, a mi también me emociona.
ResponderBorrarHay veces que necesitamos una oportunidad para desplegar nuestras potencialidades
BorrarEs maravilloso cuando tenenos un proyecto
BorrarMe imagino la cara iluminada, pensando en la posibilidad de salir adelante con su proyecto de costura.emotivo este capítulo.
ResponderBorrarEsos momentos en que nos sentimos capaces de todo. Que no tenemos miedo sino confianza en nosotras mismas.
Borrar¿Cambia la vida de la protagonista?
ResponderBorrarPareciera...
BorrarYo arriegaría que sí...
BorrarEsa canción... Realmente emocionante. Imagino su taller de costura ❤️
ResponderBorrarQué lindo cómo va avanzando la historia, entusiasma y anima a querer saber cómo sigue! Gracias por compartir! ! 🙏🏾
ResponderBorrarGracias por seguirme. Me gustaría saber quién sos.
BorrarGracias por las devoluciones aunque no me aparece tu nombre
ResponderBorrarHermoso capítulo. Esperanzador!
ResponderBorrarNada más importante que tener un proyecto en la vida
BorrarTambién me emocioné al igual imaginar a Claudia cosiendo su destino puntada a puntada
ResponderBorrarAsí es la vida. un lienzo que cosemos puntada a puntada...
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