El timbre la despierta. Se incorpora como un resorte y acude a atender. Recién cuando se aproxima a la puerta la realidad la aturde. Por instantes la olvidó. Soy viuda, se recuerda. Abre. Es Gloria, la vecina, con Fernanda cargada que en cuanto la ve grita (y es un grito) mamá y le tiende los bracitos. Ella, aún aturdida, la alza. Llora demasiado informa la mujer por eso te la traje. ¿Los mayores? atina a preguntar ella. Están bien, los dejé mirando la tele, ¿querés que te los traiga? Ella sacude la cabeza con energía. En un rato los busco dice. Porque no está preparada, todavía no está preparada. La beba, por suerte, no sabe hablar aún. No sabe preguntar. Los mayores sí. Los mayores. ¿Dos niños de tres y cinco años son mayores? se plantea. El pecho de su hijita todavía se sacude. Porque lloró mucho. La beba ya lloró mucho. Los mayores no. Todavía no. Se sienta en el sillón de hierro forjado en el que tantos se sentaron. Oprime a la nena contra sí. La olisquea. Tiene el pelito transpirado. Se levanta para prepararle un baño.
Mientras hierven los fideos le llegan los gritos del vecindario, las bocinas de los coches. Argentina ganó el mundial. Qué contento hubiera estado Alberto. Todos están contentos. Todos los argentinos. Todo el mundo. Ella es la única que no. Y los holandeses. El que no salta es un holandés. Ella no es holandesa pero no salta. ¿Y papá? pregunta Sebi ¿dónde está? Ella cierra los ojos. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?[1]
El día que parecía interminable llegó a su fin. Ya enterró a su marido, ya les dijo a sus hijos que eran huérfanos. Ya cambió las sábanas de las cuatro camas. Si lo piensa es absurdo, las había puesto el día anterior, pero necesitó volver a cambiarlas. Tierra. La tierra. Tierra eres y en tierra te convertirás le enseñaron. Sus padres se murieron juntos. Alberto se murió, solo. Ella está viva. Viva porque tiene tres hijos que la necesitan viva. Viva, además, descubre, porque quiere vivir. Tiene solo veinticinco años. Se mete entre las sábanas impecables. Mañana será otro día.
Sale con Sebastián, delantal a cuadritos, mochila mínima, rumbo al jardín. Gloria se ofreció a quedarse con las nenas. Ella no tuvo fuerzas para negarse. No está acostumbrada a recibir ayuda. Siempre se arregló sola. Desde chica su mamá la entrenó. Me obligó, se corrige. Yo no, piensa, yo no obligo a mis hijos. Oprime la manito de Sebi. Seguramente demasiado porque el nene se queja. Al llegar a Córdoba se detienen ante el semáforo. Mamá, ¿papá va a volver? pregunta Sebi. Ella se agacha para quedar a su altura. No contesta porque nunca les miente. No importa dice el nene alzando la manito con el pulgar flexionado quedamos los cuatro.
Hoy hace una semana, piensa. Primero fue el dolor. Luego brotó la rabia. Ahora, la sofoca la preocupación. ¿Cómo va a mantener a sus hijos? Los ahorros, calcula, le alcanzarán hasta fin de mes. ¿Y después? ¿De qué puede trabajar? El padre no le dejó hacer el secundario. Las mujeres son para la casa. Tampoco le permitió que hiciera el curso de dactilografía que le había sugerido su maestra. ¿Para qué?, te vas a casar, tu marido te va a mantener, vos cuidarás de tus hijos. Sí la mandó a aprender corte y confección. Con eso vas a poder ayudar a tu marido, si hace falta, sin salir de tu casa. ¿Marido?, ¿hijos? Ella tenía trece años y desde primero inferior siempre había estado en el cuadro de honor. El último año llevó la bandera. La maestra intentó hablar con su padre, pero fue inútil. Todas sus compañeras se inscribieron en algún secundario. La mayoría siguió en la misma escuela. Hasta Emilia que vivía sola con la mamá que era empleada doméstica. Ella no. Claro que también fue responsable. Podría haber estudiado después de casada. Se lo planteó a Alberto, pero, para su gran decepción, sus argumentos fueron similares a los de su padre. La casa, los hijos. Ella no quería tener chicos enseguida. Sin embargo, antes del año de casados llegó Sebastián. Su suerte estaba echada. La suerte está echada[2]. Siempre le gustó esa frase, no recuerda dónde la leyó. Porque bastante había leído en su adolescencia. Las amigas le prestaban libros que ella leía a escondidas. Te llenan la cabeza de pajaritos decía su padre. Ella a los pajaritos los llamaba sueños. A Alberto tampoco le gustaba que leyera, además a medida que fueron llegando los chicos ya no tuvo tranquilidad. A veces es mejor no pensar, se dice, y leer siempre la había hecho pensar. Actuar. Ella se transformó en una máquina de actuar. De la mañana a la noche en acción. Los chicos no le dan respiro. Pienso luego existo[3] también había leído vaya a saber dónde y cuándo. Frase transformada en hago luego existo. Hago la comida, hago las camas, hago las compras, Hago. Hago. Hago. Como siempre desaparece en las palabras y necesita pensar cómo se va a arreglar. No estudió, eso lo tiene claro, ¿de qué puede trabajar entonces? Y si trabajara ¿con quién dejaría a los chicos? Para lo que necesites dijo Gloria. Pero la gente promete por prometer. Le acompaño el sentimiento. Varios se lo dijeron. Sin embargo, hace una semana que nadie la acompaña. Solo los chicos. Recuerda los cuatro deditos alzados de Sebastián. Se abraza a sí misma.
No vas a estudiar, no es necesario, después te casas y para que te va a servir, frase que escuché alguna vez.
ResponderBorrarTerrible! Muy doloroso
BorrarEn vos me inspiré!
BorrarHago luego existo, hago, hago, hago. Hago y no pienso.
ResponderBorrarMuy doloroso 😭
Tantas veces las mujeres somos máquinas de actuar
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