Mail de Camila. Raro. Hace rato que no le envía un mail. Se alarma. Hola, mami. Te quiero comentar algo, pero me tenés que prometer que no le dirás nada a Zoe. Voy a un congreso en Boston, en la misma universidad donde trabaja el padre de Zoe. Tengo intenciones de tratar de comunicarme con él. Me parece fundamental que esté enterado de que Candela murió y que, en consecuencia, Zoe ya no tiene a ninguno de sus padres. ¿Qué te parece? Si no logro hablar con él, o si me echa, no le diré nada a Zoe por supuesto. De algún modo, aunque sé que no debiera, preciso tu autorización. Espero que estés bien. Un beso grande, mami. Cierra la computadora. No puede contestar ahora. Además, no sabe qué contestar. Ni Zoe ni ella están en condiciones de afrontar otro golpe emocional. Nadie se da cuenta de que estamos frágiles, piensa. Esta noche lo evaluará, le responderá mañana. Leonardo le propuso cenar afuera. Ella le dijo que no, pero quizá sea mejor idea. No tiene ganas de cocinar. Me arrepentí teclea.
Le hizo bien charlar con Leonardo. Le contó la propuesta de Camila. Siempre ocupándose de todos, aun a la distancia fue su primer comentario. Es cierto. Hace más de una década que vive en el exterior, sin embargo, ha estado pendiente de cada uno de los integrantes de la familia. No hubo un fin de año que no viniera. Desde la muerte de Candela ha viajado también en julio. Le insiste para que vaya a Estados Unidos a quedarse con ella por unos cuantos meses. Impensable. Qué hacer con Uma, además. Y con el trabajo, más allá de que Zoe cada vez toma más las riendas. Rita le dijo la semana pasada que está pensando en jubilarse. Fue un impacto. No concibe llegar al taller y no encontrarla. Su mano derecha. Ella le pidió que lo postergara y que, mientras tanto, vaya entrenando a Gladys para que la reemplace. No soporta más pérdidas. Ángel en el 2021. No te lo pude cuidar, Elena, perdóname le pidió mil veces a su amiga. Demasiado inmersa en su propio dolor para mirar más allá de sus narices. A Carmelita solo la vio un par de veces. En esto te transformaste, Claudia, se reta, aunque sin demasiada convicción. Ella pudo sobreponerse a la muerte de Alberto, a la de Elena, al abandono de Leonardo, a la pérdida de Ariel. Pero a la muerte de Candela, no. Por alguna razón no existe en el diccionario una palabra para nombrar a quien pierde a sus hijos. Porque es algo innombrable. Algo que, le consta, existe, pero no debiera existir. Se cuestiona por qué no le prohibió ir a Cromañón, por qué no la obligó a tratar sus pulmones, por qué no la obligó a aislarse ni bien comenzó el COVID. La insoportable convicción de que no supo protegerla. Cuarenta y cinco años. Murió con cuarenta y cinco años mientras ella sigue arrastrando sus casi setenta. Nunca sintió que la vida hubiera sido injusta con ella. Fue tomando lo que le acontecía sin cuestionarlo. Lo de Candela, no. Lo de Candela no logra admitirlo. ¿Por qué el virus maldito no se la llevó a ella?, ¿por qué eligió a su hija todavía con tanto por vivir? Además de la angustia, el enojo. No logra alcanzar la paz. Además, no la dejaron verla. Despedirse, Abrazarla. Convencerse. Dos semanas después les entregaron una urna con cenizas. ¿Eso era Candela?, ¿eso había quedado de Candela?, ¿en eso se había transformado su hija? Si alguna vez ella se portó mal en la vida, todos sus pecados fueron saldados. El peor de los castigos. ¿Cómo pueden exigirle que se reponga? Irreversible. No es cuestión de tiempo. Es irreversible.
Todas las muertes duelen, pero estoy segura que a de un hijo es irreversibles porque nunca más nada vuelve a ser igual.
ResponderBorrarEs la muerte que no corresponde atravesar
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