2013
El calor agobia. Hace años que no pasa un enero completo en Buenos Aires, pero este no quiere apartarse de Elena. Más allá de su propia necesidad, Ángel precisa ayuda. Allí va, bajo un sol que aturde, caminando por Las Heras rumbo al Hospital Alemán. Al cruzar la puerta el aire acondicionado la reconforta. Se seca con un pañuelo la frente. Sube en el ascensor. Baja. Cuánto le cuestan los pocos pasos hasta la habitación. Se acomoda el cabello y golpea. Adelante dice Ángel. Lo que queda de su amiga le sonríe desde la cama. Está tan flaquita. Piel y huesos. Le da un beso y le ofrece a Ángel ¿por qué no vas a comer algo?, yo me quedo. Se sienta en la silla próxima a la cama. Va a preguntar ¿cómo estás? cuando se frena. ¿Qué respuesta espera?, ¿bien?, es evidente que no está bien. Entonces decide permanecer en silencio. Silencio que al cabo de unos minutos rompe Elena. Te quiero ofrecer algo dice. Ella eleva las cejas y ladea la cabeza sonriendo. Me gustaría dejarte mis libros. La sonrisa de ella se transforma en un gesto de disgusto. No digas tonterías pide. Ahora es Elena quien menea levemente la cabeza. Claudia, te pido que estés a la altura de lo que hemos sido durante estos treinta y cinco años; dos mujeres inteligentes y fuertes que siempre encaramos de frente lo que a la otra le sucedía; no necesito que me hables como si fuera una criatura a la que se le dice sana, sana; las dos sabemos que me voy a morir y nadie me deja hablar de mi muerte, ni Ángel ni mis hijos; necesito que vos me escuches; dejé en casa, en mi mesa de luz, unas cuantas hojas con indicaciones; desde dónde llevo a limpiar los trajes de Ángel a cuánto se le paga a Rosita y qué enfermedades tuvo cada uno de los chicos; debo dejarlo por escrito porque se rehúsan a escucharme se interrumpe un instante, tose y luego continúa te pido que te ocupes de mi placar y de mi biblioteca; con la ropa hacé lo que quieras, donala o tirala; las pocas joyas ya las dejé adjudicadas; quizá debiera habérselas donado a mis actuales nueras pero ya aprendí que mis hijos la van cambiando, por eso decidí dejárselas a tus tres hijas que, de alguna manera, han sido las hijas mujeres que no tuve; por supuesto que ellas harán lo que quieran, usarlas o venderlas, no me ofenderé si es que pueda verlo sonríe a ninguna de las dos nos queda el consuelo de pensar que nos encontraremos en el más allá tose ¿me alcanzás un vaso de agua? pide. Ella, aliviada de no tener que seguir escuchando por unos segundos, obedece. Elena bebe con lentitud. Luego prosigue me gustaría que te quedaras con mis libros, se me parte el corazón pensando que puedan deshacerse de ellos; si te vienen bien llevate las bibliotecas que quieras; Ángel, como bien sabés, no es lector y mis hijos, pese a los esfuerzos que hice toda la vida, tampoco; tus hijos leen bastante, Bautista también, podrán encontrar en tu casa lo que necesiten. Es tanto el esfuerzo que ella está haciendo para contener el llanto que está incapacitada para responder. El ruido de la puerta abriéndose viene en su auxilio. Es Ángel que regresa con un sándwich y una bebida. Más seguidor que perro de sulky dice Elena sonriendo imposible librarse de él. Ángel le va preguntando por cada miembro de su familia, de Sebastián a Simón, y entre preguntas y respuestas transcurre más de una hora. Hasta que Elena informa estoy cansada. Ella se levanta y se inclina para saludarla. ¿De acuerdo? pregunta su amiga. De acuerdo responde ella. ¿De qué hablan? inquiere Ángel. Cosas nuestras contesta Elena. Ella saluda a ambos y sale. Ya en el pasillo se apoya en la pared. Ahora sí las lágrimas se deslizan, silenciosas, por sus mejillas.
Tremendo. Me ha traído demasiados recuerdos
ResponderBorrarA quién no le tocó acompañar a una migo en esas circunstancias...
ResponderBorrarQue triste. Que entereza hay que sacar d donde uno cree que no tiene para sostener a un ser querido
ResponderBorrarLo más complicado es permitirles hablar
BorrarPor eso hay que escribir todo..y ojalá alguien lo lea...
ResponderBorrarSí, no dejar nada sin decir
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