Corre hasta el auto. Le tiembla la mano, le cuesta embocar la llave. Finalmente arranca. Irá por Bulnes hasta Corrientes. Cuando llega la avenida está tapizada de ambulancias y carros de bomberos. Las alarman aturden. Dobla por Jean Jaures. Es imposible avanzar. Deja el auto delante de una entrada de garage y baja. Son unas cuadras. Será más rápido. Corre. Corre por la calle llena de gente que corre. Calle cada vez más llena de gente, más llena de gritos. Llega a Bartolomé Mitre. Lo que ve la paraliza. Coches de bomberos. Muchas ambulancias. Gente. Policías, médicos, pibes. Pibes sobre todo. Pibes semidesnudos, descalzos. Como puede, empujando, se acerca a Cromañón. Chicos tirados sobre la vereda. Otros asistiéndolos, abanicándolos, tirándoles agua. Mujeres intentando entrar al boliche. Marejadas de jóvenes saliendo con el torso desnudo y remeras envolviéndoles la cabeza. Cuerpos sostenidos de manos y pies subidos a autos. Otros cuerpos, supone, dentro de bolsas negras. Está paralizada. No sabe qué hacer, dónde buscar. Es mi culpa, dictamina, yo les regalé las entradas, en qué cabeza cabe, soy la única culpable. Suena su celular. La esperanza le vuelve al cuerpo. ¿Dónde estás? pregunta Manuel. Frente a la puerta. Yo en la esquina, esperame ahí. Cierra los ojos. Cuando los abre, su yerno la está abrazando. Me dijeron que llevaron pibes a la playa de estacionamiento, me voy a ir a fijar; vos mirá en estas veredas. Ella corre. Corre y se detiene ante cada chico tirado. ¡Los que estaban arriba no pueden bajar! escucha a una mujer. Por suerte ella les compró abajo, eran más caras. Una piba sale corriendo, en corpiño, la cara tapada. Hasta que de pronto, las rodillas se le doblan y cae. ¡Oxígeno! grita un hombre que empieza a masajearle el pecho. La calle está llena de gritos. ¡María!, ¡Pedro!, ¡Martín! Ella, entonces, grita también. ¡Candela!, ¡Zoe! Un bombero sale con un nene alzado. Lo deja sobre la vereda. No tendrá más de tres años. El hombre le hace respiración boca a boca. El nene no responde. Ella cierra los ojos. No puede mirar. Quizá todo es un mal sueño. Hace rato que tiene pesadillas, que duerme poco y mal. Cruza. La vereda de enfrente es la réplica. Fue un infierno dice un chico sentado contra la pared en cuanto empezó el fuego se apagó la luz, ahí todos nos desesperamos, empezamos a correr, a caernos, a tirar a otros, yo pude salir porque estaba cerca de la puerta. Ella se pregunta si las chicas estarían cerca de la puerta. Sigue caminando. Mira sin querer mirar. Una mujer encontró a su hijo. Muerto. Lo abraza. ¡Luis! grita mientras le golpea las mejillas ¡mirame! Suena el celular. Cierra los ojos mientras dice hola. No están en el estacionamiento, me dijeron que llevaron a muchos a los hospitales informa Manuel voy para allá. Ella, como una autómata, sigue caminando, sorteando gente. Entonces la ve. Tirada en la vereda, de espalda, la ropa hecha jirones, los ojos cerrados, Candela. Un enfermero está a su lado, en cuclillas. Ella se deja caer de rodillas. ¿Está viva? pregunta. Tiene pulso, bajo pero tiene le contesta voy a buscar una camilla para llevarla al hospital. Ella toma la mano de su hija. ¡Candela!, ¡Candela!, escúchame, soy mamá. Como por arte de magia aparece Manuel. Se agacha y le roza el cuello. Está viva confirma al tiempo que le oprime el pecho y le insufla aire en la boca. Ella se acuerda de Zoe y la pileta. Zoe, la tiene que buscar. No conseguí camilla, la vamos a tener que alzar dice. Manuel y el hombre la cargan y la depositan en el piso de una ambulancia donde ya hay un muchacho. ¿Adónde la llevan? pregunta ella. Al Ramos Mejía. ¿Qué hacemos? le pregunta a Manuel. Fernanda fue a dejar a Ema con Camila, espera instrucciones. Decile que vaya para el Ramos, vos ayudame a buscar a la nena. Mientras Manuel habla ella decide cruzar, sigue saliendo gente del local. Su celular vuelve a sonar. Mamá, encontré a Zoe informa Sebastián me avisó Camila, la nena está bien, quedate tranquila. ¿Dónde? En la plaza Miserere, una mujer la trajo para acá me dice. Estoy frente a Cromañón con Manuel, a Candela la van a trasladar al Ramos Mejía, está inconsciente. Una camilla se acerca a la ambulancia. Cargan otra chica en el piso. Ahora sí cierran las puertas. El vehículo arranca. Minutos después ve aparecer a su hijo con la nena alzada. Los tres se funden en un abrazo. ¡Abuela!, ¡casi me muero!, ¿dónde está mi mamá? La llevaron al hospital, chiquita. ¿Se va a poner bien? Ella solo contesta sí aunque no lo sabe. Sebastián le oprime el hombro.
Que terrible, me hizo caer las lágrimas revivir ese momento, pobre madre, al menos la desgracia la acercó al hijo.
ResponderBorrarUna d cal, una de arena. Así es la vida
BorrarTremenda descripción. Diana Durán
ResponderBorrarForma parte de la memoria de los argentinos
BorrarTremendo...esa no me la esperaba!!
ResponderBorrartantos hogares destruidos por la pédida de esos jóvenes
ResponderBorrarDios mío! Qué escena! 😭 Mi hija estuvo a punto de ir
ResponderBorrarRecuerdo el texto que escribiste yendo en auto.
BorrarEscalofriante. Tanta realidad en la descripción que fui parte del "momento" a cada instante, estuve en cada latido de esta mujer.
ResponderBorrarEl calvario de tantos padres
ResponderBorrar¡Tanto dolor! Indescriptible...
ResponderBorrarCuando las desgracias son con jóvenes duelen el doble
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