miércoles, 16 de octubre de 2024

70

 

 


Ella, recostada en el sillón, llora. Ana María, en absoluto silencio, la deja llorar. ¡Estuve ciega! exclama entre sollozos ¡años de ceguera! Lo importante es que por fin está preparada para ver dice Ana María tomándole, por primera vez en tantos años, la mano.

 

A duras penas logra recuperar la calma necesaria para arrancar el auto. Los ojos cegados por las lágrimas, maneja a mínima velocidad. Cosecha bocinazos a los que ni responde. Estaciona y se queda en el auto como diez minutos intentando serenarse. Cuando lo logra, baja. Ahora le toca Camila.

 

Saca del congelador unas milanesas y las pone en el horno. Busca un sobre de puré Chef. Ella tiene el estómago estrangulado, pero Camila se merece algo rico. Ya están terminando de cenar cuando ella se decide ¿por qué nunca trajiste un chico a casa? La chiquilina la mira, con una sonrisa… despectiva, califica ella. ¿A qué viene tu pregunta? Ella la mira de frente. A que quiero saber. ¿Estás segura? Ella calla. Estoy enamorada de Laura. Ella siente que las piezas empiezan a calzar. Los pantalones, el negro, los aros, el pelo corto, el hermetismo. Siempre lo supe, evalúa. Los ojos de su hija la perforan. ¿No vas a decir nada? Sin embargo, se resiste a admitirlo. Ya se te va a pasar, es común a tu edad estar confundida. Camila está pálida. Eso quisieras vos, pero estoy cero confundida, lo tengo clarísimo, la amo desde que tengo doce años; lo lamento, mamá, no te salí normal, una de cuatro no está tan mal, consolate con el resto dice, tira la servilleta sobre el plato y sale de la cocina dando un portazo. Ella se queda sentada un largo rato. Ana María se equivocó, ella no estaba preparada.

 

Sale antes de que Camila se despierte. No quiere verla. No puede verla. Está yendo para el taller cuando decide que no quiere ver a nadie. Se mete en el primer bar que se cruza en su camino. Un café doble pide, porque no desayunó. Ni pensar en comer. Casi no durmió. Su teléfono suena, pero no lo atiende. No está en condiciones. Vuelve a sonar. Lo toma. Corta y teclea. Hola escucha. Soy Claudia, ¿podría atenderme de nuevo hoy?

 

Se mira en el espejito del coche. Tiene los ojos hinchados. Lloró toda la sesión. Se los restriega. Mira el reloj: si se apura, llega. Si la viera manejar, Ariel la retaría. Ariel. Estará furioso con ella, desde ayer no le atiende el teléfono. Pasa un semáforo en rojo, pero llega. Cultural Inglesa. Deja el auto en doble fila hasta que la ve salir. Le toca la bocina. La cara de sorpresa de la chica. Sube. ¿Vamos a comer algo? propone ella. Camila se encoge de hombros. Ya el el restaurante ella habla de trivialidades, la chica a gatas contesta. Después de que hacen el pedido ella le toma ambas manos y se las oprime. Contame, por favor le pide. ¿Sin anestesia? pregunta su hija, con una sonrisa tímida. Sin anestesia responde ella, con una sonrisa franca.

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...