miércoles, 25 de septiembre de 2024

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Otro día de la madre. Está triste. Sigue triste. Esa casa tiene una grieta por donde escapan, uno a uno, sus amores. Empezando por Sebastián y terminando por Dedal. Repara en que debiera iniciar las pérdidas con Alberto, pero le parece perteneciente a una era antidiluviana. Antes de que fuera esta que ahora es. A Alberto lo perdió otra mujer, aunque comporta con ella el número de DNI. Día de la madre. Esperó hasta último momento que Sebastián repitiera la invitación del año pasado. Aunque quizá, si se hubiera producido, se habría sentido desplazada. Está casi todos los días mal. Teme que Ariel se esté cansando de ella. Es un muchacho con ganas de reír, no merece tener que enjugarle las lágrimas. Con poquísimas ganas hizo la tarta de manzana. Candela aportará un arrollado de dulce de leche, hasta allí llegan mis habilidades culinarias dijo, y Fernanda un bizcochuelo de chocolate. Sebastián se ofreció a traer sándwiches de miga. Ahí va ella, acompañada de Camila, a comprar las bebidas. Entrar y salir de su casa le estruja el alma, momento en que arreciaban los ladridos de Dedal. Un par de horas después lleva la mesa al patio. Por suerte es una linda tarde porque no entran todos en la cocina. Le pidió unas sillas a Gloria, afortunadamente ellos se reunieron al mediodía. Su nieto ya cumplió cinco meses y aún no conoce la casa de su abuela. La casa donde se crió su padre. La casa donde crié a su padre, reformula, porque él a veces parece olvidar que no salió de un repollo. Quizá Belén supone que bajó del cielo con veinte años. Cabecea y pone las tazas sobre la mesa. De café, porque en esa casa no toman té. Escucha una llave en la puerta. Candela. Zoe entra como una tromba. ¡Abuela, te extrañé! exclama mientras la abraza, pareciendo olvidar que se vieron ayer a la tarde. Un rato después otra vez el ruido de una llave. Fernanda y Manuel. Pero Sebastián se hace esperar. Con un bebé es difícil trata Fer de aplacar su fastidio. Podría avisar que está demorado echa Candela leña al fuego un dedo libre para teclear el celular tendrá. Cerca de las seis suena el timbre. Ella repara en que ya no usa su llave, aunque, por supuesto, la tiene. Es lo que corresponde fue el comentario de Ana María como si la conducta de sus dos hijas fuera la inapropiada. Bautista entra en su cochecito de última generación. Precioso. Los ojos abiertos como dos uvas. Porque son verdes. Cuando Fernanda intenta alzarlo, Belén la detiene. Dejalo que está tranquilo, recién comió. ¡Ufa! exclama Zoe.  Ella se limita a rozarle la manito. Bienvenido le dice. El chiquito sonríe. Se sientan a merendar. Sebastián comenta la situación del país. Parece que están barajando limitar la extracción de dinero informa tené cuidado, ma, dejá lo imprescindible. Se dicen tantas cosas responde ella mientras le ofrece un trozo de tarta de manzana. Cada vez más rica, te superás a vos misma. Por un instante recupera la seguridad en sí misma que la mera presencia de Belén menoscaba. Bautista comienza a protestar. ¿Lo puedo levantar? pregunta dándole francamente la espalda a su nuera y mirando a su hijo. Por supuesto dice él y ella observa un cruce de miradas con Belén es tu nieto dice con intención. Ella oprime al chiquito contra su pecho. Está tibio, piensa, y recuerda que Dedal también todavía estaba tibio. Luego lo aparta y comienza a hablarle. El bebé gorjea. Pero rápidamente le es sustraído por Fernanda. Luego llega el turno de Candela y de Camila. Nadie pide permiso. Ella observa a Belén, rígida en su silla. Zoe pregunta ¿y yo? Sentate y te lo doy un ratito indica Sebastián. Hasta que el bebé se fastidia y ella misma se lo entrega a Belén. Está precioso le dice te felicito. ¿Puedo ir a tu dormitorio? pregunta la chica lo tengo que amamantar. Cuando madre y niño regresan Sebastián dice estuvimos pensando, ma, que ya no precisás tantos dormitorios; el de abajo lo podés convertir en living comedor, como en cualquier casa. Fernanda le extiende un sobre. Acá hay una contribución de todos nosotros para el puntapié inicial cada uno puso lo que podía. Yo también, mami, de mis ahorros dice Camila.  Ella, aturdida, abre el sobre. Una orden de compra para una mueblería en la calle Belgrano que ella, por supuesto, no conoce. Elegí lo que quieras acota Candela, pero luego se retracta con nuestra supervisión, claro. Ella sabe que debiera estar contenta, sin embargo, experimenta una profunda angustia. Como en cualquier casa dijo Sebastián como si esta no fuera una casa, como si nunca lo hubiera sido. A él le da vergüenza traer a su mujer aquí, decide. Sabe que sus hijas no se avergüenzan, sin embargo, siente que le pasaron por encima. Recuerda la charla con Ana María sobre las topadoras. Otra vez me aplanaron, piensa. ¿Estás contenta, mami? pregunta Camila. Ella le acaricia el cabello. La benjamina será la única que podrá aprovechar el living room, se dice con sorna. Otra rotunda prueba de que sus hijos ya no volverán al nido. Estoy vieja, decide, demasiado vieja para Ariel y recuerda los calores que la atormentan por las noches y que hasta el momento ha ocultado a todos. Fernanda quizá percibe su desazón porque se acerca, se pone a la par y le oprime el brazo.  Además, en la cocina ya no entramos, mami, somos muchos; por suerte somos muchos le dice. Como un rayo se le aparece una frase de una película vieja que a su mamá le encantaba, en su infancia y adolescencia la vieron varias veces en la televisión. Hay que agrandar la mesa, vieja[1] decía Enrique Muiño. Recién entonces alcanza algo parecido a la paz.


[1] “Así es la vida”, película de 1939 dirigida por Francisco Mugica.

6 comentarios:

  1. Pobre Claudia, cuestionándose todo el tiempo, los pensamientos no la dejan disfrutar lo que tiene.

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  2. Debería dejar esa casa con tantos recuerdos. Empezar de nuevo... Pobre Claudia!

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  3. Dificil poder ensamblar a las parejas de los hijos

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