Otro día de la madre. Está triste.
Sigue triste. Esa casa tiene una grieta por donde escapan, uno a uno, sus
amores. Empezando por Sebastián y terminando por Dedal. Repara en que debiera
iniciar las pérdidas con Alberto, pero le parece perteneciente a una era
antidiluviana. Antes de que fuera esta que ahora es. A Alberto lo perdió
otra mujer, aunque comporta con ella el número de DNI. Día de la madre. Esperó
hasta último momento que Sebastián repitiera la invitación del año pasado.
Aunque quizá, si se hubiera producido, se habría sentido desplazada. Está
casi todos los días mal. Teme que Ariel se esté cansando de ella. Es un
muchacho con ganas de reír, no merece tener que enjugarle las lágrimas. Con
poquísimas ganas hizo la tarta de manzana. Candela aportará un arrollado de
dulce de leche, hasta allí llegan mis habilidades culinarias dijo, y
Fernanda un bizcochuelo de chocolate. Sebastián se ofreció a traer sándwiches
de miga. Ahí va ella, acompañada de Camila, a comprar las bebidas. Entrar y
salir de su casa le estruja el alma, momento en que arreciaban los ladridos de
Dedal. Un par de horas después lleva la mesa al patio. Por suerte es una linda
tarde porque no entran todos en la cocina. Le pidió unas sillas a Gloria, afortunadamente ellos se reunieron al mediodía. Su nieto ya cumplió cinco meses y aún no
conoce la casa de su abuela. La casa donde se crió su padre. La casa donde crié
a su padre, reformula, porque él a veces parece olvidar que no salió de
un repollo. Quizá Belén supone que bajó del cielo con veinte años. Cabecea y pone
las tazas sobre la mesa. De café, porque en esa casa no toman té. Escucha una
llave en la puerta. Candela. Zoe entra como una tromba. ¡Abuela, te extrañé!
exclama mientras la abraza, pareciendo olvidar que se vieron ayer a la tarde.
Un rato después otra vez el ruido de una llave. Fernanda y Manuel. Pero
Sebastián se hace esperar. Con un bebé es difícil trata Fer de aplacar
su fastidio. Podría avisar que está demorado echa Candela leña al fuego un
dedo libre para teclear el celular tendrá. Cerca de las seis suena el
timbre. Ella repara en que ya no usa su llave, aunque, por supuesto, la tiene. Es
lo que corresponde fue el comentario de Ana María como si la conducta de
sus dos hijas fuera la inapropiada. Bautista entra en su cochecito de última
generación. Precioso. Los ojos abiertos como dos uvas. Porque son verdes.
Cuando Fernanda intenta alzarlo, Belén la detiene. Dejalo que está
tranquilo, recién comió. ¡Ufa! exclama Zoe. Ella se limita a rozarle la manito. Bienvenido
le dice. El chiquito sonríe. Se sientan a merendar. Sebastián comenta la
situación del país. Parece que están barajando limitar la extracción de dinero
informa tené cuidado, ma, dejá lo imprescindible. Se dicen tantas cosas responde
ella mientras le ofrece un trozo de tarta de manzana. Cada vez más rica, te
superás a vos misma. Por un instante recupera la seguridad en sí misma que
la mera presencia de Belén menoscaba. Bautista comienza a protestar. ¿Lo
puedo levantar? pregunta dándole francamente la espalda a su nuera y
mirando a su hijo. Por supuesto dice él y ella observa un cruce de
miradas con Belén es tu nieto dice con intención. Ella oprime al chiquito
contra su pecho. Está tibio, piensa, y recuerda que Dedal también todavía
estaba tibio. Luego lo aparta y comienza a hablarle. El bebé gorjea. Pero
rápidamente le es sustraído por Fernanda. Luego llega el turno de Candela y de
Camila. Nadie pide permiso. Ella observa a Belén, rígida en su silla. Zoe
pregunta ¿y yo? Sentate y te lo doy un ratito indica Sebastián. Hasta
que el bebé se fastidia y ella misma se lo entrega a Belén. Está precioso
le dice te felicito. ¿Puedo ir a tu dormitorio? pregunta la chica
lo tengo que amamantar. Cuando madre y niño regresan Sebastián dice estuvimos
pensando, ma, que ya no precisás tantos dormitorios; el de abajo lo podés
convertir en living comedor, como en cualquier casa. Fernanda le extiende
un sobre. Acá hay una contribución de todos nosotros para el puntapié
inicial cada uno puso lo que podía. Yo también, mami, de mis ahorros dice
Camila. Ella, aturdida, abre el
sobre. Una orden de compra para una mueblería en la calle Belgrano que ella,
por supuesto, no conoce. Elegí lo que quieras acota Candela, pero luego
se retracta con nuestra supervisión, claro. Ella sabe que debiera estar
contenta, sin embargo, experimenta una profunda angustia. Como en cualquier
casa dijo Sebastián como si esta no fuera una casa, como si nunca lo
hubiera sido. A él le da vergüenza traer a su mujer aquí, decide. Sabe que sus
hijas no se avergüenzan, sin embargo, siente que le pasaron por encima.
Recuerda la charla con Ana María sobre las topadoras. Otra vez me aplanaron,
piensa. ¿Estás contenta, mami? pregunta Camila. Ella le acaricia el
cabello. La benjamina será la única que podrá aprovechar el living room,
se dice con sorna. Otra rotunda prueba de que sus hijos ya no volverán al nido.
Estoy vieja, decide, demasiado vieja para Ariel y recuerda los calores que la
atormentan por las noches y que hasta el momento ha ocultado a todos. Fernanda
quizá percibe su desazón porque se acerca, se pone a la par y le oprime el
brazo. Además, en la cocina ya no
entramos, mami, somos muchos; por suerte somos muchos le dice. Como
un rayo se le aparece una frase de una película vieja que a su mamá le
encantaba, en su infancia y adolescencia la vieron varias veces en la
televisión. Hay que agrandar la mesa, vieja[1]
decía Enrique Muiño. Recién entonces alcanza algo parecido a la paz.
Pobre Claudia, cuestionándose todo el tiempo, los pensamientos no la dejan disfrutar lo que tiene.
ResponderBorrarCuánts veces la razón nos juega malas pasadas
BorrarDebería dejar esa casa con tantos recuerdos. Empezar de nuevo... Pobre Claudia!
ResponderBorrarDemasiaod llenas de historia esas paredes
BorrarYima demasiado fuerte para mí, casi real.
ResponderBorrarDificil poder ensamblar a las parejas de los hijos
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