Mientras come su Big Mac vuelve a plantearse si debe contarle a Camila sobre Ariel. Tiene ganas. Tiene necesidad. Pero si le cuenta deberá pedirle que no le diga nada a Sebastián. Y no le parece correcto inculcarle a la chiquilina el arte de mentir. Con las mayores es diferente. No hizo falta decirles nada, ellas bien comprenden el paño. Otra vez me sale la modista, piensa. Dada la alcurnia de Belén paño es poca cosa, lienzo mejor. Ana María le comentó hace un par de sesiones, que a ella le resulta conveniente depositar el peso de la conducta de su hijo en su nuera, exculpándolo. Solo se trata de vivir/En mi almanaque hay una fecha vacía/Es la del día que dijiste que tenías que partir/Debes andar por nuevos caminos[1] suena en su cabeza. Seguramente es la única manera que encontró para evitar decirse que Sebastián se avergüenza de su familia. Sí, su hijo ingeniero anda por nuevos caminos. Caminos que ya no la incluyen. ¡Mamá! la reclama Camila ¡te estoy hablando!
Tiene suerte y encuentra un lugar. Luego de hacer varias maniobras logra estacionar. Pone la llave en la cerradura e intenta abrir sin hacer ruido para evitar los ladridos de Dedal. Ya es tarde. La mira a Camila y cruza el índice sobre los labios. Entran de puntillas. Silencio. Enciende la luz de la cocina. Tirado en el piso de la cocina, Dedal. El corazón se le detiene. Camila repite la señal de silencio, sonriendo. Porque la chica no sabe que en ese mismo lugar encontró tirados a sus padres. Ella se arrodilla junto al perro. Dedal dice en un murmullo. El perro no responde. ¡Dedal! grita. Lo toca. Todavía está tibio. Se deja caer sobre su compañero y lo abraza sollozando.
Los padres de Manuel compraron un terrenito en Moreno, pero nunca lograron hacerse la casa. Hacia allí van. En dos autos porque todos quisieron estar presentes. Ella con Fernanda y Manuel. Siguiéndolos, Sebastián con Camila, Candela y Zoe. Una suerte de cortejo, piensa. Llegan. Manuel abre el galponcito y regresa con una pala. Deliberaciones en voz baja. Elegido el lugar, empiezan a cavar. Sebastián primero. Le corre el sudor por la cara. Lo reemplaza Manuel. Candela reclama su turno, pero después de un par de paladas desiste. La tierra está muy dura. Hay raíces, comentan. Ella intenta contener a las nenas que lloran. ¿Quién la sostiene a ella? Finalmente el pozo adquiere la profundidad que los hombres consideran necesaria. Ella escucha las nuevas deliberaciones. Algunos quieren depositarlo sobre la tierra; otros, sobre su mantita. Como cuando murió Alberto una frase acude a su mente. Tierra eres y en tierra te convertirás. Entonces dictamina, rotunda sobre la tierra. Sebastián va hasta el auto. Sin necesidad de acuerdo previo todos lo siguen. Su hijo abre el baúl y alza al perro envuelto en una manta. Ella recuerda la noche de lluvia en que Sebi lo trajo entre sus brazos. Avanzan todos, ahora sí en un espontáneo y respetuoso cortejo. Los hombres acomodan con delicadeza al perrito en su nuevo hogar, piensa ella. Sebi le hace una seña. Su familia se aparta y deja que ella sea la que eche el primer puñado de tierra. Todos se arrodillan frente al pozo y van cubriendo lentamente el cuerpo de Dedal con tierra. Cuando solo se asoma la cabeza se detienen. Esperan. Y es ella, sollozando, quien con todo el amor del que es capaz cobija con tierra, como aquella primera vez con un repasador, a su devoto compañero. Zoe se aparta corriendo y regresa con un manojo de margaritas. Un rato después se encaminan hacia los coches en silencio. Antes de subir Sebastián se acerca a ella y la abraza. Se funden, llorando.
¡Qué tristeza! ¡Estoy llorando!
ResponderBorrarMuy dolorosa la perdida de las mascotas. Dulce Dedal.
ResponderBorrarMe imaginé la escena y se me cayeron las lágrimas.
ResponderBorrarEs muy duro perder a nuestras mascotas
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