Está vigilando las tostadas cuando suena su celular. Buenos días dice Ariel. Buenos días contesta ella. ¿Podés hablar? No, le sirvo el desayuno a Zoe y después la llevo al colegio. ¿No tiene madre esa nena? No empecemos, Ariel, por favor. ¿Almorzamos? Ella quisiera decirle que no, que precisa estar sola, pensar, pero se da cuenta de que el horno no está para bollos y contesta bueno. ¡Qué entusiasmo!, ¿te paso a buscar por el taller a la una? Mejor nos encontramos directamente en Los Cocos, un beso grande. Muchos más. Corta en el instante en que Zoe entra a la cocina. Hola, abuela, ¿con quién hablás? Ella, que odia mentir, contesta un cliente. La chiquita, siete años ella, comenta qué raro que le mandes besos a tus clientes. Se sienta y pide ¿me ponés dulce de leche en el pan?, porfi, abuela, total mamá no nos ve. Ella, mientras busca el tarro, piensa que debiera despertarla. Anoche volvió tardísimo. Pero aún no juntó fuerzas para enfrentarla. La nena parece leerle el pensamiento porque pregunta. ¿Voy a despertarla? Ella pasará a abrir el local antes de ir al taller. Lucy ya debe estar esperando en la calle. Y no es la primera vez. Lo mejor será darle una llave. No, dejala contesta y tomá la leche de una vez que se hace tarde y tenés prueba en la primera hora. ¡Está muy caliente! Ella busca otra taza y transfiere el contenido reiteradamente. Ya está informa. Gracias, mami la chiquilina agita la cabeza abuela, digo.
Deja la nena en el colegio y se dirige al local a paso vivo. Desde la esquina ve que Candela está levantando la cortina. Se ve que se apuró, evalúa. Evalúa qué es más conveniente, encararla ahora, sacárselo de encima, pero llegar dada vuelta al encuentro con Ariel que supone difícil, o hablar con ella luego del almuerzo que quizá también la deje patas para arriba. Mientras piensa, sin darse cuenta, cruza Córdoba. Sus pasos parecen haber elegido postergar la charla. Ya más aliviada disminuye la velocidad. Es una mañana preciosa. La brisa le acaricia el rostro. Dan ganas de sentarse en un banco de plaza. A alimentar a las palomas. Sonríe sola. Le falta para ser jubilada. Acelera la marcha. Gladys le comentó ayer que su máquina se atranca. Nunca volvió a tener un técnico como Leonardo. Hacía bastante que no pensaba en él. Sin notarlo se detiene. Sorprendida. Hace bastante que no pienso en el padre de mi hija, se dice. De esa hija que hace un par de años preguntó por su padre. Ella le prometió que cuando fuera más grande le contaría. Ya tiene trece años, ¿cuánto tiempo faltara para que Camila la encare? Otra vez usó ese verbo. Yo encaro a Candela, Camila me encara a mí. Seguramente Ariel la encarará. Un chirrido de frenos le hace girar la cabeza. Está cruzando en rojo. El conductor la insulta.
Cuando llega, Ariel ya está. Se levanta para besarla. Te extrañé le dice mientras le toma las manos. Ella, como siempre en esas circunstancias, gira involuntariamente la mirada para ver si hay testigos conocidos. Seguramente él lo percibió porque hace un gesto despectivo con la boca. Gesto que ella decide obviar. No quiere entrar en conflicto. Tengo hambre dice para aligerar la tensión. ¿Muzzarella o napolitana? pregunta Ariel. Elegí vos. Él le cuenta del trabajo. Lo contrataron en una oficina grande. Cinco computadoras tienen, quieren que me ocupe del mantenimiento; una visita por semana y, por supuesto, acudir si hay alguna urgencia; me pagan por mes la mira a los ojos me pagan bien, muy bien; me recomendaron de la agencia de seguros. Qué casualidad, piensa ella, Leonardo le hacia el service de las máquinas de coser; Ariel de las computadoras. Leonardo le cobraba, pero Ariel no quiere. Le va bien a Ariel. Es un chico muy capaz, con excelente trato, además. Repara en que pensó chico. Y sí, de alguna manera es un chico. Como Sebastián. Pero Sebi parece más grande. Siempre fue tan serio su hijo. Desde que está casado, más. Para colmo Belén… ¿Estás de acuerdo? pregunta Ariel. Ella no tiene la menor idea a qué se refiere. ¿Con qué? no tiene más remedio que averiguar. Ariel revolea los ojos. Es ahora ella quien le toma las manos. No te enojes, tengo la cabeza en mil cosas. Ese es justamente el problema, las mil cosas que no querés compartir conmigo. El mozo se aproxima con la bandeja en alto. Mirá dice ella llegó algo que sí podemos compartir. Él menea la cabeza. Sin embargo, sonríe.
Se despide de Ariel. Por suerte tenía una cita de trabajo y no insistió en acompañarla. Porque ella necesita hablar con Candela. No, no lo necesita, nada podría necesitar menos. Debe hacerlo. La encuentra atendiendo a una clienta. Ella se arrima a la pared y la observa actuar. Es buena en lo suyo, en eso no hay dudas. La mujer sale cargada. Uniformes Córdoba reza en las dos voluminosas bolsas. Recién entonces ella se acerca. Una sonrisa en la cara de su hija. Hola, mamá, ¿viste qué buena venta? Ella quisiera felicitarla olvidando sus propósitos, pero junta fuerzas y pregunta ¿tomamos un café? Ahora le digo a Lucy que prepare, hay bizcochitos. No, prefiero que salgamos, quiero hablar con vos. La chica hace una mueca de sorpresa y dice de acuerdo, esperame cinco minutos que voy a hacer pis. Ella piensa que no quisiera ir al baño tras su hija. No quisiera y no va a hacerlo. De última, irá en el bar.
Momentos claves
ResponderBorrarSí, a poner el cuerpo...
BorrarCómo le cuesta enfrentar la realidad, pobre Claudia a comprendo.
ResponderBorrarEstá a punto de enfrentarla...
ResponderBorrarNo quisiera estar en sus zapatos, pero a pesar de todo tiene la templanza que se necesita en estos casos, un arrebato ante la cuasi duda y lo hubiera puesto más difícil de lo que es, creo.
ResponderBorrarA veces es bueno tomarse un tiempo y no actuar en estados de emoción profunda.
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