Va recogiendo ropa por toda la casa. La mira, la huele para seleccionar qué debe lavar. Revisa los bolsillos del jean de Camila ante de meterlo en la máquina. Una tarjeta de invitación para el cumpleaños de Lorena. Mira la fecha: el viernes pasado. Otra para el de Camilo el sábado. No le avisó nada. Qué raro. Pobre Camila, entre el casamiento, el trabajo, el estudio y Zoe la tuvo bastante abandonada. No recuerda la última vez que charló con ella. No puedo con todo, se dice ya a punto de empezar a retarse. Todavía hay lugar en el lavarropas. Va a buscar su pantalón marrón. Pensó que no iba a entrar. Hay que aprovechar el agua y la electricidad. Desde que los privatizaron los servicios están por las nubes.
¡Mami! grita Camila cuando la ve. Después la carita troca la alegría en preocupación. ¿Paso algo con Gloria? No, ya le avisé, tenía ganas de verte. Me saqué diez en la prueba informa la nena. Ella trata de recordar el tema, pero como no lo logra dice te invito a almorzar y me la mostrás, ¿qué tenés ganas de comer? Camila piensa durante unos segundos y luego pregunta ¿pizza se puede? Caminan del brazo por Córdoba. La nena parloteando sobre las próximas pruebas. Nadie me cree que yo no necesito estudiar, viste cómo soy, presto atención en clase y listo. Bien sabe ella cómo es, tan inteligente desde chiquita. También sabe que antes le gustaba ir a los cumpleaños y que ahora, evidentemente, no. Ya sentadas, pizza ordenada, Camila pregunta ¿solo tenías ganas de verme? Ella sabe, ahora, que debería preguntarle por qué ya no le resulta grato compartir con sus compañeros, pero, reconoce, no tiene ganas de preocuparse. Entonces se limita a apartarle el cabello de la carita y a contestar sí, hacía mucho que no hacíamos un programa las dos solas. Camila hace un gesto despectivo con la boca y dice claro, Zoe siempre en el medio, lo único que falta es que te diga mamá... Ella tampoco está en condiciones de afrontar ese tema por eso aprovecha la llegada del mozo y exclama ¡a comer se ha dicho! La nena menea levemente la cabeza y acerca su plato. Mientras mastica comenta me quiero cortar el pelo; bien cortito. A ella no le gusta. Ni el pelo corto ni que quiera cortarse el pelo. Sin embargo, solo dice como vos quieras.
Deja a la nena en su casa y se dirige al local. ¿Dónde está Candela? le pregunta a Lucy, acodada en el mostrador. Salió. ¿Adónde fue? No me dijo contesta la chica y le pregunta a una clienta que sale del probador con su hijita ¿le quedó bien? Sí, holgadito pero mejor así, viste cómo crecen los chicos. Contámelo a mí, quisiera decirle ella, dejala en formol. Hijos chicos problemas chicos… reza el dicho. Como casi todos, muy atinado. Hace días que Candela está rara. Ayer la pescó zamarreando a Zoe. Y eso sí que ella no lo va a permitir. Anoche salió y volvió tardísimo. ¿En qué andará?, piensa y luego se pregunta sé sincera, Claudia, ¿lo querés saber? Saluda a Lucy y sale.
Está en clase de química. ¿Para qué cornos me sirve esto?, se pregunta. Para obtener el título, se responde mientras copia del pizarrón la nomenclatura de las sales binarias. El timbre la libera. Está juntando sus cosas cuando Ariel le propone ¿estás apurada?, ¿no querés que vayamos a comer algo? Por qué no, se pregunta a sí misma. Un rato después deja los cuadernos sobre la mesa y busca una moneda en su cartera. Dos personas frente al teléfono público. Cuando llega su turno introduce la mentada moneda en la ranura. La atiende Fernanda. No voy a cenar notifica ella. ¿Por? Ella desestima la pregunta e informa en el freezer hay patitas de pollo y en la heladera tomates; te dejo porque hay mucha gente, vuelvo temprano, besos para todas. Corta sin dar espacio a la segura protesta. Mira hacia la mesa. Ariel le sonríe.
Aunque no pueda creerlo ya noviembre. Año intenso si los hay. Débitos y réditos. El principal rédito, más allá del casamiento de Sebastián que por momentos duda en qué columna ponerlo, sus estudios. El débito mayor, Candela. Pero ahora no quiere pensar en eso. Porque ahora está terminando el vestido que se pondrá mañana. Solo le falta coser el cierre y hacer el ruedo. Rita se ofreció, pero bastante atrasadas están las camperas para el Normal 1. Parece que les divirtiera encargar todo a último momento. Esta vez no irá de verde agua porque ahora sí es ella la protagonista. Ahora sí tiene ganas de que todos la miren. Rojo. Se lo merece. Traquetea sobre la máquina. Se enamoró de ese piqué labrado. Importado. Ahora todo es importado. Así le está yendo al país. Sus manos acarician el género. Siempre fue … busca la palabra, sensual su relación con las telas. Suele palparlas, olerlas. Añora la época de los vestidos de fiesta. Organzas, terciopelos, lamés, brocatos, broderís, gasas, rasos. Cada una con textura diferente. Algunas sedosas, brillantes otras. Suntuosas todas. Ofrendas para esos jirones de vidas donde todo parece ser placer. Donde no hay espacio para el dolor. Fantasía. Princesas, hadas. Los vestidos de novia, sobre todo. Y los de 15. Postales de una vida tan diferente de la real. Al menos de la propia. El ruido de la Singer la arrulla. Estoy feliz, piensa. Hoy está feliz.
Cuando debió elegir a quién le entregaría el diploma no tuvo dudas. Y ahí está ella, vestida de rojo, mirándola subir los tres escalones y atravesar el escenario. Quién mejor. El abrazo de su hija le arranca las primeras lágrimas de la jornada. Porque fue Candela la que le acercó la propuesta, la que le entregó los folletos, la que confió en ella. La que me habilitó, piensa. Nunca olvidará su carita de sorpresa cuando se lo propuso. ¡¿Yo?! preguntó abriendo de par en par los ojos. ¿Ella? Su hija problema desde niña. Infinitos dolores de cabeza. Luego de una etapa de relativa tranquilidad, recrudeciendo en los últimos meses. Posan ambas para las fotos. El año pasado fue ella quien se lo entregara a su hija. Hace dos a Sebastián y en unas semanas a Fernanda. Descubre en la primera fila a sus otros tres hijos. A su nieta. A Belén y a Manuel. Y a Elena y Ángel y a Gloria. Y a todas las chicas del taller, por supuesto. Siente que el pecho le explota de orgullo. Si me vieras, papá, piensa mientras baja del escenario con su vestido de pique labrado. Rojo. Sabe que resplandece. Por primera vez en su vida se siente una reina. Están llamando ahora a Ariel. Sube la madre. Debe tener mi edad, piensa ella.
¡Cuántos cambios, Claudia!
ResponderBorrarEsta Claudia siempre crece!
Borrar