viernes, 9 de agosto de 2024

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Deja a Camila en la escuela y se dirige al taller. Hoy se levantó mejor. Con más ganas. Frase hecha. ¿Ganas de qué? Porque a pesar de estar mejor la sensación de vacío no desaparece. Camina por Córdoba. Llovió temprano y el agua cobijada en las baldosas rotas a las que, distraída, pisa, le salpica las medias. Las pisa. Pisa pisuela color de ciruela, vía, vía… Recuerda a Ana María y reencauza sus pensamientos. Tiene que encontrar algo. Han reflexionado mucho en terapia respecto a su perenne necesidad de proyectos nuevos. La única manera que encuentra de llenar su vacío. A veces Ana María la cansa. Quizás es momento de interrumpir. A lo mejor la terapia también fue un proyecto. Ana María a veces la confunde. Ya no tiene claro qué está bien y qué mal. Un auto que pasa a mayor velocidad de la permitida le salpica, ahora, la pollera. Maldice entre dientes, cuando llegue al taller intentará sacar las manchas con un trapo. Es clarita la pollera. Beige. Le gusta estar bien vestida, aunque en los últimos meses se ha descuidado bastante. Intenta focalizarse. Por momentos siente que Ana María la coarta. Y para ella la libertad es como el aire. Se asfixia sin ella. ¿Se animará a plantearlo en sesión? Sin darse cuenta pasó de largo por el taller. Ya en la esquina deshace sus pasos. Se acuerda, entonces, de que no compró los botones que le encargó Rita. No está de ánimo para ir al Once. Escucha el tintineo de la campanilla de la puerta al abrirse. El ruido de las máquinas de coser le dibuja una involuntaria sonrisa.

 

Hacía mucho que no cosía. Siempre ocupada en hacer compras y buscar nuevos clientes. Nada comparable a ver como la tela se desliza bajo la aguja que sube y baja sin cesar. La satisfacción de generar algo concreto. Un buzo, una camisa, un pantalón. Algo que antes no existía y que gracias a sus manos cobra vida. Una ráfaga de buen humor la atraviesa. Intensifica la presión sobre el pedal. Sus manos vuelan. Se siente de veinticinco. Ella vuela.

 

Tengo hambre, voy a la fiambrería, ¿quieren algo? pregunta Gladys. Su voz transformada en la sirena de una fábrica, las máquinas se detienen. También la propia. Porque descubre que ella, últimamente tan inapetente, también tiene hambre. Comprá tres pizzas dice yo invito, sacá dinero del cajoncito. Y tres botellas de champagne[1] dice Rita. Todas, ríen.  El sonido de su propia risa la desconcierta. Meses sin reír. ¿Alguien quiere fainá? ofrece.

 

Candela al teléfono avisa Gladys. Ella deja la porción de pizza, la tercera por cierto, sobre el plato y acude a atender. ¿Podés pasar por el local, mamá?, hay una señora que quiere encargar unas camperas de egresados, ¿o preferís que la mande para allá? Minutos después camina nuevamente por Córdoba. Salió el sol por suerte. Si no estuviera apurada compraría algo dulce para llevarle a su hija. Tan flaquita y tan golosa. Cuando llega al local, Lucy está atendiendo a una clienta. ¿Candela? pregunta. En el privado. Allí encuentra a su hija charlando con una mujer. Dos tazas de café sobre el escritorio. Es increíble cómo maduró esta chica, piensa. Presupuesto calculado, la mujer se retira. Ella también está por irse cuando Candela pregunta ¿estás apurada, mamá? No, ¿por qué? Quiero contarte algo. El corazón se le acelera. Vuelve a sentarse. Me anoté para dar quinto año libre. Siente que, súbitamente, la caja de sus costillas se relaja. Siempre preparada para lo malo. No podrías darme mejor noticia dice. Se incorpora para abrazarla cuando la chica añade también estuve averiguando para vos, hay un bachillerato acelerado, IFNA se llama, donde podés hacer todo el secundario en dos años, no es muy caro. Se le corta el aire. Cómo me voy a poner a estudiar a mi edad. Mamá, no seas ridícula, todos tendrán tu edad. Después de charlar media hora, escuchando los planes de Candela y desestimando la propuesta para sí misma, sale del lugar con unos cuantos folletos. Mientras retorna al taller, de nuevo caminando por una Córdoba sobre la que está atardeciendo, piensa que a lo mejor no es tan absurdo.



[1] En referencia a la costumbre de la época de Menem “pizza y champagne”.

4 comentarios:

  1. Qué hermoso revivir lo que provocaba la máquina de coser. Hermoso el sentimiento de Claudia

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  2. Me gustó y me emocionó, de a poco todo vuelve a su cauce.

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