Esta noche ceno en lo de Belén, no me esperes avisa Sebastián desde la puerta de la cocina. Hace mucho que no viene por acá comenta ella. Está a full con los estudios responde su hijo girando hacia el patio. Vos también y además trabajás dice ella de mal modo. El chico vira su rumbo, entra a la cocina y le da un beso. Combinamos para un día de estos, ma promete. Ella se queda pensando que es falsa. Porque se queja, pero no tiene ganas de ver a Belén. Se siente incómoda en su presencia. Juzgada. Desaprobada a priori. La sensación de ir perdiendo a su hijo hebra a hebra. Frase de modista, piensa. Su vínculo con Belén ni siquiera llega a la categoría de hilván. Porque el hilván es provisorio y se reemplaza luego por un pespunte firme y persistente. Su vínculo es un punto flojo. Ese que al cortarlo por la mitad deja pequeños rastros que con un soplido desaparecen. ¿Celos? No cree. Al novio de Fernanda lo quiere. Lo quiso de entrada. Con los hijos varones es distinto, dirían las viejas. Quizá. Aunque no lo cree. Belén no llegó para sumar. Resta.
¿Mi papá? responde preguntando ¡qué contarle!, la primera imagen que me aparece es su cabeza agitándose en un permanente no; no a las excursiones del colegio, no al viaje de egresados, no a estudiar el secundario, no y no; casi todos los lunes yo le preguntaba si me iba a dejar ir a bailar, solo obtenía un “vamos a ver; el sábado a la mañana lo pasaba en la peluquería con mis amigas; a la tarde me planchaba la ropa, mamá me dejaba hacer; a la nochecita me maquillaba y me vestía y le preguntaba a mi padre si podría ir; nueve de cada diez veces me decía que no; yo me lavaba la cara pintada y me acostaba sin cenar; semana tras semana. ¿Por qué se preparaba si ya contaba con la negativa? pregunta Ana María. Al menos mientras me peinaba, me maquillaba y me vestía era feliz; como la Cenicienta solo que la carroza no se convertía en calabaza a las doce de la noche sino a las ocho, nueve a más tardar; el lunes mis amigas me contaban todos los detalles y de nuevo era un como si; no les tenía envidia, no era de ellas la culpa, me consolaban; hasta alguna mamá intercedió por mí y esas fueron las contadísimas una de diez veces en que lo logré. ¿Qué actitud tuvo usted con sus hijos adolescentes? pregunta Ana María. Nunca un no; mi amiga Elena siempre me dice que mi error es no saber ponerles límites; así me fue con Candela dice y esconde la cabeza entre ambas manos. Ana María se queda mirándola. Luego de un buen rato comenta me parece que usted es demasiado egocéntrica; considera que el hecho de que su hija no se haya cuidado es culpa suya así como es su culpa el accidente de Zoe. Ella se descubre la cara. Sus hijos, y ahora su nietita, son seres separados de usted, capaces de tomar sus propias determinaciones, y, en consecuencia, de cometer errores. El libre albedrío del que me hablaban en el catecismo comenta ella. Exactamente. ¿Egocéntrica?, no sé, lo tengo que pensar. De acuerdo dice Ana María incorporándose continuamos la próxima.
Excelente ,para reflexionar. A mí también me sirve la contestación de la Psicóloga....Buenísima.
ResponderBorrarTearapeuta gratis! jajaja
BorrarQue fuerte es escuchar frases conocidas , suenan a desamor, a desvalorización, pero creo que esas palabras tienen más que ver con quién las dice, que quién las recibe.
ResponderBorrarTambién es sanador para vos, Lili
BorrarTernura al escuchar la frustacion....ternura a padres e hijos con profundas heridas aun sin curar....seguramente hay abuelos y bisabuelos con heridas aun mas profundas.
ResponderBorrarHeridas que
Siempre digo que la sanación es transgeneracional. sanar nosotras para que sanen nuestros hijos.
BorrarEsta a punto de comprender y mas junto a la ayuda de Ana Maria
ResponderBorrarA veces precisamos que otros nos ayuden a entendernos.
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ResponderBorrarDemasiado hizo esta mujer
ResponderBorrarMucho con la historia que arrastra.
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