1996
El estruendo del barrio confirma que empezó el año. La mesa en el patio engalanado, brinda con sus cuatro hijos. Camila, con CocaCola. Hasta Zoe hace chocar su vasito de plástico. Solo ellos, ese es el rito. Pasaron Navidad en lo de Elena como siempre. Luego de las doce Sebastián irá a lo de Belén y las chicas saldrán con amigos. ¿Este año no hay regalos? pregunta Camila con cara de desencanto. Ella saca un sobre del cajón de los cubiertos y, la mano levantada, lo agita en el aire. ¿Quién lo quiere? Yo, que soy el único varón dice Sebastián, lo agarra de un zarpazo, lo abre y lee Vale por vacaciones en la quinta “El Limbo”, en Moreno, del 1 al 29 de febrero. El desconcierto tiñe todas las caras. ¡Pero nunca nos fuimos de vacaciones! dice Fernanda. Siempre hay una primera vez es su respuesta. Abrazos, risas. Alboroto. ¿Tiene pileta? pregunta Candela. Por supuesto contesta ella nos merecemos lo mejor. ¿Puedo invitar amigas? averigua Camila. Vos no, sos muy chiquita la hace enojar Fernanda ¡yo! Las chicas se corren por el patio, Zoe, sin entender nada, también. Ella sonríe. Claro que se lo merecen. Ma, ¿no me oís? la requiere Sebastián ¿cuánto te costó? Descubre que no quiere decírselo. ¿Teme ser juzgada? No se dice el precio de los regalos se excusa. Porque salió cara. Muy cara.
La mesa recogida, los platos lavados, las nenas ya dormidas, se acuesta. Fundida. Pero no logra dormir. Ella también está desconcertada. Nunca se fue de vacaciones. Salvo una semana, a los ocho, en la colonia en Alta Gracia. Porque era gratis, piensa. Y para la luna de miel cinco días en Mar del Plata. Al menos conocí el mar, piensa. Les pagó a sus tres hijos mayores los viajes de egresados. A Córdoba en la primaria. A Bariloche, en la secundaria. Para el de Sebastián tuvo que sacar un crédito. Otro más, piensa y sonríe a solas. Su hijo fue varias veces a Punta del Este, a la casa de la novia. Candela a Miramar con la familia de una amiga. Fernanda, a San Clemente. Camila es la única que todavía no conoce el mar. Y Zoe, claro. Ya las llevaré, decide, y se da cuenta de que acaba de abrir la puerta de su propio disfrute. Siempre se percibió como una ejecutora del deber. Cumplir ha sido mi norte, piensa. La escuela, las tareas de su casa de infancia, las tareas de su propia casa, luego. Los hijos. El trabajo en la biblioteca. El taller. El local. Tanto y tantos para sostener. Mantener. Cómo plantearse siquiera que precisaba un descanso. De alguna manera menospreciaba a la gente que se tomaba descanso. Nacieron en cuna de oro, pensaba, no saben lo que es la vida. Conocerla a Elena le demostró que deber y placer podían respetarse. Sin embargo, le llevó más de una década sumarse al bando de los “blandos”. Siente que alguna parte de sí sigue considerándolos así. Se da cuenta, recién, de que no solo se privó a sí misma del disfrute, sino que en ello arrastró a sus hijos. ¿Cómo puede ser que hasta ahora no se le hubiera ocurrido que podía cerrar sus negocios durante aunque fuera una semana para disfrutar con sus hijos en algún lugar? Y sus chicos se sumaron a su mezquina lógica porque nunca se lo demandaron. Crecieron así, piensa, jamás podré devolverles lo que les robé. Trata de poner en el otro platillo la pelopincho que año a año arma en la terraza. Que limpia de rodillas maldiciendo, pero sin pedirles ayuda. Algún picnic en Ezeiza. No alcanza, decide. Se jura que para Camila y Zoe será distinto. Asume consigo misma el compromiso de darles lo que les negó a sus hermanos. Parece olvidar que la chiquita no es su hija, carne de mi carne, se dijo algún día. Se abre una puerta. ¡Abela!, ¡no cuchás!, quiero agua. Se incorpora como un resorte. Toma la manito de su nieta y sale. Por la puerta de su cuarto. No todavía por la del disfrute. Ella no sabe aún qué ni quiénes entrarán por esa puerta que cree acaba de abrir. Tiempo al tiempo.
Fue lindo, como los fines de semana anteriores, recibir a Elena y familia, a las amigas de los chicos. Por suerte Sebastián se hizo cargo del asado. Pero las ensaladas no se hacen solas ni mucho se lavan los platos. Agotador. Ya lunes ha retornado la calma. Ella, en una reposera, lee. O intenta leer, al menos. Me distraigo, piensa, siempre me distraigo. Una mano sobre su hombro. Mamá, me voy caminando con Fernanda al pueblo a comprar pilas informa Candela ¿me mirás a la nena? Ella levanta la vista del libro y comprueba que Zoe y Camila están jugando en la galería con los Duplo que le trajeron los Reyes a la chiquita. Le costaron carísimos, pero son indestructibles. Traé espirales pide anoche me comieron los mosquitos. Cuando ve que sus hijas se alejan hacia el portón regresa al libro. Lo cierra y mira la tapa. La foto la hipnotiza. El niño en foco junto a los otros borrosos. El primer hombre, de Camus. Se lo regaló Elena para Navidad. Su amiga es la única que reconoce esa parte de ella. Esa parte que Elena la ayudó a construir. No es fácil imaginar que a pesar de sus manos acostumbrada al trabajo duro, a pesar, sobre todo, de que ni siquiera hizo el secundario, pueda entender lo que lee. Recuerda cuando Elena quiso retacearle La metamorfosis por suponerla demasiado elemental para comprender a Kafka. Ella misma no entiende cómo entiende. Abre el libro. Camus también provenía de una familia… busca la palabra, bruta. También, como ella por Elena, fue descubierto por un maestro que apostó a él. ¡¡Mamá!! el grito de Camila la aparta de sus disquisiciones ¡Zoe se cayó al agua!
Ay! No!
ResponderBorrarLas piletas...
BorrarLa alegría de la quinta. ¿Y ahora?
ResponderBorrarAsí es la vida, en un segundo todo puede cambiar...
BorrarNo, me dejaste mal!!!
ResponderBorrarLas piletas son una pesadilla. Vos bien lo sabrás...
BorrarHasta en los mejores momentos pasa algo que lo ensombrece, seguramente no será más que un susto , no quiero adelantarme a los hechos, una frase me llegó fuerte"siempre fue una ejecutora del deber"
ResponderBorrarTodo es muy frágil
Borrar¡Ayyy qué horror!
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